/ viernes 23 de julio de 2021

Hojas de papel volando | Indigenismo mexicano: ¿Un mundo distinto?

Recuerdo a mis abuelos hablar en zapoteco. A mis padres. A mis tíos, tías, primos y primas mayores. Y lo hacían con tal fluidez y donaire que daba envidia aunque era lo cotidiano; parte de la convivencia común y corriente. Lo hablaban como Pedro por su casa, para reír o cantar o para celebrar el día a día; como también para los días nublados e incluso sacrosantos.

En todo caso era para el trajín diario y comunicarse con otros. El buenos días o buenas tardes en la calle o en los lugares de convivencia común. Era como un enjambre de colibríes al batir sus alas. O como cuando se juntaban los cenzontles en el mangal del patio de la casa que era muy particular.

O como cuando se llevaban a cabo las juntas de comunidad a la sombra del gran sabino que preside a la comunidad y en las que los hombres mayores, cargados de sabiduría, llevaban la batuta y ponían orden. Ya no.

Pero además del habla, predominaba, entre todos, la forma de vida y la conciencia de la grandeza humana en convivencia con la naturaleza. Una sola cosa. Como parte de este mundo en el que todo es armonía; el ser humano como resultado de ese punto de equilibrio y al mismo tiempo responsable de que esa equidad persista.

Es el sentido profundo de la vida, del ser, del estar, del contar con la espiritualidad y dignidad al mismo tiempo, como también es importante que el hombre y la mujer se ocupen de proveer y de organizar la casa, el hogar y la facultad para que la libertad de vida contagie la educación y el solaz, el amor y la distancia.

Todos ellos son parte de un todo nacional; son grupos, sociedades, comunidades, que viven su propia esencia aunque están inmersos en un conglomerado patrio homogéneo –según las leyes mexicanas—, pero también son los desplazados o marginados del gran cuerpo social mexicano.

De ser dueños y señores de la vida y sus espacios, fueron marginados y desplazados. De ser emperadores, cada uno, los convirtieron en esclavos y luego encomendados y acaso súbditos. Son los desplazados de su país y de la historia. Dejaron sus valles, llanuras, lagos, lagunas, planicies, para huir a las montañas, a la aridez de las alturas o a las selvas, para subsistir.

Resistieron. Están ahí, a la espera de justicia. Siguen firmes en su esencia, su vida, su manera de entenderse y de manifestarse. Permanecieron en sí y para sí, a pesar de que el mestizaje produjo lo que habría de llamarse la mexicanidad. El señorío del criollo y el mestizo. Categorías raciales que surgieron de la llegada de los hombres del mar. Fue cosa del proceso histórico. Está en la historia.

Fue hace quinientos años. Y hoy se exige perdón a los colonizadores. Pero no se hace justicia hoy mismo, aquí y ahora. Contradicción de contradicciones. Y queda claro, a la historia hay que entenderla en sus propios términos. Lo que fue, fue. Para honra o deshonora, pero hecho está. Lo que sigue corresponde a quienes somos herederos de aquel linaje, para su perpetuación, no para el odio o la venganza: no tiene sentido así la historia.

Y en sus propios términos, don Miguel León Portilla, en “La visión de los vencidos”, detalla la tragedia ocurrida. El encuentro de culturas distintas con una más, la que llegó de ultramar. Y los presagios. Y el grito desgarrador que, dicen algunos, que aún se escucha por las noches en el centro histórico de México: “¡Ay mis hijos” ¿qué va a ser de mis pobres hijos?”

En adelante, sí, todo aquello sería distinto y se configuró otra percepción de la vida y su trascendencia. Ocurrió la dominación. La Colonia. El despotismo ilustrado… “Sépanlo de hoy y en adelante, los súbditos de este reino de la Nueva España, que nacieron para obedecer y callar, y no para meterse en altos asuntos de gobierno”, espetó desde el gran palacio Virreinal el virrey Marqués de Croix: Y se quedó la maldición.

El racismo es una forma de pensar, sentir y actuar que exalta la diferencia humana en razas. Una de las cuales es de menor linaje e, incluso, despreciable. Es un sentido de clase en donde la ‘raza’ predominante se atribuye virtudes de racionalidad, de comprensión, de inteligencia y de estatus económico o cultural. Un mestizaje que se entiende como supremo, en tanto que percibe a la raza original como “incomprensible”.

Porque eso es. En México hay racismo. Está a flor de piel… “¡Pinche indio pata rajada!”; “Indio yope!”; “¡Pareces indio!; “¡Indio pelos parados!”… “¡Pásate a la sección de indios, para que te sirvan en el suelo!”; “Cásate con un güero para mejorar la raza"; “No tiene la culpa el indio, sino el que lo hace compadre"; “El niño es morenito, como indito, pero está bonito"…

En esa condición está el indigenismo mexicano, a pesar de las políticas públicas que en el discurso político lo exaltan y lo halagan y lo dicen respetar: no es así.

Y, como diría el carnicero de la esquina, vayamos por partes: El censo de 2020 arrojó que, de una población de 126 millones, el 6.14% (alrededor de 7 millones 740 mil personas) hablan lengua indígena y 2.04% (alrededor de 2 millones 571 mil personas) se definen como afrodescendientes. Hay 68 pueblos indígenas, cada uno hablante de una lengua originaria propia, que juntas reúnen 364 variantes. Los principales, por su población:

Los Nahuas; Mayas; Zapotecas; Mixtecas; Otomíes; Totonacas; Tsotsiles; Tzeltales; Mazahuas; Mazatecos; Huastecos; Choles; Purépechas; Chinantecas; Mixes; Tlapanecos; Tarahumaras; Mayos; Zoques y Chontales de Tabasco.

“Un importante indicador de medición de la pobreza que es necesario destacar hoy, en el contexto de la pandemia de covid-19, es el de la ‘vulnerabilidad en salud [de los indígenas]’.

“El 1o de febrero de 2021, el director del Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan, en Guerrero, Abel Barrera, escribió que las personas me’phaa, así como las del pueblo na’savi, las de la comunidad Júba Wajiín y las de las regiones cafetaleras ya tenían muchos muertos, y varios de ellos eran parte de sus autoridades comunitarias.

“Ellas piensan que estas muertes no cuentan para el gobierno. (…) Simplemente no existen, porque nadie los ve ni los oye, mucho menos se interesan en proporcionar auxilio ante esta emergencia sanitaria. La actuación indolente de las autoridades se ha caracterizado por cerrar las puertas de los hospitales y los ayuntamientos de La Montaña. (…)

“En la unidad covid-19 del Hospital General de Tlapa solo hay 15 camas y 7 ventiladores para los 19 municipios de La Montaña. Sin embargo, la estadística que maneja la Secretaría de Salud Federal y la del estado, reportada el pasado 17 de enero, son [sólo] 111 defunciones.” [Olivia Gall]

Por otro lado, los pueblos indígenas han sido víctimas tanto de la violencia de los narcotraficantes como de la ‘guerra contra el narco’ declarada por el Estado mexicano. En los últimos 17 años, la intervención federal militar en zonas donde los carteles de las drogas tenían presencia llevó a estos a buscar nuevos territorios, sobre todo rurales e indígenas, que se propusieron controlar.

Muchas de estas comunidades han resistido con fuerza la penetración del narco, otras han cedido y algunas fueron obligadas a colaborar.

El hecho es que el Estado –gobernado tanto por la centroderecha (2006-2012), el centro (2012-2018) o la ‘izquierda’ (2018 a la fecha)-- ha sido muy débil en su lucha contra el crimen organizado y casi siempre deja a su suerte a estas comunidades y pueblos, que muchas veces se tienen que organizar de manera autónoma contra la violencia que desgarra el tejido social de sus regiones.

No es sólo el clasismo social, o la discriminación o el racismo. Es también el gobierno que ha dejado a la deriva la vida de las comunidades indígenas de México. O bien, confunde caridad con políticas públicas, en las que predomine el fortalecimiento, el desarrollo, el trabajo, la educación, la salud, el solaz… la cultura.

El indigenismo mexicano todavía está a la espera. Todavía persiste. Pasan siglos y estamos firmes. Esa es la lección para todos. La lección del no querer cambiar, de ser únicos y trascendentes.

El abuelo, abuela, madre... todos, estaban orgulloso de su origen. De su linaje. De su esencia y de su permanencia eterna aquí. Yo también. Él bromeaba y cantaba. Era él, y nadie más que él, enorme, grandioso, intenso, inolvidable abuelo zapoteco: “Lii ma nannu ca feu nga hranaxhi; hrudí guidubi ladxidó'; ne zachaganá ne lii…”

Recuerdo a mis abuelos hablar en zapoteco. A mis padres. A mis tíos, tías, primos y primas mayores. Y lo hacían con tal fluidez y donaire que daba envidia aunque era lo cotidiano; parte de la convivencia común y corriente. Lo hablaban como Pedro por su casa, para reír o cantar o para celebrar el día a día; como también para los días nublados e incluso sacrosantos.

En todo caso era para el trajín diario y comunicarse con otros. El buenos días o buenas tardes en la calle o en los lugares de convivencia común. Era como un enjambre de colibríes al batir sus alas. O como cuando se juntaban los cenzontles en el mangal del patio de la casa que era muy particular.

O como cuando se llevaban a cabo las juntas de comunidad a la sombra del gran sabino que preside a la comunidad y en las que los hombres mayores, cargados de sabiduría, llevaban la batuta y ponían orden. Ya no.

Pero además del habla, predominaba, entre todos, la forma de vida y la conciencia de la grandeza humana en convivencia con la naturaleza. Una sola cosa. Como parte de este mundo en el que todo es armonía; el ser humano como resultado de ese punto de equilibrio y al mismo tiempo responsable de que esa equidad persista.

Es el sentido profundo de la vida, del ser, del estar, del contar con la espiritualidad y dignidad al mismo tiempo, como también es importante que el hombre y la mujer se ocupen de proveer y de organizar la casa, el hogar y la facultad para que la libertad de vida contagie la educación y el solaz, el amor y la distancia.

Todos ellos son parte de un todo nacional; son grupos, sociedades, comunidades, que viven su propia esencia aunque están inmersos en un conglomerado patrio homogéneo –según las leyes mexicanas—, pero también son los desplazados o marginados del gran cuerpo social mexicano.

De ser dueños y señores de la vida y sus espacios, fueron marginados y desplazados. De ser emperadores, cada uno, los convirtieron en esclavos y luego encomendados y acaso súbditos. Son los desplazados de su país y de la historia. Dejaron sus valles, llanuras, lagos, lagunas, planicies, para huir a las montañas, a la aridez de las alturas o a las selvas, para subsistir.

Resistieron. Están ahí, a la espera de justicia. Siguen firmes en su esencia, su vida, su manera de entenderse y de manifestarse. Permanecieron en sí y para sí, a pesar de que el mestizaje produjo lo que habría de llamarse la mexicanidad. El señorío del criollo y el mestizo. Categorías raciales que surgieron de la llegada de los hombres del mar. Fue cosa del proceso histórico. Está en la historia.

Fue hace quinientos años. Y hoy se exige perdón a los colonizadores. Pero no se hace justicia hoy mismo, aquí y ahora. Contradicción de contradicciones. Y queda claro, a la historia hay que entenderla en sus propios términos. Lo que fue, fue. Para honra o deshonora, pero hecho está. Lo que sigue corresponde a quienes somos herederos de aquel linaje, para su perpetuación, no para el odio o la venganza: no tiene sentido así la historia.

Y en sus propios términos, don Miguel León Portilla, en “La visión de los vencidos”, detalla la tragedia ocurrida. El encuentro de culturas distintas con una más, la que llegó de ultramar. Y los presagios. Y el grito desgarrador que, dicen algunos, que aún se escucha por las noches en el centro histórico de México: “¡Ay mis hijos” ¿qué va a ser de mis pobres hijos?”

En adelante, sí, todo aquello sería distinto y se configuró otra percepción de la vida y su trascendencia. Ocurrió la dominación. La Colonia. El despotismo ilustrado… “Sépanlo de hoy y en adelante, los súbditos de este reino de la Nueva España, que nacieron para obedecer y callar, y no para meterse en altos asuntos de gobierno”, espetó desde el gran palacio Virreinal el virrey Marqués de Croix: Y se quedó la maldición.

El racismo es una forma de pensar, sentir y actuar que exalta la diferencia humana en razas. Una de las cuales es de menor linaje e, incluso, despreciable. Es un sentido de clase en donde la ‘raza’ predominante se atribuye virtudes de racionalidad, de comprensión, de inteligencia y de estatus económico o cultural. Un mestizaje que se entiende como supremo, en tanto que percibe a la raza original como “incomprensible”.

Porque eso es. En México hay racismo. Está a flor de piel… “¡Pinche indio pata rajada!”; “Indio yope!”; “¡Pareces indio!; “¡Indio pelos parados!”… “¡Pásate a la sección de indios, para que te sirvan en el suelo!”; “Cásate con un güero para mejorar la raza"; “No tiene la culpa el indio, sino el que lo hace compadre"; “El niño es morenito, como indito, pero está bonito"…

En esa condición está el indigenismo mexicano, a pesar de las políticas públicas que en el discurso político lo exaltan y lo halagan y lo dicen respetar: no es así.

Y, como diría el carnicero de la esquina, vayamos por partes: El censo de 2020 arrojó que, de una población de 126 millones, el 6.14% (alrededor de 7 millones 740 mil personas) hablan lengua indígena y 2.04% (alrededor de 2 millones 571 mil personas) se definen como afrodescendientes. Hay 68 pueblos indígenas, cada uno hablante de una lengua originaria propia, que juntas reúnen 364 variantes. Los principales, por su población:

Los Nahuas; Mayas; Zapotecas; Mixtecas; Otomíes; Totonacas; Tsotsiles; Tzeltales; Mazahuas; Mazatecos; Huastecos; Choles; Purépechas; Chinantecas; Mixes; Tlapanecos; Tarahumaras; Mayos; Zoques y Chontales de Tabasco.

“Un importante indicador de medición de la pobreza que es necesario destacar hoy, en el contexto de la pandemia de covid-19, es el de la ‘vulnerabilidad en salud [de los indígenas]’.

“El 1o de febrero de 2021, el director del Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan, en Guerrero, Abel Barrera, escribió que las personas me’phaa, así como las del pueblo na’savi, las de la comunidad Júba Wajiín y las de las regiones cafetaleras ya tenían muchos muertos, y varios de ellos eran parte de sus autoridades comunitarias.

“Ellas piensan que estas muertes no cuentan para el gobierno. (…) Simplemente no existen, porque nadie los ve ni los oye, mucho menos se interesan en proporcionar auxilio ante esta emergencia sanitaria. La actuación indolente de las autoridades se ha caracterizado por cerrar las puertas de los hospitales y los ayuntamientos de La Montaña. (…)

“En la unidad covid-19 del Hospital General de Tlapa solo hay 15 camas y 7 ventiladores para los 19 municipios de La Montaña. Sin embargo, la estadística que maneja la Secretaría de Salud Federal y la del estado, reportada el pasado 17 de enero, son [sólo] 111 defunciones.” [Olivia Gall]

Por otro lado, los pueblos indígenas han sido víctimas tanto de la violencia de los narcotraficantes como de la ‘guerra contra el narco’ declarada por el Estado mexicano. En los últimos 17 años, la intervención federal militar en zonas donde los carteles de las drogas tenían presencia llevó a estos a buscar nuevos territorios, sobre todo rurales e indígenas, que se propusieron controlar.

Muchas de estas comunidades han resistido con fuerza la penetración del narco, otras han cedido y algunas fueron obligadas a colaborar.

El hecho es que el Estado –gobernado tanto por la centroderecha (2006-2012), el centro (2012-2018) o la ‘izquierda’ (2018 a la fecha)-- ha sido muy débil en su lucha contra el crimen organizado y casi siempre deja a su suerte a estas comunidades y pueblos, que muchas veces se tienen que organizar de manera autónoma contra la violencia que desgarra el tejido social de sus regiones.

No es sólo el clasismo social, o la discriminación o el racismo. Es también el gobierno que ha dejado a la deriva la vida de las comunidades indígenas de México. O bien, confunde caridad con políticas públicas, en las que predomine el fortalecimiento, el desarrollo, el trabajo, la educación, la salud, el solaz… la cultura.

El indigenismo mexicano todavía está a la espera. Todavía persiste. Pasan siglos y estamos firmes. Esa es la lección para todos. La lección del no querer cambiar, de ser únicos y trascendentes.

El abuelo, abuela, madre... todos, estaban orgulloso de su origen. De su linaje. De su esencia y de su permanencia eterna aquí. Yo también. Él bromeaba y cantaba. Era él, y nadie más que él, enorme, grandioso, intenso, inolvidable abuelo zapoteco: “Lii ma nannu ca feu nga hranaxhi; hrudí guidubi ladxidó'; ne zachaganá ne lii…”