/ domingo 19 de diciembre de 2021

Entre piernas y telones | Perro muerto en Klondike 

Las primeras escenas me hacen recordar Esperando a Godot, la inmortal obra de Samuel Becket en la que un par de hombres aguardan el arribo de un personaje (Godot, precisamente) quien nunca llega.

Se trata de la obra que por antonomasia refleja el teatro del absurdo, que mostraba el desencanto existencialista preponderante al término de la Segunda Guerra Mundial.

Hoy, más de 75 años después del fin de aquella horrorosa conflagración el mundo está nuevamente sumido en el desánimo casi generalizado. Motivos no faltan. Y el teatro, reflejo de esa realidad no puede quedar al margen, como es evidente en Perro muerto en Klondike, una obra singular, única, extraña, y que quizá por ello atrapa la atención del público y no lo suelta, sino hasta días después de haberla visto.

Lo segundo qué pensé mientras veía la función fue en el autor. No sabía entonces ni su nombre, menos aún su nacionalidad, pero por lo que veía en escena me imaginé a un cincuentón, o más, del norte de Estados Unidos o incluso Canadá.

Finalmente dejé de especular y me dejé ir por este potente montaje, que de hecho rompe con esa espera infructuosa y a los tres habitantes iniciales de la cabaña perdida en la mitad de la nada se suman dos más: una muy especial señora, y finalmente Perro muerto, con lo que se cierra el círculo.

Resulta que el autor no sólo no es cincuentón, ni siquiera es treintañero. Se trata de José Emilio Hernández Martín, y es chilango, con una sólida preparación y con notables galardones a su trabajo dramatúrgico.

Y la verdad se ve, se nota en la manufactura muy cuidada del texto.

A esto hay que agregarle un excelente trabajo de un equipo creativo encabezado por Olinmenkin Sosa Nájera, en la dirección de escena; y que incluye a Juan Palomino en el diseño de escenografía; a Pablo Galán en el diseño de vestuario; Fernando Olguín está a cargo del diseño de iluminación; a Joaquín Martínez Terrón y Emiliano López Reyes, quienes realizaron la composición musical y a Ana Galán, al frente de la producción.

Y por supuesto la labor de todos ellos se concreta en un montaje pequeño pero cuidado en extremo, en el que cada pieza encaja a la perfección. Obviamente una parte básica de este engranaje son los actores: Emiliano Cassigoli, Laura de la Maza, Fernando Olguín, Héctor Sandoval e Izhel Razo. Todos estupendos, pero brillante, realmente brillante Izhel, a quien no recuerdo haber visto antes, pero a juzgar por este trabajo, le espera un futuro maravilloso como actriz.

Efímero como es, el teatro tiene el tiempo contado, y la temporada de Perro muerto en Klondike termina este martes 21 de diciembre, en el Foro Shakespeare, al que esperamos que vuelva muy pronto.

He descubierto en este montaje a muchos jóvenes teatreros excelentes, que garantizan la continuidad en esta actividad, siempre en riesgo pero siempre maravillosa y sorprendente… por la que vale la pena aventurarse una y otra vez


Las primeras escenas me hacen recordar Esperando a Godot, la inmortal obra de Samuel Becket en la que un par de hombres aguardan el arribo de un personaje (Godot, precisamente) quien nunca llega.

Se trata de la obra que por antonomasia refleja el teatro del absurdo, que mostraba el desencanto existencialista preponderante al término de la Segunda Guerra Mundial.

Hoy, más de 75 años después del fin de aquella horrorosa conflagración el mundo está nuevamente sumido en el desánimo casi generalizado. Motivos no faltan. Y el teatro, reflejo de esa realidad no puede quedar al margen, como es evidente en Perro muerto en Klondike, una obra singular, única, extraña, y que quizá por ello atrapa la atención del público y no lo suelta, sino hasta días después de haberla visto.

Lo segundo qué pensé mientras veía la función fue en el autor. No sabía entonces ni su nombre, menos aún su nacionalidad, pero por lo que veía en escena me imaginé a un cincuentón, o más, del norte de Estados Unidos o incluso Canadá.

Finalmente dejé de especular y me dejé ir por este potente montaje, que de hecho rompe con esa espera infructuosa y a los tres habitantes iniciales de la cabaña perdida en la mitad de la nada se suman dos más: una muy especial señora, y finalmente Perro muerto, con lo que se cierra el círculo.

Resulta que el autor no sólo no es cincuentón, ni siquiera es treintañero. Se trata de José Emilio Hernández Martín, y es chilango, con una sólida preparación y con notables galardones a su trabajo dramatúrgico.

Y la verdad se ve, se nota en la manufactura muy cuidada del texto.

A esto hay que agregarle un excelente trabajo de un equipo creativo encabezado por Olinmenkin Sosa Nájera, en la dirección de escena; y que incluye a Juan Palomino en el diseño de escenografía; a Pablo Galán en el diseño de vestuario; Fernando Olguín está a cargo del diseño de iluminación; a Joaquín Martínez Terrón y Emiliano López Reyes, quienes realizaron la composición musical y a Ana Galán, al frente de la producción.

Y por supuesto la labor de todos ellos se concreta en un montaje pequeño pero cuidado en extremo, en el que cada pieza encaja a la perfección. Obviamente una parte básica de este engranaje son los actores: Emiliano Cassigoli, Laura de la Maza, Fernando Olguín, Héctor Sandoval e Izhel Razo. Todos estupendos, pero brillante, realmente brillante Izhel, a quien no recuerdo haber visto antes, pero a juzgar por este trabajo, le espera un futuro maravilloso como actriz.

Efímero como es, el teatro tiene el tiempo contado, y la temporada de Perro muerto en Klondike termina este martes 21 de diciembre, en el Foro Shakespeare, al que esperamos que vuelva muy pronto.

He descubierto en este montaje a muchos jóvenes teatreros excelentes, que garantizan la continuidad en esta actividad, siempre en riesgo pero siempre maravillosa y sorprendente… por la que vale la pena aventurarse una y otra vez