/ domingo 10 de marzo de 2024

El sometimiento popular al líder (III)

El nazismo no se fundamentó en principios políticos ni económicos “genuinos”. Su base principal fue, a juicio de Eric Fromm, el “oportunismo radical”. Esto es: millones de pequeño burgueses que en el pasado no hubieran podido ganar dinero, como miembros ahora de la burocracia nazi podían aspirar a participar del poder y prestigio que antes sólo habían podido detentar altos sectores de la sociedad y, sobre todo, de la comunidad judía. El resto, es decir los que no tuvieron cargos en el partido nazi ni parte en la repartición del poder, tuvo acceso al “circo”, entendiendo Fromm por tal a la satisfacción emocional de ser testigos de los espectáculos sádicos que el nazismo encabezó, así como el compartir el mismo sentimiento de “superioridad” sobre el resto de la humanidad ajena a su mundo del que eran parte. Esto bien les valía haber vivido una vida empobrecida.

Sin embargo, en la personalidad autoridaria de Hitler confluyeron simultáneamente, a juicio de Fromm, tendencias impulsivas de sadismo y masoquismo propias de un individuo necesitado de superar su soledad. Un sadismo ávido de poder ilimitado y caracterizado por un elevado grado de destructividad, así como un masoquismo dirigido hacia la disolución del yo frente al poder cuya gloria anhelaba compartir. Lo que documenta a partir del propio contenido de la obra capital de Hitler: “Mi lucha”, en la que advierte un evidente y desbordante “anhelo sádico de poder”.

Por un lado, la relación del Führer con las masas es sádica: es de desprecio aunque también diga amarlas, pues se ufana de que ellas son felices de ser sometidas, tal y como lo sería una mujer, que prefiere al hombre fuerte (no al débil) y al que manda (no al que ruega). De ahí que las masas prefieran una doctrina autoritaria y sin rivales que un régimen liberal en el que puedan sentirse perdidas y abandonadas al no saber qué hacer con su libertad. Aún más, y esto es altamente perverso: Hitler destacará cómo las masas podían ser fácilmente “aterrorizadas” y restringidas en sus libertad sin darse cuenta “del engaño” de esta doctrina.

Para lograrlo y “quebrar la voluntad del público”, era esencial “la fuerza superior del orador”, al punto de provocar un severo cansancio físico que, lejos de ser perjudicial, devendría favorable para el éxito de la sugestión. Por ello, era sobre todo en la noche cuando la “fuerza dominadora de una voluntad superior” adquiría mayor efectividad, al lograr que “el talento oratorio superior, de una naturaleza apostólica dominadora”, hiciera suya con mayor facilidad la voluntad de los que por causas naturales habían sido debilitados previamente en su fuerza de resistencia. Aunado a ello, el hecho de que un individuo acudiera a un acto o mitin de masas era esencial, pues al participar en él, perdía el miedo y conjuraba su soledad al sentirse integrante de una comunidad mayor. Atrás quedaba su pequeño taller en el que él se sabía “pequeño”. Ahora era integrante de una comunidad de miles de personas con las que compartía las mismas ideas. Sí, había sucumbido -dirá Hitler- “a la influencia mágica de lo que llamamos sugestión de masas”.

De ello Goebbels dirá: las masas son para el líder lo que la piedra para el escultor. Líder y masas son lo mismo que pintor y color y para un individuo anhelante de poder, el pueblo es la fuente de él, pero para que haya mayor éxito, el pueblo también debe sentir lo que significa el “dominio absoluto sobre un ser viviente”, escribirá el teórico Ley. Hitler, al respecto, sostendrá que la educación tendría que proporcionar al educando la “convicción de ser absolutamente superior a los demás”, así como el aprendizaje de sufrir injusticias sin rebelarse. En pocas palabras, una enseñanza sadomasoquista de connivencia entre dominio y sumisión.

Sadomasoquismo que caracterizará tanto al “líder” como a la masa, pues así como el líder está dispuesto a ”someter su propio ego” a la comunidad, de igual forma podría “sacrificarle” de ser necesario. La masa, por su parte, ejerce su sadismo sobre las minorías raciales y políticas. Claro reflejo del sadismo con el que Hiter persiguió a sus enemigos políticos hasta destruirlos, quedando así ambos contaminados: líder y masa, del veneno sadomasoquista de la pasión por la dominación mundial. Dominación que no podría tener paz sino hasta que el líder de “mayor valor” en la cosmovisión nazi hubiera sometido al mundo convirtiéndose “en el único dueño del globo”.

¿Por qué? Porque Hitler y su pueblo serán siempre, a su juicio, los “inocentes”. Los otros sus enemigos, los “brutos sádicos”. De ahí su propaganda autovictimista, fundamentada en la mentira, conscientemente elaborada y dirigida, a fin de evitar que se pudiera descubrir su irracional impulsividad sádica y peligroso potencial destructivo que Fromm resume en esta frase: tú eres el sádico, yo soy el inocente. Qué mayor prueba que el desprecio transfigurado en odio de Hitler contra los débiles y que sus acusaciones contra los judíos, franceses y comunistas, a los que acusará de “estrangular y oprimir” a Alemania, cuando los opresores fueron él y su régimen. (Continuará)


bettyzanolli@gmail.com

X: @BettyZanolli

Youtube: bettyzanolli


El nazismo no se fundamentó en principios políticos ni económicos “genuinos”. Su base principal fue, a juicio de Eric Fromm, el “oportunismo radical”. Esto es: millones de pequeño burgueses que en el pasado no hubieran podido ganar dinero, como miembros ahora de la burocracia nazi podían aspirar a participar del poder y prestigio que antes sólo habían podido detentar altos sectores de la sociedad y, sobre todo, de la comunidad judía. El resto, es decir los que no tuvieron cargos en el partido nazi ni parte en la repartición del poder, tuvo acceso al “circo”, entendiendo Fromm por tal a la satisfacción emocional de ser testigos de los espectáculos sádicos que el nazismo encabezó, así como el compartir el mismo sentimiento de “superioridad” sobre el resto de la humanidad ajena a su mundo del que eran parte. Esto bien les valía haber vivido una vida empobrecida.

Sin embargo, en la personalidad autoridaria de Hitler confluyeron simultáneamente, a juicio de Fromm, tendencias impulsivas de sadismo y masoquismo propias de un individuo necesitado de superar su soledad. Un sadismo ávido de poder ilimitado y caracterizado por un elevado grado de destructividad, así como un masoquismo dirigido hacia la disolución del yo frente al poder cuya gloria anhelaba compartir. Lo que documenta a partir del propio contenido de la obra capital de Hitler: “Mi lucha”, en la que advierte un evidente y desbordante “anhelo sádico de poder”.

Por un lado, la relación del Führer con las masas es sádica: es de desprecio aunque también diga amarlas, pues se ufana de que ellas son felices de ser sometidas, tal y como lo sería una mujer, que prefiere al hombre fuerte (no al débil) y al que manda (no al que ruega). De ahí que las masas prefieran una doctrina autoritaria y sin rivales que un régimen liberal en el que puedan sentirse perdidas y abandonadas al no saber qué hacer con su libertad. Aún más, y esto es altamente perverso: Hitler destacará cómo las masas podían ser fácilmente “aterrorizadas” y restringidas en sus libertad sin darse cuenta “del engaño” de esta doctrina.

Para lograrlo y “quebrar la voluntad del público”, era esencial “la fuerza superior del orador”, al punto de provocar un severo cansancio físico que, lejos de ser perjudicial, devendría favorable para el éxito de la sugestión. Por ello, era sobre todo en la noche cuando la “fuerza dominadora de una voluntad superior” adquiría mayor efectividad, al lograr que “el talento oratorio superior, de una naturaleza apostólica dominadora”, hiciera suya con mayor facilidad la voluntad de los que por causas naturales habían sido debilitados previamente en su fuerza de resistencia. Aunado a ello, el hecho de que un individuo acudiera a un acto o mitin de masas era esencial, pues al participar en él, perdía el miedo y conjuraba su soledad al sentirse integrante de una comunidad mayor. Atrás quedaba su pequeño taller en el que él se sabía “pequeño”. Ahora era integrante de una comunidad de miles de personas con las que compartía las mismas ideas. Sí, había sucumbido -dirá Hitler- “a la influencia mágica de lo que llamamos sugestión de masas”.

De ello Goebbels dirá: las masas son para el líder lo que la piedra para el escultor. Líder y masas son lo mismo que pintor y color y para un individuo anhelante de poder, el pueblo es la fuente de él, pero para que haya mayor éxito, el pueblo también debe sentir lo que significa el “dominio absoluto sobre un ser viviente”, escribirá el teórico Ley. Hitler, al respecto, sostendrá que la educación tendría que proporcionar al educando la “convicción de ser absolutamente superior a los demás”, así como el aprendizaje de sufrir injusticias sin rebelarse. En pocas palabras, una enseñanza sadomasoquista de connivencia entre dominio y sumisión.

Sadomasoquismo que caracterizará tanto al “líder” como a la masa, pues así como el líder está dispuesto a ”someter su propio ego” a la comunidad, de igual forma podría “sacrificarle” de ser necesario. La masa, por su parte, ejerce su sadismo sobre las minorías raciales y políticas. Claro reflejo del sadismo con el que Hiter persiguió a sus enemigos políticos hasta destruirlos, quedando así ambos contaminados: líder y masa, del veneno sadomasoquista de la pasión por la dominación mundial. Dominación que no podría tener paz sino hasta que el líder de “mayor valor” en la cosmovisión nazi hubiera sometido al mundo convirtiéndose “en el único dueño del globo”.

¿Por qué? Porque Hitler y su pueblo serán siempre, a su juicio, los “inocentes”. Los otros sus enemigos, los “brutos sádicos”. De ahí su propaganda autovictimista, fundamentada en la mentira, conscientemente elaborada y dirigida, a fin de evitar que se pudiera descubrir su irracional impulsividad sádica y peligroso potencial destructivo que Fromm resume en esta frase: tú eres el sádico, yo soy el inocente. Qué mayor prueba que el desprecio transfigurado en odio de Hitler contra los débiles y que sus acusaciones contra los judíos, franceses y comunistas, a los que acusará de “estrangular y oprimir” a Alemania, cuando los opresores fueron él y su régimen. (Continuará)


bettyzanolli@gmail.com

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