/ martes 13 de febrero de 2018

La fraudulencia de los halcones fiscales

En 2011, los republicanos de la cámara de representantes, encabezados por Paul Ryan, emitieron un informe plagado de advertencias urgentes sobre los peligros de los déficits presupuestales. “Estados Unidos está enfrentando una carga aplastante de deuda”, declaraba el informe, y advertía sobre una crisis fiscal inminente que pronto “descarrilaría” la economía. Haciendo referencia a los horrores de los grandes déficits, los republicanos se negaron a elevar los límites de endeudamiento federal, amenazando con crear una turbulencia financiera y extorsionando de manera eficaz al presidente Barack Obama para que recortara el gasto en programas domésticos.

¿Qué tan grandes fueron estos espantosos déficits? En el año fiscal 2012, el déficit federal fue de mil 09 billones de dólares. Sin embargo, buena parte de este déficit fue resultado directo de una economía deprimida, que restringió los ingresos y aumentó el gasto en las prestaciones para el desempleo y otros programas de la red de protección social. El déficit cayó rápidamente en el transcurso de los años siguientes a medida que la economía se recuperó.

Esta semana, los republicanos, que acaban de promulgar un enorme recorte fiscal, aceptaron alegremente un acuerdo presupuestal que, según los expertos independientes, llevará el déficit del año próximo hasta aproximadamente 1,15 billones de dólares, lo que supera el déficit del 2012. Es cierto, esto no se acercará a los números rojos del 2012 como porcentaje del PIB, pero en esta ocasión ninguna parte del déficit será resultado de la economía deprimida.

Se pone peor. En 2012 hubo motivos económicos para incurrir en déficits presupuestales. La economía todavía estaba padeciendo las secuelas de la crisis financiera de 2008. El desempleo era de aproximadamente ocho por ciento y la Reserva Federal, que normalmente encabeza la lucha contra los desplomes, tenía muy poca tela de dónde cortar: ya había recortado las tasas de interés a cero y su política de “alivio cuantitativo” la compra de deuda a largo plazo tuvo una eficacia cuestionable (y Ryan, entre otros, atacó ferozmente los esfuerzos de la Reserva, afirmando, de manera totalmente equivocada, que “devaluarían la moneda”).

El estado de la economía en 2012 era exactamente el tipo de situación en la cual incurrir en déficits presupuestales constituía en realidad algo bueno, porque ayudaba a sostener el gasto en general. Por el contrario, los déficits actuales no tienen punto de comparación, ya que la economía se acerca al empleo total y la Reserva Federal está aumentando las tasas de interés para desviar la posible inflación (quizá la Reserva Federal está actuando demasiado pronto, pero el contraste con el año 2012 sigue siendo extremo).

Si acaso, deberíamos estar usando este momento de relativo empleo total para pagar deuda, o al menos reducirla en relación con el PIB. “El auge, y no el desplome, es el momento para que haya austeridad en el Tesoro”, escribió John Maynard Keynes. Sin embargo, los republicanos entendieron ese sabio y sabio consejo al revés.

En 2011, los republicanos de la cámara de representantes, encabezados por Paul Ryan, emitieron un informe plagado de advertencias urgentes sobre los peligros de los déficits presupuestales. “Estados Unidos está enfrentando una carga aplastante de deuda”, declaraba el informe, y advertía sobre una crisis fiscal inminente que pronto “descarrilaría” la economía. Haciendo referencia a los horrores de los grandes déficits, los republicanos se negaron a elevar los límites de endeudamiento federal, amenazando con crear una turbulencia financiera y extorsionando de manera eficaz al presidente Barack Obama para que recortara el gasto en programas domésticos.

¿Qué tan grandes fueron estos espantosos déficits? En el año fiscal 2012, el déficit federal fue de mil 09 billones de dólares. Sin embargo, buena parte de este déficit fue resultado directo de una economía deprimida, que restringió los ingresos y aumentó el gasto en las prestaciones para el desempleo y otros programas de la red de protección social. El déficit cayó rápidamente en el transcurso de los años siguientes a medida que la economía se recuperó.

Esta semana, los republicanos, que acaban de promulgar un enorme recorte fiscal, aceptaron alegremente un acuerdo presupuestal que, según los expertos independientes, llevará el déficit del año próximo hasta aproximadamente 1,15 billones de dólares, lo que supera el déficit del 2012. Es cierto, esto no se acercará a los números rojos del 2012 como porcentaje del PIB, pero en esta ocasión ninguna parte del déficit será resultado de la economía deprimida.

Se pone peor. En 2012 hubo motivos económicos para incurrir en déficits presupuestales. La economía todavía estaba padeciendo las secuelas de la crisis financiera de 2008. El desempleo era de aproximadamente ocho por ciento y la Reserva Federal, que normalmente encabeza la lucha contra los desplomes, tenía muy poca tela de dónde cortar: ya había recortado las tasas de interés a cero y su política de “alivio cuantitativo” la compra de deuda a largo plazo tuvo una eficacia cuestionable (y Ryan, entre otros, atacó ferozmente los esfuerzos de la Reserva, afirmando, de manera totalmente equivocada, que “devaluarían la moneda”).

El estado de la economía en 2012 era exactamente el tipo de situación en la cual incurrir en déficits presupuestales constituía en realidad algo bueno, porque ayudaba a sostener el gasto en general. Por el contrario, los déficits actuales no tienen punto de comparación, ya que la economía se acerca al empleo total y la Reserva Federal está aumentando las tasas de interés para desviar la posible inflación (quizá la Reserva Federal está actuando demasiado pronto, pero el contraste con el año 2012 sigue siendo extremo).

Si acaso, deberíamos estar usando este momento de relativo empleo total para pagar deuda, o al menos reducirla en relación con el PIB. “El auge, y no el desplome, es el momento para que haya austeridad en el Tesoro”, escribió John Maynard Keynes. Sin embargo, los republicanos entendieron ese sabio y sabio consejo al revés.

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