/ domingo 13 de septiembre de 2020

¿La democracia está muriendo?

La desafección por la política entre la sociedad mexicana ha tenido lugar desde hace algunas décadas provocada en gran medida por gobiernos cuya percepción de corrupción, impunidad e ineficacia ha sido también creciente. Sin embargo, a raíz de 2018 los guardarraíles de la democracia (Levitsky y Ziblatt, 2018) han acelerado su debilitamiento y con ello, se hace latente el descarrilamiento del régimen que tanto esfuerzo y tiempo ha costado construir en nuestro país (desde 1977) y que ha hecho posible alcanzar grandes conquistas ciudadanas.

Elecciones periódicas y competidas, una clara y real división de poderes, constante alternancia en los puestos de elección popular, pluralidad en los órganos legislativos y una creciente y permanente expansión de las libertades eran algunas de ellas.

Utilizó el pretérito amable lector porque en los recientes 20 meses se han empezado a empañar por quien tuvo la capacidad de dar voz, representación y cauce a esa desafección social, la cual durante el tiempo de su gobierno no ha pretendido resolver sino alimentar y utilizar en su beneficio.

No es un asunto menor señalar que la división de poderes se está debilitando y es objeto de una constante presión, amenaza e intromisión presidencialista, que ha mostrado la capacidad invariable de encontrar culpables reconocibles de la corrupción en México (sus adversarios) y de simplificar la complejidad de los problemas que laceran a la sociedad, vendiéndole ideas de que para mejorar la democracia el propio Poder Ejecutivo vigilará los comicios. Incluso, se pretende poner a consulta la procuración de justicia.

Se trata, en su conjunto, de medidas que están erosionando a la democracia de una forma acelerada, pero también imperceptible para amplios sectores sociales, que se encuentran confundidos por los numerosos temas que están en la palestra pública y que se han lanzado de forma intencional.

Si algo ha quedado claro en México es que nuestro sistema electoral funciona y lo hace bien. Entonces, ¿por qué atacarlo, desacreditarlo y debilitarlo? En otrora democracias de América Latina se ha dado el caso de líderes electos que dinamitan el proceso mismo que los condujo al poder.

El rechazo de las reglas democráticas (amenazas de impugnar resultados electorales), negación de la legitimidad de los adversarios políticos (que son tratados como enemigos), fomento de linchamientos públicos, predisposición a restringir libertades de la oposición y de los medios de comunicación (calificándolos de pasquín y de conservadores) y debilitamiento de las defensas institucionales de la democracia (por austeridad, porque “son corruptos” o “se callaron como momias”) son los indicadores de un comportamiento que va en contra de la democracia (Levitsky y Ziblatt, 2018).

Ante ello se advierte que la descomposición no es inevitable ni irreversible, sino que es posible la resiliencia democrática en México (José Woldenberg, 2019), teniendo como punta de lanza la defensa y respeto de la Constitución y el activismo de los partidos políticos de oposición, pero sobre todo la participación decidida de la ciudadanía convencida de que origen no es destino, y no porque en el pasado se hayan cometido errores y excesos nuestros hijos están obligados a sufrirlos y heredarlos a los suyos.


@jlcamachov


La desafección por la política entre la sociedad mexicana ha tenido lugar desde hace algunas décadas provocada en gran medida por gobiernos cuya percepción de corrupción, impunidad e ineficacia ha sido también creciente. Sin embargo, a raíz de 2018 los guardarraíles de la democracia (Levitsky y Ziblatt, 2018) han acelerado su debilitamiento y con ello, se hace latente el descarrilamiento del régimen que tanto esfuerzo y tiempo ha costado construir en nuestro país (desde 1977) y que ha hecho posible alcanzar grandes conquistas ciudadanas.

Elecciones periódicas y competidas, una clara y real división de poderes, constante alternancia en los puestos de elección popular, pluralidad en los órganos legislativos y una creciente y permanente expansión de las libertades eran algunas de ellas.

Utilizó el pretérito amable lector porque en los recientes 20 meses se han empezado a empañar por quien tuvo la capacidad de dar voz, representación y cauce a esa desafección social, la cual durante el tiempo de su gobierno no ha pretendido resolver sino alimentar y utilizar en su beneficio.

No es un asunto menor señalar que la división de poderes se está debilitando y es objeto de una constante presión, amenaza e intromisión presidencialista, que ha mostrado la capacidad invariable de encontrar culpables reconocibles de la corrupción en México (sus adversarios) y de simplificar la complejidad de los problemas que laceran a la sociedad, vendiéndole ideas de que para mejorar la democracia el propio Poder Ejecutivo vigilará los comicios. Incluso, se pretende poner a consulta la procuración de justicia.

Se trata, en su conjunto, de medidas que están erosionando a la democracia de una forma acelerada, pero también imperceptible para amplios sectores sociales, que se encuentran confundidos por los numerosos temas que están en la palestra pública y que se han lanzado de forma intencional.

Si algo ha quedado claro en México es que nuestro sistema electoral funciona y lo hace bien. Entonces, ¿por qué atacarlo, desacreditarlo y debilitarlo? En otrora democracias de América Latina se ha dado el caso de líderes electos que dinamitan el proceso mismo que los condujo al poder.

El rechazo de las reglas democráticas (amenazas de impugnar resultados electorales), negación de la legitimidad de los adversarios políticos (que son tratados como enemigos), fomento de linchamientos públicos, predisposición a restringir libertades de la oposición y de los medios de comunicación (calificándolos de pasquín y de conservadores) y debilitamiento de las defensas institucionales de la democracia (por austeridad, porque “son corruptos” o “se callaron como momias”) son los indicadores de un comportamiento que va en contra de la democracia (Levitsky y Ziblatt, 2018).

Ante ello se advierte que la descomposición no es inevitable ni irreversible, sino que es posible la resiliencia democrática en México (José Woldenberg, 2019), teniendo como punta de lanza la defensa y respeto de la Constitución y el activismo de los partidos políticos de oposición, pero sobre todo la participación decidida de la ciudadanía convencida de que origen no es destino, y no porque en el pasado se hayan cometido errores y excesos nuestros hijos están obligados a sufrirlos y heredarlos a los suyos.


@jlcamachov