/ martes 2 de febrero de 2021

Los límites de la crisis

Por Luis Wertman Zaslav

Daniel Patrick Moynihan fue senador, embajador y asesor de cuatro presidentes de los Estados Unidos, aunque es recordado por esta frase: “Todos tienen derecho a tener su propia opinión, pero no sus propios hechos”. También habló sobre esa tendencia muy humana a aceptar el deterioro de los valores y de los estándares de conducta como si fueran normales. Esta puede ser una época en la que la frase y el concepto se unen.

Especular en momentos como estos, o para el caso en cualquier momento, equivale a sabotearnos socialmente. No importa si hablamos sobre el estado de salud del presidente de la República -que felizmente es estable como se había informado durante la semana y se pudo comprobar en un video el viernes pasado por la tarde- o si tocamos el tema de las vacunas y su eficacia.

Tal parece que la desinformación terminará siendo un virus más contagioso que cualquier nueva cepa de coronavirus e igual de mortífera, si no empezamos a cuidar los límites de esta crisis que necesita de nuestra participación y de nuestra acción para solucionarse.

Emitir una opinión en redes sociales es un ejercicio sano y democrático, lo que no tiene nada que ver con lo anterior es circular rumores, alentar suposiciones o apoyar campañas que carecen de cualquier fundamento científico.

Claro que la defensa de la libertad de expresión debe prevalecer sobre cualquier intento de provocar un criterio único, sin embargo, existe una frontera clara que son los hechos concretos y aquellos que todos consideramos realidad porque lo vemos en datos, sucesos y comportamientos muy específicos.

Un ejemplo rápido es que llevamos meses en la discusión sobre el manejo de la pandemia, pero no hemos parado de acudir o hacer reuniones desde el 10 de mayo del año pasado. Salir a las calles para obtener el sustento o mantener el trabajo se entiende; organizar fiestas los viernes por la noche, no. Esa incongruencia ya ha agarrado fuera de lugar a muchas personas que dicen y no hacen lo mismo, esa incongruencia está costando vidas.

No obstante, en lugar de cohesionar a la sociedad para unirnos en el objetivo de reducir los contagios y el riesgo, nos ha puesto en un sinfín de debates instantáneos sobre si la vacuna de uno u otro origen será mejor o peor, cuando el esfuerzo para crearlas a todas ha sido descomunal y sobre bases de conocimiento nunca antes vistas y a una velocidad única en la historia.

Y a pesar de ello lo que domina la conversación ciudadana es si debemos pensar seriamente en escoger una vacuna por encima de otra, o de plano esperar a ver qué reacción le provoca a los vecinos para tomar nuestra decisión de inocularnos.

Temo que esta situación solo empeorará conforme avance el proceso de vacunación en la República y combatir el ruido que causan los rumores y las mentiras, ya sea en un chat familiar o en un noticiero poco escrupuloso en línea, será el principal obstáculo para que muchas dosis lleguen a los brazos de adultas y adultos mayores, de personas con enfermedades crónicas y de otros segmentos de la población que necesitan la vacuna para sobrevivir.

Por si lo anterior fuera poco, ahora ocupamos cinco días en la salud del presidente de nuestro país, asunto de primera importancia pública, pero no de estas olas de odio y de opiniones maliciosas que siempre van a terminar en inestabilidad.

Queda claro que hay intereses, político por la temporada, que usarán cualquier herramienta para ayudar a su causa, sin embargo, las y los ciudadanos tenemos la obligación de establecer los límites a los que puede llegar esta crisis, no la de salud, sino la de mala información que nos está separando justo en el momento en que más unidos nos deberíamos encontrar.

Esta tarea no le toca a nadie más que a nosotros como mexicanos y nos hacemos un flaco favor si, en medio del deterioro económico y los costos de la pandemia, alimentamos o nos dejamos llevar por esas corrientes que parecen imparables de mentiras, medias verdades o teorías de la conspiración que terminan por envenenarnos socialmente y para cuya enfermedad, tristemente, tampoco hemos encontrado ninguna cura.

Por Luis Wertman Zaslav

Daniel Patrick Moynihan fue senador, embajador y asesor de cuatro presidentes de los Estados Unidos, aunque es recordado por esta frase: “Todos tienen derecho a tener su propia opinión, pero no sus propios hechos”. También habló sobre esa tendencia muy humana a aceptar el deterioro de los valores y de los estándares de conducta como si fueran normales. Esta puede ser una época en la que la frase y el concepto se unen.

Especular en momentos como estos, o para el caso en cualquier momento, equivale a sabotearnos socialmente. No importa si hablamos sobre el estado de salud del presidente de la República -que felizmente es estable como se había informado durante la semana y se pudo comprobar en un video el viernes pasado por la tarde- o si tocamos el tema de las vacunas y su eficacia.

Tal parece que la desinformación terminará siendo un virus más contagioso que cualquier nueva cepa de coronavirus e igual de mortífera, si no empezamos a cuidar los límites de esta crisis que necesita de nuestra participación y de nuestra acción para solucionarse.

Emitir una opinión en redes sociales es un ejercicio sano y democrático, lo que no tiene nada que ver con lo anterior es circular rumores, alentar suposiciones o apoyar campañas que carecen de cualquier fundamento científico.

Claro que la defensa de la libertad de expresión debe prevalecer sobre cualquier intento de provocar un criterio único, sin embargo, existe una frontera clara que son los hechos concretos y aquellos que todos consideramos realidad porque lo vemos en datos, sucesos y comportamientos muy específicos.

Un ejemplo rápido es que llevamos meses en la discusión sobre el manejo de la pandemia, pero no hemos parado de acudir o hacer reuniones desde el 10 de mayo del año pasado. Salir a las calles para obtener el sustento o mantener el trabajo se entiende; organizar fiestas los viernes por la noche, no. Esa incongruencia ya ha agarrado fuera de lugar a muchas personas que dicen y no hacen lo mismo, esa incongruencia está costando vidas.

No obstante, en lugar de cohesionar a la sociedad para unirnos en el objetivo de reducir los contagios y el riesgo, nos ha puesto en un sinfín de debates instantáneos sobre si la vacuna de uno u otro origen será mejor o peor, cuando el esfuerzo para crearlas a todas ha sido descomunal y sobre bases de conocimiento nunca antes vistas y a una velocidad única en la historia.

Y a pesar de ello lo que domina la conversación ciudadana es si debemos pensar seriamente en escoger una vacuna por encima de otra, o de plano esperar a ver qué reacción le provoca a los vecinos para tomar nuestra decisión de inocularnos.

Temo que esta situación solo empeorará conforme avance el proceso de vacunación en la República y combatir el ruido que causan los rumores y las mentiras, ya sea en un chat familiar o en un noticiero poco escrupuloso en línea, será el principal obstáculo para que muchas dosis lleguen a los brazos de adultas y adultos mayores, de personas con enfermedades crónicas y de otros segmentos de la población que necesitan la vacuna para sobrevivir.

Por si lo anterior fuera poco, ahora ocupamos cinco días en la salud del presidente de nuestro país, asunto de primera importancia pública, pero no de estas olas de odio y de opiniones maliciosas que siempre van a terminar en inestabilidad.

Queda claro que hay intereses, político por la temporada, que usarán cualquier herramienta para ayudar a su causa, sin embargo, las y los ciudadanos tenemos la obligación de establecer los límites a los que puede llegar esta crisis, no la de salud, sino la de mala información que nos está separando justo en el momento en que más unidos nos deberíamos encontrar.

Esta tarea no le toca a nadie más que a nosotros como mexicanos y nos hacemos un flaco favor si, en medio del deterioro económico y los costos de la pandemia, alimentamos o nos dejamos llevar por esas corrientes que parecen imparables de mentiras, medias verdades o teorías de la conspiración que terminan por envenenarnos socialmente y para cuya enfermedad, tristemente, tampoco hemos encontrado ninguna cura.