/ viernes 1 de julio de 2022

Hojas de papel volando | Kerouac, como fabulosos cohetes amarillos explotando

¿A poco a usted no le han dado ganas de mandar a volar todo lo que ha sido y es su vida y subirse a un autobús, un tren o a su propio vehículo y salir con apenas lo necesario y algunos billetitos en la cartera hacia rumbo desconocido, por el sólo hecho de ser libre y recuperar el tiempo perdido; ser usted mismo y encontrar un mundo nuevo, diferente, fuera de lo cotidiano y de la regla ética y moral de vida circundante?

¿Acaso no ha sentido la necesidad de viajar y viajar y viajar para sentirse feliz, libre y consigo mismo y sentir que nada ni nadie lo ata a tal o cual responsabilidad, costumbre, rutina, sosiego o desasosiego?

Ir tranquilo y viajar sin etiquetas ni prejuicios y hacerlo por el sólo hecho de que el recorrido nos da experiencias sin igual en un planeta con muchas caras y una sola vida: la de usted. Y recorrer ese nuevo mundo expectante, curioso y dispuesto a ser partícipe de esas formas de vida que le parecían ajenas pero que son parte de una sociedad a la que usted mismo pertenece pero que desconocía.

Pues ahí está: Sal y Dean se burlan de los valores establecidos, de la moral, la complacencia y del encarnizado enfrentamiento entre mercado y vida. Y de pronto surge en ellos un código romántico que mira al oeste de Estados Unidos.

Ambos deciden hacer de sus vidas una búsqueda y una respuesta que atestiguan a cada momento y de la única manera posible: “el movimiento". Con éste se habrá de conseguir la sabiduría y el sentido de la vida, piensan. ¿Y qué es la vida sin libertad?

Así que deciden echarse a andar. Sale cada uno por su lado con lo mínimo posible en sus mochilas a la espalda y unos cuantos dólares en la bolsa. Acuerdan encontrarse en Denver, Colorado. De ahí habrán de seguir la ruta... ¿hacia dónde?... ¿cruzar la frontera y llegar a México quizá?

En todo caso, como suele ocurrir a los viajeros, para algunos lo importante es llegar a la meta, ese es su objetivo. Para otros el viaje es lo novedoso. Lo maravilloso. El encuentro con lo desconocido que se descubre paso a paso.

Mirar las distintas formas de ser y sus extrañas formas de expresarse. O la vida misma simple y sencilla, en el mismo-exacto momento. Y de pronto, ahí mismo, el encuentro con la identidad propia; ese ser que se desconocía pero que ahora le hace entenderse de otro modo y no lo mismo, fuera de viejas reglas que huelen a naftalina y que aprisionan vidas y destinos.

Así que Sal y Dean disfrutan el recorrido. Desde Nueva York con rumbo al Oeste en el que conviven seres humanos de toda ralea. Viajan en autobuses baratos o de aventón. Y a cada paso, lejos del maravilloso Mundo de Oz, saltan a su paso lo mismo gente de trabajo y del día a día, como también pillos, alcohólicos, drogadictos, prostitutas, libertad sexual, alcohol y vida sin continencias.

Jean-Louis Lebris de Kérouack, conocido como Jack Kerouac, nació en 1922 en Lowell, Massachusetts. Hijo de Léo Alcide, un impresor franco-canadiense, y de Gabrielle, dedicada a la zapatería.

En contra de quienes en Estados Unidos lo suponía un advenedizo en la literatura, Jack comenzó desde muy pequeño a leer todo lo que tenía a la vista. Leía sobre todo a Ernest Hemingway, a William Saroyan, Walt Whitman, Jack London y a su gran maestro literario: Henry Miller.

Como buen jugador de futbol americano, consiguió una beca en 1940 en la Universidad de Columbia, en Nueva York. Luego de varias fracturas dejó los estudios para ingresar al ejército en 1942; lo remitieron a la marina mercante. A partir de su salida de este trabajo decidió trasladarse con su familia a vivir en Nueva York.

Y vagabundeando por la Universidad de Columbia, conoce a quienes habrían de ser sus compañeros de viaje y de vida; con quienes habría de construir nuevas formas de escribir y describir, nuevos modos de ser y descubrirse. Son Allen Ginsberg y William S. Burroughs, Neal Cassady entre otros que luego se sumarían y que fueron La Generación Beat de la que Kerouac fue cabeza.

En 1942 trabajó como reportero en algún medio local. Por entonces que lo encarcelaron por ocultar a su amigo Lucien Carr acusado de asesinato. Para salir tuvo que casarse y así poder conseguir un préstamo y pagar la fianza de salida.

La vida de Kerouac fue azarosa. Una lucha permanente por entenderse como escritor y que los demás lo entendieran así. Su extensa obra tuvo que pasar los filtros de la moral imperante, del conservadurismo, en contra del anclaje a viejas costumbres de escribir y reflexionar sobre la condición humana.

Su primer libro fue “El campo y la ciudad”. Luego habría de desgranarse en “Los Vagabundos del Dharma”; “Los Subterráneos”; “Maggie Cassidy”; “Doctor Sax”; “Gran Sur”; “Ángeles de la Desolación” y una obra póstuma que apareció como “Visions of Cody

Vivió en toda la extensión de la palabra. Ya en Estados Unidos como en México, a donde hizo un largo viaje en 1955 y se adentró gustoso a la cultura y la forma de ser mexicanos. Aquí escribió obras hoy de culto: El poemario “Mexico City Blues”; “Doctor Sax” y por supuesto “Tristessa”, un relato ensayo que merece atención aparte.

Vino a México para encontrarse con su amigo William S. Burroughs (“El almuerzo desnudo”). Buscaba algo muy diferente, un lugar donde reposar de la batalla en el EU de la posguerra, para tomar alcohol a raudales, drogarse, tener sexo y locura... Y para escribir.

Al final Kerouac encontró en México un pedazo de felicidad; encontró un pedazo de sí mismo. México encarnaba, para él, principios como la salvación, el amor y la inmortalidad.

Llegó a vivir a la colonia Roma, en la calle de Orizaba. En un cuarto de azotea. Se encerraba a escribir y a vagabundear por antros y barrios de mala muerte. Ahí conoció a una prostituta que luego sería su personaje en “Tristessa”. En México, Willian Burroughs mató a su mujer mientras alcoholizados querían emular la leyenda de Guillermo Tell.

Desde la aparición de “En el camino” causó sorpresa, estupor y el descubrimiento para los estadounidenses de sí mismos y de su país, al que no conocían en esos términos. La obra no ha dejado de leerse en una enorme cantidad de reediciones: primero con suspicacia, luego con interés y al finalmente con pasión, ternura y necesidad de aire fresco.

Kerouac la escribió a principios de los años cincuenta, pero fue publicada hasta 1957 por el rechazo de distintos editores a la que consideraban “extraña” “irreverente” “excesiva”, con una prosa aparentemente desaliñada, agitada y nerviosa. De “difícil comprensión”, decían. Él acuñó entonces el concepto: “Prosa espontánea", y lo es.

Al final se publicó y, en unas cuantas semanas, se vendieron miles de ejemplares; estaba entonces en la cima de la cultura irreverente en Estados Unidos y fuera de su país. El libro se convirtió en referencia y en el inicio de un nuevo camino.

Fruto de muchos años de experiencia, escribió la obra de un solo tirón. Sin darse tregua, en tres semanas. Lo hizo en la casa de su madre durante un tiempo en el que se refugió ahí agobiado por los problemas a que él mismo se sometía: el alcoholismo, uno de ellos y por el que habría de morir.

La redactó en un enorme rollo de papel que se usaba para los teletipos en una agencia de información. En su intensidad creativa odiaba tener que cambiar hojas de papel en la máquina de escribir por lo que ahí quedó la obra.

De pronto, aquel vagabundo que siempre fue, hasta su muerte por cirrosis en 1969 en Florida, EU, estaba en la cúspide del reconocimiento y de la reverencia.

Fue su obra enloquecida, angustiada, loca, pero asimismo terriblemente dulce y profética la que aportó cambios sustanciales en la cultura estadounidense y del mundo. Lo hizo en la literatura: muchos jóvenes escritores lo adoptaron como línea de acción.

Aportó libertad en la música como fue el caso de Bob Dylan y Los Beatles entre muchos más, libres y sin complejos. Es referencia ineludible para entender el tránsito de los jóvenes hacia nuevas formas de expresión y de vida.

“...Porque la única gente que me interesa está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas y entonces se ve estallar una luz azul y todo el mundo suelta un ahhhh”.


¿A poco a usted no le han dado ganas de mandar a volar todo lo que ha sido y es su vida y subirse a un autobús, un tren o a su propio vehículo y salir con apenas lo necesario y algunos billetitos en la cartera hacia rumbo desconocido, por el sólo hecho de ser libre y recuperar el tiempo perdido; ser usted mismo y encontrar un mundo nuevo, diferente, fuera de lo cotidiano y de la regla ética y moral de vida circundante?

¿Acaso no ha sentido la necesidad de viajar y viajar y viajar para sentirse feliz, libre y consigo mismo y sentir que nada ni nadie lo ata a tal o cual responsabilidad, costumbre, rutina, sosiego o desasosiego?

Ir tranquilo y viajar sin etiquetas ni prejuicios y hacerlo por el sólo hecho de que el recorrido nos da experiencias sin igual en un planeta con muchas caras y una sola vida: la de usted. Y recorrer ese nuevo mundo expectante, curioso y dispuesto a ser partícipe de esas formas de vida que le parecían ajenas pero que son parte de una sociedad a la que usted mismo pertenece pero que desconocía.

Pues ahí está: Sal y Dean se burlan de los valores establecidos, de la moral, la complacencia y del encarnizado enfrentamiento entre mercado y vida. Y de pronto surge en ellos un código romántico que mira al oeste de Estados Unidos.

Ambos deciden hacer de sus vidas una búsqueda y una respuesta que atestiguan a cada momento y de la única manera posible: “el movimiento". Con éste se habrá de conseguir la sabiduría y el sentido de la vida, piensan. ¿Y qué es la vida sin libertad?

Así que deciden echarse a andar. Sale cada uno por su lado con lo mínimo posible en sus mochilas a la espalda y unos cuantos dólares en la bolsa. Acuerdan encontrarse en Denver, Colorado. De ahí habrán de seguir la ruta... ¿hacia dónde?... ¿cruzar la frontera y llegar a México quizá?

En todo caso, como suele ocurrir a los viajeros, para algunos lo importante es llegar a la meta, ese es su objetivo. Para otros el viaje es lo novedoso. Lo maravilloso. El encuentro con lo desconocido que se descubre paso a paso.

Mirar las distintas formas de ser y sus extrañas formas de expresarse. O la vida misma simple y sencilla, en el mismo-exacto momento. Y de pronto, ahí mismo, el encuentro con la identidad propia; ese ser que se desconocía pero que ahora le hace entenderse de otro modo y no lo mismo, fuera de viejas reglas que huelen a naftalina y que aprisionan vidas y destinos.

Así que Sal y Dean disfrutan el recorrido. Desde Nueva York con rumbo al Oeste en el que conviven seres humanos de toda ralea. Viajan en autobuses baratos o de aventón. Y a cada paso, lejos del maravilloso Mundo de Oz, saltan a su paso lo mismo gente de trabajo y del día a día, como también pillos, alcohólicos, drogadictos, prostitutas, libertad sexual, alcohol y vida sin continencias.

Jean-Louis Lebris de Kérouack, conocido como Jack Kerouac, nació en 1922 en Lowell, Massachusetts. Hijo de Léo Alcide, un impresor franco-canadiense, y de Gabrielle, dedicada a la zapatería.

En contra de quienes en Estados Unidos lo suponía un advenedizo en la literatura, Jack comenzó desde muy pequeño a leer todo lo que tenía a la vista. Leía sobre todo a Ernest Hemingway, a William Saroyan, Walt Whitman, Jack London y a su gran maestro literario: Henry Miller.

Como buen jugador de futbol americano, consiguió una beca en 1940 en la Universidad de Columbia, en Nueva York. Luego de varias fracturas dejó los estudios para ingresar al ejército en 1942; lo remitieron a la marina mercante. A partir de su salida de este trabajo decidió trasladarse con su familia a vivir en Nueva York.

Y vagabundeando por la Universidad de Columbia, conoce a quienes habrían de ser sus compañeros de viaje y de vida; con quienes habría de construir nuevas formas de escribir y describir, nuevos modos de ser y descubrirse. Son Allen Ginsberg y William S. Burroughs, Neal Cassady entre otros que luego se sumarían y que fueron La Generación Beat de la que Kerouac fue cabeza.

En 1942 trabajó como reportero en algún medio local. Por entonces que lo encarcelaron por ocultar a su amigo Lucien Carr acusado de asesinato. Para salir tuvo que casarse y así poder conseguir un préstamo y pagar la fianza de salida.

La vida de Kerouac fue azarosa. Una lucha permanente por entenderse como escritor y que los demás lo entendieran así. Su extensa obra tuvo que pasar los filtros de la moral imperante, del conservadurismo, en contra del anclaje a viejas costumbres de escribir y reflexionar sobre la condición humana.

Su primer libro fue “El campo y la ciudad”. Luego habría de desgranarse en “Los Vagabundos del Dharma”; “Los Subterráneos”; “Maggie Cassidy”; “Doctor Sax”; “Gran Sur”; “Ángeles de la Desolación” y una obra póstuma que apareció como “Visions of Cody

Vivió en toda la extensión de la palabra. Ya en Estados Unidos como en México, a donde hizo un largo viaje en 1955 y se adentró gustoso a la cultura y la forma de ser mexicanos. Aquí escribió obras hoy de culto: El poemario “Mexico City Blues”; “Doctor Sax” y por supuesto “Tristessa”, un relato ensayo que merece atención aparte.

Vino a México para encontrarse con su amigo William S. Burroughs (“El almuerzo desnudo”). Buscaba algo muy diferente, un lugar donde reposar de la batalla en el EU de la posguerra, para tomar alcohol a raudales, drogarse, tener sexo y locura... Y para escribir.

Al final Kerouac encontró en México un pedazo de felicidad; encontró un pedazo de sí mismo. México encarnaba, para él, principios como la salvación, el amor y la inmortalidad.

Llegó a vivir a la colonia Roma, en la calle de Orizaba. En un cuarto de azotea. Se encerraba a escribir y a vagabundear por antros y barrios de mala muerte. Ahí conoció a una prostituta que luego sería su personaje en “Tristessa”. En México, Willian Burroughs mató a su mujer mientras alcoholizados querían emular la leyenda de Guillermo Tell.

Desde la aparición de “En el camino” causó sorpresa, estupor y el descubrimiento para los estadounidenses de sí mismos y de su país, al que no conocían en esos términos. La obra no ha dejado de leerse en una enorme cantidad de reediciones: primero con suspicacia, luego con interés y al finalmente con pasión, ternura y necesidad de aire fresco.

Kerouac la escribió a principios de los años cincuenta, pero fue publicada hasta 1957 por el rechazo de distintos editores a la que consideraban “extraña” “irreverente” “excesiva”, con una prosa aparentemente desaliñada, agitada y nerviosa. De “difícil comprensión”, decían. Él acuñó entonces el concepto: “Prosa espontánea", y lo es.

Al final se publicó y, en unas cuantas semanas, se vendieron miles de ejemplares; estaba entonces en la cima de la cultura irreverente en Estados Unidos y fuera de su país. El libro se convirtió en referencia y en el inicio de un nuevo camino.

Fruto de muchos años de experiencia, escribió la obra de un solo tirón. Sin darse tregua, en tres semanas. Lo hizo en la casa de su madre durante un tiempo en el que se refugió ahí agobiado por los problemas a que él mismo se sometía: el alcoholismo, uno de ellos y por el que habría de morir.

La redactó en un enorme rollo de papel que se usaba para los teletipos en una agencia de información. En su intensidad creativa odiaba tener que cambiar hojas de papel en la máquina de escribir por lo que ahí quedó la obra.

De pronto, aquel vagabundo que siempre fue, hasta su muerte por cirrosis en 1969 en Florida, EU, estaba en la cúspide del reconocimiento y de la reverencia.

Fue su obra enloquecida, angustiada, loca, pero asimismo terriblemente dulce y profética la que aportó cambios sustanciales en la cultura estadounidense y del mundo. Lo hizo en la literatura: muchos jóvenes escritores lo adoptaron como línea de acción.

Aportó libertad en la música como fue el caso de Bob Dylan y Los Beatles entre muchos más, libres y sin complejos. Es referencia ineludible para entender el tránsito de los jóvenes hacia nuevas formas de expresión y de vida.

“...Porque la única gente que me interesa está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas y entonces se ve estallar una luz azul y todo el mundo suelta un ahhhh”.