/ domingo 8 de noviembre de 2020

¿Fin del Federalismo en México?

Hablar de federalismo en el siglo XXI resulta una tarea tan compleja como lo fue en el siglo XX y mucho más en el siglo XIX. La cuestión de la administración territorial en nuestro país ha sido históricamente un dolor de cabeza que incluso nos costó la mutilación de más de la mitad de nuestro territorio.

La consumación de la independencia de México dejó, además de un país liberado de su pasado colonial, una serie de complejidades políticas derivadas de siglos de desigualdad social. Es así como elegir la forma de gobierno adecuada que pudiera conducir a la nueva nación hacia la prosperidad devino una tarea en extremo complicada, mucho más de lo que los propios mexicanos de la época podían imaginar.

La idea de una federación, sin embargo, no era unánimemente apoyada. Había voces muy influyentes que en más de una ocasión se pronunciaron en contra de la federación. Uno de los más notables fue Servando Teresa de Mier, quien se oponía a dividir el territorio en estados independientes y soberanos pues consideraba que esto debilitaría a la nación, la cual necesitaba unión para hacer frente a eventuales intentos de reconquista de España, la cual sería apoyada por otras naciones europeas. Fray Servando sí era federalista, pero consideraba que no se podía seguir el modelo norteamericano al pie de la letra. Las colonias de Estados Unidos se habían unido en una federación, en México ese concepto no necesariamente funcionaría, pues siempre habían existido las provincias con un gobierno central.

Y es que la instauración de una república federal era una idea a todas luces importada. La prosperidad económica y la armonía social de los Estados Unidos, la mayor influencia que tenía México, hacían ver la idea de una federación como casi una puerta segura hacia el éxito. Sin embargo, las condiciones de México distaban mucho de ser las necesarias para que tal sistema funcionara. Se pretendió amoldar un país a una forma de gobierno y no viceversa, inventando incluso arbitrariamente una federación de adentro hacia afuera, ignorando el abrumador pasado centralista que se remonta a la época prehispánica y se fortalece durante el virreinato.

El hecho de haberse constituido en una federación implica para nuestro país que el sistema político adoptado debe ser plural, con ideas, identidades y voluntades diversas y territorialmente visibles que se puedan distinguir claramente en nuestras entidades federativas. En otras palabras, un sistema político que haya adoptado el federalismo como forma de administración territorial debe ser capaz de preservar, expresar y fomentar la pluralidad y la diversidad de las voluntades que integran al estado federado.

Es por ello como dicho sistema político en ningún caso puede ser cerrado, homogéneo, plano, obtuso, sin particularidades regionales ni sociales, pues resultaría contradictorio y pondría en entredicho la armonía política.

El federalismo está cambiando conforme avanza este meteórico siglo XXI y nuestro país no debe perder la pista de lo que está pasando en el mundo. Puede ser que, por lo que hemos visto de momento, el sistema federal sea incluso más relevantes en este siglo de lo que fueron en el siglo XX. Esto tendrá siempre que estar en función de la estabilidad de la democracia, que también puede llegar a ser muy volátil si las fricciones que producen estos choques culturales se salen de control.


Por el bien de la democracia, respetemos y fortalezcamos el sistema federal en México.


@jlcamachov

Hablar de federalismo en el siglo XXI resulta una tarea tan compleja como lo fue en el siglo XX y mucho más en el siglo XIX. La cuestión de la administración territorial en nuestro país ha sido históricamente un dolor de cabeza que incluso nos costó la mutilación de más de la mitad de nuestro territorio.

La consumación de la independencia de México dejó, además de un país liberado de su pasado colonial, una serie de complejidades políticas derivadas de siglos de desigualdad social. Es así como elegir la forma de gobierno adecuada que pudiera conducir a la nueva nación hacia la prosperidad devino una tarea en extremo complicada, mucho más de lo que los propios mexicanos de la época podían imaginar.

La idea de una federación, sin embargo, no era unánimemente apoyada. Había voces muy influyentes que en más de una ocasión se pronunciaron en contra de la federación. Uno de los más notables fue Servando Teresa de Mier, quien se oponía a dividir el territorio en estados independientes y soberanos pues consideraba que esto debilitaría a la nación, la cual necesitaba unión para hacer frente a eventuales intentos de reconquista de España, la cual sería apoyada por otras naciones europeas. Fray Servando sí era federalista, pero consideraba que no se podía seguir el modelo norteamericano al pie de la letra. Las colonias de Estados Unidos se habían unido en una federación, en México ese concepto no necesariamente funcionaría, pues siempre habían existido las provincias con un gobierno central.

Y es que la instauración de una república federal era una idea a todas luces importada. La prosperidad económica y la armonía social de los Estados Unidos, la mayor influencia que tenía México, hacían ver la idea de una federación como casi una puerta segura hacia el éxito. Sin embargo, las condiciones de México distaban mucho de ser las necesarias para que tal sistema funcionara. Se pretendió amoldar un país a una forma de gobierno y no viceversa, inventando incluso arbitrariamente una federación de adentro hacia afuera, ignorando el abrumador pasado centralista que se remonta a la época prehispánica y se fortalece durante el virreinato.

El hecho de haberse constituido en una federación implica para nuestro país que el sistema político adoptado debe ser plural, con ideas, identidades y voluntades diversas y territorialmente visibles que se puedan distinguir claramente en nuestras entidades federativas. En otras palabras, un sistema político que haya adoptado el federalismo como forma de administración territorial debe ser capaz de preservar, expresar y fomentar la pluralidad y la diversidad de las voluntades que integran al estado federado.

Es por ello como dicho sistema político en ningún caso puede ser cerrado, homogéneo, plano, obtuso, sin particularidades regionales ni sociales, pues resultaría contradictorio y pondría en entredicho la armonía política.

El federalismo está cambiando conforme avanza este meteórico siglo XXI y nuestro país no debe perder la pista de lo que está pasando en el mundo. Puede ser que, por lo que hemos visto de momento, el sistema federal sea incluso más relevantes en este siglo de lo que fueron en el siglo XX. Esto tendrá siempre que estar en función de la estabilidad de la democracia, que también puede llegar a ser muy volátil si las fricciones que producen estos choques culturales se salen de control.


Por el bien de la democracia, respetemos y fortalezcamos el sistema federal en México.


@jlcamachov