/ domingo 21 de junio de 2020

La deshumanización de los rituales

Los rituales nos refieren al mundo y “exoneran al yo de la carga de sí mismo”, ha declarado el filósofo surcoreano Byung-Chul Han en su último ensayo: “La desaparición de los rituales”. Y esto, para quien ha profundizado desde la antropología la importancia de ellos en la vida de las comunidades humanas, resulta demoledor, porque de serlo, implicaría que, efectivamente, nos encontramos en un momento coyuntural: en gran medida precipitado a consecuencia de la pandemia coronavírica.

No olvidemos que si algo permite a la solidaridad social manifestarse, son los rituales y sus símbolos. Por eso mismo el filósofo surcoreano considera que es gracias a la percepción simbólica que la durabilidad de las relaciones humanas se fortalece: si se pierden los ritos, gran parte de nuestro mundo, de nuestra identidad, de nuestro ser, también se irá con ellos, en la medida que todo símbolo es una clave, una contraseña que no todos los miembros de una sociedad logran decodificar. De ahí que quien lo haga, se convierte en integrante de un grupo social que comparte un código, solo que no es nuevo: es una verdad milenaria.

Recordemos un caso, Sófocles en el siglo V a.C., en su tragedia “Antígona”, recrea a través de la protagonista la importancia vital de ser fiel a un rito. Antígona, princesa de Tebas e hija del rey Edipo y su madre-esposa Yocasta, no pudo permitir que su hermano Polinices quedara insepulto y con ello fuera quebrantada la ley divina. Descubierta por su tío el rey Creonte, es condenada a ser encerrada en vida dentro de una cueva, al lado del cadáver de su hermano, pero ella se anticipa y procede a ahorcarse, precipitando otras muertes, la de su amado Hemón y la de su respectiva madre Eurídice. Sí, tal es la fuerza del rito contenido en la tragedia antigónica, obra sofocliana que cobra vida hoy a través de todos los rituales mortuorios suspendidos, de los velorios abortados, de los sepelios realizados en la quasi clandestinidad por temor al Covid-19. Sin embargo, su mensaje no concluye aquí: va mucho más allá.

El espíritu de Antígona cobra fuerza porque a 2,500 años de haber sido llevado a la palestra dramática, sigue erigiéndose como una fuente inmortal de inspiración al ser ella un personaje ejemplar y paradigmático, máxime siendo femenina su naturaleza. Él es el que la impulsa a luchar por sus creencias, por su ideal de Justicia, aún desobedeciendo la ley impuesta por el monarca. Y aún y cuando optó por el suicidio, lejos de ser ello claudicación o escape de su destino, dicho acto representó para ella un triunfo porque moriría libre y no sometida a la voluntad de un rey.

Uno de los más grandes estudiosos de Antígona, George Steiner, ha dicho de manera poética: “retornar al mundo griego y a sus mitos significa dar a nuestros recursos de expresión algo del lustre y el filo cortante de los comienzos… Para nosotros tienen la autoridad de la aurora… parecen anunciar, simbolizar nuestra actual condición y hablar directamente de ella”. No cabe duda que así es. Imaginemos más allá de esta pandemia, a todos aquellos que no han podido dar sepultura a sus seres queridos, víctimas de la criminalidad, cuyo fin desconocen y por quienes la esperanza del reencuentro nunca morirá. De ellos Antígona es faro de esperanza porque, a costa de su vida, ella logró enfrentar a la ley humana, desafiando a la muerte y al poder encarnado en Creonte.

Claro que para muchos Antígona es un símbolo de la desobediencia. Yo no estoy segura de ello porque si no hubiera luchado por los restos de su hermano, entonces sí hubiera sido una desobediente, al haber desacatado la voluntad de los dioses. Ella tenía clara la jerarquía del mando. Lejos de ser una disidente, era una mujer que luchó por un principio mayor, con valor y coraje, con entereza y decisión. Y de esto hay mucho por aprender. Más allá de la voluntad de cualquier hombre, por poderoso que éste sea, existe un universo de principios fundamentales que son los que realmente nos rigen o deberían regirnos. Allí encontramos a la solidaridad, al respeto, a la verdad, a la Justicia.

Por eso aunque Chul no aluda propiamente a la obra trágica griega, es una voz que inconscientemente nos la hace evocar: cuando Antígona defiende los restos mortales de Polinices, está defendiendo al rito y, al hacerlo, no solo refrenda su solidaridad sino que eleva su humanidad. Pero además, es aquí donde encuentro un vínculo entre el mito griego y la disertación del filósofo, para quien los rituales -particularmente los de la interrelación humana- han desaparecido y, lo más grave, que a la par de su desaparición la individualización se acrecienta y, con ello, la deshumanización. Zygmunt Bauman ya lo había anticipado: sabía de nuestra fragilidad social y mucho lo advirtió. Sabía que la globalización lejos de unirnos nos dividía y que los gobernantes aprovechan el miedo y las crisis para incrementar su poder fomentando el rechazo y odio social.

Sí, los antiguos rituales desaparecerán. Lo trágico es que la nueva deshumanización los supla con los propios.


bettyzanolli@gmail.com

@BettyZanolli


Los rituales nos refieren al mundo y “exoneran al yo de la carga de sí mismo”, ha declarado el filósofo surcoreano Byung-Chul Han en su último ensayo: “La desaparición de los rituales”. Y esto, para quien ha profundizado desde la antropología la importancia de ellos en la vida de las comunidades humanas, resulta demoledor, porque de serlo, implicaría que, efectivamente, nos encontramos en un momento coyuntural: en gran medida precipitado a consecuencia de la pandemia coronavírica.

No olvidemos que si algo permite a la solidaridad social manifestarse, son los rituales y sus símbolos. Por eso mismo el filósofo surcoreano considera que es gracias a la percepción simbólica que la durabilidad de las relaciones humanas se fortalece: si se pierden los ritos, gran parte de nuestro mundo, de nuestra identidad, de nuestro ser, también se irá con ellos, en la medida que todo símbolo es una clave, una contraseña que no todos los miembros de una sociedad logran decodificar. De ahí que quien lo haga, se convierte en integrante de un grupo social que comparte un código, solo que no es nuevo: es una verdad milenaria.

Recordemos un caso, Sófocles en el siglo V a.C., en su tragedia “Antígona”, recrea a través de la protagonista la importancia vital de ser fiel a un rito. Antígona, princesa de Tebas e hija del rey Edipo y su madre-esposa Yocasta, no pudo permitir que su hermano Polinices quedara insepulto y con ello fuera quebrantada la ley divina. Descubierta por su tío el rey Creonte, es condenada a ser encerrada en vida dentro de una cueva, al lado del cadáver de su hermano, pero ella se anticipa y procede a ahorcarse, precipitando otras muertes, la de su amado Hemón y la de su respectiva madre Eurídice. Sí, tal es la fuerza del rito contenido en la tragedia antigónica, obra sofocliana que cobra vida hoy a través de todos los rituales mortuorios suspendidos, de los velorios abortados, de los sepelios realizados en la quasi clandestinidad por temor al Covid-19. Sin embargo, su mensaje no concluye aquí: va mucho más allá.

El espíritu de Antígona cobra fuerza porque a 2,500 años de haber sido llevado a la palestra dramática, sigue erigiéndose como una fuente inmortal de inspiración al ser ella un personaje ejemplar y paradigmático, máxime siendo femenina su naturaleza. Él es el que la impulsa a luchar por sus creencias, por su ideal de Justicia, aún desobedeciendo la ley impuesta por el monarca. Y aún y cuando optó por el suicidio, lejos de ser ello claudicación o escape de su destino, dicho acto representó para ella un triunfo porque moriría libre y no sometida a la voluntad de un rey.

Uno de los más grandes estudiosos de Antígona, George Steiner, ha dicho de manera poética: “retornar al mundo griego y a sus mitos significa dar a nuestros recursos de expresión algo del lustre y el filo cortante de los comienzos… Para nosotros tienen la autoridad de la aurora… parecen anunciar, simbolizar nuestra actual condición y hablar directamente de ella”. No cabe duda que así es. Imaginemos más allá de esta pandemia, a todos aquellos que no han podido dar sepultura a sus seres queridos, víctimas de la criminalidad, cuyo fin desconocen y por quienes la esperanza del reencuentro nunca morirá. De ellos Antígona es faro de esperanza porque, a costa de su vida, ella logró enfrentar a la ley humana, desafiando a la muerte y al poder encarnado en Creonte.

Claro que para muchos Antígona es un símbolo de la desobediencia. Yo no estoy segura de ello porque si no hubiera luchado por los restos de su hermano, entonces sí hubiera sido una desobediente, al haber desacatado la voluntad de los dioses. Ella tenía clara la jerarquía del mando. Lejos de ser una disidente, era una mujer que luchó por un principio mayor, con valor y coraje, con entereza y decisión. Y de esto hay mucho por aprender. Más allá de la voluntad de cualquier hombre, por poderoso que éste sea, existe un universo de principios fundamentales que son los que realmente nos rigen o deberían regirnos. Allí encontramos a la solidaridad, al respeto, a la verdad, a la Justicia.

Por eso aunque Chul no aluda propiamente a la obra trágica griega, es una voz que inconscientemente nos la hace evocar: cuando Antígona defiende los restos mortales de Polinices, está defendiendo al rito y, al hacerlo, no solo refrenda su solidaridad sino que eleva su humanidad. Pero además, es aquí donde encuentro un vínculo entre el mito griego y la disertación del filósofo, para quien los rituales -particularmente los de la interrelación humana- han desaparecido y, lo más grave, que a la par de su desaparición la individualización se acrecienta y, con ello, la deshumanización. Zygmunt Bauman ya lo había anticipado: sabía de nuestra fragilidad social y mucho lo advirtió. Sabía que la globalización lejos de unirnos nos dividía y que los gobernantes aprovechan el miedo y las crisis para incrementar su poder fomentando el rechazo y odio social.

Sí, los antiguos rituales desaparecerán. Lo trágico es que la nueva deshumanización los supla con los propios.


bettyzanolli@gmail.com

@BettyZanolli


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