/ viernes 17 de junio de 2022

Hojas de papel volando | Infancia que hace verano

Creo que aún hoy lo hacen muchos niños. Y es vieja historia. Frente a la mesa, a orilla del plato de sopa de letras de cada uno, a los hermanos nos gustaba competir para ver quien construía más rápidamente palabras o frases.

Era un asunto de velocidad y certeza al escoger entre el cúmulo de pequeñas pastitas las que ayudaran a formular el vocablo deseado... y nos reíamos en nuestro desafío cuando alguno hacía más y quien construía más frases célebres-no célebres.

Al mismo tiempo escuchábamos las pláticas de los mayores que se nos hacían aburridas. Siempre hablando de tal o cual cosa que interesaba en el momento, pero con mucha frecuencia hacían remembranza de hechos pasados, asuntos de familia de antes, de cómo les ha ido en la feria de la vida a cada uno y cómo vivieron su –uhhhh- lejana infancia. No hacíamos caso. Era otro mundo.

Y, sin proponérnoslo, en ese mismo momento, aquellos niños estábamos construyendo nuestros recuerdos, los de nuestra infancia ahí expuesta, abierta, en canal, dispuesta a guardarlo todo, a llenar la mochila e iniciar el viaje de la vida, la que pasa vertiginosa, que dura un abrir y cerrar de ojos, el tronar de anular con pulgar, o lo que dura el suspiro del amor. Así tan leve pasa la vida.

Así que de pronto ya está. ¡Zaz! Ya se acumularon nuestros propios recuerdos, nuestras memorias, nuestras remembranzas, nuestras nostalgias y melancolías. Porque eso es, a fin de cuentas, el mirar hacia atrás y hurgar en el baúl de recuerdos para encontrar aquel paraíso perdido y por qué lo perdimos; el espacio sin mácula en el que comenzó nuestro ‘caminando-pasos-caminando’.

Porque la niñez es motivo de regocijo casi siempre. Por supuesto depende de cómo la hayamos vivido cada uno. Porque para algunos puede ser el paraíso perdido, de Milton, como para otros el infierno de todos tan temido, de Guevara. Pero por una u otra razón la infancia casi siempre es motivo de creación y recreación. En todo caso, los niños no escriben, los niños no definen su mundo. Hay que dejar que pase el tiempo.

Para algunos es suficiente con platicar aquellos años, los detalles, las andanzas, los gustos, los sabores, los aromas y el atisbo a lo que serán las puertas abiertas para otros menesteres. Para algunos más es motivo de reflexión profunda, del ser y fui, del ayer y hoy y de búsqueda del tiempo perdido.

Eso es: ahí está la monumental obra de Marcel Proust: “En busca del tiempo perdido”, en la que decididamente quiere recuperar aquellos días y horas y memorar a su madre y su entorno familiar y los sueños sin congoja de aquellos tiempos aparentemente perdidos, todo a partir del aroma de una magdalena remojada en té, como la que le llevaba su madre a la cama.

Son obras escritas a partir de la nostalgia, la melancolía o el reproche. Es la fuente de inspiración de muchos autores para escribir sobre ese edén perdido y, por lo mismo, hay que encontrar en ese venero el origen del presente y las razones que podrían explicar el camino recorrido, el porqué de aquellos momentos de inexorable definición moral que pronostican una vida, un destino.

Con frecuencia autores hacen la remembranza para explicar aquel su mundo y aquellas virtudes que se quedaron en el pasado pero que viven en su memoria y ellos, en sus añoranzas, quieren compartirlos. A veces idealizadas o envueltas en una realidad cruda y sin envoltura para regalo.

Eso de recordar la infancia no es exclusivo de escritores o músicos o pintores o cineastas. Cada uno a su manera, en cualquier lugar y en cualquier momento hacemos recuerdo de aquellos días. Recuperados como un tesoro. Y se platica, y se explica y se regodea cada uno al compartirlo con otros, con nuestros congéneres que hablan el lenguaje de nuestros mismos recuerdos. Pero también a los jóvenes que escuchan y bostezan.

Y no es asunto de abuelitos-cascarita. No. Para nada. El tiempo es tiempo y lo dice Leduc y muchos jóvenes asimismo refieren lo que llevan acumulado como recuerdos y tiempos idos. No es extraño escuchar en mesa de plática de jóvenes alegres, estruendosos y cargados de algarabía cómo platican aquello o aquello otro que les ocurrió “cuando era un niño” y lo dicen con gusto porque fue apenas ayer.

Muchos escritores han puesto en papel y tinta sus propias infancias o su ideal de lo que pudo haber sido, y no fue, según nuestra Consuelito Velázquez.

De la infancia, como escritores muchos han hecho referencia en sus obras o de plano se construyeron en base en aquella infancia o bien corregida y aumentada. ¿Qué es la infancia para cada uno de ellos o por qué rememorarla?

Quise dejar constancia poética del mundo de mi infancia”, escrituró Gabriel García Márquez. “Me interesa conocer mi relación con ese niño que fui”, según José Saramago. “Yo tuve una infancia dorada”, dice Camilo José Cela –el viejo gruñón--. O bien aquel “Pasé mi infancia en una bruma de duendes y elfos”, dijo Julio Cortázar.

O la enorme tristeza de Miguel Hernández, el poeta español que le pedía a su pequeño hijo recién nacido: “Desperté de ser niño. Nunca despiertes”. ¿Y qué tal Pablo Neruda?, que dice: “Comenzaré por decir, sobre los días y años de mi infancia, que mi único personaje inolvidable fue la lluvia”. Y así tantos-tantos.

Fernando Pessoa el enorme escritor portugués que recuerda: “El maestro sacude la batuta, y lánguida y triste la música empieza… Me recuerda mi infancia, aquel día, en que yo jugaba al pie del muro de una quinta...” Nuestro Octavio Paz lo dice así: “Y siento que a mi lado, no eres tú la que duerme, sino la niña aquella que fuiste y que esperaba sólo que durmieras para volver y conocerme”.

¿Y qué otra cosa es “Las batallas en el desierto” de José Emilio Pacheco sino la añoranza de aquella su infancia en la que todo parecía ser el principio de un mundo nuevo? Y la obra ensayística de Monsiváis que está cargada de recuerdos, de películas de antaño, de música de antaño del antaño como sueño ineludible: “Amor perdido”.

En todo caso: ‘Parece que hubiera una infancia inmarcesible que los escritores esconden entre sus ensoñaciones, un deseo de volver a ser niños, de reinventar su pasado echando mano de sus sueños de infancia y así construir sus fantasías. Pero probablemente, ayer como hoy, no haya más que un deseo compartido de todo ser humano por perpetuarse, ya sea en el niño que fuimos o en el que han de venir detrás de cada adulto’.

Porque eso es: nunca dejamos de ser niños. Nuestra infancia vive en nosotros, en cada uno. Está en los gestos, en las actitudes, en los enojos, en los gustos, en los berrinches. Está en la actitud que asumimos frente a distintas circunstancias por graves que sean y a las que reaccionamos como aquel niño que ya no somos, pero que sí somos, aunque lo neguemos y presumamos de madurez y del paso de los años y del ayer y hoy.

Somos ese niño que se quedó jugando pelota en las calles de nuestro pueblo y que sigue ahí, aunque no se le vea.

Tolstoi lo entendió y lo escribió en su obra de 1852: “Infancia, adolescencia, juventud”; “La rosa”, de Camilo José Cela. “Miguel Street”, de V. S. Naipaul. “La bicicleta de Sumji”, de Amos Oz. “Aké. Los años de la niñez”, del premio Nobel nigeriano Wole Soyinka ... Mark Twain y “Tom Sawyer”... o Dickens...; “El Principito” de Saint Exupéry.

El maravilloso Mago de Oz” de Lyman Frank Baum o quizá con una mayor carga de intensidad el “Otras voces. Otros ámbitos” de Truman Capote. “Fiera infancia” de Ricardo Garibay, quien dibuja la lucha del niño que surge de los sueños para convertirse en una realidad crítica. ¿Y qué son las “Memorias” de tantos escritores, como Andrés Henestrosa en “El retrato de mi madre”? y...

Y todo esto por culpa de la relectura de “La isla del tesoro” de Robert Louis Stevenson. El gran libro de aventuras que nos hacía soñar en islas del caribe en las que había premio o castigo; piratas, capitanes de barco, tripulación varia y ambiciosa. Recuperar ese tesoro en una isla perdida es la tarea y la aventura: nuestra aventura, nuestra infancia, sin traicionar el sueño compartido con muchos de querer ser, un día, Peter Pan.

Y mirar la infancia a través de los ojos de Serrat: “...Cargan con nuestros dioses y nuestro idioma, nuestros rencores y nuestro porvenir. Por eso nos parece que son de goma y que les bastan nuestros cuentos, para dormir ... ¡Niño: Deja ya de joder con la pelota!”


Creo que aún hoy lo hacen muchos niños. Y es vieja historia. Frente a la mesa, a orilla del plato de sopa de letras de cada uno, a los hermanos nos gustaba competir para ver quien construía más rápidamente palabras o frases.

Era un asunto de velocidad y certeza al escoger entre el cúmulo de pequeñas pastitas las que ayudaran a formular el vocablo deseado... y nos reíamos en nuestro desafío cuando alguno hacía más y quien construía más frases célebres-no célebres.

Al mismo tiempo escuchábamos las pláticas de los mayores que se nos hacían aburridas. Siempre hablando de tal o cual cosa que interesaba en el momento, pero con mucha frecuencia hacían remembranza de hechos pasados, asuntos de familia de antes, de cómo les ha ido en la feria de la vida a cada uno y cómo vivieron su –uhhhh- lejana infancia. No hacíamos caso. Era otro mundo.

Y, sin proponérnoslo, en ese mismo momento, aquellos niños estábamos construyendo nuestros recuerdos, los de nuestra infancia ahí expuesta, abierta, en canal, dispuesta a guardarlo todo, a llenar la mochila e iniciar el viaje de la vida, la que pasa vertiginosa, que dura un abrir y cerrar de ojos, el tronar de anular con pulgar, o lo que dura el suspiro del amor. Así tan leve pasa la vida.

Así que de pronto ya está. ¡Zaz! Ya se acumularon nuestros propios recuerdos, nuestras memorias, nuestras remembranzas, nuestras nostalgias y melancolías. Porque eso es, a fin de cuentas, el mirar hacia atrás y hurgar en el baúl de recuerdos para encontrar aquel paraíso perdido y por qué lo perdimos; el espacio sin mácula en el que comenzó nuestro ‘caminando-pasos-caminando’.

Porque la niñez es motivo de regocijo casi siempre. Por supuesto depende de cómo la hayamos vivido cada uno. Porque para algunos puede ser el paraíso perdido, de Milton, como para otros el infierno de todos tan temido, de Guevara. Pero por una u otra razón la infancia casi siempre es motivo de creación y recreación. En todo caso, los niños no escriben, los niños no definen su mundo. Hay que dejar que pase el tiempo.

Para algunos es suficiente con platicar aquellos años, los detalles, las andanzas, los gustos, los sabores, los aromas y el atisbo a lo que serán las puertas abiertas para otros menesteres. Para algunos más es motivo de reflexión profunda, del ser y fui, del ayer y hoy y de búsqueda del tiempo perdido.

Eso es: ahí está la monumental obra de Marcel Proust: “En busca del tiempo perdido”, en la que decididamente quiere recuperar aquellos días y horas y memorar a su madre y su entorno familiar y los sueños sin congoja de aquellos tiempos aparentemente perdidos, todo a partir del aroma de una magdalena remojada en té, como la que le llevaba su madre a la cama.

Son obras escritas a partir de la nostalgia, la melancolía o el reproche. Es la fuente de inspiración de muchos autores para escribir sobre ese edén perdido y, por lo mismo, hay que encontrar en ese venero el origen del presente y las razones que podrían explicar el camino recorrido, el porqué de aquellos momentos de inexorable definición moral que pronostican una vida, un destino.

Con frecuencia autores hacen la remembranza para explicar aquel su mundo y aquellas virtudes que se quedaron en el pasado pero que viven en su memoria y ellos, en sus añoranzas, quieren compartirlos. A veces idealizadas o envueltas en una realidad cruda y sin envoltura para regalo.

Eso de recordar la infancia no es exclusivo de escritores o músicos o pintores o cineastas. Cada uno a su manera, en cualquier lugar y en cualquier momento hacemos recuerdo de aquellos días. Recuperados como un tesoro. Y se platica, y se explica y se regodea cada uno al compartirlo con otros, con nuestros congéneres que hablan el lenguaje de nuestros mismos recuerdos. Pero también a los jóvenes que escuchan y bostezan.

Y no es asunto de abuelitos-cascarita. No. Para nada. El tiempo es tiempo y lo dice Leduc y muchos jóvenes asimismo refieren lo que llevan acumulado como recuerdos y tiempos idos. No es extraño escuchar en mesa de plática de jóvenes alegres, estruendosos y cargados de algarabía cómo platican aquello o aquello otro que les ocurrió “cuando era un niño” y lo dicen con gusto porque fue apenas ayer.

Muchos escritores han puesto en papel y tinta sus propias infancias o su ideal de lo que pudo haber sido, y no fue, según nuestra Consuelito Velázquez.

De la infancia, como escritores muchos han hecho referencia en sus obras o de plano se construyeron en base en aquella infancia o bien corregida y aumentada. ¿Qué es la infancia para cada uno de ellos o por qué rememorarla?

Quise dejar constancia poética del mundo de mi infancia”, escrituró Gabriel García Márquez. “Me interesa conocer mi relación con ese niño que fui”, según José Saramago. “Yo tuve una infancia dorada”, dice Camilo José Cela –el viejo gruñón--. O bien aquel “Pasé mi infancia en una bruma de duendes y elfos”, dijo Julio Cortázar.

O la enorme tristeza de Miguel Hernández, el poeta español que le pedía a su pequeño hijo recién nacido: “Desperté de ser niño. Nunca despiertes”. ¿Y qué tal Pablo Neruda?, que dice: “Comenzaré por decir, sobre los días y años de mi infancia, que mi único personaje inolvidable fue la lluvia”. Y así tantos-tantos.

Fernando Pessoa el enorme escritor portugués que recuerda: “El maestro sacude la batuta, y lánguida y triste la música empieza… Me recuerda mi infancia, aquel día, en que yo jugaba al pie del muro de una quinta...” Nuestro Octavio Paz lo dice así: “Y siento que a mi lado, no eres tú la que duerme, sino la niña aquella que fuiste y que esperaba sólo que durmieras para volver y conocerme”.

¿Y qué otra cosa es “Las batallas en el desierto” de José Emilio Pacheco sino la añoranza de aquella su infancia en la que todo parecía ser el principio de un mundo nuevo? Y la obra ensayística de Monsiváis que está cargada de recuerdos, de películas de antaño, de música de antaño del antaño como sueño ineludible: “Amor perdido”.

En todo caso: ‘Parece que hubiera una infancia inmarcesible que los escritores esconden entre sus ensoñaciones, un deseo de volver a ser niños, de reinventar su pasado echando mano de sus sueños de infancia y así construir sus fantasías. Pero probablemente, ayer como hoy, no haya más que un deseo compartido de todo ser humano por perpetuarse, ya sea en el niño que fuimos o en el que han de venir detrás de cada adulto’.

Porque eso es: nunca dejamos de ser niños. Nuestra infancia vive en nosotros, en cada uno. Está en los gestos, en las actitudes, en los enojos, en los gustos, en los berrinches. Está en la actitud que asumimos frente a distintas circunstancias por graves que sean y a las que reaccionamos como aquel niño que ya no somos, pero que sí somos, aunque lo neguemos y presumamos de madurez y del paso de los años y del ayer y hoy.

Somos ese niño que se quedó jugando pelota en las calles de nuestro pueblo y que sigue ahí, aunque no se le vea.

Tolstoi lo entendió y lo escribió en su obra de 1852: “Infancia, adolescencia, juventud”; “La rosa”, de Camilo José Cela. “Miguel Street”, de V. S. Naipaul. “La bicicleta de Sumji”, de Amos Oz. “Aké. Los años de la niñez”, del premio Nobel nigeriano Wole Soyinka ... Mark Twain y “Tom Sawyer”... o Dickens...; “El Principito” de Saint Exupéry.

El maravilloso Mago de Oz” de Lyman Frank Baum o quizá con una mayor carga de intensidad el “Otras voces. Otros ámbitos” de Truman Capote. “Fiera infancia” de Ricardo Garibay, quien dibuja la lucha del niño que surge de los sueños para convertirse en una realidad crítica. ¿Y qué son las “Memorias” de tantos escritores, como Andrés Henestrosa en “El retrato de mi madre”? y...

Y todo esto por culpa de la relectura de “La isla del tesoro” de Robert Louis Stevenson. El gran libro de aventuras que nos hacía soñar en islas del caribe en las que había premio o castigo; piratas, capitanes de barco, tripulación varia y ambiciosa. Recuperar ese tesoro en una isla perdida es la tarea y la aventura: nuestra aventura, nuestra infancia, sin traicionar el sueño compartido con muchos de querer ser, un día, Peter Pan.

Y mirar la infancia a través de los ojos de Serrat: “...Cargan con nuestros dioses y nuestro idioma, nuestros rencores y nuestro porvenir. Por eso nos parece que son de goma y que les bastan nuestros cuentos, para dormir ... ¡Niño: Deja ya de joder con la pelota!”