/ martes 2 de junio de 2020

Las medidas del progreso (II)

Thomas Piketty hace notar que en los países estudiados los impuestos a las herencias y al ingreso, no son suficientes y propone complementarlos con un impuesto anual progresivo a la riqueza para propiciar una mayor circulación del capital. Los gravámenes a la propiedad raíz no cumplen este propósito y gran parte de la riqueza no se grava porque no existen impuestos aplicables a las acumulaciones de ganancias financieras.

Otra medida necesaria es la adopción del Ingreso Mínimo Vital, para garantizarlo a toda persona que lo necesite, como se acaba de acordar recientemente en España. Independientemente de lo polémico que resultan estos proyectos parece indiscutible que en las medidas de desarrollo debe incorporarse un indicador del grado de circulación del capital, logrado a través de medidas fiscales, desde los niveles más altos que concentran la riqueza hacia los intermedios y los bajos. En rigor, me parece que medir la expansión de la clase media en cuanto a su poder adquisitivo y a su patrimonio puede dar una idea de la correcta orientación de la política económica y fiscal.

Las propuestas de Piketty bien pueden generar indicadores para aquilatar mejor el bienestar social, propósito que se ha perseguido a través de diversos índices desde hace tiempo, pero que se ha intensificado en esta época al grado de que Nueva Zelanda, por ejemplo, decidió descartar el PIB como base de previsiones de planeación e incluir aspectos sociales que abarcan hasta la calidad del tejido social, considerando que “Hacer un nuevo amigo puede tener el doble de importancia que la capacidad del ciudadano de ir al departamento de emergencias". China Popular también suprimió el PIB de las medidas aplicables a la presupuestación.

En otras partes del mundo también se ha efectuado una medición más completa de indicadores que permitan acercarse a la realidad de una sociedad cuya estabilidad y calidad de vida pueda ser colectivamente apreciada. El caso del Reino Unido es muy ilustrativo. Su oficina de estadísticas registra multitud de variables adicionales al Producto Interno Bruto para cuantificar, en la medida de lo posible, el bienestar de su población. Ese índice de prosperidad refleja cuestiones que importan en la vida cotidiana y toma muy en cuenta aspectos emocionales, como el grado de satisfacción con su ubicación personal en el mundo y con la actividad que se realiza, por ejemplo, la conformidad o inconformidad con el trabajo que uno desempeña. Por supuesto, hay también un indicador de felicidad. Se considera la medida de la ansiedad y la estabilidad mental, que bien podría compararse a una medición de tranquilidad espiritual. Se cuantifican también la soledad; la satisfacción con las relaciones interpersonales; las posibilidades de entretenimiento; el involucramiento en acciones de apoyo comunitario o en actividades culturales y deportivas; la sensación de seguridad; la participación política; la confianza en el gobierno; la calidad del medio ambiente; la adaptación al vecindario y naturalmente, variables relacionadas con la situación económica.

Respecto a la posibilidad de medir el grado de felicidad, debe indicarse que esta preocupación se ha manifestado de diversas maneras, al punto de que la propia organización de las Naciones Unidas establece un ranking de la percepción de felicidad en distintos países que la integran. Algunos se burlan de este indicador en virtud de que, en muchos casos, se basa en una percepción de la gente, pero el hecho es que las percepciones también se miden y respecto de otras cuestiones se acepta el resultado de las encuestas que se efectúan para esa finalidad, como ocurre con la percepción de inseguridad o la percepción de corrupción, que son formas indirectas de registrar la sensibilidad de la gente respecto de fenómenos que le afectan. Es más, en Bután desde 1972 hay un indicador nacional de felicidad que toma en cuenta distintas manifestaciones de la vida de ese país. Claramente no es posible hacer una comparación directa entre un pequeño reino budista y un masivo pueblo Guadalupano, pero la idea básica resulta útil para explorar una medición que dé cuenta efectivamente de la calidad de la vida. Esta, como bien se sabe, incluso cuando se habla de situaciones individuales, no tiene que ver exclusivamente con la riqueza material.

Si mucho me apuran, hasta el clima es importante para determinar la calidad de vida. Probablemente un veracruzano, aunque tenga algunos problemas económicos, es más feliz bailando un danzón en la Plaza de Armas del Puerto, que un finlandés que tiene que palear un metro de nieve para poder salir de su casa durante la etapa invernal, que dura como cinco meses. O como dice el presidente López Obrador, puede resultar más reconfortante el apoyo de una familia unida como red de seguridad social, que la muy sofisticada de los países nórdicos, incapaz de remediar la dolorosa soledad de un anciano recluido en un departamento, cuando mucho con la compañía de una mascota.

eduardoandrade1948@gmail.com

Thomas Piketty hace notar que en los países estudiados los impuestos a las herencias y al ingreso, no son suficientes y propone complementarlos con un impuesto anual progresivo a la riqueza para propiciar una mayor circulación del capital. Los gravámenes a la propiedad raíz no cumplen este propósito y gran parte de la riqueza no se grava porque no existen impuestos aplicables a las acumulaciones de ganancias financieras.

Otra medida necesaria es la adopción del Ingreso Mínimo Vital, para garantizarlo a toda persona que lo necesite, como se acaba de acordar recientemente en España. Independientemente de lo polémico que resultan estos proyectos parece indiscutible que en las medidas de desarrollo debe incorporarse un indicador del grado de circulación del capital, logrado a través de medidas fiscales, desde los niveles más altos que concentran la riqueza hacia los intermedios y los bajos. En rigor, me parece que medir la expansión de la clase media en cuanto a su poder adquisitivo y a su patrimonio puede dar una idea de la correcta orientación de la política económica y fiscal.

Las propuestas de Piketty bien pueden generar indicadores para aquilatar mejor el bienestar social, propósito que se ha perseguido a través de diversos índices desde hace tiempo, pero que se ha intensificado en esta época al grado de que Nueva Zelanda, por ejemplo, decidió descartar el PIB como base de previsiones de planeación e incluir aspectos sociales que abarcan hasta la calidad del tejido social, considerando que “Hacer un nuevo amigo puede tener el doble de importancia que la capacidad del ciudadano de ir al departamento de emergencias". China Popular también suprimió el PIB de las medidas aplicables a la presupuestación.

En otras partes del mundo también se ha efectuado una medición más completa de indicadores que permitan acercarse a la realidad de una sociedad cuya estabilidad y calidad de vida pueda ser colectivamente apreciada. El caso del Reino Unido es muy ilustrativo. Su oficina de estadísticas registra multitud de variables adicionales al Producto Interno Bruto para cuantificar, en la medida de lo posible, el bienestar de su población. Ese índice de prosperidad refleja cuestiones que importan en la vida cotidiana y toma muy en cuenta aspectos emocionales, como el grado de satisfacción con su ubicación personal en el mundo y con la actividad que se realiza, por ejemplo, la conformidad o inconformidad con el trabajo que uno desempeña. Por supuesto, hay también un indicador de felicidad. Se considera la medida de la ansiedad y la estabilidad mental, que bien podría compararse a una medición de tranquilidad espiritual. Se cuantifican también la soledad; la satisfacción con las relaciones interpersonales; las posibilidades de entretenimiento; el involucramiento en acciones de apoyo comunitario o en actividades culturales y deportivas; la sensación de seguridad; la participación política; la confianza en el gobierno; la calidad del medio ambiente; la adaptación al vecindario y naturalmente, variables relacionadas con la situación económica.

Respecto a la posibilidad de medir el grado de felicidad, debe indicarse que esta preocupación se ha manifestado de diversas maneras, al punto de que la propia organización de las Naciones Unidas establece un ranking de la percepción de felicidad en distintos países que la integran. Algunos se burlan de este indicador en virtud de que, en muchos casos, se basa en una percepción de la gente, pero el hecho es que las percepciones también se miden y respecto de otras cuestiones se acepta el resultado de las encuestas que se efectúan para esa finalidad, como ocurre con la percepción de inseguridad o la percepción de corrupción, que son formas indirectas de registrar la sensibilidad de la gente respecto de fenómenos que le afectan. Es más, en Bután desde 1972 hay un indicador nacional de felicidad que toma en cuenta distintas manifestaciones de la vida de ese país. Claramente no es posible hacer una comparación directa entre un pequeño reino budista y un masivo pueblo Guadalupano, pero la idea básica resulta útil para explorar una medición que dé cuenta efectivamente de la calidad de la vida. Esta, como bien se sabe, incluso cuando se habla de situaciones individuales, no tiene que ver exclusivamente con la riqueza material.

Si mucho me apuran, hasta el clima es importante para determinar la calidad de vida. Probablemente un veracruzano, aunque tenga algunos problemas económicos, es más feliz bailando un danzón en la Plaza de Armas del Puerto, que un finlandés que tiene que palear un metro de nieve para poder salir de su casa durante la etapa invernal, que dura como cinco meses. O como dice el presidente López Obrador, puede resultar más reconfortante el apoyo de una familia unida como red de seguridad social, que la muy sofisticada de los países nórdicos, incapaz de remediar la dolorosa soledad de un anciano recluido en un departamento, cuando mucho con la compañía de una mascota.

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