/ domingo 8 de septiembre de 2019

Lo eterno femenino y Puccini, su inmortalizador

“Con honor muere quien no puede conservar la vida con honor”

Madame Butterfly


Totalmente insuficiente ha sido el transcurrir de los años, décadas, centurias y milenios para que la historia de la mujer haya podido ser remontada. El estigma que sobre ella recayó como género, a partir de la évica figura bíblica, nunca se borró y terminó por reducirla a ser el sexo discriminado por excelencia de la humanidad. Y lo ha sido a tal grado que, solo en las últimas décadas del siglo XX, gracias a la génesis de una incipiente solidaridad de clase y a la concientización creciente de las infracondiciones a las que ha estado sometida milenariamente la mujer, ésta ha podido comenzar a aspirar una igualdad real en los diversos órdenes de la existencia y, sobre todo, a una vida sin violencia. Ello, luego de que, tal y como lo refiere Catherine MacKinnon, la mujer invariablemente ha sido económicamente explotada, relegada a la esclavitud doméstica, forzada a la maternidad, sexualmente objetivada, físicamente ultrajada, exhibida en espectáculos denigrantes, privada de voz, cultura propia y derecho al voto y excluida de la vida pública. En pocas palabras: ha sido despersonalizada, denigrada y violentada y la mayor estrategia de control sexual, social y político del hombre sobre ella ha sido la de su dependencia hacia él, tanto en el espacio íntimo de la vida privada como en el social, motivando que el Estado le haya tratado de igual manera.

Por algo Simone de Beauvoir lo dijo diáfana y crudamente: “el problema de la mujer siempre ha sido un problema de hombres”, sobre todo de aquellos que no supieron y mucho menos quisieron admitir la grandeza de lo “eterno femenino”, porque no solo hubo un Schopenhauer que calificó a la mujer como una “bestia de cabellos largos e ideas cortas”, o un Nietzsche que sentenció: “cuando una mujer tiene inclinaciones doctas, de ordinario hay algo en su sexualidad que no marcha bien”. Los hubo muchos, muchísimos hombres que, a pesar de su grandiosidad intelectual, incurrieron en esta misma tendencia de misoginia aberrante: “Hay un principio bueno que ha creado el orden, la luz y el hombre, y un principio malo que ha creado el caos, las tinieblas y la mujer” (Pitágoras). “La hembra es hembra en virtud de cierta falta de cualidades… Debemos considerar la condición femenina como si fuera una deformidad, si bien se trata de una deformidad” (Aristóteles). “Es orden natural entre los humanos que las mujeres estén sometidas al hombre, porque es de justicia que la razón más débil se someta a la más fuerte” (San Agustín). “La mujer es, reconozcámoslo, un animal inepto y estúpido” (Erasmo de Rotterdam). “La mujer es un defecto de la naturaleza, una especie de hombrecillo defectuoso y mutilado. Si nacen mujeres se debe a un defecto del esperma o a los vientos húmedos” (Santo Tomás). “La mujer es un vulgar animal del que el hombre se ha formado un ideal demasiado bello” (Flaubert). “Cuando alguien presume de su mujer amable y del amor que siente por ella, creo ver a un frenético que elogia a un víbora” (Marivaux).

Sin embargo, ha habido otros, muy pocos, como el gran Giacomo Puccini, que a través de su genio musical, realizó uno de los más grandes y sublimes homenajes a la mujer, a la que hizo protagonista de sus óperas inmortales, develándonos a través de ellas matices fascinantes y conmovedores de la feminidad: desde Anna de Le Villi (1884), la enamorada fiel que muere de tristeza por la traición de su amado, hasta transformarse en legendaria “villi”, y Fidelia de Edgar (1889), la novia que nunca dudará del ser amado, a pesar de la gitana Tigrana, cautivante y vengativa, hasta sus inmortales heroínas: las célebres “Heroínas de Puccini”, a las que tuve el privilegio de conocer, admirar y valorar gracias a mis padres, Betty Fabila y Uberto Zanolli, dos seres y artistas sublimes para quienes la ópera fue la pasión de su vida: la trágica Manon Lescaut (1893), la coqueta Musetta y la “soave fanciulla” de “dolce viso” Mimí de La Bohème (1896), la fragante y cintilante Floria Tosca de Tosca (1900), la valerosa e intrépida Minnie de La fanciulla del West (1910), la fatal Magda de La rondine (1917), la infiel Giorgetta de Il Tabarro, la dolorosa Sour Angelica de la ópera homónima y la dulce Lauretta de Gianni Schicchi de Il Trittico (1918), la regia Turandot y la delicada Liu de Turandot (1926).

Mujeres, todas ellas ejemplares, que nos enseñan a amar, vivir y morir, como Cio-cio-san, de Madame Butterfly (1904), la más emblemática de sus heroínas. Su legado trascendental: mostrarnos que el poder de la mujer no es el que puede ejercer sobre el hombre sino sobre sí misma, tal y como lo declara en su postrera frase, antes de suicidarse: “Con onor muore chi non può serbar vita con onore”.

Infinidad de mujeres y hombres podrán existir, pero mujeres y hombres con dignidad, muy pocos. Beauvoir dijo: “No se nace mujer, se llega a serlo”: lo mismo aplica para el hombre.

bettyzanolli@gmail.com

@BettyZanolli

“Con honor muere quien no puede conservar la vida con honor”

Madame Butterfly


Totalmente insuficiente ha sido el transcurrir de los años, décadas, centurias y milenios para que la historia de la mujer haya podido ser remontada. El estigma que sobre ella recayó como género, a partir de la évica figura bíblica, nunca se borró y terminó por reducirla a ser el sexo discriminado por excelencia de la humanidad. Y lo ha sido a tal grado que, solo en las últimas décadas del siglo XX, gracias a la génesis de una incipiente solidaridad de clase y a la concientización creciente de las infracondiciones a las que ha estado sometida milenariamente la mujer, ésta ha podido comenzar a aspirar una igualdad real en los diversos órdenes de la existencia y, sobre todo, a una vida sin violencia. Ello, luego de que, tal y como lo refiere Catherine MacKinnon, la mujer invariablemente ha sido económicamente explotada, relegada a la esclavitud doméstica, forzada a la maternidad, sexualmente objetivada, físicamente ultrajada, exhibida en espectáculos denigrantes, privada de voz, cultura propia y derecho al voto y excluida de la vida pública. En pocas palabras: ha sido despersonalizada, denigrada y violentada y la mayor estrategia de control sexual, social y político del hombre sobre ella ha sido la de su dependencia hacia él, tanto en el espacio íntimo de la vida privada como en el social, motivando que el Estado le haya tratado de igual manera.

Por algo Simone de Beauvoir lo dijo diáfana y crudamente: “el problema de la mujer siempre ha sido un problema de hombres”, sobre todo de aquellos que no supieron y mucho menos quisieron admitir la grandeza de lo “eterno femenino”, porque no solo hubo un Schopenhauer que calificó a la mujer como una “bestia de cabellos largos e ideas cortas”, o un Nietzsche que sentenció: “cuando una mujer tiene inclinaciones doctas, de ordinario hay algo en su sexualidad que no marcha bien”. Los hubo muchos, muchísimos hombres que, a pesar de su grandiosidad intelectual, incurrieron en esta misma tendencia de misoginia aberrante: “Hay un principio bueno que ha creado el orden, la luz y el hombre, y un principio malo que ha creado el caos, las tinieblas y la mujer” (Pitágoras). “La hembra es hembra en virtud de cierta falta de cualidades… Debemos considerar la condición femenina como si fuera una deformidad, si bien se trata de una deformidad” (Aristóteles). “Es orden natural entre los humanos que las mujeres estén sometidas al hombre, porque es de justicia que la razón más débil se someta a la más fuerte” (San Agustín). “La mujer es, reconozcámoslo, un animal inepto y estúpido” (Erasmo de Rotterdam). “La mujer es un defecto de la naturaleza, una especie de hombrecillo defectuoso y mutilado. Si nacen mujeres se debe a un defecto del esperma o a los vientos húmedos” (Santo Tomás). “La mujer es un vulgar animal del que el hombre se ha formado un ideal demasiado bello” (Flaubert). “Cuando alguien presume de su mujer amable y del amor que siente por ella, creo ver a un frenético que elogia a un víbora” (Marivaux).

Sin embargo, ha habido otros, muy pocos, como el gran Giacomo Puccini, que a través de su genio musical, realizó uno de los más grandes y sublimes homenajes a la mujer, a la que hizo protagonista de sus óperas inmortales, develándonos a través de ellas matices fascinantes y conmovedores de la feminidad: desde Anna de Le Villi (1884), la enamorada fiel que muere de tristeza por la traición de su amado, hasta transformarse en legendaria “villi”, y Fidelia de Edgar (1889), la novia que nunca dudará del ser amado, a pesar de la gitana Tigrana, cautivante y vengativa, hasta sus inmortales heroínas: las célebres “Heroínas de Puccini”, a las que tuve el privilegio de conocer, admirar y valorar gracias a mis padres, Betty Fabila y Uberto Zanolli, dos seres y artistas sublimes para quienes la ópera fue la pasión de su vida: la trágica Manon Lescaut (1893), la coqueta Musetta y la “soave fanciulla” de “dolce viso” Mimí de La Bohème (1896), la fragante y cintilante Floria Tosca de Tosca (1900), la valerosa e intrépida Minnie de La fanciulla del West (1910), la fatal Magda de La rondine (1917), la infiel Giorgetta de Il Tabarro, la dolorosa Sour Angelica de la ópera homónima y la dulce Lauretta de Gianni Schicchi de Il Trittico (1918), la regia Turandot y la delicada Liu de Turandot (1926).

Mujeres, todas ellas ejemplares, que nos enseñan a amar, vivir y morir, como Cio-cio-san, de Madame Butterfly (1904), la más emblemática de sus heroínas. Su legado trascendental: mostrarnos que el poder de la mujer no es el que puede ejercer sobre el hombre sino sobre sí misma, tal y como lo declara en su postrera frase, antes de suicidarse: “Con onor muore chi non può serbar vita con onore”.

Infinidad de mujeres y hombres podrán existir, pero mujeres y hombres con dignidad, muy pocos. Beauvoir dijo: “No se nace mujer, se llega a serlo”: lo mismo aplica para el hombre.

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