/ martes 11 de septiembre de 2018

La Importancia de la Educación Legal

Los licenciados en derecho tenemos un papel fundamental en la construcción del Estado de derecho. Podemos ser docentes, árbitros, asesores, litigantes, jueces, académicos, políticos, notarios y un largo etcétera de funciones (para colmo todólogos). Para bien o para mal, somos los operadores de cómo, cuándo y porqué se interpreta o se aplica la ley, de allí que seamos importantes desde una hipoteca hasta una interpretación constitucional. Como en cualquier ámbito, lo principal es nuestra educación.

La educación legal lleva varios años en declive y, por ende, la calidad de los abogados es deficiente. El mito de que el abogado tiene cierta posición social y económica ha provocado que se abran miles de lugares para impartir la carrera de derecho. Basta una silla, dos profesores, la corrupción de la SEP, un cartel y el ansia por obtener un título en tres años. Las miles de escuelas que pueden otorgar una cédula profesional están adelgazando la condición misma de la abogacía y, con ello, todo el sistema legal se tambalea. La guerra, la política, la medicina, la filosofía, la religión y la abogacía son tan antiguas como la humanidad, alguna complejidad debe reconocerse en la técnica del operador del derecho, misma que no se puede reducir a cursos en línea o confiarse del autodidacta. Más de dos mil años de pensamiento no se pueden reducir en nueve trimestres de 4 a 7 pm. Hay que reconocer, que lleva más tiempo entender cómo se estructura el Estado y las reglas del juego social.

El segundo tema está ceñido a la antigüedad de la profesión. Su vejez ha repercutido en la forma de enseñar leyes, debido a que aplaudimos libros o personas muy empolvadas, sin reflexionar en los nuevos paradigmas educativos o sustantivos del derecho. Ninguna escuela militar dedicaría un semestre entero a pelear con arco y flecha o dejaría de lado los simuladores del armamento moderno. En todas las escuelas militares se combinan la práctica con la teoría. El docente debe tomar las mejores herramientas de la educación y estar actualizado en torno a la sustancia de lo que imparte. Muchas escuelas de derecho siguen igual en las formas educativas que hace 50 años y continúan impartiendo, de manera acrítica, lo que se pensaba hace 100 años.

El tercer asunto consiste en la confusión entre un gran abogado, un buen maestro y un académico. Mi querido profesor Carlos Arellano García pecó de soberbia al publicar libros de muchísimas áreas del pensamiento jurídico y, además, dar clase con ellos. Estoy seguro que fue un gran abogado litigante, pensador y mejor Magistrado y Presidente del Tribunal Superior de Justicia de Sonora, pero eso no lo convertía en un buen profesor para enseñar cualquier materia. En el espacio docente y académico debemos dar espacio a los jóvenes y a la nueva literatura.

La abogacía tiene un componente ético que siempre se olvida en las escuelas de derecho. Lo anterior no tiene que ver con la relación entre derecho y moral, sino con la necesidad de una brújula de comportamiento cuando los abogados prestamos servicios como litigantes, jueces, notarios o servidores públicos. Imagine usted: la mayoría de los abogados no celebran contratos de prestación de servicios con sus clientes.

En la actualidad, se necesita la transformación de la educación legal, la revisión de los planes de estudio y entender que un gran abogado no es, por necesidad, un gran profesor. Nuestro país siempre ha requerido abogados decentes y ha terminado por ensalzar las peores prácticas de la profesión como la corrupción.

Dr. En Derecho


Los licenciados en derecho tenemos un papel fundamental en la construcción del Estado de derecho. Podemos ser docentes, árbitros, asesores, litigantes, jueces, académicos, políticos, notarios y un largo etcétera de funciones (para colmo todólogos). Para bien o para mal, somos los operadores de cómo, cuándo y porqué se interpreta o se aplica la ley, de allí que seamos importantes desde una hipoteca hasta una interpretación constitucional. Como en cualquier ámbito, lo principal es nuestra educación.

La educación legal lleva varios años en declive y, por ende, la calidad de los abogados es deficiente. El mito de que el abogado tiene cierta posición social y económica ha provocado que se abran miles de lugares para impartir la carrera de derecho. Basta una silla, dos profesores, la corrupción de la SEP, un cartel y el ansia por obtener un título en tres años. Las miles de escuelas que pueden otorgar una cédula profesional están adelgazando la condición misma de la abogacía y, con ello, todo el sistema legal se tambalea. La guerra, la política, la medicina, la filosofía, la religión y la abogacía son tan antiguas como la humanidad, alguna complejidad debe reconocerse en la técnica del operador del derecho, misma que no se puede reducir a cursos en línea o confiarse del autodidacta. Más de dos mil años de pensamiento no se pueden reducir en nueve trimestres de 4 a 7 pm. Hay que reconocer, que lleva más tiempo entender cómo se estructura el Estado y las reglas del juego social.

El segundo tema está ceñido a la antigüedad de la profesión. Su vejez ha repercutido en la forma de enseñar leyes, debido a que aplaudimos libros o personas muy empolvadas, sin reflexionar en los nuevos paradigmas educativos o sustantivos del derecho. Ninguna escuela militar dedicaría un semestre entero a pelear con arco y flecha o dejaría de lado los simuladores del armamento moderno. En todas las escuelas militares se combinan la práctica con la teoría. El docente debe tomar las mejores herramientas de la educación y estar actualizado en torno a la sustancia de lo que imparte. Muchas escuelas de derecho siguen igual en las formas educativas que hace 50 años y continúan impartiendo, de manera acrítica, lo que se pensaba hace 100 años.

El tercer asunto consiste en la confusión entre un gran abogado, un buen maestro y un académico. Mi querido profesor Carlos Arellano García pecó de soberbia al publicar libros de muchísimas áreas del pensamiento jurídico y, además, dar clase con ellos. Estoy seguro que fue un gran abogado litigante, pensador y mejor Magistrado y Presidente del Tribunal Superior de Justicia de Sonora, pero eso no lo convertía en un buen profesor para enseñar cualquier materia. En el espacio docente y académico debemos dar espacio a los jóvenes y a la nueva literatura.

La abogacía tiene un componente ético que siempre se olvida en las escuelas de derecho. Lo anterior no tiene que ver con la relación entre derecho y moral, sino con la necesidad de una brújula de comportamiento cuando los abogados prestamos servicios como litigantes, jueces, notarios o servidores públicos. Imagine usted: la mayoría de los abogados no celebran contratos de prestación de servicios con sus clientes.

En la actualidad, se necesita la transformación de la educación legal, la revisión de los planes de estudio y entender que un gran abogado no es, por necesidad, un gran profesor. Nuestro país siempre ha requerido abogados decentes y ha terminado por ensalzar las peores prácticas de la profesión como la corrupción.

Dr. En Derecho


martes 18 de septiembre de 2018

La corrupción en el Ministerio Público

martes 11 de septiembre de 2018

La Importancia de la Educación Legal

martes 04 de septiembre de 2018

Aeropuerto: no puedo opinar

martes 28 de agosto de 2018

La burla de Javier Duarte

martes 21 de agosto de 2018

Desaparecidos

martes 14 de agosto de 2018

La Libertad de Elba Esther Gordillo

martes 07 de agosto de 2018

La violencia y su espiral

martes 31 de julio de 2018

Los problemas evolucionan (1890-2018)

martes 24 de julio de 2018

¿Cuánto vale la Justicia?

martes 17 de julio de 2018

Un Feminicidio en el Olvido

Cargar Más