/ domingo 11 de febrero de 2024

IV. Mao, el mayor genocida de la historia

Nacido en 1893, formado en la tradición marxista-leninista, Mao Zedong participó en la fundación del partido comunista chino hasta convertirse en 1949, gracias a la instauración de la República Popular China que proclamó en la plaza de Tiananmen y que dio fin a cuatro milenios de dinastías imperiales, en el dictador guía: el “Gran Timonel”. Sitial desde el que ordenó -luego de su “larga marcha” multitudinaria hasta el noroeste chino- una serie de asesinas purgas para garantizar la eliminación de todo el que fuera un peligro para su régimen, desde campesinos propietarios hasta nacionalistas simpatizantes del Kuomintang de Chiang Kai-Shek.

La primera, realizada entre 1950 y 1953 poco antes de iniciar su primer plan estructural quinquenal, alcanzó un saldo mortuorio cercano al millón de personas. La segunda, el “Movimiento Sufán” -realizado entre 1955 y 1957-, tuvo por objeto continuar “limpiando” al partido y a su administración de los elementos “contrarrevolucionarios”, por la que fueron investigados 18 millones de personas, pereciendo según datos de Jean-Louis Margolin 770 mil. Y esto era sólo el principio: en los últimos 20 años se ha podido confirmar, develar y denunciar lo que por décadas permaneció en secreto: Mao Zedong ha sido el mayor genocida de la historia humana, al haber alcanzado su régimen necrocifras que oscilan entre 65 millones, según cálculos del propio Margolin, y 70 millones de muertos conforme a los acuciosos investigadores Jung Chan y Jon Halliday, los autores de “La historia desconocida”, veinte millones de los cuales murieron por hambre y el resto por otros tipos de horrores.

Sin embargo, el grueso de las muertes acaeció a partir de 1958, cuando Mao propuso un “innovador” programa político de ingeniería social que tomó por nombre el “Gran Salto Adelante” (1958-1962), cuyo objetivo era lograr la colectivización agrícola e industrialización chinas a partir de la instauración de comunas autárquicas en las que quedaba abolida la propiedad privada. Programa que fracasó estrepitosamente, luego de haber provocado la más grande de las hambrunas y catástrofes humanitarias de la historia -como ha confirmado Frank Dikötter en “La Gran Hambruna de Mao”- derivado de la confiscación que hizo de los alimentos para intercambiarlos con la URSS por materiales fabriles y armamento, desplazamientos al campo, trabajos forzados, violencia e inanición, provocando entre 20 y 45 millones de nuevos decesos, además de la cruel masacre de millón y medio de gorriones que ordenó dentro de su “campaña de las Cuatro Plagas” (junto con ratas, moscas y mosquitos). Un gorrión -decía- comía 4 kilos y medio de granos anuales. Matarlo ahorraría el grano de 60 mil personas: eran pues “enemigos de la revolución, se comen nuestras cosechas, mátenlos”.

Sí, en palabras de Alexander Pantsov: el “mayor fracaso económico en la historia del mundo, la mayor hambruna de que se tiene registro”, y al que sucedió una nueva iniciativa fallida de trágicas consecuencias sociales y económicas: la “Revolución Cultural” (1966-1976), que declaró la erradicación de los “cuatro viejos”: pensamiento, educación, costumbre y cultura, así como la eliminación de todos los académicos, intelectuales y “revisionistas” que cuestionaban las iniciativas maoístas. “¡Por el nacimiento de una guerra civil en todo el país!”, era su consigna. Derivado de ello, más de dos decenas de millones fueron perseguidos y enviados a campos de “reeducación” donde fueron torturados, lapidados, ahogados, decapitados, enterrados con vida, linchados, explotados con dinamita y, en muchos casos, canibalizados por los “fieles seguidores” del “camarada Mao”.

El fundamento principal de la ideologización maoísta era el “Libro Rojo”, por el que se adoctrinaba a la sociedad desde la más tierna infancia, logrando que los niños al devenir jóvenes se convirtieran en “Guardias Rojos”: vigilantes férreos del actuar de sus congéneres a los que acusaban en caso de detectar alguna “infidelidad” o “traición” al Gran Timonel. Y es que para Mao había un objetivo prioritario: desaparecer de la faz de la Tierra cualquier amenaza que pudiera existir en contra de su régimen comunista, para lo cual no sólo se valió del Ejército Rojo, su mayor fuerza fueron los campesinos, estudiantes y obreros que acataron su implacable y atroz voluntad.

¿Quién era Mao? Un sujeto de escaso carisma y pobre poder de oratoria, un obseso contra los “enemigos de su revolución”, un refractario de la cultura occidental que prohibió la música clásica y el ajedrez, pero sobre todo un ser caracterizado por la envidia, el egoísmo, la paranoia y la vileza, despiadado y sanguinario, con gran poder de manipulación social que capitalizaba toda situación en su beneficio. Sí, un psicópata narcisista que dijo “amar a su pueblo” y querer llevarlo “hacia adelante”, pero que en los hechos no dudó, como Stalin, en destruirlo y masacrarlo, disfrutando con las agonías y ejecuciones de todo aquél que no le profesara su ciega y fanática adhesión. (Continuará)

bettyzanolli@gmail.com

X: @BettyZanolli

Youtube: bettyzanolli


Nacido en 1893, formado en la tradición marxista-leninista, Mao Zedong participó en la fundación del partido comunista chino hasta convertirse en 1949, gracias a la instauración de la República Popular China que proclamó en la plaza de Tiananmen y que dio fin a cuatro milenios de dinastías imperiales, en el dictador guía: el “Gran Timonel”. Sitial desde el que ordenó -luego de su “larga marcha” multitudinaria hasta el noroeste chino- una serie de asesinas purgas para garantizar la eliminación de todo el que fuera un peligro para su régimen, desde campesinos propietarios hasta nacionalistas simpatizantes del Kuomintang de Chiang Kai-Shek.

La primera, realizada entre 1950 y 1953 poco antes de iniciar su primer plan estructural quinquenal, alcanzó un saldo mortuorio cercano al millón de personas. La segunda, el “Movimiento Sufán” -realizado entre 1955 y 1957-, tuvo por objeto continuar “limpiando” al partido y a su administración de los elementos “contrarrevolucionarios”, por la que fueron investigados 18 millones de personas, pereciendo según datos de Jean-Louis Margolin 770 mil. Y esto era sólo el principio: en los últimos 20 años se ha podido confirmar, develar y denunciar lo que por décadas permaneció en secreto: Mao Zedong ha sido el mayor genocida de la historia humana, al haber alcanzado su régimen necrocifras que oscilan entre 65 millones, según cálculos del propio Margolin, y 70 millones de muertos conforme a los acuciosos investigadores Jung Chan y Jon Halliday, los autores de “La historia desconocida”, veinte millones de los cuales murieron por hambre y el resto por otros tipos de horrores.

Sin embargo, el grueso de las muertes acaeció a partir de 1958, cuando Mao propuso un “innovador” programa político de ingeniería social que tomó por nombre el “Gran Salto Adelante” (1958-1962), cuyo objetivo era lograr la colectivización agrícola e industrialización chinas a partir de la instauración de comunas autárquicas en las que quedaba abolida la propiedad privada. Programa que fracasó estrepitosamente, luego de haber provocado la más grande de las hambrunas y catástrofes humanitarias de la historia -como ha confirmado Frank Dikötter en “La Gran Hambruna de Mao”- derivado de la confiscación que hizo de los alimentos para intercambiarlos con la URSS por materiales fabriles y armamento, desplazamientos al campo, trabajos forzados, violencia e inanición, provocando entre 20 y 45 millones de nuevos decesos, además de la cruel masacre de millón y medio de gorriones que ordenó dentro de su “campaña de las Cuatro Plagas” (junto con ratas, moscas y mosquitos). Un gorrión -decía- comía 4 kilos y medio de granos anuales. Matarlo ahorraría el grano de 60 mil personas: eran pues “enemigos de la revolución, se comen nuestras cosechas, mátenlos”.

Sí, en palabras de Alexander Pantsov: el “mayor fracaso económico en la historia del mundo, la mayor hambruna de que se tiene registro”, y al que sucedió una nueva iniciativa fallida de trágicas consecuencias sociales y económicas: la “Revolución Cultural” (1966-1976), que declaró la erradicación de los “cuatro viejos”: pensamiento, educación, costumbre y cultura, así como la eliminación de todos los académicos, intelectuales y “revisionistas” que cuestionaban las iniciativas maoístas. “¡Por el nacimiento de una guerra civil en todo el país!”, era su consigna. Derivado de ello, más de dos decenas de millones fueron perseguidos y enviados a campos de “reeducación” donde fueron torturados, lapidados, ahogados, decapitados, enterrados con vida, linchados, explotados con dinamita y, en muchos casos, canibalizados por los “fieles seguidores” del “camarada Mao”.

El fundamento principal de la ideologización maoísta era el “Libro Rojo”, por el que se adoctrinaba a la sociedad desde la más tierna infancia, logrando que los niños al devenir jóvenes se convirtieran en “Guardias Rojos”: vigilantes férreos del actuar de sus congéneres a los que acusaban en caso de detectar alguna “infidelidad” o “traición” al Gran Timonel. Y es que para Mao había un objetivo prioritario: desaparecer de la faz de la Tierra cualquier amenaza que pudiera existir en contra de su régimen comunista, para lo cual no sólo se valió del Ejército Rojo, su mayor fuerza fueron los campesinos, estudiantes y obreros que acataron su implacable y atroz voluntad.

¿Quién era Mao? Un sujeto de escaso carisma y pobre poder de oratoria, un obseso contra los “enemigos de su revolución”, un refractario de la cultura occidental que prohibió la música clásica y el ajedrez, pero sobre todo un ser caracterizado por la envidia, el egoísmo, la paranoia y la vileza, despiadado y sanguinario, con gran poder de manipulación social que capitalizaba toda situación en su beneficio. Sí, un psicópata narcisista que dijo “amar a su pueblo” y querer llevarlo “hacia adelante”, pero que en los hechos no dudó, como Stalin, en destruirlo y masacrarlo, disfrutando con las agonías y ejecuciones de todo aquél que no le profesara su ciega y fanática adhesión. (Continuará)

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