/ sábado 8 de diciembre de 2018

La moviola

El buen cristiano

Gerardo Gil Ballesteros

@lamoviola

Al principio del documental El buen cristiano (Izabel Acevedo, 2016), un miembro de la Junta Militar que perpetró el golpe de Estado en marzo de 1982 en Guatemala, aparece en televisión para anunciar al nuevo gobierno y a quien será el presidente a partir de ese momento: José Efraín Ríos Mont (16 de junio de 1926-1 de abril 2018).

De voz grave, ligera, casi ratonil, un hombrecito bajo y vestido de militar, asume el mando. La pantalla grande recoge los hechos que el ojo de la televisión registró y mostró a los guatemaltecos. Ese doble ojo será uno de los hilos narrativos del documental. Pero no el único, ya que el filme se desarrolla en tres vías más: el proceso jurídico a Ríos Mont, el testimonio de una de las víctimas y las declaraciones, finísimas, imperturbables de los responsables de este hecho.

En el primer caso, el material televisivo que se ve en pantalla, enriquece los hechos de manera periodística y genera tensión en el espectador. Un ojo dentro de un ojo que se vuelve testigo de los hechos. El proceso jurídico –mezcla de género dentro del documental- será uno de los hilos conductores principales del relato, el que genera mayor suspenso.

El relato documental se completa con las declaraciones de los protagonistas: militares, empresarios, políticos –simpatiquísimos y admiradores de Ronald Reagan-, por un lado, y el testimonio de una de las víctimas, Francisco Chávez Raymundo, que le cuenta a su hermana la persecución de la que fue objeto su familia cuando los dos eran muy pequeños.

Estos cuatro escenarios: lo que se ve en la pantalla televisiva, el juicio y las declaraciones de las dos partes, víctimas y victimarios, fusionan un relato documental de fuerza narrativa incuestionable, pero que no pierde la perspectiva de los hechos. En pantalla vemos al monstruo, con sus luces y sombras. Inquietan los matices, pero la hipótesis de Acevedo siempre está clara.

El cuadro del filme, producido por el Centro de Capacitación Cinematográfica, se completa con la música de Galo Durán, que hace presencia en los momentos de mayor tensión.

El buen cristiano, en su lectura fílmica, va más allá de un documental histórico o político. El relato es sobre la serena monstruosidad que desnuda la pantalla. No le apuesta a la ficción como Alsino y el Cóndor (Miguel Littín,1982) ni a la fábula bobona de Voces inocentes (Luis Mandoki,2004), pero sus personajes y los hechos se explican por sí mismos.

Desde la conmovedora tradición oral para recuperar la memoria entre las víctimas y su digna búsqueda de justicia, hasta la seducción de la maldad transitan en el relato.

Luces y sombras en un documental que desnuda los hechos y deja más dudas que certezas.

El trabajo es indispensable.

El buen cristiano

Gerardo Gil Ballesteros

@lamoviola

Al principio del documental El buen cristiano (Izabel Acevedo, 2016), un miembro de la Junta Militar que perpetró el golpe de Estado en marzo de 1982 en Guatemala, aparece en televisión para anunciar al nuevo gobierno y a quien será el presidente a partir de ese momento: José Efraín Ríos Mont (16 de junio de 1926-1 de abril 2018).

De voz grave, ligera, casi ratonil, un hombrecito bajo y vestido de militar, asume el mando. La pantalla grande recoge los hechos que el ojo de la televisión registró y mostró a los guatemaltecos. Ese doble ojo será uno de los hilos narrativos del documental. Pero no el único, ya que el filme se desarrolla en tres vías más: el proceso jurídico a Ríos Mont, el testimonio de una de las víctimas y las declaraciones, finísimas, imperturbables de los responsables de este hecho.

En el primer caso, el material televisivo que se ve en pantalla, enriquece los hechos de manera periodística y genera tensión en el espectador. Un ojo dentro de un ojo que se vuelve testigo de los hechos. El proceso jurídico –mezcla de género dentro del documental- será uno de los hilos conductores principales del relato, el que genera mayor suspenso.

El relato documental se completa con las declaraciones de los protagonistas: militares, empresarios, políticos –simpatiquísimos y admiradores de Ronald Reagan-, por un lado, y el testimonio de una de las víctimas, Francisco Chávez Raymundo, que le cuenta a su hermana la persecución de la que fue objeto su familia cuando los dos eran muy pequeños.

Estos cuatro escenarios: lo que se ve en la pantalla televisiva, el juicio y las declaraciones de las dos partes, víctimas y victimarios, fusionan un relato documental de fuerza narrativa incuestionable, pero que no pierde la perspectiva de los hechos. En pantalla vemos al monstruo, con sus luces y sombras. Inquietan los matices, pero la hipótesis de Acevedo siempre está clara.

El cuadro del filme, producido por el Centro de Capacitación Cinematográfica, se completa con la música de Galo Durán, que hace presencia en los momentos de mayor tensión.

El buen cristiano, en su lectura fílmica, va más allá de un documental histórico o político. El relato es sobre la serena monstruosidad que desnuda la pantalla. No le apuesta a la ficción como Alsino y el Cóndor (Miguel Littín,1982) ni a la fábula bobona de Voces inocentes (Luis Mandoki,2004), pero sus personajes y los hechos se explican por sí mismos.

Desde la conmovedora tradición oral para recuperar la memoria entre las víctimas y su digna búsqueda de justicia, hasta la seducción de la maldad transitan en el relato.

Luces y sombras en un documental que desnuda los hechos y deja más dudas que certezas.

El trabajo es indispensable.