/ viernes 12 de enero de 2024

Hojas de papel | Cine negro, como la noche

En verdad uno se apasiona con la novela negra. Esa novela que habla de intrigas, de crímenes insospechados y que se tienen que resolver por la ley, la justicia, la razón humana. Pero antes, habrá que atravesar un mundo de sombras, de intrigas y de traiciones para hacer una investigación minuciosa, inteligente, sagaz, misteriosa y hasta increíble.

Y para ello existe siempre un gran investigador cuya personalidad es fuera de serie, a veces alcohólico, otras veces surgido de los barrios más obscuros de la urbe de cualquier capital del mundo, un extravagante ser que tiene la ironía en los labios, que al hablar tiene dardos cargados de malicia y la sagacidad para observar que en el detalle y en el gesto está la clave.

Son seres extraordinarios cargados de amor al peligro pero también de amor a la verdad y a su responsabilidad de saber cómo llegar a esa verdad de lo que pasó-de lo que pasa y para terminar caminando sólo por una calle desierta en cualquier noche húmeda con apenas una luz tenue, gabardina colgada en su cuerpo y manos en los bolsillos.

El género ‘Novela negra’ se escribe con proliferación durante casi todo el siglo XX y este siglo XXI. Digamos que su auge es a partir de los años treinta del siglo pasado y en adelante.

Y es esa misma novela negra que se puso tan de moda en aquella tercera década, la que nutrió de elementos argumentales, de personajes, de sobriedad y emoción a un tipo de cine en la misma época de los treinta: el Cine Negro, o como se llamó antes: film noir denominación acuñada a posteriori por el crítico de origen italiano Nino Frank.

‘Los orígenes del cine negro en Hollywood pueden ubicarse en Europa. Su temática y estética están claramente vinculadas al expresionismo alemán de principios del siglo XX que comprendía el teatro, la fotografía y la pintura hasta la escultura, la arquitectura, y la cinematografía.

Los asiduos al cine, los de las matinés de entonces, o los de las películas de blanco y negro, saben de estas cosas. Hoy surge un auge renovado para ver este cine “de culto”, no sólo porque muchas de estas películas se han vuelto clásicas por su altísima calidad en el arte del cine.

Y el arte acompaña al hombre en las buenas y en las malas. Siempre como expresión atemporal de lo más hondo del espíritu humano, de su visión de sí mismo y de sus aspiraciones.

El cine negro dio entretenimiento al mundo durante y al término de la Segunda Guerra Mundial. Era natural. Por entonces el espíritu del hombre estaba deprimido y desorientado respecto de lo que habría de ser su futuro luego de la etapa bélica que duró seis años de 1939 a 1945 y por la que habían muerto 40 millones de civiles y 20 millones de soldados.

Digamos que la primer película, en la que se expresa ese espíritu siniestro al mismo tiempo que sagaz y cargado de temor e intrigas, es la del alemán Fritz Lang, quien en Alemania dirigió “El vampiro de Düsseldorf” en 1931. Esta película cuenta ya con un incipiente sonido, pero su particularidad es la estética y los argumentos característicos del cine negro así como la presentación de un protagonista con rasgos criminales patológicos en una sociedad corrupta.

Esto es: Un asesino de niñas tiene atemorizada a Berlín. La policía lo busca por cielo, mar y tierra, por lo que detiene a cualquier persona mínimamente sospechosa. Los jefes del hampa, furiosos por las redadas que ocurren por culpa del asesino, deciden buscarlo ellos mismos… hasta que…

En todo caso, la película que marca el inicio emblemático de ese cine negro y que habría de irrumpir en el mundo con todo el ímpetu de su intensidad y reclamo social fue, sin ninguna duda, “El halcón maltés”.

Una película que surge a partir de otra gran obra de Dashiel Hammett con el mismo nombre y que es muestra exacta de la casi perfección literaria-novela negra.

Habría que recordar que la particularidad del cine negro es la de contar historias y sucesos relacionados con el mundo de los gánsteres y los crímenes urbanos (aunque también ocurrían en tierra adentro, zonas agrícolas, industriales).

En el gran cine negro predomina el gran uso de sombras y un estilo visual claroscuro muy del tipo alemán-gótico, al mismo tiempo enfático y que ayuda a crear dramatismo a cada escena.

Este género cinematográfico incorpora a lo largo de sus obras, sucesos que ocurren en la vida cotidiana de los protagonistas. Está ahí, como fondo, la gran depresión, la corrupción, el alzamiento de los totalitarismos y la exclusión social. Ni más, ni menos.

Los desenlaces pueden ser agridulces o trágicos. Otro eje esencial del cine negro es la presencia de la mujer fatal (femme fatale) quien es en apariencia inofensiva como sensual, pero venenosa y malvada que puede conducir a sus víctimas a un fin trágico, a menos que sea la novia del investigador silencioso.

Así que en “El Halcón Maltés” se muestra la corrupción, el materialismo y la codicia de la sociedad estadounidense a principios del siglo XX. Es la muestra de astucias entre Sam Spade, investigador privado de San Francisco, y Kaspar Gutman, el jefe de tres ladrones compulsivos que intenta apoderarse de la estatuilla de un halcón lleno de joyas incrustadas de incalculable valor.

(La estatuilla fue un tributo de los cruzados caballeros de Rodas al Emperador Carlos I de España, en señal de gratitud por haberles dado posesión de la isla de Malta en 1539.) Gracias a este clásico del cine mundial, surge a la fama Humphrey Bogart como Spade.

Y de ahí en adelante desde los años treinta y hasta los cincuenta, el cine negro tuvo su momento crucial para mostrar al mismo tiempo el lado siniestro de la sociedad, el lado siniestro de muchos seres humanos, el espacio siniestro en el que se mueven éstos y, al final, la luz de quien busca y encuentra a los malvados de la historia que habrán de pagar con la vida o con la ley sus fechorías.

Y surgieron un sinnúmero de películas que por entonces se llamaban “melodramas” pero que eran, sin duda, obras del cine negro desde EUA y que se extendió al mundo para involucrarlo en historias casi siempre ocurridas en calles de ciudades estadounidenses.

Laura”, dirigida por Otto Preminger en 1944; “Perdición” de Billy Wilder en 1944; “La dama de Shanghai”, dirigida por Orson Wells en 1947; “El tercer hombre”, que se estrenó en 1949 de Carol Reed; “El crepúsculo de los dioses”, de Billy Wilder en 1950; “Sed de mal”, por Orson Wells en 1958… “El sueño eterno”, Howard Hawks, 1946; “Forajidos” Robert Siodmak, 1946; “Retorno al pasado” de Jacques Tourneur, 1947; “La jungla de asfalto” de John Huston, 1950; “Cara de ángel”, Otto Preminger, 1952; “Deseos humanos” de Fritz Lang, en EUA-1954)… tantas más.

En México, a finales de los años 30 y principios de los 50, surge un género cinematográfico al estilo del cine negro-film noir, en el que ‘la noche se impone al día, la moral se corrompe y la ciudad es testigo de perversos crímenes.’

El cine negro mexicano puede ubicarse en la tercera década del siglo XX. Luego de intentos fallidos, en 1938 Alejandro Galindo realiza “Mientras México duerme”. ‘Es el retrato de un México nocturno de alcohol, himeneo, crimen y música de cabaret’.

En 1943 Julio Bracho dirige “Distinto amanecer” cuya emotividad y sutileza no anulan las claves emocionales del cine negro: ‘una atmosférica fotografía de Gabriel Figueroa. Escenarios vaporosos y claustrofóbicos, los haz de luz que parecen marcar a los protagonistas, una obsesión por las decisiones del pasado y una narración dramática’. Una película de actores en la que el rol principal es la Ciudad de México, hermosamente detallada, briosa, exuberante, pero temible.

Y ni qué decir de las muchas películas de Juan Orol, cuya ubicación cae dentro del cine negro-surrealista-naif, pero que nutrió de emoción al público ávido de conocer las aventuras del mismo Juan Orol, acompañado siempre de hermosas mujeres como Rosa Carmina, María Antonieta Pons, Dinorah Judith… y mucho encanto, en películas indescriptibles, porque eso son: indescriptibles.

Y pues eso. Dejemos la modorra de inicio de año y comencemos con ver cine-arte-culto, comamos “palomitas, muéganos, helados, pepitas, refrescos” y a ver con emoción las historias más escalofriantes, sórdidas, emotivas y, al final, justas y humanas, como es lo que nos da ese cine negro… negro como la noche.

En verdad uno se apasiona con la novela negra. Esa novela que habla de intrigas, de crímenes insospechados y que se tienen que resolver por la ley, la justicia, la razón humana. Pero antes, habrá que atravesar un mundo de sombras, de intrigas y de traiciones para hacer una investigación minuciosa, inteligente, sagaz, misteriosa y hasta increíble.

Y para ello existe siempre un gran investigador cuya personalidad es fuera de serie, a veces alcohólico, otras veces surgido de los barrios más obscuros de la urbe de cualquier capital del mundo, un extravagante ser que tiene la ironía en los labios, que al hablar tiene dardos cargados de malicia y la sagacidad para observar que en el detalle y en el gesto está la clave.

Son seres extraordinarios cargados de amor al peligro pero también de amor a la verdad y a su responsabilidad de saber cómo llegar a esa verdad de lo que pasó-de lo que pasa y para terminar caminando sólo por una calle desierta en cualquier noche húmeda con apenas una luz tenue, gabardina colgada en su cuerpo y manos en los bolsillos.

El género ‘Novela negra’ se escribe con proliferación durante casi todo el siglo XX y este siglo XXI. Digamos que su auge es a partir de los años treinta del siglo pasado y en adelante.

Y es esa misma novela negra que se puso tan de moda en aquella tercera década, la que nutrió de elementos argumentales, de personajes, de sobriedad y emoción a un tipo de cine en la misma época de los treinta: el Cine Negro, o como se llamó antes: film noir denominación acuñada a posteriori por el crítico de origen italiano Nino Frank.

‘Los orígenes del cine negro en Hollywood pueden ubicarse en Europa. Su temática y estética están claramente vinculadas al expresionismo alemán de principios del siglo XX que comprendía el teatro, la fotografía y la pintura hasta la escultura, la arquitectura, y la cinematografía.

Los asiduos al cine, los de las matinés de entonces, o los de las películas de blanco y negro, saben de estas cosas. Hoy surge un auge renovado para ver este cine “de culto”, no sólo porque muchas de estas películas se han vuelto clásicas por su altísima calidad en el arte del cine.

Y el arte acompaña al hombre en las buenas y en las malas. Siempre como expresión atemporal de lo más hondo del espíritu humano, de su visión de sí mismo y de sus aspiraciones.

El cine negro dio entretenimiento al mundo durante y al término de la Segunda Guerra Mundial. Era natural. Por entonces el espíritu del hombre estaba deprimido y desorientado respecto de lo que habría de ser su futuro luego de la etapa bélica que duró seis años de 1939 a 1945 y por la que habían muerto 40 millones de civiles y 20 millones de soldados.

Digamos que la primer película, en la que se expresa ese espíritu siniestro al mismo tiempo que sagaz y cargado de temor e intrigas, es la del alemán Fritz Lang, quien en Alemania dirigió “El vampiro de Düsseldorf” en 1931. Esta película cuenta ya con un incipiente sonido, pero su particularidad es la estética y los argumentos característicos del cine negro así como la presentación de un protagonista con rasgos criminales patológicos en una sociedad corrupta.

Esto es: Un asesino de niñas tiene atemorizada a Berlín. La policía lo busca por cielo, mar y tierra, por lo que detiene a cualquier persona mínimamente sospechosa. Los jefes del hampa, furiosos por las redadas que ocurren por culpa del asesino, deciden buscarlo ellos mismos… hasta que…

En todo caso, la película que marca el inicio emblemático de ese cine negro y que habría de irrumpir en el mundo con todo el ímpetu de su intensidad y reclamo social fue, sin ninguna duda, “El halcón maltés”.

Una película que surge a partir de otra gran obra de Dashiel Hammett con el mismo nombre y que es muestra exacta de la casi perfección literaria-novela negra.

Habría que recordar que la particularidad del cine negro es la de contar historias y sucesos relacionados con el mundo de los gánsteres y los crímenes urbanos (aunque también ocurrían en tierra adentro, zonas agrícolas, industriales).

En el gran cine negro predomina el gran uso de sombras y un estilo visual claroscuro muy del tipo alemán-gótico, al mismo tiempo enfático y que ayuda a crear dramatismo a cada escena.

Este género cinematográfico incorpora a lo largo de sus obras, sucesos que ocurren en la vida cotidiana de los protagonistas. Está ahí, como fondo, la gran depresión, la corrupción, el alzamiento de los totalitarismos y la exclusión social. Ni más, ni menos.

Los desenlaces pueden ser agridulces o trágicos. Otro eje esencial del cine negro es la presencia de la mujer fatal (femme fatale) quien es en apariencia inofensiva como sensual, pero venenosa y malvada que puede conducir a sus víctimas a un fin trágico, a menos que sea la novia del investigador silencioso.

Así que en “El Halcón Maltés” se muestra la corrupción, el materialismo y la codicia de la sociedad estadounidense a principios del siglo XX. Es la muestra de astucias entre Sam Spade, investigador privado de San Francisco, y Kaspar Gutman, el jefe de tres ladrones compulsivos que intenta apoderarse de la estatuilla de un halcón lleno de joyas incrustadas de incalculable valor.

(La estatuilla fue un tributo de los cruzados caballeros de Rodas al Emperador Carlos I de España, en señal de gratitud por haberles dado posesión de la isla de Malta en 1539.) Gracias a este clásico del cine mundial, surge a la fama Humphrey Bogart como Spade.

Y de ahí en adelante desde los años treinta y hasta los cincuenta, el cine negro tuvo su momento crucial para mostrar al mismo tiempo el lado siniestro de la sociedad, el lado siniestro de muchos seres humanos, el espacio siniestro en el que se mueven éstos y, al final, la luz de quien busca y encuentra a los malvados de la historia que habrán de pagar con la vida o con la ley sus fechorías.

Y surgieron un sinnúmero de películas que por entonces se llamaban “melodramas” pero que eran, sin duda, obras del cine negro desde EUA y que se extendió al mundo para involucrarlo en historias casi siempre ocurridas en calles de ciudades estadounidenses.

Laura”, dirigida por Otto Preminger en 1944; “Perdición” de Billy Wilder en 1944; “La dama de Shanghai”, dirigida por Orson Wells en 1947; “El tercer hombre”, que se estrenó en 1949 de Carol Reed; “El crepúsculo de los dioses”, de Billy Wilder en 1950; “Sed de mal”, por Orson Wells en 1958… “El sueño eterno”, Howard Hawks, 1946; “Forajidos” Robert Siodmak, 1946; “Retorno al pasado” de Jacques Tourneur, 1947; “La jungla de asfalto” de John Huston, 1950; “Cara de ángel”, Otto Preminger, 1952; “Deseos humanos” de Fritz Lang, en EUA-1954)… tantas más.

En México, a finales de los años 30 y principios de los 50, surge un género cinematográfico al estilo del cine negro-film noir, en el que ‘la noche se impone al día, la moral se corrompe y la ciudad es testigo de perversos crímenes.’

El cine negro mexicano puede ubicarse en la tercera década del siglo XX. Luego de intentos fallidos, en 1938 Alejandro Galindo realiza “Mientras México duerme”. ‘Es el retrato de un México nocturno de alcohol, himeneo, crimen y música de cabaret’.

En 1943 Julio Bracho dirige “Distinto amanecer” cuya emotividad y sutileza no anulan las claves emocionales del cine negro: ‘una atmosférica fotografía de Gabriel Figueroa. Escenarios vaporosos y claustrofóbicos, los haz de luz que parecen marcar a los protagonistas, una obsesión por las decisiones del pasado y una narración dramática’. Una película de actores en la que el rol principal es la Ciudad de México, hermosamente detallada, briosa, exuberante, pero temible.

Y ni qué decir de las muchas películas de Juan Orol, cuya ubicación cae dentro del cine negro-surrealista-naif, pero que nutrió de emoción al público ávido de conocer las aventuras del mismo Juan Orol, acompañado siempre de hermosas mujeres como Rosa Carmina, María Antonieta Pons, Dinorah Judith… y mucho encanto, en películas indescriptibles, porque eso son: indescriptibles.

Y pues eso. Dejemos la modorra de inicio de año y comencemos con ver cine-arte-culto, comamos “palomitas, muéganos, helados, pepitas, refrescos” y a ver con emoción las historias más escalofriantes, sórdidas, emotivas y, al final, justas y humanas, como es lo que nos da ese cine negro… negro como la noche.

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