/ miércoles 1 de septiembre de 2021

Los días del presidente

Durante muchos años la oposición se quejaba de la parafernalia en torno al acto constitucional que obliga al presidente de la República a presentar anualmente su informe de labores ante el Congreso de la Unión. Era el Día del Presidente. Ceñida al pecho la banda tricolor enseña de su investidura, el jefe del Ejecutivo arribaba al recinto parlamentario para dar lectura al mensaje que acompañaba los legajos que él mismo entregaba al presidente del Congreso. Hubo ocasiones en las que a esa alocución que comenzaba a las cinco de la tarde, seguía un diálogo con los legisladores, prolongado hasta altas horas de la noche. El presidente del congreso, siempre un diputado del partido oficial, daba respuesta, generalmente laudatoria, al informe del primer mandatario. Por muchos años, al acto protocolario seguía, ya en Palacio Nacional, el llamado besamanos que permitía a políticos, líderes sindicales, buena parte de la clase política y hasta algunos empresarios saludar y felicitar al presidente por su informe. Sabido fue que en varias ocasiones la mano del presidente terminaba inflamada y adolorida que lo obligaba a aplicarse fomentos para aliviarla.

La ceremonia comenzó a perder esa solemnidad cuando en el gobierno de Miguel de la Madrid menudearon las interpelaciones de miembros de la oposición al presidente de la República. Pero no fue sino hasta la administración de Felipe Calderón cuando se canceló la presencia del presidente en la Cámara de Diputados para evitar violentas y agrias confrontaciones. Desde entonces el secretario de Gobernación entrega al presidente del Congreso el informe por escrito, que durante los días siguientes es comentado por la representación popular. No obstante esa modalidad, el presidente de la República dirige el mismo día un mensaje a la Nación, primero desde el Auditorio Nacional y luego en un acto en Palacio Nacional al que son invitados líderes empresariales, diplomáticos, líderes sindicales y buena parte de la clase política. Previamente, por disposición del Congreso, el presidente se abstiene de abordar públicamente temas que constituyan propaganda política o a través de los cuales se difundan logros de su gobierno. Sin embargo, tanto el informe como el mensaje del presidente han seguido causando la expectativa de la opinión pública por lo que se espera será el contenido del mensaje y de los anuncios que ahí se formulan.

Los tiempos han cambiado. Lo que antes era el Día del Presidente ahora lo son todos los días del año, inclusive sábados, domingos y fechas conmemorativas en los que el presidente de la República informa sobre cuestiones que a falta de logros sustanciales él considera relevantes para su administración. Todos los días son los Días del Presidente.

Desde la tribuna o púlpito de Palacio Nacional, cada mañana o en sus giras de fin de semana el presidente marca la agenda de los asuntos que en el resto del día son comentados y seguidos hasta donde es posible. Establecida esa agenda, en el resto del día pocas son las noticias que se generan en las dependencias gubernamentales. La voz del presidente sigue resonando hasta las primeras horas del día siguiente. El presidente informa cada día, pero sobre todo mantiene el discurso de ataques y diatribas al pasado al que culpa, junto con la prensa de todos los males y los problemas que en tres años de gobierno se acrecientan y se agravan sin perspectivas de solución. La persistencia de la corrupción, el incremento de la delincuencia, los fracasos en sectores de producción o el desempleo son, según López Obrador consecuencia de la perversidad del régimen conservador al que se refiere día tras día sabiendo que con ello mantiene una relativa popularidad y aceptación de su gobierno.

Desde su toma de posesión para López Obrador cada uno del calendario es el Día del Presidente. Del mensaje que hoy dirigirá desde Palacio Nacional no se esperan anuncios de logros de la administración, sencillamente porque no los hay. El informe será una repetición de lo que día a día se comenta en Palacio Nacional. No es un informe anual. Andrés Manuel López Obrador ha llamado informes a los textos a los que da lectura cada trimestre o en ocasiones tan importantes como los aniversarios de su triunfo electoral o del comienzo de su gobierno. Pero el presidente ofrece al país una primicia que él mismo ha venido promoviendo con spots publicitarios: la aparición de su nuevo libro, A la Mitad del Camino, alimento de una egolatría que espera se convierta en el best seller del año.

sdelrio1934@gmail.com


Durante muchos años la oposición se quejaba de la parafernalia en torno al acto constitucional que obliga al presidente de la República a presentar anualmente su informe de labores ante el Congreso de la Unión. Era el Día del Presidente. Ceñida al pecho la banda tricolor enseña de su investidura, el jefe del Ejecutivo arribaba al recinto parlamentario para dar lectura al mensaje que acompañaba los legajos que él mismo entregaba al presidente del Congreso. Hubo ocasiones en las que a esa alocución que comenzaba a las cinco de la tarde, seguía un diálogo con los legisladores, prolongado hasta altas horas de la noche. El presidente del congreso, siempre un diputado del partido oficial, daba respuesta, generalmente laudatoria, al informe del primer mandatario. Por muchos años, al acto protocolario seguía, ya en Palacio Nacional, el llamado besamanos que permitía a políticos, líderes sindicales, buena parte de la clase política y hasta algunos empresarios saludar y felicitar al presidente por su informe. Sabido fue que en varias ocasiones la mano del presidente terminaba inflamada y adolorida que lo obligaba a aplicarse fomentos para aliviarla.

La ceremonia comenzó a perder esa solemnidad cuando en el gobierno de Miguel de la Madrid menudearon las interpelaciones de miembros de la oposición al presidente de la República. Pero no fue sino hasta la administración de Felipe Calderón cuando se canceló la presencia del presidente en la Cámara de Diputados para evitar violentas y agrias confrontaciones. Desde entonces el secretario de Gobernación entrega al presidente del Congreso el informe por escrito, que durante los días siguientes es comentado por la representación popular. No obstante esa modalidad, el presidente de la República dirige el mismo día un mensaje a la Nación, primero desde el Auditorio Nacional y luego en un acto en Palacio Nacional al que son invitados líderes empresariales, diplomáticos, líderes sindicales y buena parte de la clase política. Previamente, por disposición del Congreso, el presidente se abstiene de abordar públicamente temas que constituyan propaganda política o a través de los cuales se difundan logros de su gobierno. Sin embargo, tanto el informe como el mensaje del presidente han seguido causando la expectativa de la opinión pública por lo que se espera será el contenido del mensaje y de los anuncios que ahí se formulan.

Los tiempos han cambiado. Lo que antes era el Día del Presidente ahora lo son todos los días del año, inclusive sábados, domingos y fechas conmemorativas en los que el presidente de la República informa sobre cuestiones que a falta de logros sustanciales él considera relevantes para su administración. Todos los días son los Días del Presidente.

Desde la tribuna o púlpito de Palacio Nacional, cada mañana o en sus giras de fin de semana el presidente marca la agenda de los asuntos que en el resto del día son comentados y seguidos hasta donde es posible. Establecida esa agenda, en el resto del día pocas son las noticias que se generan en las dependencias gubernamentales. La voz del presidente sigue resonando hasta las primeras horas del día siguiente. El presidente informa cada día, pero sobre todo mantiene el discurso de ataques y diatribas al pasado al que culpa, junto con la prensa de todos los males y los problemas que en tres años de gobierno se acrecientan y se agravan sin perspectivas de solución. La persistencia de la corrupción, el incremento de la delincuencia, los fracasos en sectores de producción o el desempleo son, según López Obrador consecuencia de la perversidad del régimen conservador al que se refiere día tras día sabiendo que con ello mantiene una relativa popularidad y aceptación de su gobierno.

Desde su toma de posesión para López Obrador cada uno del calendario es el Día del Presidente. Del mensaje que hoy dirigirá desde Palacio Nacional no se esperan anuncios de logros de la administración, sencillamente porque no los hay. El informe será una repetición de lo que día a día se comenta en Palacio Nacional. No es un informe anual. Andrés Manuel López Obrador ha llamado informes a los textos a los que da lectura cada trimestre o en ocasiones tan importantes como los aniversarios de su triunfo electoral o del comienzo de su gobierno. Pero el presidente ofrece al país una primicia que él mismo ha venido promoviendo con spots publicitarios: la aparición de su nuevo libro, A la Mitad del Camino, alimento de una egolatría que espera se convierta en el best seller del año.

sdelrio1934@gmail.com


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