/ domingo 26 de noviembre de 2023

Hacia una genealogía de la violencia (I)

¿Qué es la violencia? ¿Cuál ha sido la época de mayor violencia en la historia de la humanidad? La palabra violencia etimológicamente procede del vocablo latino “vis”, fuerza, poder, y éste a su vez de la raíz indoeuropea “wei”: fuerza vital, derivando así de “vis” el sustantivo “violentia”: carácter violento o impetuoso, fogosidad, rigor. De ahí que la violencia fuera concebida en el mundo jurídico romano como la fuerza física y/o moral impuesta por la voluntad de alguien sobre la de otro y que el propio derecho romano y posteriormente justinianeo haya confirmado la existencia tanto de la “vis maior” como de la “vis absoluta”, la primera procedente de la naturaleza, la segunda de una fuerza humana exterior e irresistible. En suma, “violentia” que estuvo desde entonces vinculada con el verbo “violare”: imponer, lastimar, dañar con fiereza.

Ahora bien ¿nació la violencia física y moral al mismo tiempo que su conceptualización teórica en la antigüedad clásica? Lamentable y trágicamente No. La violencia no sólo es tan antigua como el ser humano: lo precede y no sólo ha sido una de las compañeras más longevas, sino más deletéreas de la humanidad.

Sócrates consideraba a la violencia como una acción carente de conciencia, piedad y sentido. Platón, en el Gorgias, nos aproximará a la idea de que en el estado ideal, bajo el mandato de los filósofos, al prevalecer la justicia ésta podría reducir o erradicar a la violencia, desde el momento en que el verdadero poder radica en la sabiduría y propiamente en la justicia. Aristóteles, por su parte, no sólo la considerará igualmente un peligro frente a la justicia, sino en particular una encarnación de lo antinatural, aquello que va en contra del sentido de la “physis”, de la naturaleza, de lo que es.

Más adelante, durante la Edad Media, corresponderá a San Agustín determinar que la voluntad regida bajo la violencia es una voluntad a la que mueve el miedo y que impide a los demás obrar en libertad, hasta el grado de terminar suprimiendo dicha libertad. Así pues, si los hombres obran en comunidad, posibilitan el bien público, pero cuando lo hacen de modo aislado se convierten en pecadores y necesitados de confesar sus pecados. De ahí el concepto de violencia moral como concupiscencia o libido: violencia del ser “libidinoso” que, queriéndose a sí, termina por devorar al otro. Y algo más. La violencia agustiniana habrá de admitir un grado mayor de perversidad y esto sucede cuando esa líbido adopta la forma de la enfermedad del poder: la violencia política. Desde la perspectiva de Santo Tomás, la violencia debería ser comprendida a partir de un triple sentido: el primero, como una fuerza ejercida fuera del ser y de su voluntad. El segundo, siguiendo la visión aristotélica, como la fuerza contraria a los fines de la naturaleza (“violentia ut violentia”). El tercero, en tanto fuerza contraria a la virtud de la justicia.

Llegados a la época moderna, autores como Hobbes, Hegel y Marx encontrarán en la violencia a un importante motor de las sociedades y de las relaciones humanas, siendo Maquiavelo el precursor de esta visión en “El Príncipe”, en el cual plantea que la violencia es un requisito esencial para mantener la vigencia del poder estatal. Un agente potenciador de vida en el sentido nietzscheano y de transformación social en el caso de Sloterdijk. En contraste, habrá autores que la rechacen más tarde abiertamente. Es el caso de Kant, para quien la violencia -particularmente moral- implicaba el quebrantamiento y destrucción de la igualdad moral, esto es, significaba la ruptura de las relaciones interpersonales y de Rousseau, según el cual si bien el hombre nacía siendo bueno terminaba siendo corrompido e instruido en la violencia por la propia sociedad.

Sin embargo, será el siglo XX un momento clave para la reflexión en torno a la violencia. No es para menos: la humanidad habrá llegado a uno de los momentos de mayor y más execrable violencia de toda su historia, hasta el punto en el que actualmente asistimos a un recrudecimiento universal de la violencia no sólo cuerpo a cuerpo (allí el caso cada vez más generalizado de la mayor parte de los países europeos, Australia, Canadá y los Estados Unidos y, qué decir, de nuestra sangrante sociedad mexicana) sino ante todo institucional, instigada desde las propias voces de algunos de los agentes bajo cuya responsabilidad están encomendados los destinos de su Nación. Violencia esta última que, al ser incoada desde el pináculo del poder, ejerce y detona un mayor potencial de lesividad y fracturamiento del tejido humano.

De ahí la importancia en profundizar sobre todo en el pensamiento de la última centuria, desde un Abbagnano que la definirá como acción contraria al orden moral jurídico o político y un Sartre que, en “El ser y la nada”, la declarará como una manifestación de la mala fe a la que el ser humano recurre cuando es presa de la angustia existencial, es decir, erigiéndose en una elección nihilista de interacción con el mundo, hasta llegar a autores como Arendt y Derrida, entre otros, a los que aludiremos. (Continuará).


bettyzanolli@gmail.com

@BettyZanolli


¿Qué es la violencia? ¿Cuál ha sido la época de mayor violencia en la historia de la humanidad? La palabra violencia etimológicamente procede del vocablo latino “vis”, fuerza, poder, y éste a su vez de la raíz indoeuropea “wei”: fuerza vital, derivando así de “vis” el sustantivo “violentia”: carácter violento o impetuoso, fogosidad, rigor. De ahí que la violencia fuera concebida en el mundo jurídico romano como la fuerza física y/o moral impuesta por la voluntad de alguien sobre la de otro y que el propio derecho romano y posteriormente justinianeo haya confirmado la existencia tanto de la “vis maior” como de la “vis absoluta”, la primera procedente de la naturaleza, la segunda de una fuerza humana exterior e irresistible. En suma, “violentia” que estuvo desde entonces vinculada con el verbo “violare”: imponer, lastimar, dañar con fiereza.

Ahora bien ¿nació la violencia física y moral al mismo tiempo que su conceptualización teórica en la antigüedad clásica? Lamentable y trágicamente No. La violencia no sólo es tan antigua como el ser humano: lo precede y no sólo ha sido una de las compañeras más longevas, sino más deletéreas de la humanidad.

Sócrates consideraba a la violencia como una acción carente de conciencia, piedad y sentido. Platón, en el Gorgias, nos aproximará a la idea de que en el estado ideal, bajo el mandato de los filósofos, al prevalecer la justicia ésta podría reducir o erradicar a la violencia, desde el momento en que el verdadero poder radica en la sabiduría y propiamente en la justicia. Aristóteles, por su parte, no sólo la considerará igualmente un peligro frente a la justicia, sino en particular una encarnación de lo antinatural, aquello que va en contra del sentido de la “physis”, de la naturaleza, de lo que es.

Más adelante, durante la Edad Media, corresponderá a San Agustín determinar que la voluntad regida bajo la violencia es una voluntad a la que mueve el miedo y que impide a los demás obrar en libertad, hasta el grado de terminar suprimiendo dicha libertad. Así pues, si los hombres obran en comunidad, posibilitan el bien público, pero cuando lo hacen de modo aislado se convierten en pecadores y necesitados de confesar sus pecados. De ahí el concepto de violencia moral como concupiscencia o libido: violencia del ser “libidinoso” que, queriéndose a sí, termina por devorar al otro. Y algo más. La violencia agustiniana habrá de admitir un grado mayor de perversidad y esto sucede cuando esa líbido adopta la forma de la enfermedad del poder: la violencia política. Desde la perspectiva de Santo Tomás, la violencia debería ser comprendida a partir de un triple sentido: el primero, como una fuerza ejercida fuera del ser y de su voluntad. El segundo, siguiendo la visión aristotélica, como la fuerza contraria a los fines de la naturaleza (“violentia ut violentia”). El tercero, en tanto fuerza contraria a la virtud de la justicia.

Llegados a la época moderna, autores como Hobbes, Hegel y Marx encontrarán en la violencia a un importante motor de las sociedades y de las relaciones humanas, siendo Maquiavelo el precursor de esta visión en “El Príncipe”, en el cual plantea que la violencia es un requisito esencial para mantener la vigencia del poder estatal. Un agente potenciador de vida en el sentido nietzscheano y de transformación social en el caso de Sloterdijk. En contraste, habrá autores que la rechacen más tarde abiertamente. Es el caso de Kant, para quien la violencia -particularmente moral- implicaba el quebrantamiento y destrucción de la igualdad moral, esto es, significaba la ruptura de las relaciones interpersonales y de Rousseau, según el cual si bien el hombre nacía siendo bueno terminaba siendo corrompido e instruido en la violencia por la propia sociedad.

Sin embargo, será el siglo XX un momento clave para la reflexión en torno a la violencia. No es para menos: la humanidad habrá llegado a uno de los momentos de mayor y más execrable violencia de toda su historia, hasta el punto en el que actualmente asistimos a un recrudecimiento universal de la violencia no sólo cuerpo a cuerpo (allí el caso cada vez más generalizado de la mayor parte de los países europeos, Australia, Canadá y los Estados Unidos y, qué decir, de nuestra sangrante sociedad mexicana) sino ante todo institucional, instigada desde las propias voces de algunos de los agentes bajo cuya responsabilidad están encomendados los destinos de su Nación. Violencia esta última que, al ser incoada desde el pináculo del poder, ejerce y detona un mayor potencial de lesividad y fracturamiento del tejido humano.

De ahí la importancia en profundizar sobre todo en el pensamiento de la última centuria, desde un Abbagnano que la definirá como acción contraria al orden moral jurídico o político y un Sartre que, en “El ser y la nada”, la declarará como una manifestación de la mala fe a la que el ser humano recurre cuando es presa de la angustia existencial, es decir, erigiéndose en una elección nihilista de interacción con el mundo, hasta llegar a autores como Arendt y Derrida, entre otros, a los que aludiremos. (Continuará).


bettyzanolli@gmail.com

@BettyZanolli