/ miércoles 9 de diciembre de 2020

Ligerezas en la pandemia

A los fallecidos por el virus Sars-Cov-2 --muchos más de cien mil hasta ahora y los que se acumulen en los meses, quizá años siguientes—no se les podrá llamar los muertos de López Obrador, como tampoco lo fueron de Felipe Calderón los de una guerra indebidamente declarada como tal ni a Enrique Peña Nieto deben atribuirse los de un sexenio en el que la estrategia del anterior no pudo detenerse, como no lo ha sido con los besos y abrazos de la actual administración. La lucha contra el tráfico de drogas se centró en años anteriores en la represión del delito sin ignorar que la producción y comercio de estupefacientes obedecen a la ley del mercado: habrá oferta mientras haya demanda.

Así como se responsabiliza a Calderón presidente de la República de una política equivocada en materia de estupefacientes, puede señalarse como errónea la displicencia del gobierno de López Obrador frente al crecimiento desmesurado de contagios y víctimas mortales de una lacra cuyos efectos, si bien se pudieron aminorar, en muy pocos países se ha logrado reducir a mínimos ejemplares. Las culpas de López Obrador en el horror de la pandemia es haber renunciado a las medidas de contención del virus con la energía que corresponde a todo gobierno que asuma su responsabilidad. En países altamente desarrollados, a los que no se puede llamar autoritarios, se han aplicado medidas coercitivas que llegan hasta la prohibición y la multa económica o la pena corporal sin que por ello se pueda acusar a sus gobiernos de atentados contra la libertad. Apoyado en la pretendida autoridad científica de un funcionario menor del sistema de salud, la política de López Obrador ha transcurrido desde la negación de la gravedad del problema pasando por la jactancia de logros con datos y cifras cambiantes, hasta llegar a la tibia declaración de un decálogo pronunciado desde el púlpito de Palacio Nacional en espera de que sus preceptos sean acatados por el simple hecho de la autoridad de quien los emite. El incumplimiento del llamado de López Obrador se advierte ya en la creciente presencia de gente en calles y lugares públicos que será más visible en las fechas religiosas y las celebraciones del fin del año.

Ante el trágico avance del número de víctimas de la Covid 19 se delinean con precisión las similitudes entre López Obrador y su todavía homólogo norteamericano Donald Trump, cuya política en la materia fue en buena parte la causa eficiente de su derrota electoral que él mismo comienza a admitir y que más temprano que tarde deberá también ser aceptada por el presidente de México. Signo representativo de esa política es la negativa de ambos al uso del cubre bocas que serviría como ejemplo de la responsabilidad de gobernantes frente a sus gobernados. Como la pataleta del niño que se niega a beber la leche, los dos presidentes desoyen la razón que calmaría su absurda rebeldía y se precipitan en la desobediencia que en su momento les cobra o les cobrará su capricho.

sdelrio1934@gmail.com


A los fallecidos por el virus Sars-Cov-2 --muchos más de cien mil hasta ahora y los que se acumulen en los meses, quizá años siguientes—no se les podrá llamar los muertos de López Obrador, como tampoco lo fueron de Felipe Calderón los de una guerra indebidamente declarada como tal ni a Enrique Peña Nieto deben atribuirse los de un sexenio en el que la estrategia del anterior no pudo detenerse, como no lo ha sido con los besos y abrazos de la actual administración. La lucha contra el tráfico de drogas se centró en años anteriores en la represión del delito sin ignorar que la producción y comercio de estupefacientes obedecen a la ley del mercado: habrá oferta mientras haya demanda.

Así como se responsabiliza a Calderón presidente de la República de una política equivocada en materia de estupefacientes, puede señalarse como errónea la displicencia del gobierno de López Obrador frente al crecimiento desmesurado de contagios y víctimas mortales de una lacra cuyos efectos, si bien se pudieron aminorar, en muy pocos países se ha logrado reducir a mínimos ejemplares. Las culpas de López Obrador en el horror de la pandemia es haber renunciado a las medidas de contención del virus con la energía que corresponde a todo gobierno que asuma su responsabilidad. En países altamente desarrollados, a los que no se puede llamar autoritarios, se han aplicado medidas coercitivas que llegan hasta la prohibición y la multa económica o la pena corporal sin que por ello se pueda acusar a sus gobiernos de atentados contra la libertad. Apoyado en la pretendida autoridad científica de un funcionario menor del sistema de salud, la política de López Obrador ha transcurrido desde la negación de la gravedad del problema pasando por la jactancia de logros con datos y cifras cambiantes, hasta llegar a la tibia declaración de un decálogo pronunciado desde el púlpito de Palacio Nacional en espera de que sus preceptos sean acatados por el simple hecho de la autoridad de quien los emite. El incumplimiento del llamado de López Obrador se advierte ya en la creciente presencia de gente en calles y lugares públicos que será más visible en las fechas religiosas y las celebraciones del fin del año.

Ante el trágico avance del número de víctimas de la Covid 19 se delinean con precisión las similitudes entre López Obrador y su todavía homólogo norteamericano Donald Trump, cuya política en la materia fue en buena parte la causa eficiente de su derrota electoral que él mismo comienza a admitir y que más temprano que tarde deberá también ser aceptada por el presidente de México. Signo representativo de esa política es la negativa de ambos al uso del cubre bocas que serviría como ejemplo de la responsabilidad de gobernantes frente a sus gobernados. Como la pataleta del niño que se niega a beber la leche, los dos presidentes desoyen la razón que calmaría su absurda rebeldía y se precipitan en la desobediencia que en su momento les cobra o les cobrará su capricho.

sdelrio1934@gmail.com


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