/ viernes 8 de julio de 2022

Hojas de papel volando | Jorge Negrete, mexicano hasta las cachas

En los años cuarenta, el mundo estaba en plena Segunda Guerra Mundial. Los países del Eje, los del no Eje, los de la Resistencia, el Triple Entente, los de la Liberación y Aliados, andaban metidos en ganar el conflicto internacional; cada uno por su parte y organizados en grupos. Las noticias eran de bombardeos acá o allá; muertos por millares y heridos, ataques a ciudades y a campo abierto.

El mundo estaba en vilo. Pocos escapaban al conflicto aunque se declararan neutrales o argumentaran que estaban en sus propias guerras internas, como España y su Guerra Civil.

Incluso México fue invitado a meterse a los cocolasos luego del hundimiento de los barcos con bandera mexicana: Potrero del Llano y Faja de Oro entre el 13 y el 22 de mayo de 1942. El presidente Manuel Ávila Camacho envió una carta protesta al gobierno alemán, al japonés y tal. Pero nada. No hubo respuesta. Así que el gobierno azteca envió al poderosísimo Escuadrón 201 para ayudar a los Aliados. La cosa estaba del cocol y otros panes mexicanos.

Pero mientras corría la “sangre, sudor y lágrimas” prometida por Winston Churchill en 1940, en México se exacerbaba el nacionalismo. El “yo soy macho donde quiera...” o el “... ¡Viva México! ¡Viva América!, mi sangre por ti daré yo...”... Y así el grito de ¡Viva México! que se escuchaba fuerte y quedito por todos lados. A esto contribuían los medios de comunicación por entonces en órbita: la prensa escrita, la radio y el cine.

Y fue por entonces que mientras aquellos países se jalaban del copete y se aplicaban golpes de box como jabs, directos, crochés, ganchos al hígado encebollado, hooks, el uppercut y el swing..., México aprovechaba para beneficiarse con la venta de productos agrícolas y con la producción de entretenimiento. Esto porque los gringos no estaban como para sonrisas y aplausos y los europeos andaban con el ¡Jesús! en la boca.

Aquí la industria del cine producía y producía y producía. Era la época de oro del cine mexicano. Y era el surgimiento de estrellas, estrellitas y asteroides de la pantalla. Pero sobre todo se exaltaba el ser mexicano, de distintas maneras, formas, estilos, modos. Era un nacionalismo que se percibía hasta por debajo de las piedras del camino.

Esa corriente nacionalista, mexicana hasta las cachas, de mexicanos dicharacheros, envalentonados y amorosos venía ya desde 1936 cuando se estrenó la película “Allá en el rancho grande” de Fernando de Fuentes y en la que Tito Guízar entonaba melodías rancheras a la menor provocación y lanzaba piropos a Esther Fernández que, modosita, ‘le haría los calzones, como los que usa el ranchero, se los comenzaba de lana, y los terminaba de cuero…’

Y fue por entonces que apareció una de las figuras más emblemáticas de la historia del cine mexicano y de la música ranchera bravía, la que haría que a México y los mexicanos se nos identificara en el mundo como si todos aquí anduviéramos vestidos de charro y cantando todo el tiempo. También fue un hombre inteligente y comprometido con su gremio desde el sindicalismo: Jorge Negrete. El “Charro cantor”.

Jorge Negrete llegó como Pedro por su casa. Tenía una voz portentosa a la que había educado como cantante de ópera; un personaje a la medida de las aspiraciones nacionales de ser de buen corazón, pero nunca dejado ni humillado ni vejado y sí muy cargado de orgullo y reciedumbre.

Y para acabarla, decíamos, cantaba muy bien. Muy a gusto con la voz que se quería escuchar. Firme, entonada, fuerte, bien fraseada y gustosa. Para ello contribuyeron buenos compositores mexicanos que entendían el momento y que le daban al público lo que pedía a rabiar: canciones rancheras cargadas de energía vital, de dignidad y muy echadas para adelante. Particularmente Manuel Esperón y Ernesto Cortázar.

Las canciones de Jorge Negrete daban en el blanco para ajustarse a su voz, a su intención y modo y al gusto del público que cada día aplaudía más y más, a rabiar, las canciones en donde el mexicano era eso: un mexicano hecho y derecho, a carta cabal, macho y mujeriego: “Mi orgullo es ser charro, valiente y bragao, traer mi sombrero en plata bordado, fumar en hojita tabaco picaoooo…”

Era el nacionalismo mexicano como expresión de grandeza y sin remilgos; muestra de fortaleza y de que nada ni nadie le iba a decir a los mexicanos qué hacer y cómo. Nada: los mexicanos nos pintábamos solos.

Jorge Alberto Negrete Moreno nació el 30 de noviembre de 1911 en Guanajuato, México. Uno de los cinco hijos de David Negrete Fernández y Emilia Moreno Anaya.

Hizo sus primeros estudios en su estado natal y luego ingresó al Colegio Militar, en donde se graduó como teniente de Caballería y Administración (Intendencia) del Ejército Mexicano. Por esa parte quedó bien con sus padres que querían verlo un militar hecho y derecho. Pero él tenía otras intenciones para su vida y mientras eran peras o perones se metió a estudiar canto –ópera-, porque su intención era convertirse en un gran tenor mexicano.

Y en esas andaba cuando alguien lo descubrió y le mostró otro camino: el de la canción popular mexicana. Además de que por su porte físico podría actuar en el cine.

Jorge estaba que ni mandado a hacer para esto. Así que debutó en el cine en 1937. Con la Warner Bros. “Cuban Nights” Luego regresó a México para actuar en “La madrina del diablo”. En 1938 hizo otras películas de medio pelo, tanto en Estados Unidos como en México.

Pero: En 1941 regresó a México y le ofrecieron el papel principal en “¡Ay Jalisco, no te rajes!”. Fue todo un éxito mundial. Y comenzó a ser uno de los artistas preferidos por todos, sobre todo en México, América Latina y España. Nació ahí el gran charro mexicano. El emblema nacionalista hecho actor, canción, emoción, valentía y prestancia.

Su vida se transformó. Viajó por muchos países con gran éxito. Las multitudes lo recibían con emoción y le arropaban con afecto. Él se dejaba querer y era respetuoso de todos. En la vida real no tomaba ni se daba al tiro al blanco con pistola alguna…

Pero sí tenía la necesidad de que a los actores y actrices mexicanos se les respetara en su trabajo y en sus derechos laborales. Así que junto con un grupo de actores –entre ellos Cantinflas- fundó el Sindicato de Trabajadores de la Producción Cinematográfica de la República Mexicana y la Asociación Nacional de Actores de México.

La guerra estaba declarada. Se tomaron las instalaciones de foros y estudios de cine, y resistieron por varios días el embate de gatilleros enviados por los adversarios a su movimiento sindical. A él le dedicaron una campaña de desprestigio. Se afirmaba que Negrete cantaba música ranchera a la fuerza pues despreciaba el género; que provenía de una familia aristócrata, presentándolo como una persona de noble cuna distante del pueblo. Que era altanero, presumido y fanfarrón: todo eso.

Se casó dos veces, tuvo una hija y vivió romances muy al estilo de la época: Gloria Marín, Elsa Aguirre, María Félix –con quien se casó un año antes de su muerte. Al final de cuentas era un hombre serio, responsable, profesional, disciplinado y si, amante de México hasta el grado de que como dirigente de la ANDA repudió la obra “Los Olvidados” de Luis Buñuel, por considerarla denigrante para nuestro país. Hoy es joya cultural mundial, según la Unesco.

Murió Jorge Negrete el 5 de diciembre de 1953 en Los Ángeles, California, EU, por cirrosis producto de una hepatitis mal atendida durante su juventud.

Días después de su muerte fue traído su cuerpo a México en donde fue recibido por multitudes. Por entonces se puso de moda aquella canción que grabó años antes y que entonces pasó desapercibida, pero que cobraba fuerza dadas las circunstancias de su muerte…“México lindo y querido, si muero lejos de ti, que digan que estoy dormido, y que me traigan aquí”

Pues eso. Lo trajeron aquí y aquí está. Aquel nacionalismo que fue estimulado por su presencia hoy mismo parece estar fuera de tono y de moda. Un nacionalismo que en dosis apropiadas puede dar forma a un renovado mexicano defensor de sus derechos y de su orgullo de origen, para su defensa y para su preservación como país, como cultura y como muestra de dignidad, respeto y ley.

Como espuma, que inerte lleva el caudaloso río, flor de azalea, la vida en su avalancha te arrastró…”


En los años cuarenta, el mundo estaba en plena Segunda Guerra Mundial. Los países del Eje, los del no Eje, los de la Resistencia, el Triple Entente, los de la Liberación y Aliados, andaban metidos en ganar el conflicto internacional; cada uno por su parte y organizados en grupos. Las noticias eran de bombardeos acá o allá; muertos por millares y heridos, ataques a ciudades y a campo abierto.

El mundo estaba en vilo. Pocos escapaban al conflicto aunque se declararan neutrales o argumentaran que estaban en sus propias guerras internas, como España y su Guerra Civil.

Incluso México fue invitado a meterse a los cocolasos luego del hundimiento de los barcos con bandera mexicana: Potrero del Llano y Faja de Oro entre el 13 y el 22 de mayo de 1942. El presidente Manuel Ávila Camacho envió una carta protesta al gobierno alemán, al japonés y tal. Pero nada. No hubo respuesta. Así que el gobierno azteca envió al poderosísimo Escuadrón 201 para ayudar a los Aliados. La cosa estaba del cocol y otros panes mexicanos.

Pero mientras corría la “sangre, sudor y lágrimas” prometida por Winston Churchill en 1940, en México se exacerbaba el nacionalismo. El “yo soy macho donde quiera...” o el “... ¡Viva México! ¡Viva América!, mi sangre por ti daré yo...”... Y así el grito de ¡Viva México! que se escuchaba fuerte y quedito por todos lados. A esto contribuían los medios de comunicación por entonces en órbita: la prensa escrita, la radio y el cine.

Y fue por entonces que mientras aquellos países se jalaban del copete y se aplicaban golpes de box como jabs, directos, crochés, ganchos al hígado encebollado, hooks, el uppercut y el swing..., México aprovechaba para beneficiarse con la venta de productos agrícolas y con la producción de entretenimiento. Esto porque los gringos no estaban como para sonrisas y aplausos y los europeos andaban con el ¡Jesús! en la boca.

Aquí la industria del cine producía y producía y producía. Era la época de oro del cine mexicano. Y era el surgimiento de estrellas, estrellitas y asteroides de la pantalla. Pero sobre todo se exaltaba el ser mexicano, de distintas maneras, formas, estilos, modos. Era un nacionalismo que se percibía hasta por debajo de las piedras del camino.

Esa corriente nacionalista, mexicana hasta las cachas, de mexicanos dicharacheros, envalentonados y amorosos venía ya desde 1936 cuando se estrenó la película “Allá en el rancho grande” de Fernando de Fuentes y en la que Tito Guízar entonaba melodías rancheras a la menor provocación y lanzaba piropos a Esther Fernández que, modosita, ‘le haría los calzones, como los que usa el ranchero, se los comenzaba de lana, y los terminaba de cuero…’

Y fue por entonces que apareció una de las figuras más emblemáticas de la historia del cine mexicano y de la música ranchera bravía, la que haría que a México y los mexicanos se nos identificara en el mundo como si todos aquí anduviéramos vestidos de charro y cantando todo el tiempo. También fue un hombre inteligente y comprometido con su gremio desde el sindicalismo: Jorge Negrete. El “Charro cantor”.

Jorge Negrete llegó como Pedro por su casa. Tenía una voz portentosa a la que había educado como cantante de ópera; un personaje a la medida de las aspiraciones nacionales de ser de buen corazón, pero nunca dejado ni humillado ni vejado y sí muy cargado de orgullo y reciedumbre.

Y para acabarla, decíamos, cantaba muy bien. Muy a gusto con la voz que se quería escuchar. Firme, entonada, fuerte, bien fraseada y gustosa. Para ello contribuyeron buenos compositores mexicanos que entendían el momento y que le daban al público lo que pedía a rabiar: canciones rancheras cargadas de energía vital, de dignidad y muy echadas para adelante. Particularmente Manuel Esperón y Ernesto Cortázar.

Las canciones de Jorge Negrete daban en el blanco para ajustarse a su voz, a su intención y modo y al gusto del público que cada día aplaudía más y más, a rabiar, las canciones en donde el mexicano era eso: un mexicano hecho y derecho, a carta cabal, macho y mujeriego: “Mi orgullo es ser charro, valiente y bragao, traer mi sombrero en plata bordado, fumar en hojita tabaco picaoooo…”

Era el nacionalismo mexicano como expresión de grandeza y sin remilgos; muestra de fortaleza y de que nada ni nadie le iba a decir a los mexicanos qué hacer y cómo. Nada: los mexicanos nos pintábamos solos.

Jorge Alberto Negrete Moreno nació el 30 de noviembre de 1911 en Guanajuato, México. Uno de los cinco hijos de David Negrete Fernández y Emilia Moreno Anaya.

Hizo sus primeros estudios en su estado natal y luego ingresó al Colegio Militar, en donde se graduó como teniente de Caballería y Administración (Intendencia) del Ejército Mexicano. Por esa parte quedó bien con sus padres que querían verlo un militar hecho y derecho. Pero él tenía otras intenciones para su vida y mientras eran peras o perones se metió a estudiar canto –ópera-, porque su intención era convertirse en un gran tenor mexicano.

Y en esas andaba cuando alguien lo descubrió y le mostró otro camino: el de la canción popular mexicana. Además de que por su porte físico podría actuar en el cine.

Jorge estaba que ni mandado a hacer para esto. Así que debutó en el cine en 1937. Con la Warner Bros. “Cuban Nights” Luego regresó a México para actuar en “La madrina del diablo”. En 1938 hizo otras películas de medio pelo, tanto en Estados Unidos como en México.

Pero: En 1941 regresó a México y le ofrecieron el papel principal en “¡Ay Jalisco, no te rajes!”. Fue todo un éxito mundial. Y comenzó a ser uno de los artistas preferidos por todos, sobre todo en México, América Latina y España. Nació ahí el gran charro mexicano. El emblema nacionalista hecho actor, canción, emoción, valentía y prestancia.

Su vida se transformó. Viajó por muchos países con gran éxito. Las multitudes lo recibían con emoción y le arropaban con afecto. Él se dejaba querer y era respetuoso de todos. En la vida real no tomaba ni se daba al tiro al blanco con pistola alguna…

Pero sí tenía la necesidad de que a los actores y actrices mexicanos se les respetara en su trabajo y en sus derechos laborales. Así que junto con un grupo de actores –entre ellos Cantinflas- fundó el Sindicato de Trabajadores de la Producción Cinematográfica de la República Mexicana y la Asociación Nacional de Actores de México.

La guerra estaba declarada. Se tomaron las instalaciones de foros y estudios de cine, y resistieron por varios días el embate de gatilleros enviados por los adversarios a su movimiento sindical. A él le dedicaron una campaña de desprestigio. Se afirmaba que Negrete cantaba música ranchera a la fuerza pues despreciaba el género; que provenía de una familia aristócrata, presentándolo como una persona de noble cuna distante del pueblo. Que era altanero, presumido y fanfarrón: todo eso.

Se casó dos veces, tuvo una hija y vivió romances muy al estilo de la época: Gloria Marín, Elsa Aguirre, María Félix –con quien se casó un año antes de su muerte. Al final de cuentas era un hombre serio, responsable, profesional, disciplinado y si, amante de México hasta el grado de que como dirigente de la ANDA repudió la obra “Los Olvidados” de Luis Buñuel, por considerarla denigrante para nuestro país. Hoy es joya cultural mundial, según la Unesco.

Murió Jorge Negrete el 5 de diciembre de 1953 en Los Ángeles, California, EU, por cirrosis producto de una hepatitis mal atendida durante su juventud.

Días después de su muerte fue traído su cuerpo a México en donde fue recibido por multitudes. Por entonces se puso de moda aquella canción que grabó años antes y que entonces pasó desapercibida, pero que cobraba fuerza dadas las circunstancias de su muerte…“México lindo y querido, si muero lejos de ti, que digan que estoy dormido, y que me traigan aquí”

Pues eso. Lo trajeron aquí y aquí está. Aquel nacionalismo que fue estimulado por su presencia hoy mismo parece estar fuera de tono y de moda. Un nacionalismo que en dosis apropiadas puede dar forma a un renovado mexicano defensor de sus derechos y de su orgullo de origen, para su defensa y para su preservación como país, como cultura y como muestra de dignidad, respeto y ley.

Como espuma, que inerte lleva el caudaloso río, flor de azalea, la vida en su avalancha te arrastró…”