/ domingo 15 de marzo de 2020

Hybris: el milenario mal del poder 

Aquél al que los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco…

Eurípides

Karl Jaspers lo dijo: “vivimos en la imposibilidad de encontrar una forma adecuada de vida”. Verdad ancestral que la propia filosofía griega recogió cuando concibió que los seres humanos forman parte del cosmos y por tanto se reconocen a sí mismos distintos de los dioses, esto es, limitados, mortales y finitos. No obstante, de tanto en tanto, alguno de ellos decide desconocer este orden y cuando el hombre, lejos de “conocerse a sí mismo”, rompe sus límites, se convierte en un agente transgresor que entra en un estado de ausencia de mesura. En ese instante, deja atrás su humilde condición humana, sigue un impulso nuevo que lo guía y que surge de su ego narcisista, imprudente, desmesurado, haciéndolo despreciar al espacio y al hombre ajenos. Es un hombre que aspira a lo que jamás podrá ser. Sí, está poseído por la hybris. Esa hybris que Platón definió en la República como “un deseo desordenado y poco reflexivo que nos lleva al placer”. La misma que el teatro griego conoció y que explotó al momento de llegar el desenlace de la obra, al evidenciar que nadie puede imponerse al hado fatal. Por eso en la tragedia griega, nada libra al personaje principal de ser sacrificado, ni siquiera el encontrarse en pleno estado híbrico, porque el destino del hombre, su moira, es no aspirar más allá de lo que le ha sido establecido.

En pocas palabras, el hombre no puede ser rival de la divinidad, aunque la tentación es grande y muchos sucumben. De tal forma que no solo en la filosofía o el teatro, en la vida cotidiana este anhelo suprahumano fue advertido desde entonces en la actitud de los militares al vencer una batalla: regresaban borrachos de poder y éxito, asumiéndose capaces de enfrentar cualquier reto, creyéndose investidos de una naturaleza cuasi divina, a tal grado que los emperadores romanos llegaron a mantener junto a ellos un lacayo: el objeto era no olvidar que también ellos eran mortales. Estaban inoculados por la hybris, tal y como en la literatura y mitología griegas lo estuvieron Agamenón, Creonte, Edipo, Prometeo, Tántalo, además de Arance, Atalanta y Casandra, entre muchos otros personajes, o en la historia lo han estado gran número de dirigentes políticos, tal y como lo confirman los aberrantes casos de Augusto, Nerón, Calígula, Hitler, Gengis Khan, Mussolini, Bush, y muchos miles más. ¿Por qué?

En 2009, luego de estudiar el perfil psicológico de múltiples dirigentes, los investigadores David Owen y Jonathan Davidson se inspiraron en dicho concepto e identificaron a un nuevo trastorno paranoide del ser humano: el “síndrome de Hybris”, para denominar a la enfermedad, embriaguez, adicción e intoxicación que produce el poder y que orilla al enfermo que la padece a encabezar un liderazgo desastroso.

Sus síntomas son más que evidentes, aunque detectarlos no es tan fácil en un primer momento. Son personas rígidas, obcecadas, incapaces de cambiar; egocéntricas y afectas a las excentricidades; se conducen con un orgullo exagerado, desmedida autoconfianza, enorme jactancia y altanería; desprecian a los demás, no oyen consejos y advertencias; su selección del personal de confianza y toma de decisiones adquiere matices de peligrosidad ya que escogen a corifeos-comparsas, con resultados catastróficos; son irracionales, su representación de la realidad es parcial: solo ven desde su perspectiva sin atender la de los demás; presentan una desmesura psicológica; se aferran al poder buscando eternizarse en él; fomentan el terror, son crueles, prepotentes, sádicos, someten a humillaciones y actos vergonzosos a los demás, entre otros muchos síntomas.

De acuerdo con el psiquiatra Manuel Franco, su primera fase es la megalomanía. La última, la paranoia. Es un mal psicopatológico que debería estar comprendido entre los más agudos y graves trastornos obsesivo-compulsivos y ser enlistado en el Manual de Diagnósticos y Estadísticas de los Trastornos Mentales que elabora la Asociación de Psiquiatría Americana. Si el trastorno no es severo, será reversible, disminuyendo cuando la persona deja el poder, de lo contrario, será irreversible.

Una recomendación para terminar. Al ser una enfermedad pandémica que ha acompañado al hombre desde hace milenios y desarrollarla lo mismo altos mandos de la política y economía que personajes famosos, líderes sociales que el hombre común, queda claro que es un síndrome incubado en el seno del poder, aún en el mundo del arte y la academia. Por eso, si alguien manifiesta alguno, varios o todos los síntomas anteriores, es vital que esta persona acuda con el especialista, sobre todo si ocupa una responsabilidad en el ámbito educativo, como profesor o directivo: Foucault asoció a la hybris con la locura, demencia y sinrazón, y el poder en manos de quien presenta este mal, es de altísima peligrosidad y nadie tiene ningún derecho de contaminar, violentar y mucho menos devastar a la comunidad que le ha sido encomendada.

bettyzanolli@gmail.com

@BettyZanolli

Aquél al que los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco…

Eurípides

Karl Jaspers lo dijo: “vivimos en la imposibilidad de encontrar una forma adecuada de vida”. Verdad ancestral que la propia filosofía griega recogió cuando concibió que los seres humanos forman parte del cosmos y por tanto se reconocen a sí mismos distintos de los dioses, esto es, limitados, mortales y finitos. No obstante, de tanto en tanto, alguno de ellos decide desconocer este orden y cuando el hombre, lejos de “conocerse a sí mismo”, rompe sus límites, se convierte en un agente transgresor que entra en un estado de ausencia de mesura. En ese instante, deja atrás su humilde condición humana, sigue un impulso nuevo que lo guía y que surge de su ego narcisista, imprudente, desmesurado, haciéndolo despreciar al espacio y al hombre ajenos. Es un hombre que aspira a lo que jamás podrá ser. Sí, está poseído por la hybris. Esa hybris que Platón definió en la República como “un deseo desordenado y poco reflexivo que nos lleva al placer”. La misma que el teatro griego conoció y que explotó al momento de llegar el desenlace de la obra, al evidenciar que nadie puede imponerse al hado fatal. Por eso en la tragedia griega, nada libra al personaje principal de ser sacrificado, ni siquiera el encontrarse en pleno estado híbrico, porque el destino del hombre, su moira, es no aspirar más allá de lo que le ha sido establecido.

En pocas palabras, el hombre no puede ser rival de la divinidad, aunque la tentación es grande y muchos sucumben. De tal forma que no solo en la filosofía o el teatro, en la vida cotidiana este anhelo suprahumano fue advertido desde entonces en la actitud de los militares al vencer una batalla: regresaban borrachos de poder y éxito, asumiéndose capaces de enfrentar cualquier reto, creyéndose investidos de una naturaleza cuasi divina, a tal grado que los emperadores romanos llegaron a mantener junto a ellos un lacayo: el objeto era no olvidar que también ellos eran mortales. Estaban inoculados por la hybris, tal y como en la literatura y mitología griegas lo estuvieron Agamenón, Creonte, Edipo, Prometeo, Tántalo, además de Arance, Atalanta y Casandra, entre muchos otros personajes, o en la historia lo han estado gran número de dirigentes políticos, tal y como lo confirman los aberrantes casos de Augusto, Nerón, Calígula, Hitler, Gengis Khan, Mussolini, Bush, y muchos miles más. ¿Por qué?

En 2009, luego de estudiar el perfil psicológico de múltiples dirigentes, los investigadores David Owen y Jonathan Davidson se inspiraron en dicho concepto e identificaron a un nuevo trastorno paranoide del ser humano: el “síndrome de Hybris”, para denominar a la enfermedad, embriaguez, adicción e intoxicación que produce el poder y que orilla al enfermo que la padece a encabezar un liderazgo desastroso.

Sus síntomas son más que evidentes, aunque detectarlos no es tan fácil en un primer momento. Son personas rígidas, obcecadas, incapaces de cambiar; egocéntricas y afectas a las excentricidades; se conducen con un orgullo exagerado, desmedida autoconfianza, enorme jactancia y altanería; desprecian a los demás, no oyen consejos y advertencias; su selección del personal de confianza y toma de decisiones adquiere matices de peligrosidad ya que escogen a corifeos-comparsas, con resultados catastróficos; son irracionales, su representación de la realidad es parcial: solo ven desde su perspectiva sin atender la de los demás; presentan una desmesura psicológica; se aferran al poder buscando eternizarse en él; fomentan el terror, son crueles, prepotentes, sádicos, someten a humillaciones y actos vergonzosos a los demás, entre otros muchos síntomas.

De acuerdo con el psiquiatra Manuel Franco, su primera fase es la megalomanía. La última, la paranoia. Es un mal psicopatológico que debería estar comprendido entre los más agudos y graves trastornos obsesivo-compulsivos y ser enlistado en el Manual de Diagnósticos y Estadísticas de los Trastornos Mentales que elabora la Asociación de Psiquiatría Americana. Si el trastorno no es severo, será reversible, disminuyendo cuando la persona deja el poder, de lo contrario, será irreversible.

Una recomendación para terminar. Al ser una enfermedad pandémica que ha acompañado al hombre desde hace milenios y desarrollarla lo mismo altos mandos de la política y economía que personajes famosos, líderes sociales que el hombre común, queda claro que es un síndrome incubado en el seno del poder, aún en el mundo del arte y la academia. Por eso, si alguien manifiesta alguno, varios o todos los síntomas anteriores, es vital que esta persona acuda con el especialista, sobre todo si ocupa una responsabilidad en el ámbito educativo, como profesor o directivo: Foucault asoció a la hybris con la locura, demencia y sinrazón, y el poder en manos de quien presenta este mal, es de altísima peligrosidad y nadie tiene ningún derecho de contaminar, violentar y mucho menos devastar a la comunidad que le ha sido encomendada.

bettyzanolli@gmail.com

@BettyZanolli