/ viernes 11 de junio de 2021

Hojas de papel volando | Ricardo Garibay o Beber un cáliz

Se sabía que había llegado el escritor porque, aún afuera de la oficina del director de la agencia de noticias, se escuchaba su torrente verbal, su alto tono definitivo, la firmeza de sus decires. Su voz grave alcanzaba a retumbar en las paredes, en los pasillos y atravesaba ventanas.

Era así. Aun para bromear sus carcajadas eran estruendosas y expansivas. No tenía contenciones orales y esparcía argumentos cuyos eslabones, uno a uno, formaban una cadena irrompible e intocable. Era él y nada más que él.

Al principio me causaba temor acercarme. Su mirada, de ojos claros y definitivos, me parecía extremadamente fuerte y me intimidaba. Sus modos mandones se imponían. Su voz grave, dura, inmediata y sin comas. Explosivo él. Explosivas sus maneras.

Y sin embargo fue un enorme privilegio conocerlo. Había leído parte de su obra como estudiante en la universidad y me había impresionado su capacidad para el reportaje periodístico y la crónica que oscila entre la brevedad del lenguaje que ‘decían’, debe utilizar frases cortas como dardos y la maestría de una prosa cargada de imágenes, de frases contundentes y de retratos que van de uno en uno hasta formar ese caleidoscopio que es la vida de los seres humanos.

De Ricardo Garibay había devorado Diálogos mexicanos, La casa que arde de noche, Mazamitla y Beber un cáliz; además de sus artículos-crónicas que por entonces publicaba Excélsior, durante la dirección de Julio Scherer.

Quienes lo leíamos nos encontrábamos en su obra porque era el retrato vital de quienes somos en nuestra identidad más profunda; por la destreza para describir al hombre de a pie, al que parece que no existe para los demás, pero que sí existe y es y vive y sueña y aspira a ser el hombre o la mujer que no nada más vive, sino que quiere saberse vivo.

Eso es: el hombre y la mujer común y corrientes, cargados de emociones, de contradicciones, de resabios, como también de fortalezas y solidaridades. El ser humano como continente de pasiones a veces extremas, como la madre de Los hermanos del Hierro, plena de odio y venganzas.

También conocía la opulencia. Y la retrató sin sarcasmos, sin ganas de joder, sin ganas de exponerles al desprecio si se considera que la base de sus reflexiones estaba en el tiempo mexicano de la gente de trabajo y salario mínimo. Buscaba entenderlos y los entendió. Pero sobre todo miraba con ternura a la gente de la chinga cotidiana. Era el cemento de su obra.

Traducía a literatura las formas de hablar, de expresarse, de decir las cosas, el orden mental y su manera verbal ser oído y escuchado. Esto era muy importante para él, porque sabía que es a través del lenguaje como nos caracterizamos, como nos entendemos o nos confrontamos; y sus reglas y sus tópicos, sus clichés, sus modismos, sus apocopes, sus imágenes crípticas...

Esta destreza para reproducir el habla cotidiana provenía de su capacidad de observación, su fino oído y también de que durante años se dedicó a hacer guiones para cine. Sus libretos son vastos en expresión oral, en modismos y en profundidades humanas hechas verbo. “—Se nos acabó el parque Cucaracha...; ¡Pues miéntales la madre, que también les duele!”.

De su pluma salieron guiones de diversa catadura: Ánimas Trujano con base en el libro La Mayordomía de Rogelio Barriga Rivas, que es la historia de un pobre campesino indígena cuyo sueño es ser el mayordomo de una fiesta oaxaqueña, lo que le podría ganar el respeto y la consideración del pueblo.

Los Hermanos del Hierro, que trata del odio y la venganza: dos hermanos de distinto carácter que buscan vengar el asesinato de su padre, estimulados en el odio por su madre; La cucaracha; Cuando viva Villa es la muerte y muchos más, como El mil usos (1981) en donde expone de forma magistral la riqueza verbal y forma de vida de la gente que lucha sin conseguir aquello por lo que lucha. La incomprensión, la insolidaridad humana, el abandono, la pobreza: y la única defensa que tiene: su dignidad.

Ricardo Garibay nació en Tulancingo, Hidalgo, el 18 de enero de 1923. Dada la difícil situación por la que pasaban sus padres, siendo él muy niño fueron a vivir al Distrito Federal, a la por entonces zona marginal de Tacubaya.

Ahí se gesta su carácter aguerrido, fuerte, de defensa y ataque, de floridez verbal y de disciplina escolar. Él lo esboza en Fiera infancia y aprende que muchas veces la vida es agria y difícil. No tuvo una infancia del todo cumplido pero sí fue feliz a su manera.

Una infancia que lo marcó siempre. Su obra termina por ser ese largo recorrido en sus luchas. Es en gran medida autobiográfica, no sólo por los hechos sino por esa dura infancia de la que surge el fiero escritor: el mordaz, el ogro, el de carácter duro... aunque...

Lo conocí en 1981. De mis temores iniciales como he dicho, pronto comencé a entenderme con él. Supe lo exigente que era para su trabajo y para el de los demás. Cómo habría de publicarse su artículo y qué cosas debía decir en sus análisis de radio.

Y a ese “monstruo” que conocí al principio se le fueron cayendo las máscaras para mostrar a un ser humano cargado de emociones, de generosidad y de ganas de estar con él y platicar de lo que ve el que vive. Era como el gato viejo que es huraño con los otros gatos, pero tierno con los cachorritos.

Por su hija María, nuestra querida María Garibay, fui invitado en distintas ocasiones a su casa de Cuernavaca, en donde conocí su lugar de trabajo; una cabañita que era una casa de cristal formalmente dicho, a la orilla de una colina, entre los árboles verdes y frondosos.

Con un larguísimo escritorio de color claro, hecho a toda la extensión de la cabaña frente a un enorme ventanal y en donde escribía horas y horas en hojas de papel especial y con plumas fuente especiales. Mucho de lo que publicó lo escribió a mano, paso a paso, sin tropiezos ni distracciones.

Muros adentro, era bromista. Cordial. Sonriente. Amigable. Nada de aquel personaje al que muchos reprochaban su mal carácter y al que algunos acusaron de majadero por el trato recio con el que se refería a algunas personas.

Tenía fama pública de malhumorado y de “muy difícil de trato”. Le gustaba esa imagen, aunque también le trajo consecuencias porque las cúpulas literarias de México lo excluyeron no sólo de sus diálogos como también de los premios que merecía por la importancia y grandeza de su obra.

Cursó sus estudios superiores en la Facultad de Filosofía y Letras y la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Ingresó, además, a El Colegio de México. Pero más que todo siempre quiso ser escritor. Un escritor al que le apasionaba el periodismo. De hecho para él eran el complemento perfecto entre el día a día con la realidad, y luego la puesta de ésta en obra literaria.

Su producción es vasta y cubre distintos géneros, desde el periodismo, la crónica, la novela, el cuento, el poema, el ensayo, el teatro, el guion cinematográfico, la crítica, el análisis político... Son muchas sus obras, de las que sin duda destacan La casa que arde de noche que fue premiada en Francia como la mejor novela extranjera en 1975; Par de reyes que merece una lectura cuidadosa por su intensidad, por su perfección, por su lenguaje, por la profundidad de sus personajes y por una trama que sobrecoge.

Las glorias del gran Púas, Tendajón mixto o Pedacería de espejo que le publiqué en 1989 en Tabasco; Cómo se pasa la vida, Diálogos mexicanos; Beber un cáliz, Taíb, El joven aquel... tantas más. Ricardo Garibay murió en Cuernavaca el 4 de mayo de 1999.

“¿Por qué escribo? --se preguntaba Garibay y se contestaba--: Es un hondo placer escribir. El que haya logrado el adjetivo imprescindible, la imagen exacta, la idea claramente expresada me creerá. También me creerá el que haya languidecido tras el poema o el que haya anhelado el mundo de la calle, despreocupado, placentero, mientras maldice su vocación y pelea consigo mismo”. Era el ogro. Era el terror.

Era el hombre que se enternecía hasta las lágrimas ante la mirada dulce del pequeño vendedor que se acercaba a su ventanilla para entregar la felicidad en una cajita de chicles de tuti frutti.

Se sabía que había llegado el escritor porque, aún afuera de la oficina del director de la agencia de noticias, se escuchaba su torrente verbal, su alto tono definitivo, la firmeza de sus decires. Su voz grave alcanzaba a retumbar en las paredes, en los pasillos y atravesaba ventanas.

Era así. Aun para bromear sus carcajadas eran estruendosas y expansivas. No tenía contenciones orales y esparcía argumentos cuyos eslabones, uno a uno, formaban una cadena irrompible e intocable. Era él y nada más que él.

Al principio me causaba temor acercarme. Su mirada, de ojos claros y definitivos, me parecía extremadamente fuerte y me intimidaba. Sus modos mandones se imponían. Su voz grave, dura, inmediata y sin comas. Explosivo él. Explosivas sus maneras.

Y sin embargo fue un enorme privilegio conocerlo. Había leído parte de su obra como estudiante en la universidad y me había impresionado su capacidad para el reportaje periodístico y la crónica que oscila entre la brevedad del lenguaje que ‘decían’, debe utilizar frases cortas como dardos y la maestría de una prosa cargada de imágenes, de frases contundentes y de retratos que van de uno en uno hasta formar ese caleidoscopio que es la vida de los seres humanos.

De Ricardo Garibay había devorado Diálogos mexicanos, La casa que arde de noche, Mazamitla y Beber un cáliz; además de sus artículos-crónicas que por entonces publicaba Excélsior, durante la dirección de Julio Scherer.

Quienes lo leíamos nos encontrábamos en su obra porque era el retrato vital de quienes somos en nuestra identidad más profunda; por la destreza para describir al hombre de a pie, al que parece que no existe para los demás, pero que sí existe y es y vive y sueña y aspira a ser el hombre o la mujer que no nada más vive, sino que quiere saberse vivo.

Eso es: el hombre y la mujer común y corrientes, cargados de emociones, de contradicciones, de resabios, como también de fortalezas y solidaridades. El ser humano como continente de pasiones a veces extremas, como la madre de Los hermanos del Hierro, plena de odio y venganzas.

También conocía la opulencia. Y la retrató sin sarcasmos, sin ganas de joder, sin ganas de exponerles al desprecio si se considera que la base de sus reflexiones estaba en el tiempo mexicano de la gente de trabajo y salario mínimo. Buscaba entenderlos y los entendió. Pero sobre todo miraba con ternura a la gente de la chinga cotidiana. Era el cemento de su obra.

Traducía a literatura las formas de hablar, de expresarse, de decir las cosas, el orden mental y su manera verbal ser oído y escuchado. Esto era muy importante para él, porque sabía que es a través del lenguaje como nos caracterizamos, como nos entendemos o nos confrontamos; y sus reglas y sus tópicos, sus clichés, sus modismos, sus apocopes, sus imágenes crípticas...

Esta destreza para reproducir el habla cotidiana provenía de su capacidad de observación, su fino oído y también de que durante años se dedicó a hacer guiones para cine. Sus libretos son vastos en expresión oral, en modismos y en profundidades humanas hechas verbo. “—Se nos acabó el parque Cucaracha...; ¡Pues miéntales la madre, que también les duele!”.

De su pluma salieron guiones de diversa catadura: Ánimas Trujano con base en el libro La Mayordomía de Rogelio Barriga Rivas, que es la historia de un pobre campesino indígena cuyo sueño es ser el mayordomo de una fiesta oaxaqueña, lo que le podría ganar el respeto y la consideración del pueblo.

Los Hermanos del Hierro, que trata del odio y la venganza: dos hermanos de distinto carácter que buscan vengar el asesinato de su padre, estimulados en el odio por su madre; La cucaracha; Cuando viva Villa es la muerte y muchos más, como El mil usos (1981) en donde expone de forma magistral la riqueza verbal y forma de vida de la gente que lucha sin conseguir aquello por lo que lucha. La incomprensión, la insolidaridad humana, el abandono, la pobreza: y la única defensa que tiene: su dignidad.

Ricardo Garibay nació en Tulancingo, Hidalgo, el 18 de enero de 1923. Dada la difícil situación por la que pasaban sus padres, siendo él muy niño fueron a vivir al Distrito Federal, a la por entonces zona marginal de Tacubaya.

Ahí se gesta su carácter aguerrido, fuerte, de defensa y ataque, de floridez verbal y de disciplina escolar. Él lo esboza en Fiera infancia y aprende que muchas veces la vida es agria y difícil. No tuvo una infancia del todo cumplido pero sí fue feliz a su manera.

Una infancia que lo marcó siempre. Su obra termina por ser ese largo recorrido en sus luchas. Es en gran medida autobiográfica, no sólo por los hechos sino por esa dura infancia de la que surge el fiero escritor: el mordaz, el ogro, el de carácter duro... aunque...

Lo conocí en 1981. De mis temores iniciales como he dicho, pronto comencé a entenderme con él. Supe lo exigente que era para su trabajo y para el de los demás. Cómo habría de publicarse su artículo y qué cosas debía decir en sus análisis de radio.

Y a ese “monstruo” que conocí al principio se le fueron cayendo las máscaras para mostrar a un ser humano cargado de emociones, de generosidad y de ganas de estar con él y platicar de lo que ve el que vive. Era como el gato viejo que es huraño con los otros gatos, pero tierno con los cachorritos.

Por su hija María, nuestra querida María Garibay, fui invitado en distintas ocasiones a su casa de Cuernavaca, en donde conocí su lugar de trabajo; una cabañita que era una casa de cristal formalmente dicho, a la orilla de una colina, entre los árboles verdes y frondosos.

Con un larguísimo escritorio de color claro, hecho a toda la extensión de la cabaña frente a un enorme ventanal y en donde escribía horas y horas en hojas de papel especial y con plumas fuente especiales. Mucho de lo que publicó lo escribió a mano, paso a paso, sin tropiezos ni distracciones.

Muros adentro, era bromista. Cordial. Sonriente. Amigable. Nada de aquel personaje al que muchos reprochaban su mal carácter y al que algunos acusaron de majadero por el trato recio con el que se refería a algunas personas.

Tenía fama pública de malhumorado y de “muy difícil de trato”. Le gustaba esa imagen, aunque también le trajo consecuencias porque las cúpulas literarias de México lo excluyeron no sólo de sus diálogos como también de los premios que merecía por la importancia y grandeza de su obra.

Cursó sus estudios superiores en la Facultad de Filosofía y Letras y la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Ingresó, además, a El Colegio de México. Pero más que todo siempre quiso ser escritor. Un escritor al que le apasionaba el periodismo. De hecho para él eran el complemento perfecto entre el día a día con la realidad, y luego la puesta de ésta en obra literaria.

Su producción es vasta y cubre distintos géneros, desde el periodismo, la crónica, la novela, el cuento, el poema, el ensayo, el teatro, el guion cinematográfico, la crítica, el análisis político... Son muchas sus obras, de las que sin duda destacan La casa que arde de noche que fue premiada en Francia como la mejor novela extranjera en 1975; Par de reyes que merece una lectura cuidadosa por su intensidad, por su perfección, por su lenguaje, por la profundidad de sus personajes y por una trama que sobrecoge.

Las glorias del gran Púas, Tendajón mixto o Pedacería de espejo que le publiqué en 1989 en Tabasco; Cómo se pasa la vida, Diálogos mexicanos; Beber un cáliz, Taíb, El joven aquel... tantas más. Ricardo Garibay murió en Cuernavaca el 4 de mayo de 1999.

“¿Por qué escribo? --se preguntaba Garibay y se contestaba--: Es un hondo placer escribir. El que haya logrado el adjetivo imprescindible, la imagen exacta, la idea claramente expresada me creerá. También me creerá el que haya languidecido tras el poema o el que haya anhelado el mundo de la calle, despreocupado, placentero, mientras maldice su vocación y pelea consigo mismo”. Era el ogro. Era el terror.

Era el hombre que se enternecía hasta las lágrimas ante la mirada dulce del pequeño vendedor que se acercaba a su ventanilla para entregar la felicidad en una cajita de chicles de tuti frutti.

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