/ viernes 8 de mayo de 2020

Futuro incierto

El saldo más lamentable de la pandemia que vivimos es la pérdida de miles de vidas humanas en todo el mundo. Salvo muy pocos casos -Singapur, Japón, Corea del Sur-, ninguna nación estuvo preparada para hacer frente a la crisis de manera eficaz. Desde sus inicios sus alcances se desestimaron y el Covid-19 se convirtió en un problema global, de consecuencias inimaginables.

A pesar de los esfuerzos de las distintas naciones -en muchos casos desplegados de manera tardía e improvisada-, todas las medidas resultaron insuficientes para prevenir y mitigar sus impactos. La pandemia terminó por rebasar al mundo entero.

Para toda la población, la crisis sanitaria deja importantes y dolorosas experiencias. Para los gobiernos y sus distintos sistemas -salud, educativo, seguridad social, económico, financiero, político, etc.- las consecuencias también son brutales. En cuanto libremos la emergencia, las señales de la recesión económica se estarán haciendo presentes.

En pleno siglo XXI, en la era del auge de la innovación y el desarrollo tecnológico, de la disputa comercial, política y económica entre superpotencias -Estados Unidos, China, Rusia o la Comunidad Europea-, de las latentes amenazas de una tercera conflagración mundial, de los evidentes avances de la ciencia y la medicina, el mundo resultó más vulnerable que nunca.

Cuanta razón tenía hace solo cinco años Bill Gates, cuando en una charla sobre Tecnología, Entretenimiento y Diseño, anticipaba que el mayor riesgo de una catástrofe global no sería una guerra nuclear, como él pensaba en su infancia, sino una pandemia.

Y así sucedió, en los últimos años las potencias mundiales se empeñaron en el fortalecimiento de sus capacidades nucleares con el propósito de asegurar su supremacía. Gran parte de su riqueza tuvo como destino un desorbitante gasto militar. Los porcentajes del PIB destinados a estos rubros son impresionantes y para ejemplo tenemos los casos de Estados Unidos, Rusia, Francia y varios países del Medio Oriente.

Desde luego, uno de los sectores que fueron relegados en términos presupuestales fue el de la salud. Esta vez, de nada sirvió contar con los mejores sistemas de defensa militar, si varios de estos países son ahora los más devastados por la pandemia.

Pero a nivel micro, me refiero al resto de países y economías que ni siquiera son consideradas como “emergentes” -en relación con Sudáfrica, Chile, Tailandia, Indonesia, China, India, etc.-, la tendencia fue la misma: reducir, cada vez más, la inversión en salud y seguridad social, para atender otras “prioridades” de sus diferentes agendas de gobierno. El resultado: sistemas de salud limitados y deteriorados.

El caso es que, sin excepción, todos los países, ricos y pobres, de abundantes o escasos recursos, tendrán que entrar a procesos de “reconstrucción”, empezando por sus sistemas de salud y educación, la reactivación económica, la generación de empleos, el apoyo al sector productivo, las medianas y pequeñas empresas, los incentivos a la inversión y al consumo. Muy particularmente, la prioridad tendrá que focalizarse en atender la profundización de la pobreza y la desigualdad, otro de los dramáticos saldos de la pandemia.

Pero no todo termina aquí. El Covid-19 cambiará la vida de cada uno de nosotros y de nuestro entorno personal, social, laboral y familiar. Es muy aventurado afirmar que la vida seguirá siendo la misma una vez que logremos superar esta crisis de manera definitiva. Los esfuerzos que se requieren para reemprender el camino no serán nada sencillos, ni como ciudadanos ni como Nación.

En el ámbito personal, necesitaremos adaptarnos a un nuevo entorno que se estructuró a partir de una cotidiana concentración de personas: desde el transporte público y privado, hasta espacios tan comunes como cines, restaurantes, iglesias, comercios y oficinas, o todo el conjunto de actividades vinculadas con el empleo, el deporte, la cultura, el esparcimiento, la política, el arte y la recreación.

Tal vez nos aproximemos a un cambio de época, en donde la “sana distancia” se convierta en la característica más importante de la convivencia humana, pues aún no sabemos cuánto tiempo más, un saludo de mano o un abrazo permanecerán como factores de riesgo.

Diversos estudios que abordan las consecuencias de la pandemia auguran una tendencia a estar más en casa, a asumir el hogar como uno de los pocos lugares que nos brindarán más seguridad y confianza, a evitar los sitios concurridos, etc. En fin, toda una modificación de nuestro ritmo de vida.

El futuro es incierto, hasta en tanto el mundo no cuente con la vacuna contra el Covid-19, que poco a poco nos devuelva un poco de confianza y de libertad; que nos regrese a esa “normalidad”, en donde la vida transcurría sin restricción alguna.

Lo único cierto es que, difícilmente, el mundo y la vida seguirán siendo iguales.


Presidente de la Academia Mexicana de Educación

El saldo más lamentable de la pandemia que vivimos es la pérdida de miles de vidas humanas en todo el mundo. Salvo muy pocos casos -Singapur, Japón, Corea del Sur-, ninguna nación estuvo preparada para hacer frente a la crisis de manera eficaz. Desde sus inicios sus alcances se desestimaron y el Covid-19 se convirtió en un problema global, de consecuencias inimaginables.

A pesar de los esfuerzos de las distintas naciones -en muchos casos desplegados de manera tardía e improvisada-, todas las medidas resultaron insuficientes para prevenir y mitigar sus impactos. La pandemia terminó por rebasar al mundo entero.

Para toda la población, la crisis sanitaria deja importantes y dolorosas experiencias. Para los gobiernos y sus distintos sistemas -salud, educativo, seguridad social, económico, financiero, político, etc.- las consecuencias también son brutales. En cuanto libremos la emergencia, las señales de la recesión económica se estarán haciendo presentes.

En pleno siglo XXI, en la era del auge de la innovación y el desarrollo tecnológico, de la disputa comercial, política y económica entre superpotencias -Estados Unidos, China, Rusia o la Comunidad Europea-, de las latentes amenazas de una tercera conflagración mundial, de los evidentes avances de la ciencia y la medicina, el mundo resultó más vulnerable que nunca.

Cuanta razón tenía hace solo cinco años Bill Gates, cuando en una charla sobre Tecnología, Entretenimiento y Diseño, anticipaba que el mayor riesgo de una catástrofe global no sería una guerra nuclear, como él pensaba en su infancia, sino una pandemia.

Y así sucedió, en los últimos años las potencias mundiales se empeñaron en el fortalecimiento de sus capacidades nucleares con el propósito de asegurar su supremacía. Gran parte de su riqueza tuvo como destino un desorbitante gasto militar. Los porcentajes del PIB destinados a estos rubros son impresionantes y para ejemplo tenemos los casos de Estados Unidos, Rusia, Francia y varios países del Medio Oriente.

Desde luego, uno de los sectores que fueron relegados en términos presupuestales fue el de la salud. Esta vez, de nada sirvió contar con los mejores sistemas de defensa militar, si varios de estos países son ahora los más devastados por la pandemia.

Pero a nivel micro, me refiero al resto de países y economías que ni siquiera son consideradas como “emergentes” -en relación con Sudáfrica, Chile, Tailandia, Indonesia, China, India, etc.-, la tendencia fue la misma: reducir, cada vez más, la inversión en salud y seguridad social, para atender otras “prioridades” de sus diferentes agendas de gobierno. El resultado: sistemas de salud limitados y deteriorados.

El caso es que, sin excepción, todos los países, ricos y pobres, de abundantes o escasos recursos, tendrán que entrar a procesos de “reconstrucción”, empezando por sus sistemas de salud y educación, la reactivación económica, la generación de empleos, el apoyo al sector productivo, las medianas y pequeñas empresas, los incentivos a la inversión y al consumo. Muy particularmente, la prioridad tendrá que focalizarse en atender la profundización de la pobreza y la desigualdad, otro de los dramáticos saldos de la pandemia.

Pero no todo termina aquí. El Covid-19 cambiará la vida de cada uno de nosotros y de nuestro entorno personal, social, laboral y familiar. Es muy aventurado afirmar que la vida seguirá siendo la misma una vez que logremos superar esta crisis de manera definitiva. Los esfuerzos que se requieren para reemprender el camino no serán nada sencillos, ni como ciudadanos ni como Nación.

En el ámbito personal, necesitaremos adaptarnos a un nuevo entorno que se estructuró a partir de una cotidiana concentración de personas: desde el transporte público y privado, hasta espacios tan comunes como cines, restaurantes, iglesias, comercios y oficinas, o todo el conjunto de actividades vinculadas con el empleo, el deporte, la cultura, el esparcimiento, la política, el arte y la recreación.

Tal vez nos aproximemos a un cambio de época, en donde la “sana distancia” se convierta en la característica más importante de la convivencia humana, pues aún no sabemos cuánto tiempo más, un saludo de mano o un abrazo permanecerán como factores de riesgo.

Diversos estudios que abordan las consecuencias de la pandemia auguran una tendencia a estar más en casa, a asumir el hogar como uno de los pocos lugares que nos brindarán más seguridad y confianza, a evitar los sitios concurridos, etc. En fin, toda una modificación de nuestro ritmo de vida.

El futuro es incierto, hasta en tanto el mundo no cuente con la vacuna contra el Covid-19, que poco a poco nos devuelva un poco de confianza y de libertad; que nos regrese a esa “normalidad”, en donde la vida transcurría sin restricción alguna.

Lo único cierto es que, difícilmente, el mundo y la vida seguirán siendo iguales.


Presidente de la Academia Mexicana de Educación

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