/ lunes 6 de diciembre de 2021

Frenar la violencia digital

Mantenernos conectados a redes sociales, sitios de mensajes y correo electrónico es una necesidad de nuestros tiempos. Es nuestra “otra vida”, es que se enlaza con lo que nos ocurre en esta nueva realidad a la que nos estamos acostumbrando.

Si la violencia se encuentra presente en muchos de los aspectos de la vida cotidiana, no podría ser distinto en la existencia digital. Por eso es importante prevenirla, denunciarla y conocer cómo podemos evitar que nos afecte.

Cualquier acto de violencia tiene como fundamento el someter a otra persona por la fuerza a la voluntad del agresor. No es un proceso de convencimiento o una negociación, es imponer formas de actuar y hasta de pensar a través de coacción, la amenaza y el daño físico y mental.

Tratar de controlar y vigilar las cuentas, dispositivos e información de otra persona es uno de los rasgos principales de la violencia digital. Puede iniciar como una actividad de control, por ejemplo, sobre la pareja y evolucionar en acoso o en la comisión de delitos.

Tristemente se ha vuelto común en redes sociales utilizar diferentes formas de desprestigio para afectar a personajes públicos, hacer burla de hechos que los involucran o difundir mentiras basadas en datos falsos, alterados o que no tienen contexto. Este último elemento, no dar antecedentes de lo sucedido, hace que el juicio social inmediato que se produce en muchas plataformas sea implacable aún antes de conocer toda la historia.

Hace algunos años tuve la oportunidad de ayudar en muchos casos en los que, por medio de estas plataformas de comunicación en las que estamos presentes, identidades anónimas atacaban abiertamente a víctimas en un abanico de temas personales, sociales e incluso de carácter sentimental.

Se ha librado una lucha legal importante para que el acoso o la difusión de información personal e íntima sea considerada un delito, lo cual ya es una realidad, como un antídoto a esa violencia cibernética que ha provocado crisis personales y familiares ante el implacable veredicto que muchos usuarios pueden dar acerca de una persona que ha sido exhibida sin su consentimiento con el objetivo de cobrar venganza.

Tendemos a depositar nuestra confianza en las personas más cercanas y con quienes construimos relaciones afectivas. Cuando éstas se modifican o se rompen sin un proceso adecuado de conclusión, es probable que una de las partes considere que su dolor merece una retribución emocional que, mal trabajada, desemboca en actos reprobables.

Muchas y muchos jóvenes han sufrido auténticas tragedias al ser ridiculizados por parejas o sometidos por ellas en lo que se respecta a su comunicación digital. No son los únicos. Cualquier persona puede ser víctima de violencia digital y debe estar consciente de que no es normal que alguien trate de tomar control de lo que escribimos, enviamos o nos comparten. Aunque pueda parecer que esta época es de la menor privacidad de la historia, hay fronteras claras entre la vida personal, privada, y las relaciones que establecemos con amistades, parejas, cónyuges, amigos y familiares.

Los casos de celos que se transforman en condiciones psicológicas agresivas son más comunes de lo que podríamos pensar y no atenderlas a tiempo pone en riesgo a muchas personas. Por ello hemos compartido en otras ocasiones que la salud mental es tan importante como la salud física para que nuestro desarrollo como individuos sea correcto y contribuya a una cultura de paz y tranquilidad en sociedad, es decir, entre nosotros.

Comprender lo que nos ocurre cuando los límites de la privacidad se rompen por parte de un cercano es un proceso. Si comenzamos a ver que inicia, por la razón que sea, una presión para dictar la manera en que se hace uso de las redes sociales, se monitorea esa actividad con el fin de acusar o sospechar e incluso se exige que se compartan contraseñas para dar acceso a espacios que son individuales, estamos ante un caso de violencia digital.

Nadie tiene derecho a controlar la vida de otras personas, mucho menos las que forman parte de su familia y primer entorno de convivencia. Dialogar, compartir, guiar en el caso de los hijos, para que podamos navegar con seguridad en este mundo digital que hoy es indispensable son las maneras de prevenir. Controlar, acosar, asumir la identidad de una persona en esos espacios solo es violencia, mucho más cuando se lleva al extremo de exhibir, ridiculizar, y provocar escarnio público que pone en riesgo a la persona afectada de caer en situaciones de depresión y abuso continuado, este último ya considerado un delito.

Estemos atentos de casos en las que las relaciones de parejas o de supuesta amistad alertan sobre posibles casos de violencia, sea digital, real o ambas. Como ciudadanos podemos hacer mucho para identificarlos, acudir con profesionales que ayuden y denunciar en caso de que constituyan una violación a la ley. Esa es la parte que nos toca.


Mantenernos conectados a redes sociales, sitios de mensajes y correo electrónico es una necesidad de nuestros tiempos. Es nuestra “otra vida”, es que se enlaza con lo que nos ocurre en esta nueva realidad a la que nos estamos acostumbrando.

Si la violencia se encuentra presente en muchos de los aspectos de la vida cotidiana, no podría ser distinto en la existencia digital. Por eso es importante prevenirla, denunciarla y conocer cómo podemos evitar que nos afecte.

Cualquier acto de violencia tiene como fundamento el someter a otra persona por la fuerza a la voluntad del agresor. No es un proceso de convencimiento o una negociación, es imponer formas de actuar y hasta de pensar a través de coacción, la amenaza y el daño físico y mental.

Tratar de controlar y vigilar las cuentas, dispositivos e información de otra persona es uno de los rasgos principales de la violencia digital. Puede iniciar como una actividad de control, por ejemplo, sobre la pareja y evolucionar en acoso o en la comisión de delitos.

Tristemente se ha vuelto común en redes sociales utilizar diferentes formas de desprestigio para afectar a personajes públicos, hacer burla de hechos que los involucran o difundir mentiras basadas en datos falsos, alterados o que no tienen contexto. Este último elemento, no dar antecedentes de lo sucedido, hace que el juicio social inmediato que se produce en muchas plataformas sea implacable aún antes de conocer toda la historia.

Hace algunos años tuve la oportunidad de ayudar en muchos casos en los que, por medio de estas plataformas de comunicación en las que estamos presentes, identidades anónimas atacaban abiertamente a víctimas en un abanico de temas personales, sociales e incluso de carácter sentimental.

Se ha librado una lucha legal importante para que el acoso o la difusión de información personal e íntima sea considerada un delito, lo cual ya es una realidad, como un antídoto a esa violencia cibernética que ha provocado crisis personales y familiares ante el implacable veredicto que muchos usuarios pueden dar acerca de una persona que ha sido exhibida sin su consentimiento con el objetivo de cobrar venganza.

Tendemos a depositar nuestra confianza en las personas más cercanas y con quienes construimos relaciones afectivas. Cuando éstas se modifican o se rompen sin un proceso adecuado de conclusión, es probable que una de las partes considere que su dolor merece una retribución emocional que, mal trabajada, desemboca en actos reprobables.

Muchas y muchos jóvenes han sufrido auténticas tragedias al ser ridiculizados por parejas o sometidos por ellas en lo que se respecta a su comunicación digital. No son los únicos. Cualquier persona puede ser víctima de violencia digital y debe estar consciente de que no es normal que alguien trate de tomar control de lo que escribimos, enviamos o nos comparten. Aunque pueda parecer que esta época es de la menor privacidad de la historia, hay fronteras claras entre la vida personal, privada, y las relaciones que establecemos con amistades, parejas, cónyuges, amigos y familiares.

Los casos de celos que se transforman en condiciones psicológicas agresivas son más comunes de lo que podríamos pensar y no atenderlas a tiempo pone en riesgo a muchas personas. Por ello hemos compartido en otras ocasiones que la salud mental es tan importante como la salud física para que nuestro desarrollo como individuos sea correcto y contribuya a una cultura de paz y tranquilidad en sociedad, es decir, entre nosotros.

Comprender lo que nos ocurre cuando los límites de la privacidad se rompen por parte de un cercano es un proceso. Si comenzamos a ver que inicia, por la razón que sea, una presión para dictar la manera en que se hace uso de las redes sociales, se monitorea esa actividad con el fin de acusar o sospechar e incluso se exige que se compartan contraseñas para dar acceso a espacios que son individuales, estamos ante un caso de violencia digital.

Nadie tiene derecho a controlar la vida de otras personas, mucho menos las que forman parte de su familia y primer entorno de convivencia. Dialogar, compartir, guiar en el caso de los hijos, para que podamos navegar con seguridad en este mundo digital que hoy es indispensable son las maneras de prevenir. Controlar, acosar, asumir la identidad de una persona en esos espacios solo es violencia, mucho más cuando se lleva al extremo de exhibir, ridiculizar, y provocar escarnio público que pone en riesgo a la persona afectada de caer en situaciones de depresión y abuso continuado, este último ya considerado un delito.

Estemos atentos de casos en las que las relaciones de parejas o de supuesta amistad alertan sobre posibles casos de violencia, sea digital, real o ambas. Como ciudadanos podemos hacer mucho para identificarlos, acudir con profesionales que ayuden y denunciar en caso de que constituyan una violación a la ley. Esa es la parte que nos toca.