/ jueves 4 de febrero de 2021

Estamos perdiendo en el juego de las vencidas la credibilidad

Hay un fantasma invencible que domina el territorio nacional. Hay una generalizada percepción a favor de López Obrador que ningún liderazgo de oposición ha logrado rivalizar y ningún partido desafiar. Nos desvivimos en narrativas y datos para documentar el fracaso del gobierno de López Obrador sin hacerle mella a la confianza de mayoría de las personas que sigue estando a su favor. Su credibilidad está blindada contra los tímidos y descoordinados intentos de convencer a la población de que no vamos en el camino correcto y de que estamos peor que antes. Los argumentos no son el problema, los datos permiten demostrarlo y, sin embargo, la mayoría de la población prefiere otorgarle a él, el beneficio de la duda y no a los sesudos artículos, columnas y videos que circulan en los diferentes medios. No atinamos a recuperar la confianza, la credibilidad de la gente. La esperanza de un mejor futuro para el ciudadano común sigue girando en torno a sus anuncios en sus consuetudinarias mañaneras.

¿Cómo es posible que siendo el tercer país con mayor número de muertos por COVID del mundo, con los mayores índices de letalidad y el mayor porcentaje de personal sanitario fallecido, logre mantener una aprobación del 60% de la población sobre el manejo de la pandemia?

Cambiar una percepción generalizada y arraigada no se logra con razonamientos convincentes, sino detonando nuevos y distintos sentimientos que modifiquen el humor social. Los resultados electorales se definen mas por los sentimientos que por los argumentos, y en esa batalla estamos desarmados.

En Chihuahua, en la reciente elección interna para la gubernatura, fuimos incapaces de convencer a los panistas de la conveniencia de continuar y fortalecer el legado del combate a la corrupción, la transparencia y el compromiso de un gobierno con vocación social; y prevaleció el sentimiento de victimización y persecución política y de género.

Preocupa que, en las elecciones internas del PAN, no se trata de si gana un candidato u otro, un equipo u otro. Preocupa que en las elecciones internas del PAN esté ganando un modo de hacer política y perdiendo otro. Un modo de convencer y capturar preferencias electorales con en base en lo que hemos criticado en otros partidos: cuando ganan quienes patrocinan clientelas y padrones, quienes patrocinan con recursos públicos campañas de imagen y medios de comunicación para tener una alta popularidad, cuando mantienen nóminas secretas para financiar favores, y eso tiene consecuencias profundas.

El miedo que siente un amplio sector de empresarios y clases medias hacia Morena ha propiciado que se relajen las exigencias de congruencia por un pragmatismo condescendiente. Se prefiere apoyar personas y colores a partir de percepciones y sentimientos, al tiempo que se renuncia a defender valores y causas, a partir de convicciones. No importa si se tiene señalamientos de corrupción; importa si se tiene popularidad y competitividad electoral.

¿Podrá el partido Acción Nacional quitarle la mayoría en la Cámara de Diputados criticando las fallas de las políticas públicas de López Obrador? ¿Podremos ganar las gubernaturas con candidatos surgidos de métodos políticos cuestionables?

Algunos de los contendientes que no resultaron ganadores en las elecciones internas han optado por desistir o cambiar de partido político. Movimiento ciudadano y Morena son los principales pepenadores. Yo pienso seguir dando la batalla por las causas que me trajeron al PAN: el combate al autoritarismo, al fraude, a la corrupción, a la injusticia, a la exclusión.

Algunos piensan que el principal enemigo del PAN está afuera; otros, estamos convencidos, que lo tenemos refugiado en casa.

No se trata de ganar una elección haciendo lo que criticamos; se trata de cambiar eso que criticamos.

Hay un fantasma invencible que domina el territorio nacional. Hay una generalizada percepción a favor de López Obrador que ningún liderazgo de oposición ha logrado rivalizar y ningún partido desafiar. Nos desvivimos en narrativas y datos para documentar el fracaso del gobierno de López Obrador sin hacerle mella a la confianza de mayoría de las personas que sigue estando a su favor. Su credibilidad está blindada contra los tímidos y descoordinados intentos de convencer a la población de que no vamos en el camino correcto y de que estamos peor que antes. Los argumentos no son el problema, los datos permiten demostrarlo y, sin embargo, la mayoría de la población prefiere otorgarle a él, el beneficio de la duda y no a los sesudos artículos, columnas y videos que circulan en los diferentes medios. No atinamos a recuperar la confianza, la credibilidad de la gente. La esperanza de un mejor futuro para el ciudadano común sigue girando en torno a sus anuncios en sus consuetudinarias mañaneras.

¿Cómo es posible que siendo el tercer país con mayor número de muertos por COVID del mundo, con los mayores índices de letalidad y el mayor porcentaje de personal sanitario fallecido, logre mantener una aprobación del 60% de la población sobre el manejo de la pandemia?

Cambiar una percepción generalizada y arraigada no se logra con razonamientos convincentes, sino detonando nuevos y distintos sentimientos que modifiquen el humor social. Los resultados electorales se definen mas por los sentimientos que por los argumentos, y en esa batalla estamos desarmados.

En Chihuahua, en la reciente elección interna para la gubernatura, fuimos incapaces de convencer a los panistas de la conveniencia de continuar y fortalecer el legado del combate a la corrupción, la transparencia y el compromiso de un gobierno con vocación social; y prevaleció el sentimiento de victimización y persecución política y de género.

Preocupa que, en las elecciones internas del PAN, no se trata de si gana un candidato u otro, un equipo u otro. Preocupa que en las elecciones internas del PAN esté ganando un modo de hacer política y perdiendo otro. Un modo de convencer y capturar preferencias electorales con en base en lo que hemos criticado en otros partidos: cuando ganan quienes patrocinan clientelas y padrones, quienes patrocinan con recursos públicos campañas de imagen y medios de comunicación para tener una alta popularidad, cuando mantienen nóminas secretas para financiar favores, y eso tiene consecuencias profundas.

El miedo que siente un amplio sector de empresarios y clases medias hacia Morena ha propiciado que se relajen las exigencias de congruencia por un pragmatismo condescendiente. Se prefiere apoyar personas y colores a partir de percepciones y sentimientos, al tiempo que se renuncia a defender valores y causas, a partir de convicciones. No importa si se tiene señalamientos de corrupción; importa si se tiene popularidad y competitividad electoral.

¿Podrá el partido Acción Nacional quitarle la mayoría en la Cámara de Diputados criticando las fallas de las políticas públicas de López Obrador? ¿Podremos ganar las gubernaturas con candidatos surgidos de métodos políticos cuestionables?

Algunos de los contendientes que no resultaron ganadores en las elecciones internas han optado por desistir o cambiar de partido político. Movimiento ciudadano y Morena son los principales pepenadores. Yo pienso seguir dando la batalla por las causas que me trajeron al PAN: el combate al autoritarismo, al fraude, a la corrupción, a la injusticia, a la exclusión.

Algunos piensan que el principal enemigo del PAN está afuera; otros, estamos convencidos, que lo tenemos refugiado en casa.

No se trata de ganar una elección haciendo lo que criticamos; se trata de cambiar eso que criticamos.