/ viernes 24 de junio de 2022

Hojas de papel volando | “Rock... y rugen las multitudes...”

El zócalo de la capital de México está cubierto de multitud. Está cubierto de fiesta y de algarabía. Los muchachos, las muchachas, los señores y señoras, niños y niñas... perritos también, llegan al recinto abierto por los distintos accesos que llevan a una de las plazas más hermosas del mundo.

Es nuestra Plaza de la Constitución, no por la del 57 ni por la del 17, sí por la Constitución de Cádiz en 1812. Es su plancha monumental-rectangular y que mide 46 mil 800 metros cuadrados y que ha cambiado de fisonomía a lo largo de los años.

Rodeado por edificios históricos, en su mayoría del color grana del tezontle de sus fachadas. Está el Palacio Nacional en donde vive-despacha-mañanea el Presidente de México, para bien o para mal.

Está ahí el edificio del gobierno de la Ciudad de México, al lado este el Antiguo Palacio del Ayuntamiento del siglo XVI mexicano, tan sólo divididos por la avenida 20 de noviembre.

Están los portales con comercios de joyería antes famosos o la sombrerería Tardán... “De Sonora a Yucatán, se usan sombreros Tardán”. En contraesquina está el Monte de Piedad desde 1836, que en realidad no tiene piedad cuando la gente no puede recuperar sus bienes empeñados ahí.

Y está la Catedral de México. La enorme catedral con los diversos estilos arquitectónicos en boga durante sus casi tres siglos de construcción: gótico, barroco, churrigueresco, neoclásico...

En ese entorno nuestro y nada más que nuestro, es donde luego de la pandemia dolorosa y a pesar de que aún no concluye el peligro, se llevan a cabo eventos musicales de gran atracción.

Son eventos masivos que tienen que ver con el interés político de la jefa de Gobierno de la capital del país. Es que quiere ser Presidenta de México ¿sabe usted? Y para mostrar “pueblo” convoca a multitudes para “sacarlos del anonimato” y ser multitud. No importa.

En todo caso es una oportunidad propia de los nuevos tiempos en los que esa multitud de jóvenes, sobre todo, puede ser y debe ser exultante, maravillada, contenta, necesariamente feliz luego de los dolores del alma de los dos años anteriores.

Ahí se presentan espectáculos que son gratuitos. Aunque no tanto: El gobierno de la capital les paga a los artistas –lo que es muy justo-- con recursos públicos. Al final todos pagamos la fiesta.

Silvio Rodríguez, amigo del Presidente, fue el primero de esta nueva era. Y prometen un espectáculo grandote-gigante-espectacular cada mes: Solistas; grupos de música como Los Ángeles Azules: “¡Directamente de Iztapalapa para el mundooooo!” Y más-música-más. Y qué bueno.

Porque habrá grupos de rock, sobre todo. Y ahí el eje central: hoy los muchachos, los jóvenes, los jovenazos: ellas y ellos, tienen espacios en dónde escuchar sus rolas, sus éxitos, sus emociones, sus desahogos, sus admiraciones. El Zócalo el principal, pero hay más: en la ciudad de México El Foro Sol, el Auditorio Nacional, el Estadio Azteca... y tantos-muchos más en el resto del país. La novedad pasa a ser cotidiano. ¡Bien!

Pero para llegar a este episodio de multitudes felices, hubo de transcurrir mucho tiempo y muchas vicisitudes... porque no siempre ha sido como hoy es “querido amigo”; la vida no es moco de pavo. Todo tiene un principio, un avance, una ruta y un momento presente con rumbo a un desconocido.

A mediados de los años cincuenta la república mexicana vivía en un halo de conservadurismo social. Herederos del portarse bien y con buenos modos a lo “Manual de Carreño”. Poco espacio había para la rebeldía o una libertad de acción y misión. Eran los tiempos.

‘Mas de pronto’ desde Estados Unidos irrumpió en el ánimo juvenil –sobre todo urbano-- una música nueva; una música estremecedora que dejaba el letargo del “Novia mía, novia mía: cascabel de plata y oro...”. Nada.

Apareció la música de Elvis Presley y Bill Haley y sus Cometas. Era el inicio de una nueva era; la que les daría presencia y personalidad a los jóvenes que querían ser ellos y su circunstancia. Llegaba la era del rock. Una revolución musical que se extendería a lo social y político.

Muchos jóvenes mexicanos se armaron de valor y comenzaron a formar sus grupos de rock. Al principio con temor hacían “covers” de éxitos gringos o europeos. Surgieron bandas como Los Teen Tops, Los locos del ritmo, Los Ovnis, Los camisas negras... Black Jeans... Muchos de sus “covers” tuvieron mucho mayor éxito en español que en su idioma original.

Pero ¿en dónde cantar y tocar y decir: ¡aquí estamos!? Había pocos lugares. Y ahí está el contraste con nuestros días. No había ni dónde ni cómo. Y si los había no les permitían el acceso. Nada de esas locuras. Nada de esos desfiguros o actitudes “pecaminosas” –a esto contribuyó un cine conservador en el que los muchachos que gustaban del rock resultaban ser enviados del mismísimo infierno-.

En el primer momento las rolas se escuchaban a través de la radio: Radio Mil, Radio 590... Y en espacios que estas mismas radiodifusoras instalaban en los bajos de sus edificios. Era la locura.

A mediados de los sesenta a través de la tele había programas como “Discoteque Orfeón a Go-Go”, en blanco y negro pero eso sí, con los grupos de moda que hacían mover el esqueleto a bellas jovencitas con la falda hasta la rodilla y suéteres ajustaditos de cintura y abultaditos del pecho...

Pero luego... ¡Sorpresa! En los sesenta surgieron los cafés cantantes; eran los lugares apropiados en los que a ritmo de rock en vivo se consumía café, ‘sándwiches de paté o de jamón del diablo’ y refrescos. Cero bebidas alcohólicas. Estaba bien. Ya tenían el lugar y su espacio. Fueron:

El Ruser, Chamonix, Sótano, Schiafarelo, Pao Pao, Millet, Colo Colo, Ribbeau, La Faceta, Ula Ula, Quid Novick, Up D Lup, La Rana Sabia, La Telaraña, Punto y Fuga, El Coyote, El Ego, Memphis, Chaquiris, La Rue, Yeah Yeah, La Cigarra, La Fusa, Lovel, Barrio Latino, Dar es Salam, Ariel, Rosseli, Trip, Harlem, A Plein Soleil, Le Chapeau Melon, La Tortuga... y más.

Estos inolvidables cafés cantantes dieron mucho. Hicieron felices a muchos. Dieron rienda suelta a la libertad nacida de la voluntad y del gusto feliz, puestos una música propia, única e indescriptible: el rock.

Pero al mismo tiempo no pudieron con la fuerza del Estado y el conservadurismo del entorno y del regente de la capital mexicana: Ernesto P. Uruchurtu. Sobre todo con las extorsiones a los dueños, las razzias a los jóvenes, el maltrato a los músicos. Todo esto mermó estos espacios y causó su cierre.

Pero los muchachos “ya habían probado la libertad, y les gustó”, aunque de pronto ya no tenían a dónde acudir para escuchar el nacimiento del nuevo rock mexicano, en el que grupos originales componían rock en nuestros propios términos. El rock mexicano que tanto ha dado al rock mundial surgió cuando los muchachos comenzaron a componer, a musicalizar a interpretar y a exigir respeto.

Y llegó 1968 y la irrupción del grito: “¡Libertad!” y “¡Justicia!”. Luego del 2 de octubre y la sangre derramada de muchachos-casi niños en Tlatelolco. Ya nada sería igual. De ahí en adelante los jóvenes ganaron la calle, respiraron sus propios aires y sus propias rolas. Exigían respeto a su identidad particular y a sus gustos propios en el arte y, claro, en la música: su música.

Comenzó el nuevo camino para todos: los espacios abiertos, el rock mexicano. Vino en 1971 Avándaro y su extroversión. Y grupos que ya decían otras cosas y otros quereres: Javier Bátiz, Love Army, Dug Dugs, Peace and Love y El Ritual... ¡Qué tal!

Y, bueno, aunque luego habría un largo camino por recorrer, hoy los muchachos tienen sus lugares, sus espacios, sus multitudes, sus grupos, sus cantantes preferidos, sus sueños, sus aspiraciones, sus debilidades, sus fracasos, sus triunfos, sus locuras, sus definiciones personales: su libertad.

Se reúnen en multitudes. Se cobijan unos a otros. Gritan. Desahogan. Cantan. Brincan. Aclaman o rechiflan. Exigen. Rezongan: Todos hemos tenido un tiempo así. Queda aplaudir que estén ahí y que sigan disfrutando ser ellos, los muchachos locos del rock aquel.

Honor a quienes musicalizaron nuestras vidas desde los cincuenta y a los de hoy; muchachos que nos llenan el alma con el rock que sale de su corazón; a ellos que fueron nuestros héroes musicales. Fueron nuestros ídolos. Lo son hoy. “La vida es un gran baile y el mundo es un salón. Y hay muchas parejas bailando a nuestro alrededor”


El zócalo de la capital de México está cubierto de multitud. Está cubierto de fiesta y de algarabía. Los muchachos, las muchachas, los señores y señoras, niños y niñas... perritos también, llegan al recinto abierto por los distintos accesos que llevan a una de las plazas más hermosas del mundo.

Es nuestra Plaza de la Constitución, no por la del 57 ni por la del 17, sí por la Constitución de Cádiz en 1812. Es su plancha monumental-rectangular y que mide 46 mil 800 metros cuadrados y que ha cambiado de fisonomía a lo largo de los años.

Rodeado por edificios históricos, en su mayoría del color grana del tezontle de sus fachadas. Está el Palacio Nacional en donde vive-despacha-mañanea el Presidente de México, para bien o para mal.

Está ahí el edificio del gobierno de la Ciudad de México, al lado este el Antiguo Palacio del Ayuntamiento del siglo XVI mexicano, tan sólo divididos por la avenida 20 de noviembre.

Están los portales con comercios de joyería antes famosos o la sombrerería Tardán... “De Sonora a Yucatán, se usan sombreros Tardán”. En contraesquina está el Monte de Piedad desde 1836, que en realidad no tiene piedad cuando la gente no puede recuperar sus bienes empeñados ahí.

Y está la Catedral de México. La enorme catedral con los diversos estilos arquitectónicos en boga durante sus casi tres siglos de construcción: gótico, barroco, churrigueresco, neoclásico...

En ese entorno nuestro y nada más que nuestro, es donde luego de la pandemia dolorosa y a pesar de que aún no concluye el peligro, se llevan a cabo eventos musicales de gran atracción.

Son eventos masivos que tienen que ver con el interés político de la jefa de Gobierno de la capital del país. Es que quiere ser Presidenta de México ¿sabe usted? Y para mostrar “pueblo” convoca a multitudes para “sacarlos del anonimato” y ser multitud. No importa.

En todo caso es una oportunidad propia de los nuevos tiempos en los que esa multitud de jóvenes, sobre todo, puede ser y debe ser exultante, maravillada, contenta, necesariamente feliz luego de los dolores del alma de los dos años anteriores.

Ahí se presentan espectáculos que son gratuitos. Aunque no tanto: El gobierno de la capital les paga a los artistas –lo que es muy justo-- con recursos públicos. Al final todos pagamos la fiesta.

Silvio Rodríguez, amigo del Presidente, fue el primero de esta nueva era. Y prometen un espectáculo grandote-gigante-espectacular cada mes: Solistas; grupos de música como Los Ángeles Azules: “¡Directamente de Iztapalapa para el mundooooo!” Y más-música-más. Y qué bueno.

Porque habrá grupos de rock, sobre todo. Y ahí el eje central: hoy los muchachos, los jóvenes, los jovenazos: ellas y ellos, tienen espacios en dónde escuchar sus rolas, sus éxitos, sus emociones, sus desahogos, sus admiraciones. El Zócalo el principal, pero hay más: en la ciudad de México El Foro Sol, el Auditorio Nacional, el Estadio Azteca... y tantos-muchos más en el resto del país. La novedad pasa a ser cotidiano. ¡Bien!

Pero para llegar a este episodio de multitudes felices, hubo de transcurrir mucho tiempo y muchas vicisitudes... porque no siempre ha sido como hoy es “querido amigo”; la vida no es moco de pavo. Todo tiene un principio, un avance, una ruta y un momento presente con rumbo a un desconocido.

A mediados de los años cincuenta la república mexicana vivía en un halo de conservadurismo social. Herederos del portarse bien y con buenos modos a lo “Manual de Carreño”. Poco espacio había para la rebeldía o una libertad de acción y misión. Eran los tiempos.

‘Mas de pronto’ desde Estados Unidos irrumpió en el ánimo juvenil –sobre todo urbano-- una música nueva; una música estremecedora que dejaba el letargo del “Novia mía, novia mía: cascabel de plata y oro...”. Nada.

Apareció la música de Elvis Presley y Bill Haley y sus Cometas. Era el inicio de una nueva era; la que les daría presencia y personalidad a los jóvenes que querían ser ellos y su circunstancia. Llegaba la era del rock. Una revolución musical que se extendería a lo social y político.

Muchos jóvenes mexicanos se armaron de valor y comenzaron a formar sus grupos de rock. Al principio con temor hacían “covers” de éxitos gringos o europeos. Surgieron bandas como Los Teen Tops, Los locos del ritmo, Los Ovnis, Los camisas negras... Black Jeans... Muchos de sus “covers” tuvieron mucho mayor éxito en español que en su idioma original.

Pero ¿en dónde cantar y tocar y decir: ¡aquí estamos!? Había pocos lugares. Y ahí está el contraste con nuestros días. No había ni dónde ni cómo. Y si los había no les permitían el acceso. Nada de esas locuras. Nada de esos desfiguros o actitudes “pecaminosas” –a esto contribuyó un cine conservador en el que los muchachos que gustaban del rock resultaban ser enviados del mismísimo infierno-.

En el primer momento las rolas se escuchaban a través de la radio: Radio Mil, Radio 590... Y en espacios que estas mismas radiodifusoras instalaban en los bajos de sus edificios. Era la locura.

A mediados de los sesenta a través de la tele había programas como “Discoteque Orfeón a Go-Go”, en blanco y negro pero eso sí, con los grupos de moda que hacían mover el esqueleto a bellas jovencitas con la falda hasta la rodilla y suéteres ajustaditos de cintura y abultaditos del pecho...

Pero luego... ¡Sorpresa! En los sesenta surgieron los cafés cantantes; eran los lugares apropiados en los que a ritmo de rock en vivo se consumía café, ‘sándwiches de paté o de jamón del diablo’ y refrescos. Cero bebidas alcohólicas. Estaba bien. Ya tenían el lugar y su espacio. Fueron:

El Ruser, Chamonix, Sótano, Schiafarelo, Pao Pao, Millet, Colo Colo, Ribbeau, La Faceta, Ula Ula, Quid Novick, Up D Lup, La Rana Sabia, La Telaraña, Punto y Fuga, El Coyote, El Ego, Memphis, Chaquiris, La Rue, Yeah Yeah, La Cigarra, La Fusa, Lovel, Barrio Latino, Dar es Salam, Ariel, Rosseli, Trip, Harlem, A Plein Soleil, Le Chapeau Melon, La Tortuga... y más.

Estos inolvidables cafés cantantes dieron mucho. Hicieron felices a muchos. Dieron rienda suelta a la libertad nacida de la voluntad y del gusto feliz, puestos una música propia, única e indescriptible: el rock.

Pero al mismo tiempo no pudieron con la fuerza del Estado y el conservadurismo del entorno y del regente de la capital mexicana: Ernesto P. Uruchurtu. Sobre todo con las extorsiones a los dueños, las razzias a los jóvenes, el maltrato a los músicos. Todo esto mermó estos espacios y causó su cierre.

Pero los muchachos “ya habían probado la libertad, y les gustó”, aunque de pronto ya no tenían a dónde acudir para escuchar el nacimiento del nuevo rock mexicano, en el que grupos originales componían rock en nuestros propios términos. El rock mexicano que tanto ha dado al rock mundial surgió cuando los muchachos comenzaron a componer, a musicalizar a interpretar y a exigir respeto.

Y llegó 1968 y la irrupción del grito: “¡Libertad!” y “¡Justicia!”. Luego del 2 de octubre y la sangre derramada de muchachos-casi niños en Tlatelolco. Ya nada sería igual. De ahí en adelante los jóvenes ganaron la calle, respiraron sus propios aires y sus propias rolas. Exigían respeto a su identidad particular y a sus gustos propios en el arte y, claro, en la música: su música.

Comenzó el nuevo camino para todos: los espacios abiertos, el rock mexicano. Vino en 1971 Avándaro y su extroversión. Y grupos que ya decían otras cosas y otros quereres: Javier Bátiz, Love Army, Dug Dugs, Peace and Love y El Ritual... ¡Qué tal!

Y, bueno, aunque luego habría un largo camino por recorrer, hoy los muchachos tienen sus lugares, sus espacios, sus multitudes, sus grupos, sus cantantes preferidos, sus sueños, sus aspiraciones, sus debilidades, sus fracasos, sus triunfos, sus locuras, sus definiciones personales: su libertad.

Se reúnen en multitudes. Se cobijan unos a otros. Gritan. Desahogan. Cantan. Brincan. Aclaman o rechiflan. Exigen. Rezongan: Todos hemos tenido un tiempo así. Queda aplaudir que estén ahí y que sigan disfrutando ser ellos, los muchachos locos del rock aquel.

Honor a quienes musicalizaron nuestras vidas desde los cincuenta y a los de hoy; muchachos que nos llenan el alma con el rock que sale de su corazón; a ellos que fueron nuestros héroes musicales. Fueron nuestros ídolos. Lo son hoy. “La vida es un gran baile y el mundo es un salón. Y hay muchas parejas bailando a nuestro alrededor”