/ martes 4 de diciembre de 2018

La fantasía de Trump choca con la realidad

Aceptémoslo: “Hacer a Estados Unidos grandioso de nuevo” (MAGA, como se le conoce en inglés) fue una gran consigna política. ¿Por qué? Porque podía significar cosas distintas para diferentes personas.

Para muchos seguidores de Donald Trump, MAGA fue básicamente la promesa de regresar a los viejos días del racismo y el sexismo descarados. Esa es una promesa que Trump sí ha cumplido.

Pero al menos para algunos de los electores de Trump se trató de una promesa para restablecer el tipo de economía que teníamos hace 40 o 50 años, que todavía ofrecía muchos empleos en las industrias de la manufactura y la minería. Por desgracia, para aquellos que confiaban en el Sr. Arte de la Negociación, Trump nunca tuvo idea de cómo cumplirla. Incluso si la hubiera tenido no podría haber cambiado la trayectoria a largo plazo de nuestra economía, que se aleja a pasos firmes de la fabricación de productos, y se dirige hacia la prestación de servicios.

Trump ahora se enfrenta a encabezados que son una burla para su postura de campaña, como los del cierre de plantas automotrices y la pérdida de empleos.

¿Por qué la visión de revivir la manufactura carecía de sentido? Hablar sobre lo que Donald Trump no sabe, claro está, es una tarea monumental, dado que su ignorancia es extensa y profunda, pero parece haber malinterpretado cuestiones específicas sobre la manufactura.

En primer lugar, el actual presidente de Estados Unidos cree que los déficits comerciales son la razón por la que nos hemos alejado de esta industria, pero no lo son.

Siendo justos, esos déficits tuvieron algo que ver en la disminución de los empleos industriales en Estados Unidos. Si pudiéramos eliminar nuestro actual desequilibrio comercial, probablemente tendríamos alrededor de 20 por ciento más trabajadores en el sector manufacturero de los que tenemos actualmente. No obstante, eso revertiría solo una pequeña porción del declive relativo de la industria manufacturera, que pasó de representar más de un cuarto de la fuerza laboral en 1970 a menos de 10 por ciento en la actualidad.

El comercio sencillamente no cuenta toda la historia. Lo que está ocurriendo más bien es que a medida que el gasto en general aumenta, una parte cada vez mayor se destina a los servicios, no a los productos. La economía se dirige hacia los servicios.

A pesar de todo ello, incluso si los déficits comerciales son una causa inequívocamente secundaria del declive manufacturero, ¿no puede Trump ayudar un poco aplicando una mano dura contra los extranjeros? Eso nos lleva a su segunda falacia: No, los déficits comerciales no son resultado de prácticas injustas de comercio exterior.

Por último, la reacción de molestia de Trump ante los cierres de las plantas automotrices es un recordatorio de su tercer gran malinterpretación de las políticas: cree que puede dirigir la economía gritándole a la gente.

Nuestra economía es demasiado grande para hacer políticas señalando a empresas específicas y despotricando contra ellas. ¿Qué tan grande es? Se despide a 1.7 millones de trabajadores estadounidenses al mes.

La promesa de Trump de restablecer la industria manufacturera estadounidense estaba destinada al fracaso.

Aceptémoslo: “Hacer a Estados Unidos grandioso de nuevo” (MAGA, como se le conoce en inglés) fue una gran consigna política. ¿Por qué? Porque podía significar cosas distintas para diferentes personas.

Para muchos seguidores de Donald Trump, MAGA fue básicamente la promesa de regresar a los viejos días del racismo y el sexismo descarados. Esa es una promesa que Trump sí ha cumplido.

Pero al menos para algunos de los electores de Trump se trató de una promesa para restablecer el tipo de economía que teníamos hace 40 o 50 años, que todavía ofrecía muchos empleos en las industrias de la manufactura y la minería. Por desgracia, para aquellos que confiaban en el Sr. Arte de la Negociación, Trump nunca tuvo idea de cómo cumplirla. Incluso si la hubiera tenido no podría haber cambiado la trayectoria a largo plazo de nuestra economía, que se aleja a pasos firmes de la fabricación de productos, y se dirige hacia la prestación de servicios.

Trump ahora se enfrenta a encabezados que son una burla para su postura de campaña, como los del cierre de plantas automotrices y la pérdida de empleos.

¿Por qué la visión de revivir la manufactura carecía de sentido? Hablar sobre lo que Donald Trump no sabe, claro está, es una tarea monumental, dado que su ignorancia es extensa y profunda, pero parece haber malinterpretado cuestiones específicas sobre la manufactura.

En primer lugar, el actual presidente de Estados Unidos cree que los déficits comerciales son la razón por la que nos hemos alejado de esta industria, pero no lo son.

Siendo justos, esos déficits tuvieron algo que ver en la disminución de los empleos industriales en Estados Unidos. Si pudiéramos eliminar nuestro actual desequilibrio comercial, probablemente tendríamos alrededor de 20 por ciento más trabajadores en el sector manufacturero de los que tenemos actualmente. No obstante, eso revertiría solo una pequeña porción del declive relativo de la industria manufacturera, que pasó de representar más de un cuarto de la fuerza laboral en 1970 a menos de 10 por ciento en la actualidad.

El comercio sencillamente no cuenta toda la historia. Lo que está ocurriendo más bien es que a medida que el gasto en general aumenta, una parte cada vez mayor se destina a los servicios, no a los productos. La economía se dirige hacia los servicios.

A pesar de todo ello, incluso si los déficits comerciales son una causa inequívocamente secundaria del declive manufacturero, ¿no puede Trump ayudar un poco aplicando una mano dura contra los extranjeros? Eso nos lleva a su segunda falacia: No, los déficits comerciales no son resultado de prácticas injustas de comercio exterior.

Por último, la reacción de molestia de Trump ante los cierres de las plantas automotrices es un recordatorio de su tercer gran malinterpretación de las políticas: cree que puede dirigir la economía gritándole a la gente.

Nuestra economía es demasiado grande para hacer políticas señalando a empresas específicas y despotricando contra ellas. ¿Qué tan grande es? Se despide a 1.7 millones de trabajadores estadounidenses al mes.

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