/ sábado 25 de noviembre de 2023

La Moviola | Napoleón: la biopic epidérmica

@lamoviola

La épica de cierta tendencia melodramática pero epidérmica y de belleza visual innegable, el personaje central con odisea trágica y cierta farsa interpretativa -intencional o no-, el impecable relato que a pesar de lo didáctico no pierde en general el ritmo y una orquestación cinematográfica que en los recursos técnicos irreprochables se come por momentos la intención psicológica de los personajes es Napoleón (Ridley Scott, 2023) que sigue la receta que ha caracteriza la obra del director: un centro y la tragedia en sus más de dos horas de duración.

En el centro como personaje ( Joaquín Phoenix, ) y su drama en el sentido clásico del término para llegar a la gloria, con sus devaneos trágicos sexuales en pleno coqueteo psicologista, su relación con Josefina (Vanessa Kirby) y en la tragedia su nunca existente capacidad de saciarse de poder en un guion que se promociona con bombo y platillo autoría de David Scarpa, quien tiene en su haber por ejemplo El día que la Tierra se detuvo, por mencionar un título de su carrera que sin embargo tampoco es para que uno se emocione aunque es bueno que por fin se empieza a dar el mérito que merecen los olvidados escritores de una obra.

Se abordan varios puntos de la tragedia del poder, aunque ninguno resulta protagonista: lo voluble del pueblo bueno y su sed de espectáculo, la hipocresía que lo envuelve, la naturaleza profundamente humana de los hombres que detentan los destinos del mundo. Napoleón pretende ser un tratado pero su propia ambición la bloque para llegar a un eje. Ese es quizá su principal problema.

Napoleón es sin embargo, una obra mayor, de grandes pretensiones y resultados correctos, que en su resultado final, a pesar de que cada uno de los detalles y elementos son impecables, como Opus (para citar un clásico del oficio) no desafina pero nunca llega al crescendo. En todo caso esto no quita el mérito de ser un filme de grandilocuencia innegable que invita al espectador a estar atento a los pequeños detalles en el drama interior del personaje principal.

El filme, muy probable protagonista de la próxima temporada de premios, sigue la tradición de una ficción histórica y que rescata la narrativa clásica hollywoodense tan podrida ahora por el cine de actores con mayas.

En algún punto puede ser una batalla titánica envolver al público más joven obsesionado con satisfacciones inmediatas en el relato que se toma su tiempo, pero a pesar de que hay que otorgarle cierta paciencia a la película el arte en el sentido general, como la música de Martin Phipps y la fotografía de Dariusz Wolsky convierten la experiencia sensorial en algo placentero.

Napoleón es un trabajo epidérmico porque a pesar de su impecable, innegable valor artístico, intencional, buscado y rebuscado, nunca acierta a encontrar un rumbo del cual partir. Napoleón como personaje busca el poder, medio se obsesiona con su madre, quiere un heredero pero no lo puede tener con Josefina, respeta y ama ¿por qué no?, a sus soldados y desprecia a la chusma que vitorea en los espectáculos de guillotina. Domina y conoce las ambiciones y pasiones de los que son como él, seres de dominio. Ahí está pues el asunto, pero el señor Scott nos da una probadita de todo esto.

En todo caso, es un filme de trascendencia, porque cualquier obra aún con los bemoles de un maestro como Ridley Scott, siempre estará muy por encima de cualquier manufacturero de los que hay ahora.

Tal vez la psique y la historia traicionaron un poco al director, eso. Napoleón ha sido un relato que Hollywood ha querido llevar a la pantalla grande. Desde Kubrick, hasta Spielberg quien todavía no quita el dedo del renglón. En fin, no es el Waterloo de Scott, tampoco su principal batalla. No se queda en intenciones, sino en una obra mayor de resultados correctos que tenía todo para ser más, mucho más.

@lamoviola

La épica de cierta tendencia melodramática pero epidérmica y de belleza visual innegable, el personaje central con odisea trágica y cierta farsa interpretativa -intencional o no-, el impecable relato que a pesar de lo didáctico no pierde en general el ritmo y una orquestación cinematográfica que en los recursos técnicos irreprochables se come por momentos la intención psicológica de los personajes es Napoleón (Ridley Scott, 2023) que sigue la receta que ha caracteriza la obra del director: un centro y la tragedia en sus más de dos horas de duración.

En el centro como personaje ( Joaquín Phoenix, ) y su drama en el sentido clásico del término para llegar a la gloria, con sus devaneos trágicos sexuales en pleno coqueteo psicologista, su relación con Josefina (Vanessa Kirby) y en la tragedia su nunca existente capacidad de saciarse de poder en un guion que se promociona con bombo y platillo autoría de David Scarpa, quien tiene en su haber por ejemplo El día que la Tierra se detuvo, por mencionar un título de su carrera que sin embargo tampoco es para que uno se emocione aunque es bueno que por fin se empieza a dar el mérito que merecen los olvidados escritores de una obra.

Se abordan varios puntos de la tragedia del poder, aunque ninguno resulta protagonista: lo voluble del pueblo bueno y su sed de espectáculo, la hipocresía que lo envuelve, la naturaleza profundamente humana de los hombres que detentan los destinos del mundo. Napoleón pretende ser un tratado pero su propia ambición la bloque para llegar a un eje. Ese es quizá su principal problema.

Napoleón es sin embargo, una obra mayor, de grandes pretensiones y resultados correctos, que en su resultado final, a pesar de que cada uno de los detalles y elementos son impecables, como Opus (para citar un clásico del oficio) no desafina pero nunca llega al crescendo. En todo caso esto no quita el mérito de ser un filme de grandilocuencia innegable que invita al espectador a estar atento a los pequeños detalles en el drama interior del personaje principal.

El filme, muy probable protagonista de la próxima temporada de premios, sigue la tradición de una ficción histórica y que rescata la narrativa clásica hollywoodense tan podrida ahora por el cine de actores con mayas.

En algún punto puede ser una batalla titánica envolver al público más joven obsesionado con satisfacciones inmediatas en el relato que se toma su tiempo, pero a pesar de que hay que otorgarle cierta paciencia a la película el arte en el sentido general, como la música de Martin Phipps y la fotografía de Dariusz Wolsky convierten la experiencia sensorial en algo placentero.

Napoleón es un trabajo epidérmico porque a pesar de su impecable, innegable valor artístico, intencional, buscado y rebuscado, nunca acierta a encontrar un rumbo del cual partir. Napoleón como personaje busca el poder, medio se obsesiona con su madre, quiere un heredero pero no lo puede tener con Josefina, respeta y ama ¿por qué no?, a sus soldados y desprecia a la chusma que vitorea en los espectáculos de guillotina. Domina y conoce las ambiciones y pasiones de los que son como él, seres de dominio. Ahí está pues el asunto, pero el señor Scott nos da una probadita de todo esto.

En todo caso, es un filme de trascendencia, porque cualquier obra aún con los bemoles de un maestro como Ridley Scott, siempre estará muy por encima de cualquier manufacturero de los que hay ahora.

Tal vez la psique y la historia traicionaron un poco al director, eso. Napoleón ha sido un relato que Hollywood ha querido llevar a la pantalla grande. Desde Kubrick, hasta Spielberg quien todavía no quita el dedo del renglón. En fin, no es el Waterloo de Scott, tampoco su principal batalla. No se queda en intenciones, sino en una obra mayor de resultados correctos que tenía todo para ser más, mucho más.