/ martes 6 de agosto de 2019

La trumponomía fue un fiasco

Donald Trump ha implementado dos políticas económicas principales. En los impuestos, ha sido un republicano ortodoxo, puesto que promulgó enormes recortes fiscales para las corporaciones y los ricos, lo cual su gobierno prometió conduciría a un enorme auge en la inversión empresarial. En el comercio, ha roto con las políticas (supuestamente) de libre comercio de su partido, con la imposición de enormes aranceles que prometió conducirían al resurgimiento de la manufactura estadounidense.

El miércoles, la Reserva Federal recortó las tasas de interés, aun cuando la tasa de desempleo es baja y el crecimiento económico en general sigue siendo decente, si bien no es el mejor.

Para ser justos, hasta ahora, la economía sigue siendo bastante fuerte, lo cual no es ninguna sorpresa dada la disposición del Partido Republicano a incurrir en enormes déficits fiscales siempre y cuando los demócratas no estén en la Casa Blanca.

Como escribí tres días después de la elección de 2016, una vez repuesto de la conmoción: “Por lo menos es posible que los déficits presupuestales mayores, de haberlos, fortalezcan la economía brevemente”. Y eso es en gran medida lo que ha ocurrido: hubo una ligera sacudida en 2018, pero en estos momentos básicamente regresamos a las tasas de crecimiento que había antes de Trump.

Pero, ¿por qué lo único que la trumponomía ha podido darnos son déficits presupuestales de billones de dólares? La respuesta es que tanto los recortes fiscales como la guerra comercial se basan en perspectivas falsas sobre cómo funciona el mundo.

La fe republicana en la magia de los recortes fiscales —y, correspondientemente, la creencia en que los aumentos de impuestos arruinarán la economía— es el zombi máximo de las políticas, una postura que la evidencia debió haber refutado hace décadas, pero que sigue ocasionando desastres a su paso, comiéndose los cerebros del Partido Republicano.

¿Qué hay sobre la guerra comercial? La evidencia es abrumadora: los aranceles no provocan un gran efecto en la balanza comercial en general. Si acaso, sólo hacen que el déficit cambie: estamos importando menos de China, pero estamos importando más de otros países, como Vietnam.

Además, hay bases para argumentar que los aranceles en realidad han dañado a la industria manufacturera estadounidense.

En primer lugar, muchos de ellos han afectado a los “bienes intermedios”, es decir, las cosas que las empresas estadounidenses usan en sus procesos de producción, de tal modo que los aranceles han aumentado los costos.

Además de eso, la incertidumbre creada por la política por capricho de Trump —nadie sabe qué golpeará después— sin duda ha desalentado la inversión. ¿Para qué construir una planta de manufactura cuando, por lo que has podido ver, la semana próxima un tuit destruirá tu mercado, tu cadena de suministro, o ambos?

Así que probablemente va a tener que hacer lo que ya ha estado haciendo, y sin duda quiere hacer: basar su campaña, más bien, en el racismo.

Donald Trump ha implementado dos políticas económicas principales. En los impuestos, ha sido un republicano ortodoxo, puesto que promulgó enormes recortes fiscales para las corporaciones y los ricos, lo cual su gobierno prometió conduciría a un enorme auge en la inversión empresarial. En el comercio, ha roto con las políticas (supuestamente) de libre comercio de su partido, con la imposición de enormes aranceles que prometió conducirían al resurgimiento de la manufactura estadounidense.

El miércoles, la Reserva Federal recortó las tasas de interés, aun cuando la tasa de desempleo es baja y el crecimiento económico en general sigue siendo decente, si bien no es el mejor.

Para ser justos, hasta ahora, la economía sigue siendo bastante fuerte, lo cual no es ninguna sorpresa dada la disposición del Partido Republicano a incurrir en enormes déficits fiscales siempre y cuando los demócratas no estén en la Casa Blanca.

Como escribí tres días después de la elección de 2016, una vez repuesto de la conmoción: “Por lo menos es posible que los déficits presupuestales mayores, de haberlos, fortalezcan la economía brevemente”. Y eso es en gran medida lo que ha ocurrido: hubo una ligera sacudida en 2018, pero en estos momentos básicamente regresamos a las tasas de crecimiento que había antes de Trump.

Pero, ¿por qué lo único que la trumponomía ha podido darnos son déficits presupuestales de billones de dólares? La respuesta es que tanto los recortes fiscales como la guerra comercial se basan en perspectivas falsas sobre cómo funciona el mundo.

La fe republicana en la magia de los recortes fiscales —y, correspondientemente, la creencia en que los aumentos de impuestos arruinarán la economía— es el zombi máximo de las políticas, una postura que la evidencia debió haber refutado hace décadas, pero que sigue ocasionando desastres a su paso, comiéndose los cerebros del Partido Republicano.

¿Qué hay sobre la guerra comercial? La evidencia es abrumadora: los aranceles no provocan un gran efecto en la balanza comercial en general. Si acaso, sólo hacen que el déficit cambie: estamos importando menos de China, pero estamos importando más de otros países, como Vietnam.

Además, hay bases para argumentar que los aranceles en realidad han dañado a la industria manufacturera estadounidense.

En primer lugar, muchos de ellos han afectado a los “bienes intermedios”, es decir, las cosas que las empresas estadounidenses usan en sus procesos de producción, de tal modo que los aranceles han aumentado los costos.

Además de eso, la incertidumbre creada por la política por capricho de Trump —nadie sabe qué golpeará después— sin duda ha desalentado la inversión. ¿Para qué construir una planta de manufactura cuando, por lo que has podido ver, la semana próxima un tuit destruirá tu mercado, tu cadena de suministro, o ambos?

Así que probablemente va a tener que hacer lo que ya ha estado haciendo, y sin duda quiere hacer: basar su campaña, más bien, en el racismo.

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