/ jueves 10 de enero de 2019

Elizabeth Warren y su partido de ideas

El Partido Republicano de hoy es un partido de mentes cerradas, hostiles a la pericia, agresivamente desinteresadas en las pruebas, cuya idea de un argumento político requiere repetir a todo volumen las mismas viejas doctrinas desmentidas.

Mientras tanto, los demócratas han experimentado un renacimiento intelectual. Han emergido de su servilismo de los 90; ya no tienen miedo a desafiar las devociones conservadoras y hay mucho debate serio y bien informado al interior del partido sobre distintos temas, desde los servicios médicos hasta el cambio climático.

Esto me lleva al caso de Elizabeth Warren. Estamos ante una intelectual seria convertida en figura política que tiene influencia en los demás. Su trabajo académico sobre la quiebra y cómo esta se relaciona con el aumento de la desigualdad la convirtió en una figura importante en el debate sobre políticas públicas mucho antes de que ella misma incursionara en la política. Como a muchos otros, me parece reveladora una de sus ideas clave: que el aumento en las tasas de quiebra no fue resultado del consumismo derrochador, sino que principalmente fue un reflejo de los intentos desesperados de la clase media por comprar casas en buenos distritos escolares.

También ha probado ser capaz de traducir las ideas académicas en políticas públicas prácticas. Y he de confesar que me mostré escéptico ante su creación: la Oficina para la Protección Financiera del Consumidor. No porque pensara que fuera una mala idea, sino porque tenía dudas sobre qué tanta diferencia podía hacer una agencia federal encargada de vigilar que no hubiera fraudes financieros. Pero me equivoqué, las prácticas financieras fraudulentas dirigidas a los consumidores desinformados hacen mucho daño y la oficina estaba a todas luces teniendo un efecto enormemente benéfico en las finanzas de las familias hasta que el presidente Donald Trump la saboteó.

Así mismo, Warren no ha dejado de proponer ideas poco convencionales sobre políticas públicas, como su propuesta de que se le permita al gobierno federal incursionar en el negocio de producir algunos medicamentos genéricos. Este es el tipo de cosas que provocan alaridos de escarnio de la derecha, pero que los verdaderos expertos en políticas públicas consideran una contribución valiosa al debate.

¿Existe alguien como Warren del otro lado del pasillo? No. No sólo no hay políticos republicanos que tengan un peso intelectual comparable ni siquiera hay intelectuales medianamente competentes con alguna influencia en el partido. El Partido Republicano no quiere gente que piense bien y analice la evidencia; quiere gente como, por ejemplo, el “economista” Stephen Moore, quien servilmente confirma el dogma del partido, incluso si los hechos básicos no están bien.

¿Todo esto significa que Warren debería ser presidenta? Ciertamente no, muchas cosas determinan si alguien tendrá éxito en ese trabajo y la seriedad intelectual no es necesaria ni suficiente. No obstante, los logros de Warren como académica/legisladora son fundamentales para su identidad política y claramente deberían ser lo primero y lo más importante en cualquier reportaje sobre sus intenciones de contender a la presidencia.

El Partido Republicano de hoy es un partido de mentes cerradas, hostiles a la pericia, agresivamente desinteresadas en las pruebas, cuya idea de un argumento político requiere repetir a todo volumen las mismas viejas doctrinas desmentidas.

Mientras tanto, los demócratas han experimentado un renacimiento intelectual. Han emergido de su servilismo de los 90; ya no tienen miedo a desafiar las devociones conservadoras y hay mucho debate serio y bien informado al interior del partido sobre distintos temas, desde los servicios médicos hasta el cambio climático.

Esto me lleva al caso de Elizabeth Warren. Estamos ante una intelectual seria convertida en figura política que tiene influencia en los demás. Su trabajo académico sobre la quiebra y cómo esta se relaciona con el aumento de la desigualdad la convirtió en una figura importante en el debate sobre políticas públicas mucho antes de que ella misma incursionara en la política. Como a muchos otros, me parece reveladora una de sus ideas clave: que el aumento en las tasas de quiebra no fue resultado del consumismo derrochador, sino que principalmente fue un reflejo de los intentos desesperados de la clase media por comprar casas en buenos distritos escolares.

También ha probado ser capaz de traducir las ideas académicas en políticas públicas prácticas. Y he de confesar que me mostré escéptico ante su creación: la Oficina para la Protección Financiera del Consumidor. No porque pensara que fuera una mala idea, sino porque tenía dudas sobre qué tanta diferencia podía hacer una agencia federal encargada de vigilar que no hubiera fraudes financieros. Pero me equivoqué, las prácticas financieras fraudulentas dirigidas a los consumidores desinformados hacen mucho daño y la oficina estaba a todas luces teniendo un efecto enormemente benéfico en las finanzas de las familias hasta que el presidente Donald Trump la saboteó.

Así mismo, Warren no ha dejado de proponer ideas poco convencionales sobre políticas públicas, como su propuesta de que se le permita al gobierno federal incursionar en el negocio de producir algunos medicamentos genéricos. Este es el tipo de cosas que provocan alaridos de escarnio de la derecha, pero que los verdaderos expertos en políticas públicas consideran una contribución valiosa al debate.

¿Existe alguien como Warren del otro lado del pasillo? No. No sólo no hay políticos republicanos que tengan un peso intelectual comparable ni siquiera hay intelectuales medianamente competentes con alguna influencia en el partido. El Partido Republicano no quiere gente que piense bien y analice la evidencia; quiere gente como, por ejemplo, el “economista” Stephen Moore, quien servilmente confirma el dogma del partido, incluso si los hechos básicos no están bien.

¿Todo esto significa que Warren debería ser presidenta? Ciertamente no, muchas cosas determinan si alguien tendrá éxito en ese trabajo y la seriedad intelectual no es necesaria ni suficiente. No obstante, los logros de Warren como académica/legisladora son fundamentales para su identidad política y claramente deberían ser lo primero y lo más importante en cualquier reportaje sobre sus intenciones de contender a la presidencia.

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