/ viernes 6 de julio de 2018

El que puede lo más puede lo menos

La inmensa hazaña, la enorme proeza, lo que parecía imposible de lograr finalmente se consiguió. Y la hazaña no sólo fue haber sepultado al pripanismo bajo una montaña de votos, sino, sobre todo, haber derrotado las evidentes y monumentales tentativas de fraude electoral. Esta es la médula de la gesta que México vivió el domingo 1 de julio.

Frente a la colosal hazaña de haber llevado al régimen al abandono de las tentativas de torcimiento o de no reconocimiento de la voluntad popular expresada en las urnas, todo lo demás, todo lo por venir parece cosa sencilla.

Porque, como reza el aforismo jurídico, el que puede lo más puede lo menos. Y porque, como es obvio, los trabajos para regenerar a la nación pasaban por la derrota del fraude electoral, el más poderoso, el más sólido, el más antiguo pilar del caduco sistema político colapsado el domingo 1 de julio.

La derrota del fraude fue la derrota de una autoridad electoral mafiosa; fue la derrota de la hasta ese momento voluntad omnímoda del presidente de la república; fue la derrota de unos tribunales electorales de probada e histórica venalidad; fue la derrota de una radio y una televisión puesta, de grado o por fuerza, al servicio del fraude electoral.

Fue la derrota de periodistas, comentaristas y opinadores que han hecho de la desinformación, del ocultamiento de la realidad y de la desorientación su condenable modo de vida por años y décadas.

También fue la derrota de los sindicatos empresariales que, con montañas de dinero y con toda su fuerza política, trabajaron arduamente y por muchos sexenios en pro de la preservación del sistema pripanista y de su condición básica, el fraude electoral.

Asimismo fue la derrota de la tecnocracia que por decenios ofreció espejitos a cambio del sudor y el esfuerzo de millones de trabajadores del campo y la ciudad. Fue la derrota del pensamiento único, del “no hay alternativa”, de la privatización de la riqueza pública como medio para el enriquecimiento de unos cuantos.

El domingo 1 de julio también fueron vencidos en toda la línea los propulsores y operadores de la contrarreforma educativa, ese engendro que pretendía privar a los niños y jóvenes mexicanos de su derecho a la educación gratuita, laica y científica.

El mejor freno, dice la sabiduría popular, es dejar de acelerar. Y ese freno a la ruina del país comenzó el domingo 1 de julio con el colapso del fraude electoral previsto y preparado para ese día. Tal freno significa no más privatizaciones de la riqueza pública, no más preeminencia ideológica de la educación como negocio, no más, cual dijo alguna vez Porfirio Muñoz Ledo, en parte vender el país y en parte comprarlo.

No más desapariciones forzadas como política de Estado. No más masacres por órdenes superiores con el pretexto de la lucha contra el narco. No más palos y cárcel para los modestos luchadores sociales que se oponen a su propio despojo y a su mayor empobrecimiento.

No más el uso de la bandera y el escudo nacionales para encubrir latrocinios, fraudes, violaciones, desapariciones de personas y asesinatos, como en Ayotzinapa, Tlatlaya y Tanhuato. Nunca más crímenes perpetrados o solapados por el Estado.

www.economiaypoliticahoy.wordpress.com

mentorferrer@gmail.com

La inmensa hazaña, la enorme proeza, lo que parecía imposible de lograr finalmente se consiguió. Y la hazaña no sólo fue haber sepultado al pripanismo bajo una montaña de votos, sino, sobre todo, haber derrotado las evidentes y monumentales tentativas de fraude electoral. Esta es la médula de la gesta que México vivió el domingo 1 de julio.

Frente a la colosal hazaña de haber llevado al régimen al abandono de las tentativas de torcimiento o de no reconocimiento de la voluntad popular expresada en las urnas, todo lo demás, todo lo por venir parece cosa sencilla.

Porque, como reza el aforismo jurídico, el que puede lo más puede lo menos. Y porque, como es obvio, los trabajos para regenerar a la nación pasaban por la derrota del fraude electoral, el más poderoso, el más sólido, el más antiguo pilar del caduco sistema político colapsado el domingo 1 de julio.

La derrota del fraude fue la derrota de una autoridad electoral mafiosa; fue la derrota de la hasta ese momento voluntad omnímoda del presidente de la república; fue la derrota de unos tribunales electorales de probada e histórica venalidad; fue la derrota de una radio y una televisión puesta, de grado o por fuerza, al servicio del fraude electoral.

Fue la derrota de periodistas, comentaristas y opinadores que han hecho de la desinformación, del ocultamiento de la realidad y de la desorientación su condenable modo de vida por años y décadas.

También fue la derrota de los sindicatos empresariales que, con montañas de dinero y con toda su fuerza política, trabajaron arduamente y por muchos sexenios en pro de la preservación del sistema pripanista y de su condición básica, el fraude electoral.

Asimismo fue la derrota de la tecnocracia que por decenios ofreció espejitos a cambio del sudor y el esfuerzo de millones de trabajadores del campo y la ciudad. Fue la derrota del pensamiento único, del “no hay alternativa”, de la privatización de la riqueza pública como medio para el enriquecimiento de unos cuantos.

El domingo 1 de julio también fueron vencidos en toda la línea los propulsores y operadores de la contrarreforma educativa, ese engendro que pretendía privar a los niños y jóvenes mexicanos de su derecho a la educación gratuita, laica y científica.

El mejor freno, dice la sabiduría popular, es dejar de acelerar. Y ese freno a la ruina del país comenzó el domingo 1 de julio con el colapso del fraude electoral previsto y preparado para ese día. Tal freno significa no más privatizaciones de la riqueza pública, no más preeminencia ideológica de la educación como negocio, no más, cual dijo alguna vez Porfirio Muñoz Ledo, en parte vender el país y en parte comprarlo.

No más desapariciones forzadas como política de Estado. No más masacres por órdenes superiores con el pretexto de la lucha contra el narco. No más palos y cárcel para los modestos luchadores sociales que se oponen a su propio despojo y a su mayor empobrecimiento.

No más el uso de la bandera y el escudo nacionales para encubrir latrocinios, fraudes, violaciones, desapariciones de personas y asesinatos, como en Ayotzinapa, Tlatlaya y Tanhuato. Nunca más crímenes perpetrados o solapados por el Estado.

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