/ martes 12 de noviembre de 2019

El encanto de Downton Abbey

Por: Juan Amael Vizuet

Con socarrona ironía, Elena Garro expresó su parecer sobre el ideal socialista en Recuerdos de España: le parecía muy justa una nueva sociedad donde ya no hubiera pobres. Pero no le gustaba la otra parte de aquella utopía social: un mundo sin ricos. “Si no hay ricos, entonces ¿quién organizará las fiestas bonitas?”, preguntaba con fingida candidez. Esta humorada de la gran escritora viene a cuento por el estreno de Downton Abbey(Inglaterra, 2019), de Michael Engler en los cines mexicanos.

La película es continuación de la mundialmente exitosa serie televisiva británica. La producción iba a contracorriente de las modas, tanto en Hollywood como en la pantalla electrónica mexicana.

De pronto, las andanzas de una familia aristócrata y de su personal de servicio en los comienzos del siglo XX cautivaron al público de todo el orbe, especialmente al estadounidense.

Nada más alejado de las disfuncionales familias suburbanas modernas que los condes de Grantham, con su mansión, sus tierras, sus atavíos de alta costura, sus fiestas de etiqueta, sus cacerías, sus caballos finos, sus automóviles majestuosos, sus modales exquisitos, sus banquetes.

Los nobles eduardianos(Elizabeth McGovern y Hugh Bonneville), sus hijas Lady Mary(Michelle Dockery) y Lady Edith (Laura Carmichael), así como el señor Carson (Jim Carter), veterano mayordomo de la dinastía, amén de todos los demás personajes, se convirtieron en figuras no sólo familiares sino entrañables para millones de televidentes en múltiples idiomas.

¿Por qué? Desde siempre, el gran público experimenta fascinación por la realeza y por la aristocracia cuando de verdad se conducen como tales. En vez de envidia o resentimiento, despiertan admiración y simpatía. Si sufren desdichas, el público más humilde siente sincera compasión.

No se trata de una actitud “aspiracional”, sino de la convicción de que el estilo de vida de la aristocracia aporta belleza y refinamiento al mundo. ¿Cuántas obras de arte, cuántas piezas de valor inapreciable se deben al refinamiento de la realeza y la aristocracia?

Como apuntaba Elena Garro, las “fiestas bonitas”, bodas reales, coronaciones, desfiles de alta costura, no solamente provocan placer a quienes protagonizan tales fastos, también se lo proporcionan a los espectadores más modestos.

Una cuidadosa investigación histórica y una esmerada puesta en escena le confirieron a Downton Abbey su encanto. Al público le gusta ver a Lady Mary lucir sus galas con la altivez y el savoir faire de la nobleza. Le encanta ver al señor Carson guardar celosamente el estilo de la mansión a él confiada.

Paradójicamente, la distancia crítica respecto a aquel tiempo motiva a cuestionar nuestra grafiteada época y su estética de la fealdad.

Por: Juan Amael Vizuet

Con socarrona ironía, Elena Garro expresó su parecer sobre el ideal socialista en Recuerdos de España: le parecía muy justa una nueva sociedad donde ya no hubiera pobres. Pero no le gustaba la otra parte de aquella utopía social: un mundo sin ricos. “Si no hay ricos, entonces ¿quién organizará las fiestas bonitas?”, preguntaba con fingida candidez. Esta humorada de la gran escritora viene a cuento por el estreno de Downton Abbey(Inglaterra, 2019), de Michael Engler en los cines mexicanos.

La película es continuación de la mundialmente exitosa serie televisiva británica. La producción iba a contracorriente de las modas, tanto en Hollywood como en la pantalla electrónica mexicana.

De pronto, las andanzas de una familia aristócrata y de su personal de servicio en los comienzos del siglo XX cautivaron al público de todo el orbe, especialmente al estadounidense.

Nada más alejado de las disfuncionales familias suburbanas modernas que los condes de Grantham, con su mansión, sus tierras, sus atavíos de alta costura, sus fiestas de etiqueta, sus cacerías, sus caballos finos, sus automóviles majestuosos, sus modales exquisitos, sus banquetes.

Los nobles eduardianos(Elizabeth McGovern y Hugh Bonneville), sus hijas Lady Mary(Michelle Dockery) y Lady Edith (Laura Carmichael), así como el señor Carson (Jim Carter), veterano mayordomo de la dinastía, amén de todos los demás personajes, se convirtieron en figuras no sólo familiares sino entrañables para millones de televidentes en múltiples idiomas.

¿Por qué? Desde siempre, el gran público experimenta fascinación por la realeza y por la aristocracia cuando de verdad se conducen como tales. En vez de envidia o resentimiento, despiertan admiración y simpatía. Si sufren desdichas, el público más humilde siente sincera compasión.

No se trata de una actitud “aspiracional”, sino de la convicción de que el estilo de vida de la aristocracia aporta belleza y refinamiento al mundo. ¿Cuántas obras de arte, cuántas piezas de valor inapreciable se deben al refinamiento de la realeza y la aristocracia?

Como apuntaba Elena Garro, las “fiestas bonitas”, bodas reales, coronaciones, desfiles de alta costura, no solamente provocan placer a quienes protagonizan tales fastos, también se lo proporcionan a los espectadores más modestos.

Una cuidadosa investigación histórica y una esmerada puesta en escena le confirieron a Downton Abbey su encanto. Al público le gusta ver a Lady Mary lucir sus galas con la altivez y el savoir faire de la nobleza. Le encanta ver al señor Carson guardar celosamente el estilo de la mansión a él confiada.

Paradójicamente, la distancia crítica respecto a aquel tiempo motiva a cuestionar nuestra grafiteada época y su estética de la fealdad.

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