/ viernes 3 de noviembre de 2023

Hojas de papel | Acuérdate de Acapulco

En la escuela se escuchaba decir a los niños clase media que “las vacaciones las pasamos en el mar”. O que “Acapulco es extraordinario”. Y que los cocteles de camarones o de ostiones, bajo las palmeras ‘Borrachas de sol”. Y para nosotros, los de zapatos mineros, todo era pura imaginación…

Pero lo dicho es cierto: “No hay plazo que no se cumpla ni fecha que no se llegue”.

Fue hace muchos años. ¿Cuántos? Me acuerdo. No me acuerdo. No importa. Lo que sí sé es que terminaba como presidente Adolfo López Mateos y comenzaba Luis Echeverría. Salimos en carro, los cuatro, desde la ciudad de México, a eso de las 9 de la noche. La travesía por la vieja carretera habría de ser larga y con un cierto temorcillo por aquello de “no te entumas”.

Éramos cuatro los pasajeros emocionados: dos imberbes en eso de conocer el mar. La mar. Había temor. Pero nada. Era cosa de esperar un poco.

Era la espera emocionada por llegar para conocer Acapulco. Pero sobre todo su mar. Ese mar prometido, de aguas azules, tibias y generosas, quietas y abrazantes…

Y así fue, de pronto por ahí de las 6 de la mañana comenzamos a percibir un olor que siempre habría de acompañarnos. Que siempre habría de acompañarme: el aroma al mar.

Ese peculiar perfume a sal y a humedad, ese sentido de que ahí hay vida y que esa vida nos mandaba la señal de que al final habríamos de encontrarnos aunque sólo fuera por unos instantes, por un momento, por un día o dos… una eternidad, ahora.

Y ya, cuando clareaba el día, ahí, a lo lejos, desde la altura cercana atisbamos ese espejo manso y salado -aunque dulce en su esencia- azul profundo, amigable y generoso, era el mar, era la maravillosa Bahía de Acapulco; era el sueño hecho ojos abiertos, ahí, a la mano, con sólo extenderla alcanzaríamos esa agua interminable que viene de miles y miles de kilómetros adentro para acercarse y descansar en el lugar sin límites: Acapulco.

Llegamos a un hotel en la Costera Miguel Alemán. Nada lujoso. Sí pulcro y cómodo. Y en el patio central había una alberca color del azul añil.

Pero nada, nunca, jamás, habría de compararse con el momento aquel en el que, más tarde, habría de ser el encuentro de dos mundos y uno solo. Fue el momento exacto en el que mi pie izquierdo descalzo tocó el agua de mar, de ese inmenso mar que lo recibía con ternura, con el amor fraterno del viejo amigo que estaba esperando la llegada para el abrazo que habría de ser perenne.

La sensación fue grandiosa. Entrar al mar era como cuando se hace el amor por primera vez y surgen del cielo estrellas, estrellitas, asteroides… colores infinitos… luz y asombro…: la sensación corpórea sin igual. Era como cuando uno recibe el primer beso… O un beso. Como cuando recibe la primera respiración en nuestro oído… Era el primer “te quiero” de nuestra vida mundana. Todo eso era tocar por primera vez el mar: La mar.

Fue en la playa Icacos. Nuestra querida amiga Lucy tenía ahí amistades que le permitieron entrar a esa playa en la que se encontraba la escuela para buzos de la Marina Nacional. Al principio nos miraban con desinterés. Poco a poco, por nuestras largas estancias junto al mar y en el mar, se hicieron amigos nuestros.

Y había más: había un lugar lleno de felicidad, de gusto, de luz de día y luz de noche: Acapulco. Era un puerto en el que muchos de quienes aspiramos a conocer el mar, desde cualquiera de los puntos de nuestro país, acudíamos al llamado de la felicidad permanente en una ciudad hermosa que no tiene fin ni descanso, un lugar sin límites…

Acapulco era entonces y ha sido así por muchos años, el lugar en el que nos refugiamos los que tenemos que decirle algo al mar. Y estar a su lado. En una ciudad en la que todo está dispuesto para que uno sea feliz y al alcance de las posibilidades de cada quien.

Por supuesto los muy ricos acudían a lugares archi-exclusivos y lujosos. Pero también había y hay hoteles de cinco estrellas, o de cuatro o tres o dos… o acaso hoteles de un pico de estrella, porque también los había y hay.

Había hoteles de ese gran lujo para los más famosos del mundo. Los que salían en las páginas de los periódicos en las páginas de la gran socialité, los grandes empresarios a la manera de los Truyet que donaron la gran cruz que preside Acapulco. Muchos de estos ricos también preferían llegar a mansiones de gente de pipa y guante…o mejor de traje de baño de terciopelo y oro.

Pero eso era Acapulco. Una ciudad hermosa. El mismísimo Acapulco cuyo nombre -lo dicen los libros, y ya se sabe que los libros tienen la palabra-, ‘proviene del náhuatl: acápolco (acatl, carrizo; polli, en aumentativo; co, lugar. Entonces es: "Lugar donde abunda carrizos gigantes’). Y ahí fue donde Cortés ordenó que se construyeran barcos para la navegación y la conquista.

Pero hay antecedentes de Acapulco desde el siglo xi, aunque los primeros asentamientos formales se dieron en el siglo XVIII de nuestra era por diversas tribus olmecas. En 1521, en plena conquista, Hernán Cortés envió diversas expediciones al sur con el objeto de localizar vetas de oro. El 13 de diciembre de 1523 los españoles pisaron por primera vez este territorio-mar.

El 25 de abril de 1528 por orden del Rey Carlos I de España, Acapulco pasó a poder directo de la corona tomando el nombre de “Ciudad de los Reyes”.

Fue el puerto por el cual llegaba, durante la colonia y por muchos años, la Nao de China que traía productos y especias desde Japón, Filipinas… y cuyos barcos habrían de cruzar el pacífico para transportar la mercancía que después se trasladaba por tierra a Veracruz desde donde partían las naves que la llevarían a España; Balbuena lo dice así en su “Grandeza Mexicana”: “En ti se junta España con la China, Italia con Japón, y finalmente un mundo entero en trato y disciplina”.

Muchos años después, Acapulco fue el refugio de Morelos durante su lucha por la independencia. El Fuerte de San Diego, fue testigo de esa batalla y la hazaña de las tropas insurgentes comandados por José María Morelos y Pavón, ocurrida el 20 de agosto de 1813, hace 210 años. Y tantísima más historia del Puerto que es nuestro muy querido Puerto de Acapulco.

Siempre ha sido vanagloriado por su excelente ubicación geográfica frente al océano Pacífico, que es la mar calma que se asienta en sus playas de arena como pan molido.

A partir de los años 40 y 50 del siglo pasado comenzó un auge de crecimiento y turístico del puerto. A él llegaban personalidades de todo el mundo para descansar, hacerse al sol, disfrutar las fiestas y la algarabía a la que invitan el mar y sus pescaditos.

Y para esto se creó una enorme infraestructura de hoteles, de restaurantes, de lugares de diversión y de playas resplandecientes en las que lo mismo se puede ver a los clavadistas de La Quebrada, que hace tiempo a los burritos tomadores de cerveza en la Roqueta y casas en los acantilados que pertenecieron a artistas del mundo…

Y aquellas lanchas con fondo de cristal para ver a la Virgen de Guadalupe sumergida en las aguas de Acapulco. Y aquel Yate Fiesta en el que se hacía una travesía en la que esa fiesta era parte del pago por evento… Y tanto más… Era estar en la fiesta, en el paraíso, bajo el sol clemente y en el mar en el que “la vida es más sabrosa”, según se dice…

En donde parecía que no pasaba nada, aunque pasara todo. En donde familias enteras, gente “popoff” -según dijera el viejo periodista Agustín Barrios Gómez-, gente de toda clase social, estamento o aspiracionista acudían a sumergirse en el mar que todo lo ve y todo lo perdona.

Ya no. La desgracia ocurrió el 25 de octubre cuando el huracán Otis arrasó con Acapulco y pueblos aledaños. Con su orgullo de ser. Con sus hoteles, sus casas, su gente: no hay sonrisas ya. Hay tristeza. Hay recuerdos. Todos nuestros recuerdos. Hay emoción perdida entre los escombros de ese lugar en donde muchos encontramos la felicidad, muchos sintieron la felicidad y muchos aun buscan sus mejores recuerdos.

Nada será igual en adelante. La recuperación tardará. El aroma de hoy es de la devastación de ese espacio vital que recibía y recibirá a los mexicanos y los no mexicanos para que su mar, nuestro mar, nos abrace de nueva cuenta y nos diga que siempre, por siempre, eternamente ahí estará: a nuestra espera amorosa y cálida.

“Acuérdate de Acapulco, de aquellas noches, María Bonita, María del alma. Acuérdate que en la playa, con tus manitas, las estrellitas las enjuagabas…”


En la escuela se escuchaba decir a los niños clase media que “las vacaciones las pasamos en el mar”. O que “Acapulco es extraordinario”. Y que los cocteles de camarones o de ostiones, bajo las palmeras ‘Borrachas de sol”. Y para nosotros, los de zapatos mineros, todo era pura imaginación…

Pero lo dicho es cierto: “No hay plazo que no se cumpla ni fecha que no se llegue”.

Fue hace muchos años. ¿Cuántos? Me acuerdo. No me acuerdo. No importa. Lo que sí sé es que terminaba como presidente Adolfo López Mateos y comenzaba Luis Echeverría. Salimos en carro, los cuatro, desde la ciudad de México, a eso de las 9 de la noche. La travesía por la vieja carretera habría de ser larga y con un cierto temorcillo por aquello de “no te entumas”.

Éramos cuatro los pasajeros emocionados: dos imberbes en eso de conocer el mar. La mar. Había temor. Pero nada. Era cosa de esperar un poco.

Era la espera emocionada por llegar para conocer Acapulco. Pero sobre todo su mar. Ese mar prometido, de aguas azules, tibias y generosas, quietas y abrazantes…

Y así fue, de pronto por ahí de las 6 de la mañana comenzamos a percibir un olor que siempre habría de acompañarnos. Que siempre habría de acompañarme: el aroma al mar.

Ese peculiar perfume a sal y a humedad, ese sentido de que ahí hay vida y que esa vida nos mandaba la señal de que al final habríamos de encontrarnos aunque sólo fuera por unos instantes, por un momento, por un día o dos… una eternidad, ahora.

Y ya, cuando clareaba el día, ahí, a lo lejos, desde la altura cercana atisbamos ese espejo manso y salado -aunque dulce en su esencia- azul profundo, amigable y generoso, era el mar, era la maravillosa Bahía de Acapulco; era el sueño hecho ojos abiertos, ahí, a la mano, con sólo extenderla alcanzaríamos esa agua interminable que viene de miles y miles de kilómetros adentro para acercarse y descansar en el lugar sin límites: Acapulco.

Llegamos a un hotel en la Costera Miguel Alemán. Nada lujoso. Sí pulcro y cómodo. Y en el patio central había una alberca color del azul añil.

Pero nada, nunca, jamás, habría de compararse con el momento aquel en el que, más tarde, habría de ser el encuentro de dos mundos y uno solo. Fue el momento exacto en el que mi pie izquierdo descalzo tocó el agua de mar, de ese inmenso mar que lo recibía con ternura, con el amor fraterno del viejo amigo que estaba esperando la llegada para el abrazo que habría de ser perenne.

La sensación fue grandiosa. Entrar al mar era como cuando se hace el amor por primera vez y surgen del cielo estrellas, estrellitas, asteroides… colores infinitos… luz y asombro…: la sensación corpórea sin igual. Era como cuando uno recibe el primer beso… O un beso. Como cuando recibe la primera respiración en nuestro oído… Era el primer “te quiero” de nuestra vida mundana. Todo eso era tocar por primera vez el mar: La mar.

Fue en la playa Icacos. Nuestra querida amiga Lucy tenía ahí amistades que le permitieron entrar a esa playa en la que se encontraba la escuela para buzos de la Marina Nacional. Al principio nos miraban con desinterés. Poco a poco, por nuestras largas estancias junto al mar y en el mar, se hicieron amigos nuestros.

Y había más: había un lugar lleno de felicidad, de gusto, de luz de día y luz de noche: Acapulco. Era un puerto en el que muchos de quienes aspiramos a conocer el mar, desde cualquiera de los puntos de nuestro país, acudíamos al llamado de la felicidad permanente en una ciudad hermosa que no tiene fin ni descanso, un lugar sin límites…

Acapulco era entonces y ha sido así por muchos años, el lugar en el que nos refugiamos los que tenemos que decirle algo al mar. Y estar a su lado. En una ciudad en la que todo está dispuesto para que uno sea feliz y al alcance de las posibilidades de cada quien.

Por supuesto los muy ricos acudían a lugares archi-exclusivos y lujosos. Pero también había y hay hoteles de cinco estrellas, o de cuatro o tres o dos… o acaso hoteles de un pico de estrella, porque también los había y hay.

Había hoteles de ese gran lujo para los más famosos del mundo. Los que salían en las páginas de los periódicos en las páginas de la gran socialité, los grandes empresarios a la manera de los Truyet que donaron la gran cruz que preside Acapulco. Muchos de estos ricos también preferían llegar a mansiones de gente de pipa y guante…o mejor de traje de baño de terciopelo y oro.

Pero eso era Acapulco. Una ciudad hermosa. El mismísimo Acapulco cuyo nombre -lo dicen los libros, y ya se sabe que los libros tienen la palabra-, ‘proviene del náhuatl: acápolco (acatl, carrizo; polli, en aumentativo; co, lugar. Entonces es: "Lugar donde abunda carrizos gigantes’). Y ahí fue donde Cortés ordenó que se construyeran barcos para la navegación y la conquista.

Pero hay antecedentes de Acapulco desde el siglo xi, aunque los primeros asentamientos formales se dieron en el siglo XVIII de nuestra era por diversas tribus olmecas. En 1521, en plena conquista, Hernán Cortés envió diversas expediciones al sur con el objeto de localizar vetas de oro. El 13 de diciembre de 1523 los españoles pisaron por primera vez este territorio-mar.

El 25 de abril de 1528 por orden del Rey Carlos I de España, Acapulco pasó a poder directo de la corona tomando el nombre de “Ciudad de los Reyes”.

Fue el puerto por el cual llegaba, durante la colonia y por muchos años, la Nao de China que traía productos y especias desde Japón, Filipinas… y cuyos barcos habrían de cruzar el pacífico para transportar la mercancía que después se trasladaba por tierra a Veracruz desde donde partían las naves que la llevarían a España; Balbuena lo dice así en su “Grandeza Mexicana”: “En ti se junta España con la China, Italia con Japón, y finalmente un mundo entero en trato y disciplina”.

Muchos años después, Acapulco fue el refugio de Morelos durante su lucha por la independencia. El Fuerte de San Diego, fue testigo de esa batalla y la hazaña de las tropas insurgentes comandados por José María Morelos y Pavón, ocurrida el 20 de agosto de 1813, hace 210 años. Y tantísima más historia del Puerto que es nuestro muy querido Puerto de Acapulco.

Siempre ha sido vanagloriado por su excelente ubicación geográfica frente al océano Pacífico, que es la mar calma que se asienta en sus playas de arena como pan molido.

A partir de los años 40 y 50 del siglo pasado comenzó un auge de crecimiento y turístico del puerto. A él llegaban personalidades de todo el mundo para descansar, hacerse al sol, disfrutar las fiestas y la algarabía a la que invitan el mar y sus pescaditos.

Y para esto se creó una enorme infraestructura de hoteles, de restaurantes, de lugares de diversión y de playas resplandecientes en las que lo mismo se puede ver a los clavadistas de La Quebrada, que hace tiempo a los burritos tomadores de cerveza en la Roqueta y casas en los acantilados que pertenecieron a artistas del mundo…

Y aquellas lanchas con fondo de cristal para ver a la Virgen de Guadalupe sumergida en las aguas de Acapulco. Y aquel Yate Fiesta en el que se hacía una travesía en la que esa fiesta era parte del pago por evento… Y tanto más… Era estar en la fiesta, en el paraíso, bajo el sol clemente y en el mar en el que “la vida es más sabrosa”, según se dice…

En donde parecía que no pasaba nada, aunque pasara todo. En donde familias enteras, gente “popoff” -según dijera el viejo periodista Agustín Barrios Gómez-, gente de toda clase social, estamento o aspiracionista acudían a sumergirse en el mar que todo lo ve y todo lo perdona.

Ya no. La desgracia ocurrió el 25 de octubre cuando el huracán Otis arrasó con Acapulco y pueblos aledaños. Con su orgullo de ser. Con sus hoteles, sus casas, su gente: no hay sonrisas ya. Hay tristeza. Hay recuerdos. Todos nuestros recuerdos. Hay emoción perdida entre los escombros de ese lugar en donde muchos encontramos la felicidad, muchos sintieron la felicidad y muchos aun buscan sus mejores recuerdos.

Nada será igual en adelante. La recuperación tardará. El aroma de hoy es de la devastación de ese espacio vital que recibía y recibirá a los mexicanos y los no mexicanos para que su mar, nuestro mar, nos abrace de nueva cuenta y nos diga que siempre, por siempre, eternamente ahí estará: a nuestra espera amorosa y cálida.

“Acuérdate de Acapulco, de aquellas noches, María Bonita, María del alma. Acuérdate que en la playa, con tus manitas, las estrellitas las enjuagabas…”


ÚLTIMASCOLUMNAS
viernes 23 de febrero de 2024

Hojas de papel | Domingo de plaza en Tlacolula

Es domingo, día de plaza en Tlacolula, en los Valles Centrales de Oaxaca... Y hoy se viste de fiesta. ¡Si señor!

Joel Hernández Santiago

viernes 09 de febrero de 2024

Hojas de Papel | De amor y amistad: ¿Quién a mis puertas llama?

El sacerdote cristiano Valentín desobedeció al emperador romano Claudio II, a quien no le gustaba que sus soldados se casaran

Joel Hernández Santiago

viernes 26 de enero de 2024

Hojas de papel | Pescadores: 'Los que en tierra firme no saben andar'

Yo imaginaba a aquellos hombres que se hacían a la mar en barcos pequeños cargados con sus utensilios para llevar a cabo la pesca

Joel Hernández Santiago

viernes 19 de enero de 2024

Hojas de papel | ¡Abrázame! ¿No ves que tengo frío?

En todo caso, el ser humano necesita ser apapachado y apapachar. Necesita que le digan: te quiero, te necesito...

Joel Hernández Santiago

viernes 12 de enero de 2024

Hojas de papel | Cine negro, como la noche

En verdad uno se apasiona con la novela negra. Esa novela que habla de intrigas, de crímenes insospechados

Joel Hernández Santiago

viernes 22 de diciembre de 2023

Hojas de papel | Duerme Tomás. Descansa. Los dinosaurios te esperan

Tomás era uno entre otros 28 alumnos del 5 año “A”, de la escuela “Vicente Guerrero” en Santa María del Tule, en Oaxaca

Joel Hernández Santiago

viernes 15 de diciembre de 2023

Hojas de papel | "Pero mira cómo beben los peces en el río…"

De pronto el espíritu navideño envuelve a todos en el mundo, o a casi todos

Joel Hernández Santiago

viernes 08 de diciembre de 2023

Hojas de Papel | Granados Chapa: "La vida que es camino"

El maestro Granados Chapa, como le decíamos, nunca nos inoculó odios o malos reflejos con relación a lo ocurrido aquel 8 de julio del 76

Joel Hernández Santiago

Cargar Más