/ domingo 3 de diciembre de 2023

Hacia una genealogía de la violencia (II)

Hacia la década de los años 60 y 70 del siglo XX, la violencia se convierte en tema de profundas y álgidas reflexiones intelectuales, particularmente en Francia. Uno de los autores clave en esta discusión es el joven de 36 años Franz Fanon, antiguo alumno de Aimé Cesaire, que en 1961 publica “Los condenados de la tierra” poco antes de perecer víctima de leucemia. Una obra que habría de convertirse de inmediato en un clásico y que habría de sacudir las conciencias de las sociedades de las potencias principalmente europeas que colonizaron África, no sólo por el enérgico y desgarrador llamado que el galo-caribeño estaba pronunciando para su descolonización sino también por el brutal prefacio que Jean Paul Sartre elaboró para esta obra.

Y es que mientras Fanon advierte que este proceso no podría sino ser violento como violenta había sido la colonización, Sartre eleva a tal grado el tono que termina exaltándola. Posicionamiento que hará concluir a Peter Sloterdijk que la visión sartriana daba razón no a quien se sublevaba contra lo existente, sino a quien se vengaba de ello: “porque en los primeros momentos de la rebelión, hay que matar: matar a un europeo es matar dos pájaros de un tiro, suprimir a la vez a un opresor y a un oprimido. Quedan un hombre muerto y un hombre libre; el superviviente, por primera vez, siente un suelo nacional bajo la planta de sus pies... nativos de todos los países subdesarrollados, unidos”. Y con ello da paso al despertar no sólo de nuevas adhesiones intelectuales sino también de acciones llevadas a la práctica en los siguientes años, lustros y décadas.

Pero no vayamos tan aprisa. 1961 es también el año en el que el lituano Emanuel Lévinas habrá de publicar “Totalidad e infinito”. Una obra en la que el filósofo plantea que el origen de la violencia se encuentra en el “exceso de ser”, entendido éste desde la perspectiva ontológica de Heidegger, según la cual el “otro” queda olvidado y subordinado al “ser”, quien a su vez termina olvidándo-se de sí mismo. Sin embargo, a diferencia de Heidegger, Lévinas introduce en esta ecuación un nuevo elemento, determinante: el poder, concluyendo entonces que cuando el “ser” asesina al “otro”, lejos de ser visto como un acto de poder, dicho asesinato constituye un fracaso del poder desde el momento en que éste no pudo dominar al “otro”. La violencia así, materializada en el asesinato, no es sino la “solución final” a la que recurre el poder cuando no puede dominar al “otro”. En pocas palabras, desde su perspectiva, cuando la violencia originaria de la dominación fracasa, emerge una contra-violencia que elimina toda alteridad y de ello abundan los ejemplos en el siglo XX: el holocausto y los siniestros campos de concentración, las cacerías y asesinatos en masa en nombre de ciertos credos religiosos.

Un posicionamiento que entrará en consonancia, a su vez, con la visión de Jacques Derrida plasmada en “Violencia y metafísica” (1964). En ella, Derrida concibe a la violencia como un fenómeno dinámico y complejo que debe ser estudiado genéticamente a partir de la economía, la guerra, la tensión y el conflicto, al mismo tiempo que debe ser considerada en estrecha vinculación con el lenguaje y el discurso. Derivado de esto, distingue a la violencia originaria o archi-violencia, inscrita en el ámbito económico en el que impera la idea de que la violencia genéticamente se encuentra expuesta y poco a poco se va desplegando, así como a la violencia trascendental, ligada ésta a la tradición fenomenológica de Husserl y Levinas. Violencia que inicialmente se manifiesta en el lenguaje al nombrar, así como en la prohibición de pronunciar, a la que sucederá una violencia “protectora”, “moral”, “de la ley”, que establece la ocultación de la escritura y, finalmente, la violencia “empírica”, “transgresora”, contraria a la protectora, desde el momento en que revela, desnuda y viola al secreto, despojándolo de su pureza.

Sí, violencia y poder estrechamente entrelazados, no cabe duda, pero muy distintos entre sí, y si alguien lo reconoció y evidenció fue Hanna Arendt en sus diversas obras, particularmente en “Sobre la violencia” y “Violencia y poder”.

Desde la óptica arendtiana, una y otro pertenecen al ámbito político y, en tanto son acción, forman parte del ser de los seres humanos. Sin embargo, el poder es una especie de violencia institucionalizada, no así la violencia per se, es decir, sus respectivas naturalezas son opuestas. El poder, por ejemplo, requiere de la reunión social, no así la violencia, a tal grado que la violencia extrema es “uno contra todos”. Además, mientras el poder es un fin en sí mismo, la violencia es un medio para llegar a un fin. La pregunta entonces es ¿por qué glorificarla? La respuesta de la filósofa es tajante: “por una grave frustración de la facultad de acción en el mundo moderno”. Sí, entre más anquilosada y petrificada está una sociedad, mayor potencial y atracción ejerce en ella la violencia. (Continuará)

Hacia la década de los años 60 y 70 del siglo XX, la violencia se convierte en tema de profundas y álgidas reflexiones intelectuales, particularmente en Francia. Uno de los autores clave en esta discusión es el joven de 36 años Franz Fanon, antiguo alumno de Aimé Cesaire, que en 1961 publica “Los condenados de la tierra” poco antes de perecer víctima de leucemia. Una obra que habría de convertirse de inmediato en un clásico y que habría de sacudir las conciencias de las sociedades de las potencias principalmente europeas que colonizaron África, no sólo por el enérgico y desgarrador llamado que el galo-caribeño estaba pronunciando para su descolonización sino también por el brutal prefacio que Jean Paul Sartre elaboró para esta obra.

Y es que mientras Fanon advierte que este proceso no podría sino ser violento como violenta había sido la colonización, Sartre eleva a tal grado el tono que termina exaltándola. Posicionamiento que hará concluir a Peter Sloterdijk que la visión sartriana daba razón no a quien se sublevaba contra lo existente, sino a quien se vengaba de ello: “porque en los primeros momentos de la rebelión, hay que matar: matar a un europeo es matar dos pájaros de un tiro, suprimir a la vez a un opresor y a un oprimido. Quedan un hombre muerto y un hombre libre; el superviviente, por primera vez, siente un suelo nacional bajo la planta de sus pies... nativos de todos los países subdesarrollados, unidos”. Y con ello da paso al despertar no sólo de nuevas adhesiones intelectuales sino también de acciones llevadas a la práctica en los siguientes años, lustros y décadas.

Pero no vayamos tan aprisa. 1961 es también el año en el que el lituano Emanuel Lévinas habrá de publicar “Totalidad e infinito”. Una obra en la que el filósofo plantea que el origen de la violencia se encuentra en el “exceso de ser”, entendido éste desde la perspectiva ontológica de Heidegger, según la cual el “otro” queda olvidado y subordinado al “ser”, quien a su vez termina olvidándo-se de sí mismo. Sin embargo, a diferencia de Heidegger, Lévinas introduce en esta ecuación un nuevo elemento, determinante: el poder, concluyendo entonces que cuando el “ser” asesina al “otro”, lejos de ser visto como un acto de poder, dicho asesinato constituye un fracaso del poder desde el momento en que éste no pudo dominar al “otro”. La violencia así, materializada en el asesinato, no es sino la “solución final” a la que recurre el poder cuando no puede dominar al “otro”. En pocas palabras, desde su perspectiva, cuando la violencia originaria de la dominación fracasa, emerge una contra-violencia que elimina toda alteridad y de ello abundan los ejemplos en el siglo XX: el holocausto y los siniestros campos de concentración, las cacerías y asesinatos en masa en nombre de ciertos credos religiosos.

Un posicionamiento que entrará en consonancia, a su vez, con la visión de Jacques Derrida plasmada en “Violencia y metafísica” (1964). En ella, Derrida concibe a la violencia como un fenómeno dinámico y complejo que debe ser estudiado genéticamente a partir de la economía, la guerra, la tensión y el conflicto, al mismo tiempo que debe ser considerada en estrecha vinculación con el lenguaje y el discurso. Derivado de esto, distingue a la violencia originaria o archi-violencia, inscrita en el ámbito económico en el que impera la idea de que la violencia genéticamente se encuentra expuesta y poco a poco se va desplegando, así como a la violencia trascendental, ligada ésta a la tradición fenomenológica de Husserl y Levinas. Violencia que inicialmente se manifiesta en el lenguaje al nombrar, así como en la prohibición de pronunciar, a la que sucederá una violencia “protectora”, “moral”, “de la ley”, que establece la ocultación de la escritura y, finalmente, la violencia “empírica”, “transgresora”, contraria a la protectora, desde el momento en que revela, desnuda y viola al secreto, despojándolo de su pureza.

Sí, violencia y poder estrechamente entrelazados, no cabe duda, pero muy distintos entre sí, y si alguien lo reconoció y evidenció fue Hanna Arendt en sus diversas obras, particularmente en “Sobre la violencia” y “Violencia y poder”.

Desde la óptica arendtiana, una y otro pertenecen al ámbito político y, en tanto son acción, forman parte del ser de los seres humanos. Sin embargo, el poder es una especie de violencia institucionalizada, no así la violencia per se, es decir, sus respectivas naturalezas son opuestas. El poder, por ejemplo, requiere de la reunión social, no así la violencia, a tal grado que la violencia extrema es “uno contra todos”. Además, mientras el poder es un fin en sí mismo, la violencia es un medio para llegar a un fin. La pregunta entonces es ¿por qué glorificarla? La respuesta de la filósofa es tajante: “por una grave frustración de la facultad de acción en el mundo moderno”. Sí, entre más anquilosada y petrificada está una sociedad, mayor potencial y atracción ejerce en ella la violencia. (Continuará)