/ martes 14 de mayo de 2024

La crisis autoinfligida

Gobernar exitosamente requiere un profundo conocimiento técnico de las diferentes áreas de desempeño al mismo tiempo que una exquisita sensibilidad para percibir el talante de los gobernados. La planeación es la herramienta que permite incorporar ambas cualidades dando como resultado que el presupuesto se ejerza de manera ordenada para atender las principales necesidades de los ciudadanos.

México comenzó a planear a mediados de 1990. Antes de eso, las decisiones de gobierno se tomaban por acuerdos cupulares, cuando bien nos iba, o por corazonadas del gobernante en turno, en el peor de los casos, con la subsecuente sangría presupuestaria.

A partir del 2018 nuestro país ha sufrido un brutal retroceso en su capacidad de planeación. El carácter panfletario del actual Plan Nacional de Desarrollo impidió la planeación en las diferentes áreas del gobierno siendo las más afectadas la atención a la salud y el sector energético.

La arbitraria decisión de suspender el programa de compras de medicamentos e insumos para el sector público así como la errática política de adquisiciones ocasionaron un profundo desabasto, incrementaron de manera desproporcionada los costos y dispararon la discrecionalidad en las compras fraccionadas, un síntoma inequívoco de corrupción. La reciente decisión de concentrar todo el abasto de medicamentos en un solo punto geográfico ha sido todavía más desastrosa.

La desordenada desaparición del Seguro Popular tuvo como consecuencia que más de 33 millones de personas mexicanas se quedaran sin servicio de atención a la salud. Esas familias se atienden ahora en consultorios de farmacias con un gasto anual promedio de mil 500 pesos, 30% más que en 2018, siendo el rubro de gasto familiar que más ha crecido en lo que va del sexenio. Y ya ni hablamos del millón de muertes en exceso durante la pandemia, uno de los saldos letales más altos del mundo gracias a la pésima gestión del subsecretario López Gatell.

En el sector energético, el crecimiento de la población así como una tendencia natural a la industrialización demandan cada vez más energía eléctrica. A principios de 2019 y sin ninguna alternativa viable, se canceló la construcción de la línea de transmisión del Istmo a Yautepec. Lo mismo hicieron con el proyecto de interconexión para Baja California Sur. Los apagones de los últimos días tienen su origen en estas malas decisiones y le cuestan al país 200 millones de dólares por cada hora que la CFE baja las cuchillas.

También suspendieron los permisos para numerosas unidades de generación de energía eléctrica a partir de fuentes renovables, sobre todo solar, pues sus costos de producción eran inferiores a los de la CFE y lo calificaron como competencia desleal. La energía eléctrica generada actualmente por la CFE es a partir de carbón o combustóleo y sus emisiones están saturadas de compuestos tóxicos. Este es el verdadero origen de las contingencias ambientales de la semana pasada en la zona metropolitana de la Ciudad de México.

Cómo olvidar la ridícula crisis por gasolina de principios del 2019 la cual fue calificada por los analistas como una cortina de humo para ocultar los errores en la compra y distribución de este combustible por parte de Rocío Nahle, así como la generada por ella misma en el abasto de gas LP en la Ciudad de México que solo sirvió para la creación de la efímera empresa estatal Gas del Bienestar.

Nos enfrentamos a condiciones inéditas, el cambio climático, la crisis migratoria, el rearreglo de las cadenas de distribución globales, el envejecimiento de nuestra población, la vulnerabilidad contra enfermedades virales, la violencia y el narcotráfico. Esas sí son verdaderas crisis, no las autoinfligidas que hemos sufrido últimamente y que nos han impedido invertir de manera estratégica, oportuna, con mano firme y atendiendo siempre las recomendaciones de los expertos.

El próximo 19 de mayo se llevará a cabo una expresión masiva más en rechazo a la destrucción de nuestro país. Tomemos la calle y comencemos desde ese día la marcha a las urnas para el próximo 2 de junio, porque nuestra república será imperfecta, pero es infinitamente mejor que el gobierno de un solo hombre.

Gobernar exitosamente requiere un profundo conocimiento técnico de las diferentes áreas de desempeño al mismo tiempo que una exquisita sensibilidad para percibir el talante de los gobernados. La planeación es la herramienta que permite incorporar ambas cualidades dando como resultado que el presupuesto se ejerza de manera ordenada para atender las principales necesidades de los ciudadanos.

México comenzó a planear a mediados de 1990. Antes de eso, las decisiones de gobierno se tomaban por acuerdos cupulares, cuando bien nos iba, o por corazonadas del gobernante en turno, en el peor de los casos, con la subsecuente sangría presupuestaria.

A partir del 2018 nuestro país ha sufrido un brutal retroceso en su capacidad de planeación. El carácter panfletario del actual Plan Nacional de Desarrollo impidió la planeación en las diferentes áreas del gobierno siendo las más afectadas la atención a la salud y el sector energético.

La arbitraria decisión de suspender el programa de compras de medicamentos e insumos para el sector público así como la errática política de adquisiciones ocasionaron un profundo desabasto, incrementaron de manera desproporcionada los costos y dispararon la discrecionalidad en las compras fraccionadas, un síntoma inequívoco de corrupción. La reciente decisión de concentrar todo el abasto de medicamentos en un solo punto geográfico ha sido todavía más desastrosa.

La desordenada desaparición del Seguro Popular tuvo como consecuencia que más de 33 millones de personas mexicanas se quedaran sin servicio de atención a la salud. Esas familias se atienden ahora en consultorios de farmacias con un gasto anual promedio de mil 500 pesos, 30% más que en 2018, siendo el rubro de gasto familiar que más ha crecido en lo que va del sexenio. Y ya ni hablamos del millón de muertes en exceso durante la pandemia, uno de los saldos letales más altos del mundo gracias a la pésima gestión del subsecretario López Gatell.

En el sector energético, el crecimiento de la población así como una tendencia natural a la industrialización demandan cada vez más energía eléctrica. A principios de 2019 y sin ninguna alternativa viable, se canceló la construcción de la línea de transmisión del Istmo a Yautepec. Lo mismo hicieron con el proyecto de interconexión para Baja California Sur. Los apagones de los últimos días tienen su origen en estas malas decisiones y le cuestan al país 200 millones de dólares por cada hora que la CFE baja las cuchillas.

También suspendieron los permisos para numerosas unidades de generación de energía eléctrica a partir de fuentes renovables, sobre todo solar, pues sus costos de producción eran inferiores a los de la CFE y lo calificaron como competencia desleal. La energía eléctrica generada actualmente por la CFE es a partir de carbón o combustóleo y sus emisiones están saturadas de compuestos tóxicos. Este es el verdadero origen de las contingencias ambientales de la semana pasada en la zona metropolitana de la Ciudad de México.

Cómo olvidar la ridícula crisis por gasolina de principios del 2019 la cual fue calificada por los analistas como una cortina de humo para ocultar los errores en la compra y distribución de este combustible por parte de Rocío Nahle, así como la generada por ella misma en el abasto de gas LP en la Ciudad de México que solo sirvió para la creación de la efímera empresa estatal Gas del Bienestar.

Nos enfrentamos a condiciones inéditas, el cambio climático, la crisis migratoria, el rearreglo de las cadenas de distribución globales, el envejecimiento de nuestra población, la vulnerabilidad contra enfermedades virales, la violencia y el narcotráfico. Esas sí son verdaderas crisis, no las autoinfligidas que hemos sufrido últimamente y que nos han impedido invertir de manera estratégica, oportuna, con mano firme y atendiendo siempre las recomendaciones de los expertos.

El próximo 19 de mayo se llevará a cabo una expresión masiva más en rechazo a la destrucción de nuestro país. Tomemos la calle y comencemos desde ese día la marcha a las urnas para el próximo 2 de junio, porque nuestra república será imperfecta, pero es infinitamente mejor que el gobierno de un solo hombre.