/ domingo 22 de noviembre de 2020

Jornada de los pobres

Por cuarto año consecutivo, el Papa Francisco nos invitó a realizar, el domingo pasado, la Jornada Mundial de los Pobres, con el objetivo de abrir más nuestro corazón hacia ellos, inspirados en Jesús, que pasó su vida haciendo el bien. ¿Qué tanto le hemos hecho caso?

La pandemia ha agudizado la pobreza y, por ello, más que dedicar una Jornada a los pobres, han sido días y días, jornadas y jornadas, de atención amorosa de la comunidad eclesial a tantas necesidades que se han agravado. La solidaridad hacia los pobres, y de ellos mismos hacia otros que sufren peores carencias, ha brillado esplendorosamente, aunque poco se refleja en los medios informativos. Estos resaltan más lo que hace el gobierno y el ejército, y poco comparten la fraternidad de los mismos pobres.

Sin embargo, algunos hablamos mucho de los pobres, pero no abrimos la cartera para hacerlos partícipes de nuestros propios bienes. Promovemos colectas en su favor, pero de nuestro bolsillo no sale ni un peso. Invitamos a otros a que sean generosos, pero nada sale de nuestras cuentas bancarias personales. Hacemos oración por los necesitados, pero no les tendemos la mano.

No faltan quienes atacan al Papa Francisco por su insistencia en que seamos una Iglesia pobre para y con los pobres, pues dicen que eso es comunismo, que es socialismo, que con ello se aleja del cristianismo. Dicen que lo que falta al mundo es espiritualidad, entendiendo por ésta sólo las oraciones y las prácticas sacramentales. Por su última encíclica Fratelli tutti, lo califican como más cercano al marxismo que al Evangelio. Nada de eso es verdad, pues Jesús en lo que más insiste, incluso más que en el amor a Dios, es en el amor a los demás, sobre todo a los necesitados. Esta es la clave de la autenticidad cristiana.

PENSAR

En su Mensaje para la IV Jornada Mundial de los Pobres, que tiene como título “Tiende tu mano al pobre” (cf. Si 7,32), el Papa nos invita a “poner nuestra mirada en lo esencial y a superar las barreras de la indiferencia”. Y nos advierte: “La constante referencia a Dios no impide mirar al hombre concreto; al contrario, las dos cosas están estrechamente relacionadas… La oración a Dios y la solidaridad con los pobres y los que sufren son inseparables. Para celebrar un culto que sea agradable al Señor, es necesario reconocer que toda persona, incluso la más indigente y despreciada, lleva impresa en sí la imagen de Dios… El tiempo que se dedica a la oración nunca puede convertirse en una coartada para descuidar al prójimo necesitado, sino todo lo contrario”. Y nos dice: “No se trata de una exhortación opcional, sino que condiciona la autenticidad de la fe que profesamos”.

No todo está mal. Dice: “¡Cuántas manos tendidas se ven cada día! Lamentablemente, ya no se sabe más reconocer todo el bien que cotidianamente se realiza en el silencio y con gran generosidad. Es verdad que está siempre presente la maldad y la violencia, el abuso y la corrupción, pero la vida está entretejida de actos de respeto y generosidad que no sólo compensan el mal, sino que nos empujan a ir más allá y a estar llenos de esperanza. ¡Cuántas manos tendidas hemos podido ver!”

Por contraste, el Papa lamenta “la actitud de quienes tienen las manos en los bolsillos y no se dejan conmover por la pobreza, de la que a menudo son también cómplices. La indiferencia y el cinismo son su alimento diario”.

ACTUAR

¿Qué podemos hacer no sólo para los pobres, sino sobre todo con ellos, para que no sólo reciban una ayuda, sino que tengan la oportunidad de salir adelante por sí mismos?




Obispo Emérito de SCLC


Por cuarto año consecutivo, el Papa Francisco nos invitó a realizar, el domingo pasado, la Jornada Mundial de los Pobres, con el objetivo de abrir más nuestro corazón hacia ellos, inspirados en Jesús, que pasó su vida haciendo el bien. ¿Qué tanto le hemos hecho caso?

La pandemia ha agudizado la pobreza y, por ello, más que dedicar una Jornada a los pobres, han sido días y días, jornadas y jornadas, de atención amorosa de la comunidad eclesial a tantas necesidades que se han agravado. La solidaridad hacia los pobres, y de ellos mismos hacia otros que sufren peores carencias, ha brillado esplendorosamente, aunque poco se refleja en los medios informativos. Estos resaltan más lo que hace el gobierno y el ejército, y poco comparten la fraternidad de los mismos pobres.

Sin embargo, algunos hablamos mucho de los pobres, pero no abrimos la cartera para hacerlos partícipes de nuestros propios bienes. Promovemos colectas en su favor, pero de nuestro bolsillo no sale ni un peso. Invitamos a otros a que sean generosos, pero nada sale de nuestras cuentas bancarias personales. Hacemos oración por los necesitados, pero no les tendemos la mano.

No faltan quienes atacan al Papa Francisco por su insistencia en que seamos una Iglesia pobre para y con los pobres, pues dicen que eso es comunismo, que es socialismo, que con ello se aleja del cristianismo. Dicen que lo que falta al mundo es espiritualidad, entendiendo por ésta sólo las oraciones y las prácticas sacramentales. Por su última encíclica Fratelli tutti, lo califican como más cercano al marxismo que al Evangelio. Nada de eso es verdad, pues Jesús en lo que más insiste, incluso más que en el amor a Dios, es en el amor a los demás, sobre todo a los necesitados. Esta es la clave de la autenticidad cristiana.

PENSAR

En su Mensaje para la IV Jornada Mundial de los Pobres, que tiene como título “Tiende tu mano al pobre” (cf. Si 7,32), el Papa nos invita a “poner nuestra mirada en lo esencial y a superar las barreras de la indiferencia”. Y nos advierte: “La constante referencia a Dios no impide mirar al hombre concreto; al contrario, las dos cosas están estrechamente relacionadas… La oración a Dios y la solidaridad con los pobres y los que sufren son inseparables. Para celebrar un culto que sea agradable al Señor, es necesario reconocer que toda persona, incluso la más indigente y despreciada, lleva impresa en sí la imagen de Dios… El tiempo que se dedica a la oración nunca puede convertirse en una coartada para descuidar al prójimo necesitado, sino todo lo contrario”. Y nos dice: “No se trata de una exhortación opcional, sino que condiciona la autenticidad de la fe que profesamos”.

No todo está mal. Dice: “¡Cuántas manos tendidas se ven cada día! Lamentablemente, ya no se sabe más reconocer todo el bien que cotidianamente se realiza en el silencio y con gran generosidad. Es verdad que está siempre presente la maldad y la violencia, el abuso y la corrupción, pero la vida está entretejida de actos de respeto y generosidad que no sólo compensan el mal, sino que nos empujan a ir más allá y a estar llenos de esperanza. ¡Cuántas manos tendidas hemos podido ver!”

Por contraste, el Papa lamenta “la actitud de quienes tienen las manos en los bolsillos y no se dejan conmover por la pobreza, de la que a menudo son también cómplices. La indiferencia y el cinismo son su alimento diario”.

ACTUAR

¿Qué podemos hacer no sólo para los pobres, sino sobre todo con ellos, para que no sólo reciban una ayuda, sino que tengan la oportunidad de salir adelante por sí mismos?




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