/ domingo 17 de febrero de 2019

Iniciativa de ley sobre ciencia (I)

Fue Italia, la cuna del Renacimiento donde nacieron también las primeras academias y sociedades científicas y artísticas de la época moderna que, desde mediados del siglo XV, empezaron a proliferar como espacios de intercambio y discusión intelectual entre los cultores del humanismo en sus diversas manifestaciones, predominantemente artísticas y filológicas. De ello fueron testigo las célebres academias de los Diez Cantores de Leonello D’Este, Marqués de Ferrara, la Platónica de Florencia de Marsilio Ficino y Picco della Mirandola, establecida en 1459, la Olímpica de Vicenza de 1555, la de las Concordias de 1560 en la ciudad de Ferrara y la de Secretorum Naturae de Nápoles de 1590, siendo la Academia Filarmónica de Verona de 1543, en el caso de la música, la primera en dedicarse a ella y en servir su establecimiento como modelo a las sucesivas de su tipo por cuanto estructura, preocupaciones, recursos y reputación.

El humanismo renacentista florecería así, a partir de entonces, gracias al apoyo de aristócratas y comerciantes, alejado del dogmatismo escolástico medieval, favoreciendo a que muy pronto en su seno no solo se cultivaran las artes, la filosofía y aún el derecho, sino también la ciencia en sus distintas primigenias ramas. Algo que no solo era una aspiración sino también una urgente necesidad que el tiempo confirmó con el surgimiento, un siglo después, de nuevas formas de institucionalización de la ciencia como laboratorios y publicaciones especializadas. Proceso dinámico que formó parte de la Revolución Científica del siglo XVII al haber dado origen a nuevos organismos académicos como la Academia Linceana de 1601, la del Cimento de 1657 y la de la Arcadia de 1690.

Con el paso del tiempo, los dos cenáculos que alcanzaron mayor importancia en la época moderna fueron la Real Sociedad (Royal Society) de Londres de 1662 y la Academia de Ciencias (Académie des Sciences) de Paris de 1666, como bien lo ha destacado el especialista en historia de la ciencia Juan José Saldaña. Cada una nacida a partir de un modelo distinto de institucionalización de la ciencia. La primera, inspirada en el anhelo de Francis Bacon de reunir a los científicos y técnicos en la Casa de Salón como centro académico, fue establecida por decreto del Rey Carlos I para impulsar el avance de la ciencia natural. A ella pertenecieron científicos de las ciencias naturales y exactas de la talla de Isaac Newton, Charles Darwin, Benjamin Franklin y Albert Einstein. Sin embargo, nunca perdió su esencia como especie de asociación privada de amantes de la ciencia desde el momento en que eran sus propios miembros los que la mantenían y ubicaban posicionada de manera independiente respecto de la figura real.

La academia francesa por su parte, si bien fue creada como una institución de carácter público por el rey Luis XIV, el máximo exponente del despotismo ilustrado, terminó al contrario de su homóloga anglosajona, es decir, rendida a los deseos del monarca. Originada en el proyecto del primer ministro Jean-Baptiste Colbert de constituir tantas academias como disciplinas había, no solo de ciencias sino también de humanidades y artes, comprendida la de la música que encabezó otro Jean-Baptiste, solo que de apellido Lully, su función devino en constituirse como cuerpo especializado de élite para la asesoría del Estado francés en temas de humanidades, ciencias y tecnología.

La institucionalización de la ciencia por tanto estaba aún muy lejos de ser como hoy la comprendemos. El caso francés es evidencia de que la organización académica gala estaba supeditada a la voluntad del poder, pero el caso británico tampoco ayuda mucho, sobre todo si partimos del hecho de que muchas de las agrupaciones así constituidas –comprendida la propia Royal Society- en gran parte estaban integradas por aficionados, como fue el caso de la Asociación Británica para el Progreso de la Ciencia de 1830. Poca o nula era la influencia de estas agrupaciones para el impulso del desarrollo de sus respectivos países, así como tampoco para la institucionalización del saber científico y humanístico. El despegue de las academias, asociaciones y sociedades tendrá lugar en el mundo contemporáneo solo a partir de que comiencen a vincularse en la formación y la investigación hasta llegar a ser determinantes para el proceso de la profesionalización de las distintas áreas, lo cual ocurrirá hasta el siglo XIX en pleno. Para entonces, en el corazón de la propia Francia, serán ellas las que logren ahora algo que un siglo atrás hubiera sido impensable, en la medida de constituirse en el contrapeso del poder.

España vivirá también su propia y enriquecedora historia en el tema de estas asociaciones. Los Borbones serán determinantes en este proceso: a Felipe V deberemos en 1713 el nacimiento de la Academia Española y a Carlos III, el más ilustre déspota ilustrado hispánico, la creación de múltiples instituciones culturales de enorme envergadura, así como el impulso de las primeras sociedades económicas españolas, inspiradas éstas en el esquema de la Sociedad Vascongada, esto es, integradas por miembros ilustrados de diversos sectores de la población como propietarios, artesanos, comerciantes, campesinos y eclesiásticos, cuyo impacto abarcó también la gestación de diversas escuelas especializadas en diversas ciencias, artes y oficios.

México vivirá esta historia a su modo y hoy debemos evocarla ante el álgido debate nacional por la iniciativa de ley sobre ciencia.

bettyzanolli@gmail.com\u0009\u0009\u0009@BettyZanolli


Fue Italia, la cuna del Renacimiento donde nacieron también las primeras academias y sociedades científicas y artísticas de la época moderna que, desde mediados del siglo XV, empezaron a proliferar como espacios de intercambio y discusión intelectual entre los cultores del humanismo en sus diversas manifestaciones, predominantemente artísticas y filológicas. De ello fueron testigo las célebres academias de los Diez Cantores de Leonello D’Este, Marqués de Ferrara, la Platónica de Florencia de Marsilio Ficino y Picco della Mirandola, establecida en 1459, la Olímpica de Vicenza de 1555, la de las Concordias de 1560 en la ciudad de Ferrara y la de Secretorum Naturae de Nápoles de 1590, siendo la Academia Filarmónica de Verona de 1543, en el caso de la música, la primera en dedicarse a ella y en servir su establecimiento como modelo a las sucesivas de su tipo por cuanto estructura, preocupaciones, recursos y reputación.

El humanismo renacentista florecería así, a partir de entonces, gracias al apoyo de aristócratas y comerciantes, alejado del dogmatismo escolástico medieval, favoreciendo a que muy pronto en su seno no solo se cultivaran las artes, la filosofía y aún el derecho, sino también la ciencia en sus distintas primigenias ramas. Algo que no solo era una aspiración sino también una urgente necesidad que el tiempo confirmó con el surgimiento, un siglo después, de nuevas formas de institucionalización de la ciencia como laboratorios y publicaciones especializadas. Proceso dinámico que formó parte de la Revolución Científica del siglo XVII al haber dado origen a nuevos organismos académicos como la Academia Linceana de 1601, la del Cimento de 1657 y la de la Arcadia de 1690.

Con el paso del tiempo, los dos cenáculos que alcanzaron mayor importancia en la época moderna fueron la Real Sociedad (Royal Society) de Londres de 1662 y la Academia de Ciencias (Académie des Sciences) de Paris de 1666, como bien lo ha destacado el especialista en historia de la ciencia Juan José Saldaña. Cada una nacida a partir de un modelo distinto de institucionalización de la ciencia. La primera, inspirada en el anhelo de Francis Bacon de reunir a los científicos y técnicos en la Casa de Salón como centro académico, fue establecida por decreto del Rey Carlos I para impulsar el avance de la ciencia natural. A ella pertenecieron científicos de las ciencias naturales y exactas de la talla de Isaac Newton, Charles Darwin, Benjamin Franklin y Albert Einstein. Sin embargo, nunca perdió su esencia como especie de asociación privada de amantes de la ciencia desde el momento en que eran sus propios miembros los que la mantenían y ubicaban posicionada de manera independiente respecto de la figura real.

La academia francesa por su parte, si bien fue creada como una institución de carácter público por el rey Luis XIV, el máximo exponente del despotismo ilustrado, terminó al contrario de su homóloga anglosajona, es decir, rendida a los deseos del monarca. Originada en el proyecto del primer ministro Jean-Baptiste Colbert de constituir tantas academias como disciplinas había, no solo de ciencias sino también de humanidades y artes, comprendida la de la música que encabezó otro Jean-Baptiste, solo que de apellido Lully, su función devino en constituirse como cuerpo especializado de élite para la asesoría del Estado francés en temas de humanidades, ciencias y tecnología.

La institucionalización de la ciencia por tanto estaba aún muy lejos de ser como hoy la comprendemos. El caso francés es evidencia de que la organización académica gala estaba supeditada a la voluntad del poder, pero el caso británico tampoco ayuda mucho, sobre todo si partimos del hecho de que muchas de las agrupaciones así constituidas –comprendida la propia Royal Society- en gran parte estaban integradas por aficionados, como fue el caso de la Asociación Británica para el Progreso de la Ciencia de 1830. Poca o nula era la influencia de estas agrupaciones para el impulso del desarrollo de sus respectivos países, así como tampoco para la institucionalización del saber científico y humanístico. El despegue de las academias, asociaciones y sociedades tendrá lugar en el mundo contemporáneo solo a partir de que comiencen a vincularse en la formación y la investigación hasta llegar a ser determinantes para el proceso de la profesionalización de las distintas áreas, lo cual ocurrirá hasta el siglo XIX en pleno. Para entonces, en el corazón de la propia Francia, serán ellas las que logren ahora algo que un siglo atrás hubiera sido impensable, en la medida de constituirse en el contrapeso del poder.

España vivirá también su propia y enriquecedora historia en el tema de estas asociaciones. Los Borbones serán determinantes en este proceso: a Felipe V deberemos en 1713 el nacimiento de la Academia Española y a Carlos III, el más ilustre déspota ilustrado hispánico, la creación de múltiples instituciones culturales de enorme envergadura, así como el impulso de las primeras sociedades económicas españolas, inspiradas éstas en el esquema de la Sociedad Vascongada, esto es, integradas por miembros ilustrados de diversos sectores de la población como propietarios, artesanos, comerciantes, campesinos y eclesiásticos, cuyo impacto abarcó también la gestación de diversas escuelas especializadas en diversas ciencias, artes y oficios.

México vivirá esta historia a su modo y hoy debemos evocarla ante el álgido debate nacional por la iniciativa de ley sobre ciencia.

bettyzanolli@gmail.com\u0009\u0009\u0009@BettyZanolli


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