/ viernes 10 de noviembre de 2017

Ixachi-1, segunda llamada

En pleno boom de la década de los 80, el presidente José López Portillo llamaba a administrar la abundancia de la riqueza petrolera que había logrado aumentar de 900 mil a más de tres millones de barriles diarios la producción de crudo del país. El precio del barril de exportación en aquellos tiempos rondaba los 34 dólares, antes de la caída en la cotización internacional que provocó la destitución del entonces director de Petróleos Mexicanos, Jorge Díaz Serrano.

A esa bonanza petrolera, que por encima de la corrupción y el abuso trajo al país halagadoras perspectivas como el cuarto exportador mundial de crudo, siguió una política que en el régimen de Carlos Salinas de Gortari dio prioridad a la explotación de los grandes yacimientos de tierra y mar y la cancelación de los proyectos de prospección y exploración de nuevos campos que terminó con el agotamiento de parte de esa riqueza. Las reservas petroleras de México cayeron de 72 mil millones de barriles de petróleo y gas asociado en los primeros años de la década de los 80 a escasos 12 mil millones de barriles que actualmente se contabilizan.

El presidente Enrique Peña Nieto anunció en días pasados el descubrimiento de un nuevo yacimiento localizado en la costa sur del estado de Veracruz, el Ixachi-1, cuyo potencial de más de mil 500 millones de barriles lo cataloga como un campo gigante que sumará más de 350 millones de barriles a la reserva de México.

La noticia de la localización del nuevo yacimiento es positiva para el país; más, si se tiene en cuenta que, ubicado en tierra, su explotación será de un costo relativamente menor por la infraestructura que ahí se encuentra. El Ixachi-1 fue localizado gracias a los programas de exploración del propio Pemex y pertenece a las zonas reservadas por la hoy empresa productiva del estado, antes paraestatal, de tal manera que su explotación no será objeto de licitaciones para el otorgamiento de contratos a inversiones extranjeras, que se han dado con la reforma energética, principalmente en aguas someras y profundas del Golfo de México.

Llamar descubrimiento a ese yacimiento, es un decir; no es obra del azar ni una lotería o un regalo de la naturaleza. Esos veneros que según López Velarde el diablo escrituró a México han representado lo mismo grandes expectativas que fracasos para nuestra economía. La significación de este campo gigante petrolero tiene que ver más bien con la posibilidad de rescatar una política de racionalización para el aprovechamiento de los recursos petroleros abandonada por más de dos décadas en las que se dejaron de lado las inversiones para la búsqueda de nuevos campos y se canceló todo proyecto para la refinación y la transformación industrial de la materia prima extraída del subsuelo. Es un llamado a hacerlo. México importa hoy más del 60% de los combustibles, gasolina y diésel, de su consumo interno. La producción de petróleo ha caído a menos de dos millones de barriles diarios y la exportación, que llegó a representar más de dos y medio millones de barriles diarios, se ha reducido a menos de millón y medio, exportados casi en su totalidad a Estados Unidos.

El descubrimiento o localización de un nuevo campo petrolero no debe ser considerado como un signo de abundancia, sino como un recordatorio de amargas experiencias del pasado en las que se tiró por la borda el valor de la riqueza que yace en las entrañas de la tierra y en las aguas del mar.

Debe ser, por el contrario, una llamada, una advertencia, a redoblar los esfuerzos, a emplear a fondo nuestra capacidad y nuestra imaginación para hacer de ese potencial un instrumento para el desarrollo de la economía y con ello una vida mejor para la comunidad.

 

Srio28@prodigy.net.mx

En pleno boom de la década de los 80, el presidente José López Portillo llamaba a administrar la abundancia de la riqueza petrolera que había logrado aumentar de 900 mil a más de tres millones de barriles diarios la producción de crudo del país. El precio del barril de exportación en aquellos tiempos rondaba los 34 dólares, antes de la caída en la cotización internacional que provocó la destitución del entonces director de Petróleos Mexicanos, Jorge Díaz Serrano.

A esa bonanza petrolera, que por encima de la corrupción y el abuso trajo al país halagadoras perspectivas como el cuarto exportador mundial de crudo, siguió una política que en el régimen de Carlos Salinas de Gortari dio prioridad a la explotación de los grandes yacimientos de tierra y mar y la cancelación de los proyectos de prospección y exploración de nuevos campos que terminó con el agotamiento de parte de esa riqueza. Las reservas petroleras de México cayeron de 72 mil millones de barriles de petróleo y gas asociado en los primeros años de la década de los 80 a escasos 12 mil millones de barriles que actualmente se contabilizan.

El presidente Enrique Peña Nieto anunció en días pasados el descubrimiento de un nuevo yacimiento localizado en la costa sur del estado de Veracruz, el Ixachi-1, cuyo potencial de más de mil 500 millones de barriles lo cataloga como un campo gigante que sumará más de 350 millones de barriles a la reserva de México.

La noticia de la localización del nuevo yacimiento es positiva para el país; más, si se tiene en cuenta que, ubicado en tierra, su explotación será de un costo relativamente menor por la infraestructura que ahí se encuentra. El Ixachi-1 fue localizado gracias a los programas de exploración del propio Pemex y pertenece a las zonas reservadas por la hoy empresa productiva del estado, antes paraestatal, de tal manera que su explotación no será objeto de licitaciones para el otorgamiento de contratos a inversiones extranjeras, que se han dado con la reforma energética, principalmente en aguas someras y profundas del Golfo de México.

Llamar descubrimiento a ese yacimiento, es un decir; no es obra del azar ni una lotería o un regalo de la naturaleza. Esos veneros que según López Velarde el diablo escrituró a México han representado lo mismo grandes expectativas que fracasos para nuestra economía. La significación de este campo gigante petrolero tiene que ver más bien con la posibilidad de rescatar una política de racionalización para el aprovechamiento de los recursos petroleros abandonada por más de dos décadas en las que se dejaron de lado las inversiones para la búsqueda de nuevos campos y se canceló todo proyecto para la refinación y la transformación industrial de la materia prima extraída del subsuelo. Es un llamado a hacerlo. México importa hoy más del 60% de los combustibles, gasolina y diésel, de su consumo interno. La producción de petróleo ha caído a menos de dos millones de barriles diarios y la exportación, que llegó a representar más de dos y medio millones de barriles diarios, se ha reducido a menos de millón y medio, exportados casi en su totalidad a Estados Unidos.

El descubrimiento o localización de un nuevo campo petrolero no debe ser considerado como un signo de abundancia, sino como un recordatorio de amargas experiencias del pasado en las que se tiró por la borda el valor de la riqueza que yace en las entrañas de la tierra y en las aguas del mar.

Debe ser, por el contrario, una llamada, una advertencia, a redoblar los esfuerzos, a emplear a fondo nuestra capacidad y nuestra imaginación para hacer de ese potencial un instrumento para el desarrollo de la economía y con ello una vida mejor para la comunidad.

 

Srio28@prodigy.net.mx

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