/ domingo 1 de septiembre de 2019

Informe: la verdad que México demanda

Corría el siglo VI a.C. cuando Heráclito comenzó a utilizar un nuevo vocablo y un nuevo concepto que legó al pensamiento clásico, el logos: ser y existencia, unidad del todo, en el que, poco a poco, se resumieron distintos significados, desde razón, inteligencia, pensamiento, sentido, argumentación, hasta llegar a comprender uno, el más sencillo y profundo de todos: palabra. La misma que, bajo la visión del cristianismo antiguo, precedió y dio origen al hombre, pues si la Creación había podido ser, era gracias a ella, la palabra, el verbo divino. De esta forma, la humanidad comenzó a otorgarle a la palabra un poder y valor prácticamente supremos, solo que en la misma medida que una palabra podría ser creadora, también podría llegar a ser destructora, al grado de convertirse en demoledora.

Lo grave es que las consecuencias de ello van más allá de lo imaginado hasta ahora. La ciencia comienza a demostrar lo que los presocráticos en su tiempo anticiparon. En su momento, concluyeron que toda palabra lleva una carga que podría ser de armonía o desarmonía, y así como podría curar, podría también enfermar. Hoy no solo la psicología lo ha confirmado, la ciencia genómica ha ratificado que las palabras poseen un poder de transformación genética, al grado que pueden llegar a reprogramar el ADN, abriendo con dicha afirmación todo un universo de preguntas, inquietudes y reflexiones, porque una cosa es reprogramar a partir de la verdad y otra de la mentira, una cosa es reprogramar a partir del amor y otra desde el desamor. Por eso es de suma importancia todo lo que pronunciamos, todo lo que prometemos, todo lo que sentenciamos y Oriente lo ha sabido siempre. Un proverbio árabe reza: “no abras los labios si no estás seguro de que lo que vas a decir es más hermoso que el silencio”, mientras otro tibetano declara: “la palabra debe ser vestida como una diosa y elevarse como un pájaro”.

¿Por qué? Porque la palabra es el vehículo por excelencia de la comunicación humana y así como puede transmitir mensajes de amor, solidaridad y alegría, los puede transmitir de odio, rechazo y dolor, al punto que una palabra puede ser suficiente para herir y lacerar a un ser humano mucho más de lo que un golpe físico podría hacer, pues como bien dijo Eduardo Galeano, uno de los más grandes intelectuales de los últimos tiempos: “la palabra es un arma y puede ser usada para bien o para mal, la culpa del crimen nunca es el cuchillo” y solo el lenguaje “que dice la verdad, es el lenguaje ‘sentipensante’. El que es capaz de pensar sintiendo y sentir pensando”. Sí, porque la palabra no necesariamente es congruente y contiene siempre verdad. ¡Cuántas veces es desnaturalizada, adulterada y reducida a ser sierva de la vacuidad y la mentira!

Para muestra, la política contemporánea, en la que se habla mucho y no se dice nada, se promete todo y nada se cumple, y algo aun peor, lo que se critica y condena, es lo mismo en lo que, grotescamente, se incurre. Fenómeno que ha hecho que la palabra del político, en la mayor parte del orbe, haya perdido valor y credibilidad ante la ciudadanía, porque salvo honrosas excepciones, su palabra es una palabra prostituida que se vende al mejor postor, manteniendo vivo y haciendo realidad lo dicho hace siglos por el gran Francisco de Quevedo: “las palabras son como monedas, que una vale por muchas como muchas no valen por una”.

Reflexión que me permito hacer este día, en el que la palabra presidencial particularmente será oída por una sociedad crispada, rabiosa, dividida, descreída, dolida, criminalizada, acongojada, temerosa, cansada de la mentira, del abuso, de la impunidad, del engaño, de las promesas incumplidas, de las palabras vacías, porque de nada servirá que se hable al pueblo de México con cifras y datos distintos a los de los sexenios anteriores si la realidad no ha cambiado y la sociedad sigue sin poder ser transformada para bien.

Hace tan solo unas horas, en el Día Internacional de las Víctimas de Desaparición Forzada, la titular de la Comisión Nacional de Búsqueda de Personas presentó las escalofriantes cifras oficiales del horror que desangra y enluta al territorio nacional -obtenidas en gran medida gracias a la lucha que han dado los familiares en pos de sus víctimas-, superando toda estimación de organismos no gubernamentales e internacionales y fuentes periodísticas, con las más de 3,024 fosas y decenas de miles de cadáveres y restos humanos hasta ahora hallados -principalmente en Veracruz y Colima- y que dan fe de las voces exánimes de los muertos cuyas palabras el crimen silenció.

México es grande y ha sabido transitar y salir avante de sus crisis. Otra Nación y otra sociedad hubieran ya sucumbido y se hubieran rendido. La nuestra todavía conserva la esperanza, aunque no sabemos hasta cuándo. Por eso México escuchará el informe de su presidente, porque está harto de la mentira y hay algo en lo que no claudicará: exige y demanda que se le hable con verdad.

bettyzanolli@gmail.com\u0009\u0009\u0009@BettyZanolli


Corría el siglo VI a.C. cuando Heráclito comenzó a utilizar un nuevo vocablo y un nuevo concepto que legó al pensamiento clásico, el logos: ser y existencia, unidad del todo, en el que, poco a poco, se resumieron distintos significados, desde razón, inteligencia, pensamiento, sentido, argumentación, hasta llegar a comprender uno, el más sencillo y profundo de todos: palabra. La misma que, bajo la visión del cristianismo antiguo, precedió y dio origen al hombre, pues si la Creación había podido ser, era gracias a ella, la palabra, el verbo divino. De esta forma, la humanidad comenzó a otorgarle a la palabra un poder y valor prácticamente supremos, solo que en la misma medida que una palabra podría ser creadora, también podría llegar a ser destructora, al grado de convertirse en demoledora.

Lo grave es que las consecuencias de ello van más allá de lo imaginado hasta ahora. La ciencia comienza a demostrar lo que los presocráticos en su tiempo anticiparon. En su momento, concluyeron que toda palabra lleva una carga que podría ser de armonía o desarmonía, y así como podría curar, podría también enfermar. Hoy no solo la psicología lo ha confirmado, la ciencia genómica ha ratificado que las palabras poseen un poder de transformación genética, al grado que pueden llegar a reprogramar el ADN, abriendo con dicha afirmación todo un universo de preguntas, inquietudes y reflexiones, porque una cosa es reprogramar a partir de la verdad y otra de la mentira, una cosa es reprogramar a partir del amor y otra desde el desamor. Por eso es de suma importancia todo lo que pronunciamos, todo lo que prometemos, todo lo que sentenciamos y Oriente lo ha sabido siempre. Un proverbio árabe reza: “no abras los labios si no estás seguro de que lo que vas a decir es más hermoso que el silencio”, mientras otro tibetano declara: “la palabra debe ser vestida como una diosa y elevarse como un pájaro”.

¿Por qué? Porque la palabra es el vehículo por excelencia de la comunicación humana y así como puede transmitir mensajes de amor, solidaridad y alegría, los puede transmitir de odio, rechazo y dolor, al punto que una palabra puede ser suficiente para herir y lacerar a un ser humano mucho más de lo que un golpe físico podría hacer, pues como bien dijo Eduardo Galeano, uno de los más grandes intelectuales de los últimos tiempos: “la palabra es un arma y puede ser usada para bien o para mal, la culpa del crimen nunca es el cuchillo” y solo el lenguaje “que dice la verdad, es el lenguaje ‘sentipensante’. El que es capaz de pensar sintiendo y sentir pensando”. Sí, porque la palabra no necesariamente es congruente y contiene siempre verdad. ¡Cuántas veces es desnaturalizada, adulterada y reducida a ser sierva de la vacuidad y la mentira!

Para muestra, la política contemporánea, en la que se habla mucho y no se dice nada, se promete todo y nada se cumple, y algo aun peor, lo que se critica y condena, es lo mismo en lo que, grotescamente, se incurre. Fenómeno que ha hecho que la palabra del político, en la mayor parte del orbe, haya perdido valor y credibilidad ante la ciudadanía, porque salvo honrosas excepciones, su palabra es una palabra prostituida que se vende al mejor postor, manteniendo vivo y haciendo realidad lo dicho hace siglos por el gran Francisco de Quevedo: “las palabras son como monedas, que una vale por muchas como muchas no valen por una”.

Reflexión que me permito hacer este día, en el que la palabra presidencial particularmente será oída por una sociedad crispada, rabiosa, dividida, descreída, dolida, criminalizada, acongojada, temerosa, cansada de la mentira, del abuso, de la impunidad, del engaño, de las promesas incumplidas, de las palabras vacías, porque de nada servirá que se hable al pueblo de México con cifras y datos distintos a los de los sexenios anteriores si la realidad no ha cambiado y la sociedad sigue sin poder ser transformada para bien.

Hace tan solo unas horas, en el Día Internacional de las Víctimas de Desaparición Forzada, la titular de la Comisión Nacional de Búsqueda de Personas presentó las escalofriantes cifras oficiales del horror que desangra y enluta al territorio nacional -obtenidas en gran medida gracias a la lucha que han dado los familiares en pos de sus víctimas-, superando toda estimación de organismos no gubernamentales e internacionales y fuentes periodísticas, con las más de 3,024 fosas y decenas de miles de cadáveres y restos humanos hasta ahora hallados -principalmente en Veracruz y Colima- y que dan fe de las voces exánimes de los muertos cuyas palabras el crimen silenció.

México es grande y ha sabido transitar y salir avante de sus crisis. Otra Nación y otra sociedad hubieran ya sucumbido y se hubieran rendido. La nuestra todavía conserva la esperanza, aunque no sabemos hasta cuándo. Por eso México escuchará el informe de su presidente, porque está harto de la mentira y hay algo en lo que no claudicará: exige y demanda que se le hable con verdad.

bettyzanolli@gmail.com\u0009\u0009\u0009@BettyZanolli


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