/ miércoles 22 de enero de 2020

Familia real británica, más allá de tabloides y revistas

El tema de que en tiempos modernos como los que hoy vivimos, algunas de las naciones más avanzadas del orbe, como la Gran Bretaña continúen manejándose a través de una monarquía, por muy que ésta sea parlamentaria, se considera una suerte de anacronismo, un coqueteo con el pasado, pero en realidad tiene mucho más fondo de lo que a simple vista puede apreciarse.

Al día de hoy, son más de 67 años los que han pasado desde el 2 de junio de 1953, cuando Isabel II fue coronada como reina de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte en la Abadía de Westminster, con lo que sucedía al rey Jorge VI, su padre. Se trata de más de seis décadas en las que su hijo mayor, Carlos, príncipe de Gales, ha sido considerado una especie de frustrado sucesor, debido a la longevidad y vitalidad con que su madre ha llegado a los 93 años de edad, en plenitud de poder y capacidades al frente de la corona británica.

Ante lo extenso que ha sido el reinado de Isabel II, la posibilidad de que Carlos, su primogénito de 72 años esté en plenitud para iniciar funciones como rey para sucederla, es algo que se ha tambaleado en más de una ocasión, todo dentro de una familia que en ciertas ocasiones llega a rebelarse ante los designios dinásticos.

En tiempos de Isabel II, las rebeliones, choques y diferencias se han dado comenzando por sus propios hijos, sobre lo que cabe recordar al hermano menor de Carlos, Andrés, duque de York, doce años menor y que desde su más temprana juventud se mantuvo en disputa con el príncipe heredero, algo que pudo apreciarse en diferentes situaciones.

Un ejemplo de ello, fue el contraste con el matrimonio de Carlos con la carismática Diana Spencer, a la postre conocida como Lady Di; Andrés, por su parte, se casó con la antítesis de ésta, Sarah Ferguson, cuyos escándalos fueron recurrentes, mientras Diana supo conquistar a la prensa, a los súbditos y al mundo entero a través de los medios de comunicación y sus giras esencialmente caritativas.

Por otra parte, Carlos envidió de Andrés el trato cálido que recibió de la reina, por no tener éste los requerimientos de un sucesor, aunque el hermano menor tuvo una envidia mayor hacia Carlos, justamente por ser quien habrá de suceder a Isabel II, de quien Andrés recibió un trato más afectuoso, lo que no bastó para hacerlo heredero, algo que con los años terminó por distanciar para siempre a los hermanos.

Caso similar se dio con los hijos de Carlos, los príncipes Guillermo y Enrique. El primero al ser segundo sucesor de la reina, acaparó la atención y mientras fue cuidado en extremo, su hermano menor divagó en su crecimiento, siendo partícipe en escándalos como la vez que asistió a una fiesta de disfraces vestido de nazi.

Como su padre y tío, los hermanos también tuvieron diferencias al casarse. Guillermo lo hizo con Kate Middleton, mujer con un carisma similar al de Diana Spencer, a todas luces preparada para la sucesión, mientras Enrique, contrajo nupcias con Meghan Markle, una actriz estadounidense de personalidad controvertida, de quien se dice habría sido determinante en su decisión de independizarse de la familia real.

Se trata sin duda de una historia que lejos de verse en blanco y negro, nos hace ver muchas de las situaciones que se dan detrás de círculos de poder, sean éstos los que fueran.

Hoy se trata de una historia que muchos consideran más de revistas del corazón, pero no se debe olvidar que el liderazgo de la reina, quien durante la Segunda Guerra Mundial fue jefa de mecánicos, ha sido una de las bases del desarrollo de la Gran Bretaña en los siglos XX y XXI, por lo que su sucesión habrá de incidir en el mundo, más allá de la llamada prensa rosa, algo que destaca, sobre todo en tiempos del Brexit. Cuestión de considerarlo.

FB: YolandaDeLaTorreV

Tw: @Yoladelatorre


El tema de que en tiempos modernos como los que hoy vivimos, algunas de las naciones más avanzadas del orbe, como la Gran Bretaña continúen manejándose a través de una monarquía, por muy que ésta sea parlamentaria, se considera una suerte de anacronismo, un coqueteo con el pasado, pero en realidad tiene mucho más fondo de lo que a simple vista puede apreciarse.

Al día de hoy, son más de 67 años los que han pasado desde el 2 de junio de 1953, cuando Isabel II fue coronada como reina de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte en la Abadía de Westminster, con lo que sucedía al rey Jorge VI, su padre. Se trata de más de seis décadas en las que su hijo mayor, Carlos, príncipe de Gales, ha sido considerado una especie de frustrado sucesor, debido a la longevidad y vitalidad con que su madre ha llegado a los 93 años de edad, en plenitud de poder y capacidades al frente de la corona británica.

Ante lo extenso que ha sido el reinado de Isabel II, la posibilidad de que Carlos, su primogénito de 72 años esté en plenitud para iniciar funciones como rey para sucederla, es algo que se ha tambaleado en más de una ocasión, todo dentro de una familia que en ciertas ocasiones llega a rebelarse ante los designios dinásticos.

En tiempos de Isabel II, las rebeliones, choques y diferencias se han dado comenzando por sus propios hijos, sobre lo que cabe recordar al hermano menor de Carlos, Andrés, duque de York, doce años menor y que desde su más temprana juventud se mantuvo en disputa con el príncipe heredero, algo que pudo apreciarse en diferentes situaciones.

Un ejemplo de ello, fue el contraste con el matrimonio de Carlos con la carismática Diana Spencer, a la postre conocida como Lady Di; Andrés, por su parte, se casó con la antítesis de ésta, Sarah Ferguson, cuyos escándalos fueron recurrentes, mientras Diana supo conquistar a la prensa, a los súbditos y al mundo entero a través de los medios de comunicación y sus giras esencialmente caritativas.

Por otra parte, Carlos envidió de Andrés el trato cálido que recibió de la reina, por no tener éste los requerimientos de un sucesor, aunque el hermano menor tuvo una envidia mayor hacia Carlos, justamente por ser quien habrá de suceder a Isabel II, de quien Andrés recibió un trato más afectuoso, lo que no bastó para hacerlo heredero, algo que con los años terminó por distanciar para siempre a los hermanos.

Caso similar se dio con los hijos de Carlos, los príncipes Guillermo y Enrique. El primero al ser segundo sucesor de la reina, acaparó la atención y mientras fue cuidado en extremo, su hermano menor divagó en su crecimiento, siendo partícipe en escándalos como la vez que asistió a una fiesta de disfraces vestido de nazi.

Como su padre y tío, los hermanos también tuvieron diferencias al casarse. Guillermo lo hizo con Kate Middleton, mujer con un carisma similar al de Diana Spencer, a todas luces preparada para la sucesión, mientras Enrique, contrajo nupcias con Meghan Markle, una actriz estadounidense de personalidad controvertida, de quien se dice habría sido determinante en su decisión de independizarse de la familia real.

Se trata sin duda de una historia que lejos de verse en blanco y negro, nos hace ver muchas de las situaciones que se dan detrás de círculos de poder, sean éstos los que fueran.

Hoy se trata de una historia que muchos consideran más de revistas del corazón, pero no se debe olvidar que el liderazgo de la reina, quien durante la Segunda Guerra Mundial fue jefa de mecánicos, ha sido una de las bases del desarrollo de la Gran Bretaña en los siglos XX y XXI, por lo que su sucesión habrá de incidir en el mundo, más allá de la llamada prensa rosa, algo que destaca, sobre todo en tiempos del Brexit. Cuestión de considerarlo.

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