/ jueves 22 de noviembre de 2018

Lo que diga el pueblo...

VER. En la Iglesia y en la sociedad, es fundamental escuchar al pueblo. Pero hay que saber discernir, es decir, cernir dos veces, para captar realmente la voz comunitaria, las necesidades verdaderas, la voluntad de una mayoría que busca sinceramente el bien común y no tanto sus propios intereses, porque hay manipuladores que dicen hablar en nombre del pueblo, y sólo representan a unos cuantos y su beneficio egoísta.

El hecho de que el 53% de los electores haya apoyado una opción partidista, no justifica despreciar y no tomar en cuenta al 47% restante que tiene otras preferencias, y que también es pueblo. No es democracia adulta legitimar una decisión ya predeterminada, diciendo que es la voluntad popular.

Es tarea, por cierto muy desgastante, de quien tiene la autoridad bien constituida, sopesar las distintas opciones de los contrastantes sectores de la sociedad, para tratar de armonizar las diferencias. Esa es la sabiduría es un gobernante. Lo contrario, es oportunismo convenenciero, como el de Pilato, que a pesar de estar convencido de la inocencia de Jesús, tomó una decisión en sentido contrario sólo porque una multitud manipulada se lo pidió. Se lavó las manos, escudándose en el griterío de muchas personas, pero él fue responsable de una injusticia. No todo lo que una mayoría de votos expresa, es justo y adecuado.

La Iglesia no es una democracia, pero sí una comunidad donde también se deben escuchar las voces del pueblo. Para ello tenemos varios canales de consulta en las parroquias y diócesis, y si, por ejemplo, para erigir una nueva parroquia, el obispo no consultara a su Consejo Presbiteral, su decisión sería nula jurídicamente.

Sin embargo, las decisiones más transcendentes no se toman por mayoría de votos, sino por responsabilidad de quien tiene la autoridad legítima en cualquier instancia. Para ello hay estatutos, reglamentos y cánones. Como cuando un grupo, más o menos numeroso, pide y exige al obispo cambio de párroco, no por ello se debe acatar su petición, sino que el obispo, en consulta con sus asesores, debe analizar las razones de tal exigencia y proceder en conciencia.

No es el voto mayoritario lo que rige la vida de la Iglesia, sino principios evangélicos superiores. El obispo, o el párroco, deben asumir su responsabilidad pastoral en las decisiones. Es el servicio desgastante de ser autoridad. No es cuestión de quedar bien con todos, ni lavarse las manos, escudándose dizque en el pueblo.

PENSAR

Los obispos mexicanos, en nuestro documento Educar para una nueva sociedad (octubre de 2012), dijimos: “Las instancias gubernamentales han de programar todas sus acciones pensando prioritariamente en los ciudadanos y abriéndoles espacios de participación” (No. 68).

Ya antes, en el documento Que en Cristo, nuestra Paz, México tenga vida digna (15 febrero 2009), nos comprometimos a: “Animar a las comunidades a participar en la toma de las decisiones que afectan a su vida comunitaria y a la de la nación, interviniendo en los procesos locales, regionales, nacionales; analizando sus proyectos y propuestas; identificar los niveles de toma de decisiones y los responsables políticos, para dialogar y gestionar proyectos en forma democrática, por medio de estrategias de comunicación y participación” (214 e).

ACTUAR

Hay muchas formas de participar en la construcción del bien común. Una de ellas es respondiendo a las consultas que se hacen. Sobre todo cuando tengan sustento legal y efecto vinculante, nuestra conciencia nos orientará para colaborar en la toma de decisiones que afecten la vida, la familia, la justicia, el desarrollo y la paz.

Obispo Emérito de San Cristóbal de las Casas

VER. En la Iglesia y en la sociedad, es fundamental escuchar al pueblo. Pero hay que saber discernir, es decir, cernir dos veces, para captar realmente la voz comunitaria, las necesidades verdaderas, la voluntad de una mayoría que busca sinceramente el bien común y no tanto sus propios intereses, porque hay manipuladores que dicen hablar en nombre del pueblo, y sólo representan a unos cuantos y su beneficio egoísta.

El hecho de que el 53% de los electores haya apoyado una opción partidista, no justifica despreciar y no tomar en cuenta al 47% restante que tiene otras preferencias, y que también es pueblo. No es democracia adulta legitimar una decisión ya predeterminada, diciendo que es la voluntad popular.

Es tarea, por cierto muy desgastante, de quien tiene la autoridad bien constituida, sopesar las distintas opciones de los contrastantes sectores de la sociedad, para tratar de armonizar las diferencias. Esa es la sabiduría es un gobernante. Lo contrario, es oportunismo convenenciero, como el de Pilato, que a pesar de estar convencido de la inocencia de Jesús, tomó una decisión en sentido contrario sólo porque una multitud manipulada se lo pidió. Se lavó las manos, escudándose en el griterío de muchas personas, pero él fue responsable de una injusticia. No todo lo que una mayoría de votos expresa, es justo y adecuado.

La Iglesia no es una democracia, pero sí una comunidad donde también se deben escuchar las voces del pueblo. Para ello tenemos varios canales de consulta en las parroquias y diócesis, y si, por ejemplo, para erigir una nueva parroquia, el obispo no consultara a su Consejo Presbiteral, su decisión sería nula jurídicamente.

Sin embargo, las decisiones más transcendentes no se toman por mayoría de votos, sino por responsabilidad de quien tiene la autoridad legítima en cualquier instancia. Para ello hay estatutos, reglamentos y cánones. Como cuando un grupo, más o menos numeroso, pide y exige al obispo cambio de párroco, no por ello se debe acatar su petición, sino que el obispo, en consulta con sus asesores, debe analizar las razones de tal exigencia y proceder en conciencia.

No es el voto mayoritario lo que rige la vida de la Iglesia, sino principios evangélicos superiores. El obispo, o el párroco, deben asumir su responsabilidad pastoral en las decisiones. Es el servicio desgastante de ser autoridad. No es cuestión de quedar bien con todos, ni lavarse las manos, escudándose dizque en el pueblo.

PENSAR

Los obispos mexicanos, en nuestro documento Educar para una nueva sociedad (octubre de 2012), dijimos: “Las instancias gubernamentales han de programar todas sus acciones pensando prioritariamente en los ciudadanos y abriéndoles espacios de participación” (No. 68).

Ya antes, en el documento Que en Cristo, nuestra Paz, México tenga vida digna (15 febrero 2009), nos comprometimos a: “Animar a las comunidades a participar en la toma de las decisiones que afectan a su vida comunitaria y a la de la nación, interviniendo en los procesos locales, regionales, nacionales; analizando sus proyectos y propuestas; identificar los niveles de toma de decisiones y los responsables políticos, para dialogar y gestionar proyectos en forma democrática, por medio de estrategias de comunicación y participación” (214 e).

ACTUAR

Hay muchas formas de participar en la construcción del bien común. Una de ellas es respondiendo a las consultas que se hacen. Sobre todo cuando tengan sustento legal y efecto vinculante, nuestra conciencia nos orientará para colaborar en la toma de decisiones que afecten la vida, la familia, la justicia, el desarrollo y la paz.

Obispo Emérito de San Cristóbal de las Casas

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