/ domingo 29 de mayo de 2022

El siglo de plata ruso: muerte y resurrección

“Éste es el único país que respeta la poesía: matan por ella: En ningún otro lugar ocurre eso”.

O. Mandelshtam


A lo largo de la historia, la humanidad ha bautizado a ciertos periodos con el nombre de “El siglo de plata”. A él se refieren Hesíodo en Los trabajos y los días y Ovidio en Las metamorfosis, al señalar que el hombre había conocido cuatro siglos: oro, plata, latón y hierro. Milenios después, así se denominó al momento en el que la plata fue el bien más preciado para el imperio mogol (1276-1359) y para la China imperial (1550-1650). Sin embargo, a finales del siglo XIX y principios del XX, distintos escritores y críticos rusos como Solovióv, Rózanov, Makóvsky, Otsup, Berdiáyev, Razúmnik y Piást, hicieron suyo al concepto, aludiendo a los poetas que figuraron tras “El siglo de oro” que en Púshkin tuvo a su principal representante. De su periodización precisa no hay consenso, pero todos afirman que la década de 1910 fue la más importante, en gran medida por el debilitamiento de la censura zarista a partir de 1905. Para entonces, el simbolismo en Rusia entra en crisis y comienzan a germinar dos nuevas corrientes literarias: futurismo y “acmeísmo.

El futurismo era un eco del italiano que en 1909 diera a luz el poeta Filippo Tommaso Marinetti. Entre sus ideales planteaba que arte y palabra debían ser nuevos y autónomos, a la par que buscaba destruir las formas retóricas de clásicos y románticos. El acmeísmo” -cuyo nombre derivaba del vocablo de origen griego άκμη (florecimiento, apogeo, madurez, clímax)-, por su parte, iba en pos de la cultura universal y del pasado en el que los héroes líricos estaban vinculados a la mitología y a la historia, y sostenía que a través del arte era posible detonar una “revolución mundial” como génesis de una “nueva humanidad”, de ahí que su logos repudiara lo místico, abstracto, críptico y metafísico, siendo afín a lo concreto y lo real.

Los primeros en asumirse acmeístas fueron Mikhail Kuzmin, Serguéi Makovski, Serguei Gorodetsky, Velimir Jlébnikov, Nikolái Gumiliov, Anna Ajmátova, Boris Pasternak, Ósip Mandelshtam, Marina Tsvetáieva y Serguéi Esenin. En 1910, Kuzmin anunciará al nuevo movimiento en su ensayo “Sobre la belleza de la claridad”. A partir de 1913, la editorial Ákme publica su órgano de difusión: la revista “Apollon”, fundada por Makovski, donde aparecerán los manifiestos de su movimiento escritos por Gumiliov -creador del “Gremio-Taller de los Poetas” (1911-1915, 1920-1922)- y Gorodetsky, quien desde 1912 había introducido en una lectura pública ante sus compañeros -en su querido café “El perro vagabundo” de San Petersburgo- el concepto del “adanismo” para apuntalar su búsqueda y fundación del mundo nuevo, a lo que responderá Mandelshtam en su ensayo “La mañana del acmeísmo”: “Amad la existencia de una cosa más que la cosa en sí misma y vuestro ser más que a vosotros mismos: éste es el más alto mandamiento del acmeísmo”.

Sí, era la más poderosa corriente literaria que había conocido Rusia por su compromiso con la poesía y con la realidad de su patria. Sin embargo, en 1908 Alexandr Blok había ya dicho en su poema “Los poetas”: “no importa que mueran, como perros, tras la valla / o que la vida los haya enlodado / creen que algún Dios los trajo aquí / para que besaran la ventisca y la nieve”, y resultó una profecía. “El siglo de plata” feneció tras la Revolución de 1917.

El régimen soviético comenzó a estatizar los medios y estableció la Unión de Escritores Soviéticos para controlarlos. Inició además una inclemente persecución y feroz silenciamiento de las voces críticas, particularmente de los poetas. Gumilov fue fusilado en 1921. A él siguieron la Tsvetáieva que se expatrió a Checoeslovaquia y Francia y la Ajmátova y Pasternak que decidieron asumir un férreo exilio interior. Jlébnikov, acusado de espionaje, morirá de gangrena sin ayuda médica. Otros serán condenados a gulags, donde perecerán. Dolorosamente emblemático es el caso del poeta de origen polaco y ruso por adopción Mandelshtam quien, a pesar de haber sido defendido por Pasternak y Nikolái Bujarin, había firmado su sentencia de muerte en 1933 al haber sido filtrado su demoledor poema, de tan sólo dieciséis veros, “Epigrama contra Stalin”.

Pero nadie se arredró. Su obra se convirtió en poesía de la resistencia, confirmando lo dicho por Mikhail Bulgákov: “los manuscritos no se queman”. A pesar de que el Estado requisó y destruyó sus textos, los autores y sus seres más allegados, lucharon por salvar su obra en lo que Vladimir Bukowski llamó el “samizdat”. Nadiezhda, viuda de Mandelshtam, aprendió de memoria sus poemas: “llena de horror me decía a mí misma que entraríamos en el futuro sin testigos capaces de testimoniar lo que fue el pasado. Tanto fuera como dentro de las alambradas, todos habíamos perdido la memoria”.

Tras del gran terror stalinista, fue hasta finales de los 80 cuando sus nombres y obra comenzaron a ser “reivindicados”. Gracias a ello, no sólo el mundo, Rusia también recuperó el poderoso arte y, sobre todo, el valeroso ejemplo de una de las más ilustres generaciones de aedas de todos los tiempos, la de “El siglo de plata”, los poetas a los que el poder no pudo silenciar.


bettyzanolli@gmail.com

@BettyZanolli



“Éste es el único país que respeta la poesía: matan por ella: En ningún otro lugar ocurre eso”.

O. Mandelshtam


A lo largo de la historia, la humanidad ha bautizado a ciertos periodos con el nombre de “El siglo de plata”. A él se refieren Hesíodo en Los trabajos y los días y Ovidio en Las metamorfosis, al señalar que el hombre había conocido cuatro siglos: oro, plata, latón y hierro. Milenios después, así se denominó al momento en el que la plata fue el bien más preciado para el imperio mogol (1276-1359) y para la China imperial (1550-1650). Sin embargo, a finales del siglo XIX y principios del XX, distintos escritores y críticos rusos como Solovióv, Rózanov, Makóvsky, Otsup, Berdiáyev, Razúmnik y Piást, hicieron suyo al concepto, aludiendo a los poetas que figuraron tras “El siglo de oro” que en Púshkin tuvo a su principal representante. De su periodización precisa no hay consenso, pero todos afirman que la década de 1910 fue la más importante, en gran medida por el debilitamiento de la censura zarista a partir de 1905. Para entonces, el simbolismo en Rusia entra en crisis y comienzan a germinar dos nuevas corrientes literarias: futurismo y “acmeísmo.

El futurismo era un eco del italiano que en 1909 diera a luz el poeta Filippo Tommaso Marinetti. Entre sus ideales planteaba que arte y palabra debían ser nuevos y autónomos, a la par que buscaba destruir las formas retóricas de clásicos y románticos. El acmeísmo” -cuyo nombre derivaba del vocablo de origen griego άκμη (florecimiento, apogeo, madurez, clímax)-, por su parte, iba en pos de la cultura universal y del pasado en el que los héroes líricos estaban vinculados a la mitología y a la historia, y sostenía que a través del arte era posible detonar una “revolución mundial” como génesis de una “nueva humanidad”, de ahí que su logos repudiara lo místico, abstracto, críptico y metafísico, siendo afín a lo concreto y lo real.

Los primeros en asumirse acmeístas fueron Mikhail Kuzmin, Serguéi Makovski, Serguei Gorodetsky, Velimir Jlébnikov, Nikolái Gumiliov, Anna Ajmátova, Boris Pasternak, Ósip Mandelshtam, Marina Tsvetáieva y Serguéi Esenin. En 1910, Kuzmin anunciará al nuevo movimiento en su ensayo “Sobre la belleza de la claridad”. A partir de 1913, la editorial Ákme publica su órgano de difusión: la revista “Apollon”, fundada por Makovski, donde aparecerán los manifiestos de su movimiento escritos por Gumiliov -creador del “Gremio-Taller de los Poetas” (1911-1915, 1920-1922)- y Gorodetsky, quien desde 1912 había introducido en una lectura pública ante sus compañeros -en su querido café “El perro vagabundo” de San Petersburgo- el concepto del “adanismo” para apuntalar su búsqueda y fundación del mundo nuevo, a lo que responderá Mandelshtam en su ensayo “La mañana del acmeísmo”: “Amad la existencia de una cosa más que la cosa en sí misma y vuestro ser más que a vosotros mismos: éste es el más alto mandamiento del acmeísmo”.

Sí, era la más poderosa corriente literaria que había conocido Rusia por su compromiso con la poesía y con la realidad de su patria. Sin embargo, en 1908 Alexandr Blok había ya dicho en su poema “Los poetas”: “no importa que mueran, como perros, tras la valla / o que la vida los haya enlodado / creen que algún Dios los trajo aquí / para que besaran la ventisca y la nieve”, y resultó una profecía. “El siglo de plata” feneció tras la Revolución de 1917.

El régimen soviético comenzó a estatizar los medios y estableció la Unión de Escritores Soviéticos para controlarlos. Inició además una inclemente persecución y feroz silenciamiento de las voces críticas, particularmente de los poetas. Gumilov fue fusilado en 1921. A él siguieron la Tsvetáieva que se expatrió a Checoeslovaquia y Francia y la Ajmátova y Pasternak que decidieron asumir un férreo exilio interior. Jlébnikov, acusado de espionaje, morirá de gangrena sin ayuda médica. Otros serán condenados a gulags, donde perecerán. Dolorosamente emblemático es el caso del poeta de origen polaco y ruso por adopción Mandelshtam quien, a pesar de haber sido defendido por Pasternak y Nikolái Bujarin, había firmado su sentencia de muerte en 1933 al haber sido filtrado su demoledor poema, de tan sólo dieciséis veros, “Epigrama contra Stalin”.

Pero nadie se arredró. Su obra se convirtió en poesía de la resistencia, confirmando lo dicho por Mikhail Bulgákov: “los manuscritos no se queman”. A pesar de que el Estado requisó y destruyó sus textos, los autores y sus seres más allegados, lucharon por salvar su obra en lo que Vladimir Bukowski llamó el “samizdat”. Nadiezhda, viuda de Mandelshtam, aprendió de memoria sus poemas: “llena de horror me decía a mí misma que entraríamos en el futuro sin testigos capaces de testimoniar lo que fue el pasado. Tanto fuera como dentro de las alambradas, todos habíamos perdido la memoria”.

Tras del gran terror stalinista, fue hasta finales de los 80 cuando sus nombres y obra comenzaron a ser “reivindicados”. Gracias a ello, no sólo el mundo, Rusia también recuperó el poderoso arte y, sobre todo, el valeroso ejemplo de una de las más ilustres generaciones de aedas de todos los tiempos, la de “El siglo de plata”, los poetas a los que el poder no pudo silenciar.


bettyzanolli@gmail.com

@BettyZanolli