/ lunes 28 de enero de 2019

El reto del próximo Plan Nacional de Desarrollo

Las tendencias de los componentes que conforman el sector industrial de México son contundentes: la inercia que heredó la pasada administración es de desaceleración productiva, dinámica que en algunos casos prolongará la recesión en algunas ramas industriales.

Hasta el mes de noviembre, el último del sexenio anterior, prácticamente la mitad de las ramas manufactureras se encontraba con una tendencia a la baja, poco más de 15 por ciento estancada y sólo 35 por ciento crecía.

Al mismo tiempo la construcción se desaceleraba, en tanto que la parte de electricidad, gas y agua también manifestaba una debilidad. El caso de la minería, fuertemente influida por la crisis que vive el sector energético desde hace siete años, se mantenía en contracción.

Lo descrito representa el saldo de las dos ultimas administraciones federales, en donde la producción industrial solamente creció 0.4 por ciento, en promedio anual.

Sin lugar a duda que dicha situación presenta un escenario que no se debe desdeñar: la urgencia de crear un verdadero Plan Nacional de Desarrollo Industrial.

La razón es muy clara: se equivocaron los arquitectos de política económica que durante décadas desdeñaron a la industria y pensaron que México debería enfocarse al sector de los servicios.

El rezago que el sector energético vive tiene de fondo no sólo a la corrupción e ineficacia, también tiene su razón de ser en que no se le conceptualizó como el motor de crecimiento industrial: energía barata, abundante y, en estas épocas, amable con el medio ambiente. Solamente se le vio como fuente de ingresos para el sector público.

La corrupción también afectó el desarrollo de grandes obras de infraestructura, puentes, caminos, presas, etc. Pero también se ha visto detenida por el error de privilegiar a empresas extranjeras que luego subcontratan a las nacionales al costo. La utilidad va al exterior.

En el desarrollo de las manufacturas la situación fue más delicada: se intentó sustituir la innovación, inversión, desarrollo tecnológico y encadenamientos productivos con importaciones baratas. Dicha estrategia sacrificó a las empresas nacionales y abrió el paso a las extranjeras que se encuentran fuertemente apoyadas por sus gobiernos, banca privada y de desarrollo, así como por sus capacidades tecnológicas y un sistema educativo de excelencia.

El mensaje es claro: sin la industria no habrá un crecimiento superior al 2 por ciento.

Lo descrito no es menor: para darle sostenibilidad a los proyectos económicos y sociales propuestos por el presidente López Obrador, el crecimiento económico es fundamental. Su consecución permite generar mayor riqueza y, por lo tanto, con las políticas adecuadas, impactar positivamente en el bienestar de las personas.

Por ello es fundamental tener un diagnóstico pertinente sobre los factores que inhiben el crecimiento económico y con ello generar las propuestas de política pública adecuadas que impulsen la actividad productiva.

Durante las últimas tres administraciones, en el Plan Nacional de Desarrollo se establecieron metas de crecimiento económico que no fueron alcanzadas: una de las razones fue la ausencia de una política industrial. Otra, la falta de verdadera comunicación con los sectores privado, educativo y social. Seguir por el mismo camino llevaría a un resultado que ya se conoce y no se desea.

Las tendencias de los componentes que conforman el sector industrial de México son contundentes: la inercia que heredó la pasada administración es de desaceleración productiva, dinámica que en algunos casos prolongará la recesión en algunas ramas industriales.

Hasta el mes de noviembre, el último del sexenio anterior, prácticamente la mitad de las ramas manufactureras se encontraba con una tendencia a la baja, poco más de 15 por ciento estancada y sólo 35 por ciento crecía.

Al mismo tiempo la construcción se desaceleraba, en tanto que la parte de electricidad, gas y agua también manifestaba una debilidad. El caso de la minería, fuertemente influida por la crisis que vive el sector energético desde hace siete años, se mantenía en contracción.

Lo descrito representa el saldo de las dos ultimas administraciones federales, en donde la producción industrial solamente creció 0.4 por ciento, en promedio anual.

Sin lugar a duda que dicha situación presenta un escenario que no se debe desdeñar: la urgencia de crear un verdadero Plan Nacional de Desarrollo Industrial.

La razón es muy clara: se equivocaron los arquitectos de política económica que durante décadas desdeñaron a la industria y pensaron que México debería enfocarse al sector de los servicios.

El rezago que el sector energético vive tiene de fondo no sólo a la corrupción e ineficacia, también tiene su razón de ser en que no se le conceptualizó como el motor de crecimiento industrial: energía barata, abundante y, en estas épocas, amable con el medio ambiente. Solamente se le vio como fuente de ingresos para el sector público.

La corrupción también afectó el desarrollo de grandes obras de infraestructura, puentes, caminos, presas, etc. Pero también se ha visto detenida por el error de privilegiar a empresas extranjeras que luego subcontratan a las nacionales al costo. La utilidad va al exterior.

En el desarrollo de las manufacturas la situación fue más delicada: se intentó sustituir la innovación, inversión, desarrollo tecnológico y encadenamientos productivos con importaciones baratas. Dicha estrategia sacrificó a las empresas nacionales y abrió el paso a las extranjeras que se encuentran fuertemente apoyadas por sus gobiernos, banca privada y de desarrollo, así como por sus capacidades tecnológicas y un sistema educativo de excelencia.

El mensaje es claro: sin la industria no habrá un crecimiento superior al 2 por ciento.

Lo descrito no es menor: para darle sostenibilidad a los proyectos económicos y sociales propuestos por el presidente López Obrador, el crecimiento económico es fundamental. Su consecución permite generar mayor riqueza y, por lo tanto, con las políticas adecuadas, impactar positivamente en el bienestar de las personas.

Por ello es fundamental tener un diagnóstico pertinente sobre los factores que inhiben el crecimiento económico y con ello generar las propuestas de política pública adecuadas que impulsen la actividad productiva.

Durante las últimas tres administraciones, en el Plan Nacional de Desarrollo se establecieron metas de crecimiento económico que no fueron alcanzadas: una de las razones fue la ausencia de una política industrial. Otra, la falta de verdadera comunicación con los sectores privado, educativo y social. Seguir por el mismo camino llevaría a un resultado que ya se conoce y no se desea.

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