/ domingo 9 de diciembre de 2018

Kwame N’Krumah, la voz del África negra

El próximo año se conmemorará el primer centenario de un evento particularmente significativo: el Primer Congreso Panafricano que tuvo por sede la ciudad de París en 1919. ¿Por qué recordarlo? Porque si hablar de indigenismo en nuestros días no es frecuente, hacerlo en torno a la cuestión negra o del panafricanismo, lo es aún más. No es solo un capítulo lacerante y doloroso de nuestro pasado. Es, ante todo, uno de los más olvidados de la historia contemporánea de la humanidad y aún más de nuestra trágica realidad. Para comprenderlo, remitámonos al corazón de su razón de ser.

El panafricanismo fue un movimiento crucial para la historia africana. Sin él, y a pesar de las evidentes carencias que continúa padeciendo el continente olvidado, África no sería la que es. Sus orígenes se remontan a principios del siglo XIX, cuando entre los descendientes de esclavos asentados en las Antillas Británicas y los EUA, comenzó a surgir un anhelo de solidaridad fraterna para reunirse en una unidad cultural que les permitiera aspirar a un futuro de “poder y gloria”, pero no era fácil integrar en una única ideología sus aspiraciones. Las diferencias comenzaron pronto a manifestarse entre sus partidarios. El único elemento clave, integrador, en el que todos coincidían fue el del rechazo a toda idea de asimilación e integración al universo del dominador, como bien lo destacó el estudioso del saqueo africano, J. Ziegler, a partir de los postulados que en su momento expresaron personajes como Sylvester Williams, Marcus Garvey –aquél que habló del “sionismo negro”: todos regresarían al África y construirían un pueblo homogéneo en la tierra prometida-, Jean Price Mars –ideólogo del panafricanismo cultural-, y por supuesto Burghardt Du Bois, el iniciador de los congresos panafricanos, quien de la mano de Blaise Diagne -otro grande del panafricanismo-, luchará desde dicha trinchera por reivindicar los derechos de los negros.

Los siguientes Congresos Panafricanos tendrán lugar en Londres (1921), Lisboa (1923), Nueva York (1927) y otra vez la capital británica (1945), al celebrarse el V Congreso: el más trascendente de todos por haber contribuido a catapultar la independencia de África, en gran medida por la decidida e histórica participación de dos personajes esenciales del movimiento emancipador negro. El primero, George Padmore, quien aconsejaba contar con un “gobierno de los africanos por los africanos, para los africanos, con el respeto a las minorías raciales y religiosas” que desearan convivir en África junto con la mayoría negra. El segundo, Kwame N’Krumah: el padre de la primera nación africana independiente -al dejar de ser la colonia de Costa de Oro- a la que él mismo dio nombre: Ghana. El año: 1957. Año en el que habrían de reunirse en Accra delegados de Estados Independientes para proclamar como prioritaria una meta común: “África era para los africanos”.

El panafricanismo no era por tanto solo una ideología o una aspiración a ser nación cultural. Era la conceptualización cabal de un problema real, cuya esencia no era otra que la negritud. Concepto, a su vez, sobre el que diversos pensadores aportaron su respectivo sentir, como el propio Diagne, Lépold Sedar Senghor y Aimé Césaire. Negritud que en Europa, por primera vez en su historia, detonaría un incipiente movimiento de revalorización cultural sobre el África Negra, particularmente materializado en la popularización de géneros como el jazz y el negro spiritual, e integrado y difundido en nuevos cánones estéticos adoptados por artistas como Frobenius y el propio Picasso. Sí…. el mundo comenzaba, lentamente, a cambiar y ver cómo los paradigmas culturales se transformaban.

Al respecto, el gran intelectual africanista Franz Fanon diría: “Es en el corazón de la conciencia nacional donde se eleva y se añora la conciencia interna. Y ese doble nacimiento no es, en definitiva, sino el núcleo de toda cultura”. Todo pueblo colonizado debe luchar concientizado de sí, porque solo despertando su conciencia nacional es que puede aspirar a lograr un despertar cultural verdadero. Si África se limitara a imitar a EUA o Europa, su lucha, su desangramiento, sus muertes, su exterminio, su descolonización, en suma, no habrían servido para nada. Desarrollar un pensamiento nuevo, tratar de crear a un hombre nuevo, debería ser el ideal al que todo cambio debiera arribar.

Y a ello apostó N’Krumah, quien buscó fomentar en África la explotación racional de sus recursos naturales, consolidar la paz, lograr una base panafricana como zona óptima de desarrollo bajo un gobierno unido. El día que África fuera económicamente libre y políticamente cohesionada, “la liquidación y el colapso del imperialismo serán completos”. Pero África no estaba preparada.

A partir de 1961 la crisis no pudo frenarse, al analfabetismo y la pobreza se sumaron huelgas, actos terroristas, escisión del movimiento, todo ocurrió en cadena y, al final N’Krumah, aquél que había luchado férreamente contra el neocolonialismo y racismo, en favor de la juventud y la liberación panafricanas, fue traicionado.

Él, el Martí africano que proclamaba: “África debe unirse o perecer”. Ojalá hoy se escucharan sus palabras y no solo África, México también las atendiera, porque siguen vivas, tanto como ayer, tal y como lo predijo Amílcar Cabral ante su féretro al señalar: en África “creemos firmemente que los muertos siguen viviendo a nuestro lado, somos una sociedad de muertos y vivos. N’Krumah resucitará cada amanecer en los corazones y en las determinaciones de los luchadores por la libertad”.


bettyzanolli@gmail.com

@BettyZanolli



El próximo año se conmemorará el primer centenario de un evento particularmente significativo: el Primer Congreso Panafricano que tuvo por sede la ciudad de París en 1919. ¿Por qué recordarlo? Porque si hablar de indigenismo en nuestros días no es frecuente, hacerlo en torno a la cuestión negra o del panafricanismo, lo es aún más. No es solo un capítulo lacerante y doloroso de nuestro pasado. Es, ante todo, uno de los más olvidados de la historia contemporánea de la humanidad y aún más de nuestra trágica realidad. Para comprenderlo, remitámonos al corazón de su razón de ser.

El panafricanismo fue un movimiento crucial para la historia africana. Sin él, y a pesar de las evidentes carencias que continúa padeciendo el continente olvidado, África no sería la que es. Sus orígenes se remontan a principios del siglo XIX, cuando entre los descendientes de esclavos asentados en las Antillas Británicas y los EUA, comenzó a surgir un anhelo de solidaridad fraterna para reunirse en una unidad cultural que les permitiera aspirar a un futuro de “poder y gloria”, pero no era fácil integrar en una única ideología sus aspiraciones. Las diferencias comenzaron pronto a manifestarse entre sus partidarios. El único elemento clave, integrador, en el que todos coincidían fue el del rechazo a toda idea de asimilación e integración al universo del dominador, como bien lo destacó el estudioso del saqueo africano, J. Ziegler, a partir de los postulados que en su momento expresaron personajes como Sylvester Williams, Marcus Garvey –aquél que habló del “sionismo negro”: todos regresarían al África y construirían un pueblo homogéneo en la tierra prometida-, Jean Price Mars –ideólogo del panafricanismo cultural-, y por supuesto Burghardt Du Bois, el iniciador de los congresos panafricanos, quien de la mano de Blaise Diagne -otro grande del panafricanismo-, luchará desde dicha trinchera por reivindicar los derechos de los negros.

Los siguientes Congresos Panafricanos tendrán lugar en Londres (1921), Lisboa (1923), Nueva York (1927) y otra vez la capital británica (1945), al celebrarse el V Congreso: el más trascendente de todos por haber contribuido a catapultar la independencia de África, en gran medida por la decidida e histórica participación de dos personajes esenciales del movimiento emancipador negro. El primero, George Padmore, quien aconsejaba contar con un “gobierno de los africanos por los africanos, para los africanos, con el respeto a las minorías raciales y religiosas” que desearan convivir en África junto con la mayoría negra. El segundo, Kwame N’Krumah: el padre de la primera nación africana independiente -al dejar de ser la colonia de Costa de Oro- a la que él mismo dio nombre: Ghana. El año: 1957. Año en el que habrían de reunirse en Accra delegados de Estados Independientes para proclamar como prioritaria una meta común: “África era para los africanos”.

El panafricanismo no era por tanto solo una ideología o una aspiración a ser nación cultural. Era la conceptualización cabal de un problema real, cuya esencia no era otra que la negritud. Concepto, a su vez, sobre el que diversos pensadores aportaron su respectivo sentir, como el propio Diagne, Lépold Sedar Senghor y Aimé Césaire. Negritud que en Europa, por primera vez en su historia, detonaría un incipiente movimiento de revalorización cultural sobre el África Negra, particularmente materializado en la popularización de géneros como el jazz y el negro spiritual, e integrado y difundido en nuevos cánones estéticos adoptados por artistas como Frobenius y el propio Picasso. Sí…. el mundo comenzaba, lentamente, a cambiar y ver cómo los paradigmas culturales se transformaban.

Al respecto, el gran intelectual africanista Franz Fanon diría: “Es en el corazón de la conciencia nacional donde se eleva y se añora la conciencia interna. Y ese doble nacimiento no es, en definitiva, sino el núcleo de toda cultura”. Todo pueblo colonizado debe luchar concientizado de sí, porque solo despertando su conciencia nacional es que puede aspirar a lograr un despertar cultural verdadero. Si África se limitara a imitar a EUA o Europa, su lucha, su desangramiento, sus muertes, su exterminio, su descolonización, en suma, no habrían servido para nada. Desarrollar un pensamiento nuevo, tratar de crear a un hombre nuevo, debería ser el ideal al que todo cambio debiera arribar.

Y a ello apostó N’Krumah, quien buscó fomentar en África la explotación racional de sus recursos naturales, consolidar la paz, lograr una base panafricana como zona óptima de desarrollo bajo un gobierno unido. El día que África fuera económicamente libre y políticamente cohesionada, “la liquidación y el colapso del imperialismo serán completos”. Pero África no estaba preparada.

A partir de 1961 la crisis no pudo frenarse, al analfabetismo y la pobreza se sumaron huelgas, actos terroristas, escisión del movimiento, todo ocurrió en cadena y, al final N’Krumah, aquél que había luchado férreamente contra el neocolonialismo y racismo, en favor de la juventud y la liberación panafricanas, fue traicionado.

Él, el Martí africano que proclamaba: “África debe unirse o perecer”. Ojalá hoy se escucharan sus palabras y no solo África, México también las atendiera, porque siguen vivas, tanto como ayer, tal y como lo predijo Amílcar Cabral ante su féretro al señalar: en África “creemos firmemente que los muertos siguen viviendo a nuestro lado, somos una sociedad de muertos y vivos. N’Krumah resucitará cada amanecer en los corazones y en las determinaciones de los luchadores por la libertad”.


bettyzanolli@gmail.com

@BettyZanolli



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