/ viernes 29 de abril de 2022

Hojas de papel volando | “Queredlas cual las hacéis...”

Visto desde nuestra perspectiva, uno no podría entender cómo, hace siglos, podían vivir con “tantas limitaciones”. No comprendemos cómo podían comunicarse sin teléfono, sin celular, sin redes sociales, sin medios electrónicos inmediatos, sin zoom, sin Twitter... y todas esas maravillas que la inteligencia humana ha aportado a nuestra generación.

¿Qué vida era aquella sin todo esto? Sin medios de traslado que nos llevan de un lado a otro en un abrir y cerrar de ojos, en un tronar de anular con pulgar. ¿Cómo podían aguantar horas-días-semanas para llegar a lugares distantes, sin chistar y siempre dispuestos a la aventura de viajes largos e insospechados?

(En este punto recuerdo, como ejemplo, el muy hermoso relato de Guy de Maupassant, “Bola de sebo” en el que describe un viaje en diligencia de Rouen a Le Havre, huyendo de los invasores prusianos. Un recorrido que a los pasajeros aquellos les lleva días enteros y tantas vicisitudes y el que hoy mismo se hace en apenas unas horas por carretera o unos minutos en avión.)

Pero esa ciencia y tecnología no son gratis: eso sí que no, no y no. Todas esas facilidades de hoy tienen un precio, no son de gorra. Y en ese aspecto la libertad de cada uno tiene el límite del recurso económico, porque si no tienes para pagar ‘los avances de la ciencia’ nada más no puedes recorrer el mundo y sus circunstancias con un apretar de tecla y escribir. O no te puedes subir al autobús o al avión si no tienes ojos ‘divina tuerta’.

Y las empresas que la venden-alquilan-permiten lo cibernético, hacen dinero a raudales en tanto que nosotros, autistas de nuestros días ahí estamos pegados como una mosca en el pastel. Eso es. Nuestra modernidad tiene costos y gastos y ganancias para algunos. Y creemos que esto es el mundo nuevo; el que nos presagió Julio Verne y todos aquellos autores de lo inaudito.

Y todo este rollo tiene que ver con el entonces y ahora. De cómo las cosas parece que cambian, pero no cambian, a lo Gatopardo, de Lampedusa. Y la manera cómo tuvo que sufrir y luchar una mujer que fue monja, poeta y rebelde –ni más, ni menos-- frente a las ataduras y los prejuicios de entonces. Y aunque se diga que las cosas han cambiado, al final de cuentas hoy es de otro modo, lo mismo.

Me refiero a La “Décima musa”; “La monja erudita”; “La flor más bella del virreinato”.

A Sor Juana Inés de la Cruz, por razones del tiempo y sus circunstancias, le tocó bailar con el más feo. Un tiempo y espacio cerrados con cuatro llaves, como “La Delgadina”. Su pecado fue ser mujer, que era “aspiracionista”, criolla, inteligente y creativa.

Tenía una enorme inteligencia, imaginación poética y gran cultura; y, para acabarla de amolar, era monja, lo que por otro lado era una solución en tiempos en que muchas mujeres se refugiaron en los conventos a falta de alternativas de vida, pero que para ella fue muy difícil de llevar.

En su biografía se lee:

Que Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana nació en el 12 de noviembre de 1648 en Nepantla, localidad ubicada en lo que hoy es Estado de México (Algunos afirman que fue en 1651, aunque sigue el debate luego de haberse encontrado una partida de nacimiento de 1648). Que murió en la capital de la Nueva España –hoy Ciudad de México--, en el convento de las Jerónimas el 7 de abril de 1695, que es decir, apenas de unos cuarenta y cinco años.

Que fue la segunda de las tres hijas de Pedro de Asuaje y Vargas Machuca (así, con “U”, reconocido por la misma Sor Juana en el Libro de Profesiones del Convento de San Jerónimo) quien fue oriundo de Guipúzcoa, España y de Isabel Ramírez, criolla. (En su testamento fechado en 1687 su madre afirmó que todos sus hijos, incluyendo a sor Juana, fueron concebidos fuera del matrimonio.) De hecho la figura paterna fue prácticamente inexistente.

Que pasó su infancia entre Amecameca, Yecapixtla, Panoaya —donde su abuelo tenía una hacienda— y Nepantla. Que aprendió a leer y escribir a los tres años ya que a escondidas tomó las lecciones que llevaba su hermana mayor, pronto acudió a “La Amiga” escuela básica local.

Que ya joven quiso asistir a la Universidad Pontificia, pero no se permitía el ingreso a mujeres, por lo que fue autodidacta. Que desde muy niña gustó de la lectura en la biblioteca de su abuelo. Muy pequeña leyó a los clásicos griegos. Leyó poesía y lírica.

Que ingresó a la corte del virrey De Toledo, marqués de Mancera, entre 1664 y 1665. Que ahí la virreina, Leonor de Carreto, se convirtió en una de sus más importantes protectoras y amiga, lo que ayudó a incrementar su deseo por leer y escribir de forma más estructurada porque es por entonces cuando comenzó a dar a conocer sus primeros escritos y poemas.

Que el virrey, su esposa y la corte estaban sorprendidos por la inteligencia y sagacidad de aquella jovencita, así que vivió un tiempo bajo resguardo virreinal. Pero que de pronto, por alguna razón personal –algunos dicen que por razones amorosas, en aquello del amor que no se atreve a decir su nombre— en 1666 inició trámites para ingresar como religiosa.

Primero con las carmelitas descalzas, pero pronto salió de ahí por la rigidez de esta orden. Que se trasladó al convento de las monjas jerónimas en donde vivió hasta su muerte. Por supuesto hubo contratiempos.

“Entre 1690 y 1691 se vio involucrada en una disputa teológica a raíz de una crítica privada que hizo sobre un sermón del muy respetado predicador jesuita Antonio Vieira, la que fue publicada por el obispo de Puebla Manuel Fernández de Santa Cruz bajo el título de Carta Atenagórica.

‘Él la prologó con el seudónimo de sor Filotea, recomendando a sor Juana que dejara de dedicarse a las ‘humanas letras’ y se dedicase en cambio a las divinas, de las cuales, según el obispo, sacaría mayor provecho. Esto provocó la reacción de la poetisa a través del escrito ‘Respuesta a Sor Filotea de la Cruz’, una joya autobiográfica de las letras novohispanas, en la que hace una seria defensa de su labor intelectual y en la que reclamaba los derechos de la mujer a la educación.’

Pero la famosa “Carta...” trajo consecuencias, porque sor Juana decidió enclaustrarse con todo rigor, de tal forma que dejó de escribir. El golpe había sido fuerte por la severa crítica de un cura-hombre a una mujer, a la que acusa de dejarse seducir por la vida mundana y dedicarse a labores intelectuales nada propias de su género femenino y de la vida religiosa.

Sor Juana tuvo que luchar desde muy pequeña por sus derechos. Derechos que consideraba que le eran propios. En su inteligencia y al análisis de su propia circunstancia se rebeló frente a la exclusión de la mujer, propio de tiranías. Ser mujer no era para ella una condición de excepción: sí de igualdad. Ser mujer no era para ella razón de menosprecio a su inteligencia o sus capacidades.

Entonces y ahora los triunfos de la mujer en México están marcados por una doble lucha: en primer lugar porque han tenido que enfrentar a un entorno en el que predomina el varón. Y la sociedad lo acepta. Hoy mismo, con todo y ese dechado de libertades y de igualdad de género que se pregona, la condición femenina sigue igual que entonces.

... O peor, porque han transcurrido siglos y hoy la lucha de la mujer permanece. Tienen que luchar para conseguir igualdad-respeto-soberanía. Pero tampoco se trata de cantidad de género como dádiva graciosa: 50 y 50; no. Sí por la calidad del pensamiento, inteligencia, fortaleza...

Puestos merecidos por sus propios valores y no por ser parte de sumas y restas de género. Porque si se tienen que cumplir cuotas de ubicación profesional, laboral, académica sin considerar las virtudes y valores y calidad profesional y personal, entonces también es injusto y desigual.

“Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis. Si con ansia sin igual solicitáis su desdén, ¿por qué queréis que obren bien si las incitáis al mal?”.

“En perseguirme, mundo, ¿qué interesas? ¿En qué te ofendo, cuando sólo intento poner bellezas en mi entendimiento y no mi entendimiento en las bellezas? Yo no estimo tesoros ni riquezas; y así, siempre me causa más contento poner riquezas en mi pensamiento que no mi pensamiento en las riquezas”. "Queredlas cual las hacéis o hacedlas cual las buscáis". "Al que trato de amor, hallo diamante y soy diamante al que de amor me trata".


Visto desde nuestra perspectiva, uno no podría entender cómo, hace siglos, podían vivir con “tantas limitaciones”. No comprendemos cómo podían comunicarse sin teléfono, sin celular, sin redes sociales, sin medios electrónicos inmediatos, sin zoom, sin Twitter... y todas esas maravillas que la inteligencia humana ha aportado a nuestra generación.

¿Qué vida era aquella sin todo esto? Sin medios de traslado que nos llevan de un lado a otro en un abrir y cerrar de ojos, en un tronar de anular con pulgar. ¿Cómo podían aguantar horas-días-semanas para llegar a lugares distantes, sin chistar y siempre dispuestos a la aventura de viajes largos e insospechados?

(En este punto recuerdo, como ejemplo, el muy hermoso relato de Guy de Maupassant, “Bola de sebo” en el que describe un viaje en diligencia de Rouen a Le Havre, huyendo de los invasores prusianos. Un recorrido que a los pasajeros aquellos les lleva días enteros y tantas vicisitudes y el que hoy mismo se hace en apenas unas horas por carretera o unos minutos en avión.)

Pero esa ciencia y tecnología no son gratis: eso sí que no, no y no. Todas esas facilidades de hoy tienen un precio, no son de gorra. Y en ese aspecto la libertad de cada uno tiene el límite del recurso económico, porque si no tienes para pagar ‘los avances de la ciencia’ nada más no puedes recorrer el mundo y sus circunstancias con un apretar de tecla y escribir. O no te puedes subir al autobús o al avión si no tienes ojos ‘divina tuerta’.

Y las empresas que la venden-alquilan-permiten lo cibernético, hacen dinero a raudales en tanto que nosotros, autistas de nuestros días ahí estamos pegados como una mosca en el pastel. Eso es. Nuestra modernidad tiene costos y gastos y ganancias para algunos. Y creemos que esto es el mundo nuevo; el que nos presagió Julio Verne y todos aquellos autores de lo inaudito.

Y todo este rollo tiene que ver con el entonces y ahora. De cómo las cosas parece que cambian, pero no cambian, a lo Gatopardo, de Lampedusa. Y la manera cómo tuvo que sufrir y luchar una mujer que fue monja, poeta y rebelde –ni más, ni menos-- frente a las ataduras y los prejuicios de entonces. Y aunque se diga que las cosas han cambiado, al final de cuentas hoy es de otro modo, lo mismo.

Me refiero a La “Décima musa”; “La monja erudita”; “La flor más bella del virreinato”.

A Sor Juana Inés de la Cruz, por razones del tiempo y sus circunstancias, le tocó bailar con el más feo. Un tiempo y espacio cerrados con cuatro llaves, como “La Delgadina”. Su pecado fue ser mujer, que era “aspiracionista”, criolla, inteligente y creativa.

Tenía una enorme inteligencia, imaginación poética y gran cultura; y, para acabarla de amolar, era monja, lo que por otro lado era una solución en tiempos en que muchas mujeres se refugiaron en los conventos a falta de alternativas de vida, pero que para ella fue muy difícil de llevar.

En su biografía se lee:

Que Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana nació en el 12 de noviembre de 1648 en Nepantla, localidad ubicada en lo que hoy es Estado de México (Algunos afirman que fue en 1651, aunque sigue el debate luego de haberse encontrado una partida de nacimiento de 1648). Que murió en la capital de la Nueva España –hoy Ciudad de México--, en el convento de las Jerónimas el 7 de abril de 1695, que es decir, apenas de unos cuarenta y cinco años.

Que fue la segunda de las tres hijas de Pedro de Asuaje y Vargas Machuca (así, con “U”, reconocido por la misma Sor Juana en el Libro de Profesiones del Convento de San Jerónimo) quien fue oriundo de Guipúzcoa, España y de Isabel Ramírez, criolla. (En su testamento fechado en 1687 su madre afirmó que todos sus hijos, incluyendo a sor Juana, fueron concebidos fuera del matrimonio.) De hecho la figura paterna fue prácticamente inexistente.

Que pasó su infancia entre Amecameca, Yecapixtla, Panoaya —donde su abuelo tenía una hacienda— y Nepantla. Que aprendió a leer y escribir a los tres años ya que a escondidas tomó las lecciones que llevaba su hermana mayor, pronto acudió a “La Amiga” escuela básica local.

Que ya joven quiso asistir a la Universidad Pontificia, pero no se permitía el ingreso a mujeres, por lo que fue autodidacta. Que desde muy niña gustó de la lectura en la biblioteca de su abuelo. Muy pequeña leyó a los clásicos griegos. Leyó poesía y lírica.

Que ingresó a la corte del virrey De Toledo, marqués de Mancera, entre 1664 y 1665. Que ahí la virreina, Leonor de Carreto, se convirtió en una de sus más importantes protectoras y amiga, lo que ayudó a incrementar su deseo por leer y escribir de forma más estructurada porque es por entonces cuando comenzó a dar a conocer sus primeros escritos y poemas.

Que el virrey, su esposa y la corte estaban sorprendidos por la inteligencia y sagacidad de aquella jovencita, así que vivió un tiempo bajo resguardo virreinal. Pero que de pronto, por alguna razón personal –algunos dicen que por razones amorosas, en aquello del amor que no se atreve a decir su nombre— en 1666 inició trámites para ingresar como religiosa.

Primero con las carmelitas descalzas, pero pronto salió de ahí por la rigidez de esta orden. Que se trasladó al convento de las monjas jerónimas en donde vivió hasta su muerte. Por supuesto hubo contratiempos.

“Entre 1690 y 1691 se vio involucrada en una disputa teológica a raíz de una crítica privada que hizo sobre un sermón del muy respetado predicador jesuita Antonio Vieira, la que fue publicada por el obispo de Puebla Manuel Fernández de Santa Cruz bajo el título de Carta Atenagórica.

‘Él la prologó con el seudónimo de sor Filotea, recomendando a sor Juana que dejara de dedicarse a las ‘humanas letras’ y se dedicase en cambio a las divinas, de las cuales, según el obispo, sacaría mayor provecho. Esto provocó la reacción de la poetisa a través del escrito ‘Respuesta a Sor Filotea de la Cruz’, una joya autobiográfica de las letras novohispanas, en la que hace una seria defensa de su labor intelectual y en la que reclamaba los derechos de la mujer a la educación.’

Pero la famosa “Carta...” trajo consecuencias, porque sor Juana decidió enclaustrarse con todo rigor, de tal forma que dejó de escribir. El golpe había sido fuerte por la severa crítica de un cura-hombre a una mujer, a la que acusa de dejarse seducir por la vida mundana y dedicarse a labores intelectuales nada propias de su género femenino y de la vida religiosa.

Sor Juana tuvo que luchar desde muy pequeña por sus derechos. Derechos que consideraba que le eran propios. En su inteligencia y al análisis de su propia circunstancia se rebeló frente a la exclusión de la mujer, propio de tiranías. Ser mujer no era para ella una condición de excepción: sí de igualdad. Ser mujer no era para ella razón de menosprecio a su inteligencia o sus capacidades.

Entonces y ahora los triunfos de la mujer en México están marcados por una doble lucha: en primer lugar porque han tenido que enfrentar a un entorno en el que predomina el varón. Y la sociedad lo acepta. Hoy mismo, con todo y ese dechado de libertades y de igualdad de género que se pregona, la condición femenina sigue igual que entonces.

... O peor, porque han transcurrido siglos y hoy la lucha de la mujer permanece. Tienen que luchar para conseguir igualdad-respeto-soberanía. Pero tampoco se trata de cantidad de género como dádiva graciosa: 50 y 50; no. Sí por la calidad del pensamiento, inteligencia, fortaleza...

Puestos merecidos por sus propios valores y no por ser parte de sumas y restas de género. Porque si se tienen que cumplir cuotas de ubicación profesional, laboral, académica sin considerar las virtudes y valores y calidad profesional y personal, entonces también es injusto y desigual.

“Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis. Si con ansia sin igual solicitáis su desdén, ¿por qué queréis que obren bien si las incitáis al mal?”.

“En perseguirme, mundo, ¿qué interesas? ¿En qué te ofendo, cuando sólo intento poner bellezas en mi entendimiento y no mi entendimiento en las bellezas? Yo no estimo tesoros ni riquezas; y así, siempre me causa más contento poner riquezas en mi pensamiento que no mi pensamiento en las riquezas”. "Queredlas cual las hacéis o hacedlas cual las buscáis". "Al que trato de amor, hallo diamante y soy diamante al que de amor me trata".


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