/ domingo 17 de septiembre de 2023

El Himno Nacional Mexicano y su génesis (I)

El término “himno” procede del vocablo latino himnos y éste del griego hymnos. De acuerdo con Uberto Zanolli, en sus orígenes comenzó siendo un canto a la divinidad. Del siglo VIII a.C. data el hasta hoy primer himno, el de Ugarit de Sumeria, y del siglo VII a.C. los himnos atribuidos a Homero, los más antiguos de la literatura griega -cada uno destinado a un dios (Dionisio, Démeter, Apolo, Hermes, Afrodita, Zeus, entre otros)- que, interpretados por aedas, comenzaban con un proemio (prooimion) de 3 ó 4 versos y el himno propiamente de hasta 500 versos. Medio milenio más tarde, existen en Atenas registros hímnicos en honor a Apolo y en Bizancio de uno dedicado al Sol y otro más a la diosa justiciera Némesis, de los que en el Renacimiento referirá el propio Vincenzo Galilei en su “Dialogo della musica antica et della moderna”. Durante la Edad Media, el Cristianismo fundirá himnos fúnebres con cantos de exaltación religiosa; las obras de Hilario de Poitiers, san Ambrosio y san Agustín, darán fe de ello. Del siglo XVI data el gran himnario “Hymnorum musica secundum ordinem Romanae Ecclesiae”, compuesto por el flamenco Adriano Willaert con obras de 2 a 6 voces, así como los “Himni totius anni” de Giovanni Pierluigi da Palestrina.

Será sólo a finales del siglo XVIII, en el albor de la época contemporánea, cuando el milenario sello místico-religioso que hasta ahora ha caracterizado al himno sea transformado. El siglo XIX será la centuria de las grandes liberaciones nacionalistas hijas de la Revolución francesa que, a partir de “La Marsellaise” -escrita en 1792 y originalmente intitulada “Chant de guerre pour l’Armèe du Rhin” por Claude Joseph Roueget de Lisle-, cambiarán el rumbo literario musical de la forma hímnica, al quedar asociada ésta con un nuevo culto, el de los valores de toda una colectividad que se sabe perteneciente a un mismo ente nacional. Neoculto a la Patria que detonará en Occidente una febril actividad por crear himnos nacionales en la que el México en vías de independización quedará inserto.

La primera mitad de esta centuria es, sin duda, convulsa y en México de modo particular. De ahí que la gestación que antecede al estreno en 1854 de nuestro “Himno Nacional Mexicano” será acorde con dichos tiempos, por lo que le tomará a nuestra flamante Nación varias décadas poder contar con el himno oficial anhelado en el que pudiera canalizarse el ardor patrio de su pueblo. No sólo será el choque de los diversos intereses políticos lo que estaba en juego, sino también el gusto popular, particularmente exigente.

En 1820 encontramos un tímido primer intento hímnico anónimo: “Honor a los héroes, / honor a los sabios, / sus brazos, sus labios, / sustentan la ley…” y, a partir de 1821 -aún antes de la proclamación de la firma del Acta de Independencia- diversos esfuerzos creadores, cada vez más entusiastas. Los primeros son de José Torrescano y José María Garmendia, ambos antihispánicos y proiturbidistas. De 1826, procede un himno de corte bélico, debido a la pluma poética del cubano José María Heredia y música de Ernst Ferdinand Wezel, que publicará El Iris, la primera revista literaria del México independiente. De 1827, “El 16 de septiembre de 1810. Himno cívico para toda orquesta o forte-piano”, de Francisco Manuel Sánchez de Tagle y José Mariano Elízaga -maestro de la Capilla Imperial de Iturbide-, que será distribuido ampliamente por la Imprenta de El Águila.

En 1831 nace el “Himno cívico” de Ignacio Sierra y Rosso con música del compositor hispano José Castel, no sólo proiturbidista sino también prosantannista. Es la época de la guerra de los pasteles y el propio Guillermo Prieto, bajo el seudónimo de Fidel, compone su respectivo himno: “Los Cangrejos”, en el que al tiempo que incita a los mexicanos contra los invasores franceses, se burla de los conservadores. En 1844, bajo la dirección de Luigi Spontini, se estrena un himno más, ahora prosantannista y a favor de la concordia y la paz: la letra es de poeta anónimo y la música del violinista Eusebio Delgado, evidenciando con ello cómo cada nuevo himno estaba adentrándose en el ser nacional en conformación.

A un lustro de 1854, en 1849 llega a México el pianista austríaco Heinrich Hertz, quien pide a todos los periódicos soliciten a sus lectores el envío de obras poéticas. Su deseo es componer el himno nacional. La Junta Patriótica de la Ciudad de México hace suya la empresa y propone a la Academia de Literatura de san Juan de Letrán invitar a los poetas para la creación de la letra. Publicada la convocatoria a mediados de agosto, se espera su estreno el 15 de septiembre en la Universidad y el 16 en el Teatro Nacional. El jurado, integrado por Andrés Quintana Roo, Juan y José María Lacunza, José Joaquín Pesado, Manuel Carpio y Alejandro Aragón y Escandón, resuelve que ninguna de las obras reúne los atributos de ser una “auténtica expresión” del himno. Aún así, la elección recae en la obra de Andrew Davis Bradburn. Su estreno ocurrirá hasta noviembre, pero de nueva cuenta la sociedad no lo hará suyo. (Continuará)


El término “himno” procede del vocablo latino himnos y éste del griego hymnos. De acuerdo con Uberto Zanolli, en sus orígenes comenzó siendo un canto a la divinidad. Del siglo VIII a.C. data el hasta hoy primer himno, el de Ugarit de Sumeria, y del siglo VII a.C. los himnos atribuidos a Homero, los más antiguos de la literatura griega -cada uno destinado a un dios (Dionisio, Démeter, Apolo, Hermes, Afrodita, Zeus, entre otros)- que, interpretados por aedas, comenzaban con un proemio (prooimion) de 3 ó 4 versos y el himno propiamente de hasta 500 versos. Medio milenio más tarde, existen en Atenas registros hímnicos en honor a Apolo y en Bizancio de uno dedicado al Sol y otro más a la diosa justiciera Némesis, de los que en el Renacimiento referirá el propio Vincenzo Galilei en su “Dialogo della musica antica et della moderna”. Durante la Edad Media, el Cristianismo fundirá himnos fúnebres con cantos de exaltación religiosa; las obras de Hilario de Poitiers, san Ambrosio y san Agustín, darán fe de ello. Del siglo XVI data el gran himnario “Hymnorum musica secundum ordinem Romanae Ecclesiae”, compuesto por el flamenco Adriano Willaert con obras de 2 a 6 voces, así como los “Himni totius anni” de Giovanni Pierluigi da Palestrina.

Será sólo a finales del siglo XVIII, en el albor de la época contemporánea, cuando el milenario sello místico-religioso que hasta ahora ha caracterizado al himno sea transformado. El siglo XIX será la centuria de las grandes liberaciones nacionalistas hijas de la Revolución francesa que, a partir de “La Marsellaise” -escrita en 1792 y originalmente intitulada “Chant de guerre pour l’Armèe du Rhin” por Claude Joseph Roueget de Lisle-, cambiarán el rumbo literario musical de la forma hímnica, al quedar asociada ésta con un nuevo culto, el de los valores de toda una colectividad que se sabe perteneciente a un mismo ente nacional. Neoculto a la Patria que detonará en Occidente una febril actividad por crear himnos nacionales en la que el México en vías de independización quedará inserto.

La primera mitad de esta centuria es, sin duda, convulsa y en México de modo particular. De ahí que la gestación que antecede al estreno en 1854 de nuestro “Himno Nacional Mexicano” será acorde con dichos tiempos, por lo que le tomará a nuestra flamante Nación varias décadas poder contar con el himno oficial anhelado en el que pudiera canalizarse el ardor patrio de su pueblo. No sólo será el choque de los diversos intereses políticos lo que estaba en juego, sino también el gusto popular, particularmente exigente.

En 1820 encontramos un tímido primer intento hímnico anónimo: “Honor a los héroes, / honor a los sabios, / sus brazos, sus labios, / sustentan la ley…” y, a partir de 1821 -aún antes de la proclamación de la firma del Acta de Independencia- diversos esfuerzos creadores, cada vez más entusiastas. Los primeros son de José Torrescano y José María Garmendia, ambos antihispánicos y proiturbidistas. De 1826, procede un himno de corte bélico, debido a la pluma poética del cubano José María Heredia y música de Ernst Ferdinand Wezel, que publicará El Iris, la primera revista literaria del México independiente. De 1827, “El 16 de septiembre de 1810. Himno cívico para toda orquesta o forte-piano”, de Francisco Manuel Sánchez de Tagle y José Mariano Elízaga -maestro de la Capilla Imperial de Iturbide-, que será distribuido ampliamente por la Imprenta de El Águila.

En 1831 nace el “Himno cívico” de Ignacio Sierra y Rosso con música del compositor hispano José Castel, no sólo proiturbidista sino también prosantannista. Es la época de la guerra de los pasteles y el propio Guillermo Prieto, bajo el seudónimo de Fidel, compone su respectivo himno: “Los Cangrejos”, en el que al tiempo que incita a los mexicanos contra los invasores franceses, se burla de los conservadores. En 1844, bajo la dirección de Luigi Spontini, se estrena un himno más, ahora prosantannista y a favor de la concordia y la paz: la letra es de poeta anónimo y la música del violinista Eusebio Delgado, evidenciando con ello cómo cada nuevo himno estaba adentrándose en el ser nacional en conformación.

A un lustro de 1854, en 1849 llega a México el pianista austríaco Heinrich Hertz, quien pide a todos los periódicos soliciten a sus lectores el envío de obras poéticas. Su deseo es componer el himno nacional. La Junta Patriótica de la Ciudad de México hace suya la empresa y propone a la Academia de Literatura de san Juan de Letrán invitar a los poetas para la creación de la letra. Publicada la convocatoria a mediados de agosto, se espera su estreno el 15 de septiembre en la Universidad y el 16 en el Teatro Nacional. El jurado, integrado por Andrés Quintana Roo, Juan y José María Lacunza, José Joaquín Pesado, Manuel Carpio y Alejandro Aragón y Escandón, resuelve que ninguna de las obras reúne los atributos de ser una “auténtica expresión” del himno. Aún así, la elección recae en la obra de Andrew Davis Bradburn. Su estreno ocurrirá hasta noviembre, pero de nueva cuenta la sociedad no lo hará suyo. (Continuará)