/ lunes 8 de enero de 2018

Inflación: la Caja de Pandora

Durante los últimos 20 años la política económica de México tuvo al control de la inflación como uno de sus objetivos centrales. Con el nuevo milenio la evolución de lo precios convergió a 3%, la meta establecida por Banco de México.

De acuerdo a las estadísticas disponibles en el Programa Nacional de Financiamiento del Desarrollo (Pronafide) publicado en el gobierno de Vicente Fox, México no había alcanzado una inflación tan baja desde la década de los años sesenta del siglo XX (una economía que crecía a tasas de 6%).

Gracias al menor incremento de precios, se llegó a pensar que eso era sinónimo de que se había alcanzado la “estabilidad macroeconómica”: solo habría que preocuparse por aprobar las “reformas estructurales” para que México volviera a la senda de crecimiento de 5%. Así se puede inferir de lo descrito en el Plan Nacional de Desarrollo y el Pronafide elaborados por la actual administración pública federal.

Las reformas fueron aprobadas pero el crecimiento de 5% anunciado para el fin del sexenio no llegó, pero aún más delicado: se perdió el control de la inflación, al final del 2017 la misma superó el 6.6%.

El motivo central radicó en factores internos. El mayor detonante fue la política fiscal de liberar los precios de las gasolinas. Su efecto fue mayor al estimado por las autoridades tanto en magnitud como en duración.

La razón se encuentra en la dependencia de gasolina importada: más de la mitad proviene del extranjero. Ante el aumento internacional del precio del petróleo, y con ello de la gasolina, así como de la depreciación del peso, el efecto inmediato fue el de un “gasolinazo” que no ha visto su fin. Junto al incremento de la electricidad y el gas ha configurado un coctel energético negativo para México.

Si bien se intentó contener la caída del peso frente al dólar, dinámica que se observó desde fines del 2105 y que se exacerbó con el inicio de la gestión de Donald Trump, ello no fue posible después de la aprobación de la reforma fiscal en Estados Unidos.

Hoy, los especuladores financieros comienzan a dudar sobre los fundamentos de la economía mexicana para enfrentar el reto fiscal de Trump y la renegociación del TLCAN. Así como del resultado electoral.

El costo de ello se verá reflejado en mayor inflación: la depreciación encarece la importación de bienes y servicios. Sin contar a las remesas que llegan al país, el déficit de cuenta corriente supera los 45 mil millones de dólares anuales. Solo los envíos del extranjero mitigan el desequilibrio, pero en el corto plazo las empresas deben enfrentar insumos y maquinaria importadas más caras, un hecho que presionará a la economía.

La inflación, la depreciación y la salida de capitales provocaron una espiral que se ha intentado enfrentar con una política monetaria y fiscal restrictiva, una estrategia que no funcionó pero que abrió la Caja de Pandora: un ciclo de bajo crecimiento se aproxima.

Durante los últimos 20 años la política económica de México tuvo al control de la inflación como uno de sus objetivos centrales. Con el nuevo milenio la evolución de lo precios convergió a 3%, la meta establecida por Banco de México.

De acuerdo a las estadísticas disponibles en el Programa Nacional de Financiamiento del Desarrollo (Pronafide) publicado en el gobierno de Vicente Fox, México no había alcanzado una inflación tan baja desde la década de los años sesenta del siglo XX (una economía que crecía a tasas de 6%).

Gracias al menor incremento de precios, se llegó a pensar que eso era sinónimo de que se había alcanzado la “estabilidad macroeconómica”: solo habría que preocuparse por aprobar las “reformas estructurales” para que México volviera a la senda de crecimiento de 5%. Así se puede inferir de lo descrito en el Plan Nacional de Desarrollo y el Pronafide elaborados por la actual administración pública federal.

Las reformas fueron aprobadas pero el crecimiento de 5% anunciado para el fin del sexenio no llegó, pero aún más delicado: se perdió el control de la inflación, al final del 2017 la misma superó el 6.6%.

El motivo central radicó en factores internos. El mayor detonante fue la política fiscal de liberar los precios de las gasolinas. Su efecto fue mayor al estimado por las autoridades tanto en magnitud como en duración.

La razón se encuentra en la dependencia de gasolina importada: más de la mitad proviene del extranjero. Ante el aumento internacional del precio del petróleo, y con ello de la gasolina, así como de la depreciación del peso, el efecto inmediato fue el de un “gasolinazo” que no ha visto su fin. Junto al incremento de la electricidad y el gas ha configurado un coctel energético negativo para México.

Si bien se intentó contener la caída del peso frente al dólar, dinámica que se observó desde fines del 2105 y que se exacerbó con el inicio de la gestión de Donald Trump, ello no fue posible después de la aprobación de la reforma fiscal en Estados Unidos.

Hoy, los especuladores financieros comienzan a dudar sobre los fundamentos de la economía mexicana para enfrentar el reto fiscal de Trump y la renegociación del TLCAN. Así como del resultado electoral.

El costo de ello se verá reflejado en mayor inflación: la depreciación encarece la importación de bienes y servicios. Sin contar a las remesas que llegan al país, el déficit de cuenta corriente supera los 45 mil millones de dólares anuales. Solo los envíos del extranjero mitigan el desequilibrio, pero en el corto plazo las empresas deben enfrentar insumos y maquinaria importadas más caras, un hecho que presionará a la economía.

La inflación, la depreciación y la salida de capitales provocaron una espiral que se ha intentado enfrentar con una política monetaria y fiscal restrictiva, una estrategia que no funcionó pero que abrió la Caja de Pandora: un ciclo de bajo crecimiento se aproxima.

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