/ martes 5 de marzo de 2024

Invirtiendo en ser delgada como plan de carrera

Hace algún tiempo la revista The Economist publicó un artículo titulado The Economics of Thinness, en el que explicaban cómo es que las mujeres obesas tienen una desventaja sobre las mujeres delgadas en el sistema económico en el que vivimos. Desde ganar menos dinero hasta tener menos acceso a privilegios, la disparidad es real.

En la lógica del capitalismo y de la meritocracia en la que vivimos, es económicamente racional que invirtamos tiempo y dinero en nuestra educación porque esto tendrá creces en el mercado laboral y para los salarios futuros. De la misma manera, -en el caso de las mujeres- parece económicamente racional que las mujeres busquen ser delgadas. Lo más impresionante: independientemente de su profesión. La investigación realizada por The Economist demuestra que esto no aplica únicamente para mujeres que trabajan en campos para los que se les exige ser delgadas (como ser modelos o actrices), sino para la industria laboral en general.

De manera que al igual que invertir en nuestra educación, el obsesionarnos con dietas, porciones alimenticias, invertir una buena cantidad de dinero en gimnasios y clases de ejercicio también tendrá rendimientos en el futuro. Sin embargo, para los hombres no es necesario.

A pesar de que el poder ver esta hipótesis reflejada en datos duros es sorprendente, el razonamiento detrás de ello no lo es, y en realidad tiene bastante sentido. Las mujeres vivimos con estímulos que nos motivan a preocuparnos por nuestro peso y apariencia prácticamente desde que tenemos uso de razón. Y la narrativa detrás de ello nos ha hecho pensar que si tan solo pudiéramos tener cierto tipo de cuerpo, cierto peso, o cierta apariencia, nuestra vida se volvería mucho más feliz.

La felicidad y satisfacción con nosotras misma es algo que hemos atado al peso durante mucho tiempo. Pero el pensar que afecta nuestra competitividad profesional también depende de ello llega a ser absurdo, especialmente porque los hombres no se ven afectados por esto.

El problema con todas estas explicaciones es que la correlación entre ingresos y peso a nivel de población en los países avanzados está impulsada casi exclusivamente por las mujeres.

Innumerables estudios encuentran que a las mujeres con sobrepeso u obesidad se les paga menos que a sus pares más delgadas, mientras que hay poca diferencia en los salarios entre los hombres obesos y los hombres en el rango "normal" médicamente definido.

La narrativa actual del movimiento body positive en el que no solo estamos comenzando a ver cuerpos reales (y normales) en redes sociales, campañas publicitarias, series y películas sino también estamos llamando la atención a los trastornos alimenticios ha tenido un impacto positivo no solo para las mujeres sino para la población en general.

Esto nos obliga a pensar en el enorme costo que el estigma, y el miedo a tener sobrepeso tienen para todas las mujeres y niñas que pasan sus vidas preocupándose por lo que les podría costar tener ese sobrepeso (además de la felicidad que ya les roba).

Pensar que ya no existe presión para lucir de una cierta manera sería un gran engaño. Los datos nos muestran que no es solamente la discriminación de género la que tenemos que combatir, sino la discriminación entre mujeres “obesas” y delgadas. No podemos pensar en una sociedad verdaderamente incluyente y progresista si no reconocemos este problema y trabajamos en nuestro propio prejuicio, a pesar de que no queramos reconocerlo.

Hace algún tiempo la revista The Economist publicó un artículo titulado The Economics of Thinness, en el que explicaban cómo es que las mujeres obesas tienen una desventaja sobre las mujeres delgadas en el sistema económico en el que vivimos. Desde ganar menos dinero hasta tener menos acceso a privilegios, la disparidad es real.

En la lógica del capitalismo y de la meritocracia en la que vivimos, es económicamente racional que invirtamos tiempo y dinero en nuestra educación porque esto tendrá creces en el mercado laboral y para los salarios futuros. De la misma manera, -en el caso de las mujeres- parece económicamente racional que las mujeres busquen ser delgadas. Lo más impresionante: independientemente de su profesión. La investigación realizada por The Economist demuestra que esto no aplica únicamente para mujeres que trabajan en campos para los que se les exige ser delgadas (como ser modelos o actrices), sino para la industria laboral en general.

De manera que al igual que invertir en nuestra educación, el obsesionarnos con dietas, porciones alimenticias, invertir una buena cantidad de dinero en gimnasios y clases de ejercicio también tendrá rendimientos en el futuro. Sin embargo, para los hombres no es necesario.

A pesar de que el poder ver esta hipótesis reflejada en datos duros es sorprendente, el razonamiento detrás de ello no lo es, y en realidad tiene bastante sentido. Las mujeres vivimos con estímulos que nos motivan a preocuparnos por nuestro peso y apariencia prácticamente desde que tenemos uso de razón. Y la narrativa detrás de ello nos ha hecho pensar que si tan solo pudiéramos tener cierto tipo de cuerpo, cierto peso, o cierta apariencia, nuestra vida se volvería mucho más feliz.

La felicidad y satisfacción con nosotras misma es algo que hemos atado al peso durante mucho tiempo. Pero el pensar que afecta nuestra competitividad profesional también depende de ello llega a ser absurdo, especialmente porque los hombres no se ven afectados por esto.

El problema con todas estas explicaciones es que la correlación entre ingresos y peso a nivel de población en los países avanzados está impulsada casi exclusivamente por las mujeres.

Innumerables estudios encuentran que a las mujeres con sobrepeso u obesidad se les paga menos que a sus pares más delgadas, mientras que hay poca diferencia en los salarios entre los hombres obesos y los hombres en el rango "normal" médicamente definido.

La narrativa actual del movimiento body positive en el que no solo estamos comenzando a ver cuerpos reales (y normales) en redes sociales, campañas publicitarias, series y películas sino también estamos llamando la atención a los trastornos alimenticios ha tenido un impacto positivo no solo para las mujeres sino para la población en general.

Esto nos obliga a pensar en el enorme costo que el estigma, y el miedo a tener sobrepeso tienen para todas las mujeres y niñas que pasan sus vidas preocupándose por lo que les podría costar tener ese sobrepeso (además de la felicidad que ya les roba).

Pensar que ya no existe presión para lucir de una cierta manera sería un gran engaño. Los datos nos muestran que no es solamente la discriminación de género la que tenemos que combatir, sino la discriminación entre mujeres “obesas” y delgadas. No podemos pensar en una sociedad verdaderamente incluyente y progresista si no reconocemos este problema y trabajamos en nuestro propio prejuicio, a pesar de que no queramos reconocerlo.