/ jueves 8 de noviembre de 2018

La consulta popular y Santa Lucía

El voto de 747 mil ciudadanos dio a Andrés Manuel López Obrador, presidente electo de la República, el mandato para que ya en funciones inicie los estudios y trabajos de construcción del Aeropuerto Internacional de Santa Lucía. El asunto nos lleva a una seria reflexión sobre la democracia y sus alcances. El eminente Giovanni Sartori en su famoso libro La Democracia en Tres Lecciones se refiere a la objeción de siempre contra la democracia, o sea, que “el pueblo no sabe”, remontándose a los “reyes sabios” de Platón -que obviamente sí sabían- lo cual ha sido objetado con el argumento de que es suficiente con que el pueblo tenga opiniones, juicio o valoración respeto de algo o de alguien. Por lo tanto, saber versus opinión. “La democracia -escribe Sartori- es gobierno de opinión, una acción de gobierno fundada en la opinión”. Por mi parte yo no sería tan radical porque todo saber implica una opinión y toda opinión se basa en un saber.

Ahora bien, vistas así las cosas el pueblo de México ha opinado, aparte del número de opinantes, mediante una consulta popular a favor de que el aeropuerto internacional se construya en Santa Lucía. Lo que pasa es que muchos de esos opinantes no saben de la materia habida cuenta de que ésta es algo eminentemente técnico y tecnológico, que para entender -ergo opinar- requiere conocimientos especializados en aeronáutica. Sartori señala de manera acertada que “la democracia electoral no decide las cuestiones, sino que decide quién decidirá las cuestiones”. Lo que me hace recordar al politólogo estadounidense Robert Dahl, que fuera profesor en la Universidad de Yale, en su notable libro ¿Y Después de la Revolución? y quien compara al elector con un viajero que “elije” una determinada compañía de aviación, pero que no le pregunta al piloto y en pleno vuelo cómo van las cosas. Es que confía en él para que decida lo concerniente al viaje. Sin embargo la atinada observación de Sartori tiene que ver con “la democracia electoral”, que no fue el caso de la reciente consulta popular. En consecuencia hay en lo que señalo un vacío conceptual, a saber, que el opinante en un elevado índice “no sabía de lo que opinaba”, ni tampoco estaba capacitado para “decidir quién decidiría las cuestiones”. En tal virtud fue aquélla una consulta en que no se cumplió a cabalidad con los principios democráticos. No obstante la democracia evoluciona incluidas todas sus modalidades. ¿Hasta dónde llega el “saber” en la especie?

Hay un tema un tanto cuanto abandonado y que es el de la intuición -por supuesto que política- en la democracia. Sin duda la intuición o percepción políticas pueden llevar al conocimiento, aunque el riesgo sea caer en un pozo sin fondo. Pero en la democracia se evoluciona y se aprende viviéndola en medio de la dinámica constante de la sociedad. La democracia es dialéctica y sorpresiva. ¿Qué hacer? Yo sostengo que aquí el Derecho juega un papel fundamental. Se debe regular constitucionalmente la consulta, sus alcances y su obligatoriedad. ¿Es vinculante o no lo es? La experiencia de Santa Lucía, a mi juicio, fue un termómetro metido en el cuerpo de la opinión púbica para detectar la trascendencia de las “cuestiones” y “quiénes” y “cómo” las deciden. Acoto, por ejemplo, que una opinión supuestamente infundada puede tener la cualidad de una percepción válida, la que es importante para emitir un juicio técnicamente fundado. En suma, hay que buscar lo justo, lo que corresponda al verdadero sentir y razonar de la opinión pública. Además la política, lo mismo en su condición de ciencia o de realidad concreta, necesita una comprobación y verificación constantes. Y de allí ha de pasar a la que se llama normatividad jurídica.

@RaulCarranca

www.facebook.com/despacho.raulcarranca

El voto de 747 mil ciudadanos dio a Andrés Manuel López Obrador, presidente electo de la República, el mandato para que ya en funciones inicie los estudios y trabajos de construcción del Aeropuerto Internacional de Santa Lucía. El asunto nos lleva a una seria reflexión sobre la democracia y sus alcances. El eminente Giovanni Sartori en su famoso libro La Democracia en Tres Lecciones se refiere a la objeción de siempre contra la democracia, o sea, que “el pueblo no sabe”, remontándose a los “reyes sabios” de Platón -que obviamente sí sabían- lo cual ha sido objetado con el argumento de que es suficiente con que el pueblo tenga opiniones, juicio o valoración respeto de algo o de alguien. Por lo tanto, saber versus opinión. “La democracia -escribe Sartori- es gobierno de opinión, una acción de gobierno fundada en la opinión”. Por mi parte yo no sería tan radical porque todo saber implica una opinión y toda opinión se basa en un saber.

Ahora bien, vistas así las cosas el pueblo de México ha opinado, aparte del número de opinantes, mediante una consulta popular a favor de que el aeropuerto internacional se construya en Santa Lucía. Lo que pasa es que muchos de esos opinantes no saben de la materia habida cuenta de que ésta es algo eminentemente técnico y tecnológico, que para entender -ergo opinar- requiere conocimientos especializados en aeronáutica. Sartori señala de manera acertada que “la democracia electoral no decide las cuestiones, sino que decide quién decidirá las cuestiones”. Lo que me hace recordar al politólogo estadounidense Robert Dahl, que fuera profesor en la Universidad de Yale, en su notable libro ¿Y Después de la Revolución? y quien compara al elector con un viajero que “elije” una determinada compañía de aviación, pero que no le pregunta al piloto y en pleno vuelo cómo van las cosas. Es que confía en él para que decida lo concerniente al viaje. Sin embargo la atinada observación de Sartori tiene que ver con “la democracia electoral”, que no fue el caso de la reciente consulta popular. En consecuencia hay en lo que señalo un vacío conceptual, a saber, que el opinante en un elevado índice “no sabía de lo que opinaba”, ni tampoco estaba capacitado para “decidir quién decidiría las cuestiones”. En tal virtud fue aquélla una consulta en que no se cumplió a cabalidad con los principios democráticos. No obstante la democracia evoluciona incluidas todas sus modalidades. ¿Hasta dónde llega el “saber” en la especie?

Hay un tema un tanto cuanto abandonado y que es el de la intuición -por supuesto que política- en la democracia. Sin duda la intuición o percepción políticas pueden llevar al conocimiento, aunque el riesgo sea caer en un pozo sin fondo. Pero en la democracia se evoluciona y se aprende viviéndola en medio de la dinámica constante de la sociedad. La democracia es dialéctica y sorpresiva. ¿Qué hacer? Yo sostengo que aquí el Derecho juega un papel fundamental. Se debe regular constitucionalmente la consulta, sus alcances y su obligatoriedad. ¿Es vinculante o no lo es? La experiencia de Santa Lucía, a mi juicio, fue un termómetro metido en el cuerpo de la opinión púbica para detectar la trascendencia de las “cuestiones” y “quiénes” y “cómo” las deciden. Acoto, por ejemplo, que una opinión supuestamente infundada puede tener la cualidad de una percepción válida, la que es importante para emitir un juicio técnicamente fundado. En suma, hay que buscar lo justo, lo que corresponda al verdadero sentir y razonar de la opinión pública. Además la política, lo mismo en su condición de ciencia o de realidad concreta, necesita una comprobación y verificación constantes. Y de allí ha de pasar a la que se llama normatividad jurídica.

@RaulCarranca

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