/ lunes 5 de noviembre de 2018

¿Hacia un proyecto de nación?

El saldo de los últimos 40 años: un país polarizado sin un proyecto de nación incluyente que comprenda la necesidad de cohesionar los esfuerzos y voluntades de toda la sociedad.

Al menos en una ocasión ya se ha desperdiciado el bono democrático. Después del proceso político del año 2000, la democracia electoral no se tradujo en mayor bienestar, por el contario se profundizó la deuda económica, social, de seguridad y aun de identidad en que se encuentran 53 millones de pobres y cientos de miles de empresas nacionales.

¿En dónde quedó el crecimiento ofrecido del 7% y la propuesta de más y mejor empleo?

El saldo histórico es un país con más promesas que realidades, una nación que fue líder durante el conocido Desarrollo Estabilizador, pero que sucumbió ante el cambio de época marcado por la globalización.

Muy lejos se quedó aquel proyecto de construir una sociedad de bienestar basada en la fortaleza interna de su economía.

La existencia y prevalencia de un Estado Corporativo corrompido y corruptor, los errores en la conducción de la política económica, el endeudamiento público, la mala educación y el no saber interpretar la transformación que implicaba el inicio de la apertura económica mundial observada a finales de los años 70 terminaron con el crecimiento del PIB que durante varios años superó el 5% y que durante la década de los años 60 convivió con inflaciones inferiores al 3%.

Durante los años 70 la política económica hipotecó el futuro nacional. Por desgracia no solamente se perdió el ritmo de crecimiento de la economía, también la independencia de una idea, de una propuesta de nación se fue con él.

Condicionado por la deuda externa contraída, por las condiciones impuestas por bancos y organismos internacionales, la fe dogmática en teorías del libre comercio que negaron el papel del Estado en la conducción de la economía y la creación de nuevos grupos de interés que se formaron alrededor de las directrices de los organismos internacionales y la lógica del conocido como Consenso de Washington, México implementó un nuevo modelo productivo que si bien logró estabilizar la economía lo hizo a cambio de crisis recurrentes que cargaron el saldo negativo sobre los hombros de los trabajadores, sus familias y las empresas nacionales.

México se abrió al mundo, pero se cerró al desarrollo económico y social de su población.

Se llegó al extremo de etiquetar como “setentero”, es decir con un pensamiento del pasado y fuera de lugar, a quien defendía el interés de México. Se confundió la globalización y el multilateralismo con el fin del papel del Estado y de su función como garante de la consecución de un proyecto exitoso de nación.

En 2018 México tiene una nueva oportunidad, sin embargo, el próximo gobierno deberá implementar un proyecto de nación incluyente, uno que cumpla su promesa de alcanzar mayor bienestar social, pero que al mismo tiempo comprenda que 84% del valor agregado lo genera la inversión del sector privado.

México debe transformarse en una nación desarrollada, para ello debe crear una transición basada en mayor crecimiento económico, el único mecanismo sostenible del bienestar social.

El saldo de los últimos 40 años: un país polarizado sin un proyecto de nación incluyente que comprenda la necesidad de cohesionar los esfuerzos y voluntades de toda la sociedad.

Al menos en una ocasión ya se ha desperdiciado el bono democrático. Después del proceso político del año 2000, la democracia electoral no se tradujo en mayor bienestar, por el contario se profundizó la deuda económica, social, de seguridad y aun de identidad en que se encuentran 53 millones de pobres y cientos de miles de empresas nacionales.

¿En dónde quedó el crecimiento ofrecido del 7% y la propuesta de más y mejor empleo?

El saldo histórico es un país con más promesas que realidades, una nación que fue líder durante el conocido Desarrollo Estabilizador, pero que sucumbió ante el cambio de época marcado por la globalización.

Muy lejos se quedó aquel proyecto de construir una sociedad de bienestar basada en la fortaleza interna de su economía.

La existencia y prevalencia de un Estado Corporativo corrompido y corruptor, los errores en la conducción de la política económica, el endeudamiento público, la mala educación y el no saber interpretar la transformación que implicaba el inicio de la apertura económica mundial observada a finales de los años 70 terminaron con el crecimiento del PIB que durante varios años superó el 5% y que durante la década de los años 60 convivió con inflaciones inferiores al 3%.

Durante los años 70 la política económica hipotecó el futuro nacional. Por desgracia no solamente se perdió el ritmo de crecimiento de la economía, también la independencia de una idea, de una propuesta de nación se fue con él.

Condicionado por la deuda externa contraída, por las condiciones impuestas por bancos y organismos internacionales, la fe dogmática en teorías del libre comercio que negaron el papel del Estado en la conducción de la economía y la creación de nuevos grupos de interés que se formaron alrededor de las directrices de los organismos internacionales y la lógica del conocido como Consenso de Washington, México implementó un nuevo modelo productivo que si bien logró estabilizar la economía lo hizo a cambio de crisis recurrentes que cargaron el saldo negativo sobre los hombros de los trabajadores, sus familias y las empresas nacionales.

México se abrió al mundo, pero se cerró al desarrollo económico y social de su población.

Se llegó al extremo de etiquetar como “setentero”, es decir con un pensamiento del pasado y fuera de lugar, a quien defendía el interés de México. Se confundió la globalización y el multilateralismo con el fin del papel del Estado y de su función como garante de la consecución de un proyecto exitoso de nación.

En 2018 México tiene una nueva oportunidad, sin embargo, el próximo gobierno deberá implementar un proyecto de nación incluyente, uno que cumpla su promesa de alcanzar mayor bienestar social, pero que al mismo tiempo comprenda que 84% del valor agregado lo genera la inversión del sector privado.

México debe transformarse en una nación desarrollada, para ello debe crear una transición basada en mayor crecimiento económico, el único mecanismo sostenible del bienestar social.

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